Las vanguardias transvaloraron el concepto tradicional de arte. El hombre posmoderno, como pasa con su propia vida personal, ha de convivir, y acaso negociar, no sólo con su presente cultural, sino con su pasado y su futuro. Un principio de incertidumbre recorre el mundo y hemos de convivir con él. Cuelgo aquí un artículo que considero interesante sobre el tema y publicado hoy en El País.
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Marcel Duchamp sí tenía razón
Una exposición en la Tate Modern demuestra cómo el creador definió el arte de nuestros días - Su célebre urinario, elegido la obra más influyente del siglo XX
PATRICIA TUBELLA - Londres - 19/03/2008
"¿Se pueden hacer obras de arte que no sean obras de arte?". Más que un interrogante es la expresión de una vocación subversiva y provocadora que acompaña a una reproducción a gran escala de La Gioconda, retocada con bigote y perilla, a la entrada de la Tate Modern en Londres.
"¿Se pueden hacer obras de arte que no sean obras de arte?". Más que un interrogante es la expresión de una vocación subversiva y provocadora que acompaña a una reproducción a gran escala de La Gioconda, retocada con bigote y perilla, a la entrada de la Tate Modern en Londres. La irreverencia corresponde a Marcel Duchamp y ejerce de invitación para explorar una exposición que el museo londinense dedica a una de las figuras que más ha influido en la noción del arte contemporáneo. La idea de la obra, su proceso creativo, prima sobre el mérito de su realización final. Y ése es el gran pilar de arte conceptual. El mismo que se traduce en las cotizaciones millonarias de Damien Hirst o Tracy Emin y que, pese a los vaivenes de las tendencias, sigue en plena vigencia. Así lo demuestran iniciativas como la del comisario de la
próxima bienal de São Paulo, que ha optado por presentar un pabellón vacío, carente de obras en el no va más del conceptualismo.
Mucho antes de erigirse en el signo de los tiempos, la obra de Duchamp supuso, hace casi un siglo, una radical ruptura de las convenciones. Con la complicidad, eso sí, de sus dos grandes amigos y colegas, Francis Picabia y Man Ray. A ese trío de vividores, unidos en el desprecio por el arte institucionalizado y, en general, por todo lo considerado "correcto", está consagrada la muestra de la Tate que, bajo el sencillo título Duchamp, Picabia, Man Ray, indaga en sus relaciones e influencias mutuas desde el corazón del dadaísmo y el movimiento surrealista, sin dejar de retener cada uno su singularidad. "No había rivalidad entre ellos, sino una cooperación genuina que les permitía pasarlo bien juntos a la vez que se comprometían en esos diálogos visuales", explica Jennifer Mundy, comisaria de la exposición (en Londres hasta finales de mayo y en el Museu Nacional d'Art de Catalunya, de Barcelona, desde el 19 de junio).
Duchamp es, sin duda, el genio del grupo, una imparable máquina de ideas y el primero que osó exponer en un museo vulgares objetos de la vida cotidiana bajo la etiqueta de de arte. Como el provocador urinario que decora esta página. Una pieza de porcelana que sacudió el establishment artístico del Nueva York de 1917. El autor francés lo presentó bajo el título La Fuente y la firma del fabricante del sanitario -R. Mutt-, elevándolo a la categoría de obra simplemente porque el artista lo proclamaba como tal. Ese urinario, transformado en escultura moderna, es el paradigma de sus readymade y trastocó para siempre el lazo entre el trabajo del artista y el valor de la obra, que desde entonces podía hacerse con cualquier cosa y tomar cualquier forma. Lo que entonces supuso un ultraje devino en símbolo: recientemente, un panel de quinientos expertos del mundillo votaba a La Fuente como la pieza de arte moderno más influyente.
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