Tema: El click
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Antiguo 12/04/2008, 23:17   #13
Amapola_Blanca
 
Rol: sumiso
Sexo: Mujer
Fecha de Ingreso: Jan 2007
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Predeterminado El click: cuatro. uno

Una mañana me hizo sentir su pasión de un modo que no conocía. Me estrangulaba apretando su mano alrededor del cuello mientras penetraba y me colmaba a un ritmo denso, completamente duro y a la vez tierno, besando casi engullendo mi rostro y viniendo cada vez, alcanzándome hondo pegado tras de mi, con sus ojos clavados al perfil de mis ojos, sin más aire que el de su respiración fuerte.

Después comprendí el motivo de su generosidad al permitirme correrme varias veces antes que él mientras me apresaba así. Se mudó y me informó que partía de viaje por algunas semanas mientras preparaba el equipaje. Era la primera vez que me dejaría sola y me preguntaba cómo pasaría esos días que venían sin su influencia. Le miré mientras lo disponía todo y me sonrió fugazmente. De pie antes de tomar su bolsa y marchar, me acerqué y me arrodilló sujetándome del pelo. Liberó su virilidad y frotó en mi cara su piel suave que se tensaba mientras me atraía hacia sí. Presa entre sus piernas lamí sus huevos y busqué el orificio entre sus glúteos con lo tierno de la yema de mi dedo instalado en simbiosis con el delicado y recóndito cutis. Entreabrí la boca y me hizo engullir, recorriéndome pronto la emoción distinta de esa plenitud. Cuando me penetraba el goce era compartido y carnal, brutal. Pero de rodillas ante él, abriéndome su erección hasta la garganta, era espiritual y puro, más allá de lo sexual. Me abrí completamente al deseo que inundaba cuerpo y alma de aquella caricia que me trascendía a otro mundo siempre por explorar. Entre los labios licuada recorrí su palpitación en un trance, como en un voto mudo, y cerré los ojos martirizada por mi propio latido que me atravesaba desde la mente a los senos y el en mismo centro la matriz de mi voluntad mientras le chupaba dócilmente. Abofetearme, tirarme del pelo, susurrar sus palabras, recibir lo que para mi tenia dispuesto esos minutos no recuerdo ni atino a relatar. De nuevo me corrí lamiéndole como una perra, regándome sobre mi lengua ofrecida su último placer antes de partir.

Aquellos días él me despertaba temprano por la mañana y me preguntaba sobre cuestiones cotidianas. Me sentía bien conteniendo su ausencia, más bien su presencia virtual en el piso y en mí misma. La primera semana transcurrió en calma. El segundo sábado no respondí a la cita telefónica porque dormí en casa de una amiga a la que visité la tarde anterior e improvisadamente decidimos acostarnos juntas, pues ella también estaba sola, y así apurar el encuentro que los últimos tiempos se daba de forma ocasional. No le avisé. El aparato quedó callado el resto del día y sólo pude reunir deseos de escucharle la mañana siguiente. No parecía enojado pero me informó que una Ama acudiría uno de esos días y debía dejarla entrar pues recibiría un castigo de mano de ella. Imaginé posibilidades y estuve inquieta las horas que siguieron aquella conversación. No volvió a llamarme más y lo acusé. Si hasta entonces estuve alegre, disfrutando del espacio para mi sola, y echarle de menos no fue un problema, la melancolía de repente se apoderó de mi. Sonó el timbre en un par de ocasiones los días siguientes y me descubrí dando un respingo, acongojada. Me abrumaba dar paso a una desconocida. Sin embargo esa noche soñé con una mujer y me desperté sofocada tocándome la raja sonámbula, excitada y húmeda. Me embargaba una emoción extraña y contradictoria y me di cuenta de que también estaba celosa. No sabía cuán amiga de él era ni qué iba a suceder, ni tampoco si seria severa. Yo no amaba el dolor, pero confiaba completamente en él, conocía cada poro de mi piel, para él no eran secretos mis miedos ni deseos, ni era amante de torturar mi cuerpo. Sin embargo deduje que faltar esa mañana le causó disgusto y eso me mantenía alerta y me preocupaba. Deseaba que pasara pronto.

Compareció el miércoles a la tarde, tengo libre y suelo estar en casa perezosa. El corazón me iba a mil. No llamó abajo, directamente fue el timbre tras la puerta, yo temblaba y me concentraba para que no se notase. Ella era extraña, los primeros minutos no supe si me agradaba o no, fue cordial y pareció conocer la casa pues se dirigió directamente a su sitio, donde él se sienta habitualmente. Me habló afectivamente explicándome las instrucciones que le habían sido dadas. Su vestimenta era sugerente y eso me hizo relajarme. Había imaginado la posibilidad de preguntarla todas esas cosas que se habían apelotonado en mi cabeza desde el domingo pero se me borró enseguida. Me mandó quitarme la ropa, permitiéndome quedar el bikini y la camiseta de tirantes, y apoyar los codos en la mesa. Se desembarazó del bleizer que llevaba puesto y la intuí apretada en un corpiño negro. Me subió la tela por encima de los pechos y los inspeccionó, bajó un poco la braguita y me atizó en las nalgas seguido, haciendo sonar el chasquido en todo el piso una y otra vez con su palma a intervalos sinuosa.

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Amapola
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