Puerto de Lisboa
Alice me dice que siente a los puertos como si fueran personas. Ella tiene un particular juego que los necesita. Hay días en que no quiere permanecer en su habitación. A través de su ventana escucha las sirenas de los grandes barcos cuando entran en la rada del puerto de Lisboa. Me describe cómo está en esos momentos: se deja unos calcetines negros, se pone pinzas japonesas en los pezones, y se atraviesa los labios del coño con un imperdible antiguo, que lleva un camafeo de Diana. Las manos cruzadas a la espalda, como si fuera una prisionera. Escucha continuamente una sola canción, “Esta luz no se apagará”, de Mikel Erentxun. En la pared, la reproducción del cuadro de Magritte, “El imperio de la luz”.
Así permanece frente a la ventana mientras espera ese amanecer rosado y atlántico que tiene la costa de Lisboa. Percibe el dolor de su cuerpo. Se arrodilla y sus labios se apoyan en el suelo de madera oscura. Escupe en él y poco a poco su lengua va lamiendo el suelo como una perra que recuerda al Amo de su corazón.
Pero ella sabe entonces que es el día de su juego. Lo necesita. Está destinada a él. A ese rito que ella ha creado para su cuerpo. Para que el olvido la puede tomar y la culpa pueda ser abandonada.
Se pone el abotonado vestido negro. Las pinzas permanecen en sus pezones. Coloca sobre la cama el imperdible. Y sale de su casa, desnuda bajo la ligera ropa. Los labios pintados de negro y zapatos de tacón. Lleva puestas sus dos muñequeras y el collar, como signos de su condición. Una cinta negra colocada en el pelo para que éste permanezca en su lugar cuando se arrodille.
Es de madrugada y se encamina a la zona portuaria. Allí, me cuenta, muy cerca de donde descargan a los enormes mercantes, busca a uno de los hombres que llevan ya trabajando horas. El más animal y el de fisonomía más cruel. Se le ofrece con descaro. Abre su vestido para que vea su cuerpo y el brillo de su sexo, excitado.
El la empuja hacia un rincón sucio y oscuro. Allí, ella se arrodilla y deja que él la use. Después, cuando él ya se ha ido, se tumba sobre el suelo y lame las gotas que quedan sobre el cemento mientras se masturba. Se detiene antes del orgasmo. Siente el intenso dolor de los pezones hinchados por los tirones que él ha dado de la cadena de las pinzas. Y así, dejando el puerto de Lisboa a su espalda, regresa a la habitación donde yo la espero.
C2
Última edición por CONSUL2; 01/08/2008 a las 13:54 |