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XXXI. El vampiro
Tú, que como una cuchillada
en mi corazón dolido entraste;
tú, que con la fuerza de un rebaño
de demonios, loca y adornada fuerza,
a mi espíritu humillado viniste
y así tener casa y cama;
¡ay, infame, a quien atado estoy
como a sus cadenas el forzado!,
¡como al juego el jugador terco,
como a la botella el borrachuzo,
como a la carroña los gusanos!
¡te maldigo, maldita seas!
A la espada desenvainada rogué
que a mi cobardía reconquistase,
y hasta al veneno pérfido pedí
que a mi cobardía socorriese.
Pero el veneno y la espada
burlándose me han dicho:
“Digno no eres de librarte
de esa esclavitud maldita,
mira, imbécil, ¡si nuestro esfuerzo
la libertad te diera,
tus besos resucitarían
el cadáver de tu vampiro!”.
Charles Baudelaire
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