Al sur de Lisboa, el sueño de Alice
Ella me contó su sueño. La playa, la playa de su infancia, ya no tenía aquellas piedras redondeadas, que producían ruido de cascada al ser arrastradas por la marea. Sólo arena, que monstruosos barcos habían arrancado del fondo del litoral y arrojaron sobre la costa. Allí, en aquella playa, por la noche, se colocaban pescadores, con sus cañas y los hilos de nylon tirantes hacia la oscuridad del mar.
En el sueño se veía a ella misma mirando las olas en el malecón. Sólo llevaba un ligero vestido casi transparente. Se había sentido muy excitada toda la tarde. Había hablado conmigo y yo le obligué a masturbarse con las manos a la espalda. Desnuda, tenía que frotarse contra la esquina de una mesa baja del salón. Doblaba las rodillas, a veces casi se arrastraba. Su sexo estaba ya rojo de frotarse contra la madera vieja y un poco áspera. En ningún momento permití su orgasmo, que yo sabía fácil y casi imparable en sucesivas convulsiones. La estuve llamando varias veces durante todo el día. En unos casos para que permaneciera tirada en el suelo mojado por su orina, frotándose contra las baldosas. En otros, para que reanudara sus movimientos contra la mesa. Ella tenía prohibido hablarme, sólo podía gemir y llorar.
Al final, le dije que saliera sólo con el vestido de los botones y sin calzar. Tenía que ponerse en los tobillos dos cuerdas de lino como señal de su pertenencia a mí. Y también dos pinzas de metal dentadas en los labios del sexo, que se fueran clavando con cada movimiento en la carne. Yo, en nuestras sesiones, les solía poner cables conductores de la electricidad de una pequeña batería. Esta vez irían sueltas, aunque seguramente su cuerpo recordaría las habituales descargas, que le hacían emitir ruidos ensordecidos por la acostumbrada mordaza de cuero.
En el sueño, ella caminaba por el malecón sintiendo las dos pinzas hundiéndose cada vez más en la carne. Por el móvil, le ordené que me describiera lo que veía. La arena, dos palmeras y la luna trazando apenas una línea quebrada sobre la oscuridad de las olas. También me contó que, en la orilla, había un pescador. Le dije que se acercara a él. Lentamente. Le obligué a que, cuando estuviera al lado del hilo de nylon, tenso, y casi invisible en la noche, se desnudara, y abriendo sus piernas dejara que el hilo rozara el interior de sus labios, un poco sangrantes ya. El móvil lo tenía que llevar abierto, pendiente de su cuello con una cinta, sin cortar la comunicación conmigo. Escuché los comentarios primero titubeantes y luego obscenos del pescador. Y cómo el cuerpo de Alice caía sobre la arena, quizá con un ruido semejante a aquellos guijarros de su infancia, hasta que sus gritos fueron las olas.
C2
|