Tema: El click
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Antiguo 08/08/2008, 20:11   #36
Amapola_Blanca
 
Rol: sumiso
Sexo: Mujer
Fecha de Ingreso: Jan 2007
Mensajes: 717
Predeterminado El click: seis.

En las últimas semanas Él faltaba algunas noches a casa. A veces venía por la mañana a cambiarse y otras veces iba directamente al despacho. He pasado muchísimas horas llorando y he creído volverme loca, pero de nuevo he recobrado la calma y ha llegado el silencio, al menos. No me abandona y es lo único que me importa realmente, ni tampoco ha habido ningún reproche, ninguna exigencia de explicación, ninguna alusión nunca jamás. Puta, es lo único que dijo como salido del alma, cuando quizá no venía a cuento, una noche casera.

Mis tías se iban a la playa y me vine con ellas. Me dio su permiso, aunque me preció ver un leve gesto de disgusto en su rostro, o quizás fue mi deseo y la esperanza que lo imaginaron, o quizás sea cierto que la esperanza y el deseo también a Él lo habitan. Todas las mañanas he estado viniendo aquí, bajo los toldos, y entre todo el paisaje he terminado enganchada a la imagen de un pescador recomponiendo su barca tras el trabajo. Me llamó la atención el color de su piel bronceada y su rudeza, su anatomía algo salvaje; su poco cuidado bajo los rayos hirientes del sol que yo tanto temo. Al principio no reparaba en mí y eso me hizo confiarme, leía el periódico y alzaba la vista de vez en cuando buscándole y complaciéndome con su presencia a pocos metros de mí, abajo en la arena, acompañándome y abstrayéndome su visión de mi pena. Pero a los pocos días el pescador obraba igual que yo, mirándome al principio furtivamente y después con algo más de comodidad. Mis pensamientos acabaron casi sin querer formando imágenes apasionadas, enlazada a su cuerpo, a sus brazos poderosos, a su pecho sembrado de vello, su nuca esbelta y morena, sus hombros, su vientre..

Cuando el sol desciende me acerco a la playa grande y la recorro sorteando las conchas y los guijarros bajo los pies, y luego me adentro en el mar, disfrutando en las nalgas el azote de cada ola, una tras otra, rememorando sus manos cuando Él las hace enrojecer, deseando que el tiempo de esas caricias regrese, más que ninguna otra cosa.

Esta mañana las tías han desayunado conmigo bajo los toldos y he podido disfrutar a duras penas del pescador, hasta que he decidido romper el hábito y arriesgarme bajo el sol del mediodía por el paseo hasta la punta de la ría. Cuando llegaba a la caleta, donde ésta desemboca en el indómito océano, le he visto llegar en bicicleta por el camino que transcurre paralelo, al otro lado de las casas. He sentido flaquear mi ánimo a la vez que regocijarse mi corazón. He seguido hasta el punto más alejado mientras él se paraba allí también y caminaba aún más lejos entre las rocas del espigón, donde los pescadores tienden sus cañas, hasta desaparecer de mi vista, quedando muy cerca de mí su bici. La presencia del pescador me ha dado calma, me ha movido también por dentro, en mis entrañas y en mi pecho. Me he desembarazado de las ropas quedando en ropa interior, que uso a modo de bikini por ser de lycra negra, bastante discreta, y he caminado hasta la orilla. Otros días no he perdido pie en el agua, la playa se adentra en el mar muchos metros sin que te cubra, el océano es rabioso, siempre enfadado, las corrientes te llevan. Pero hoy no sentía ningún temor y he nadado hasta el punto mismo donde la ría y el mar se entremezclan arremolinados. Y entonces le he visto regresar del espigón, con el torso desnudo, oteando el mar y a la única nadadora, observadora a lo lejos de sus propios movimientos. Nada malo podía sucederme con ese hombre allí y todo tenía sentido. He saboreado cada minuto de esa cercanía, cuando después, enlazadas las miradas, tumbados en la arena, apenas a unos metros de distancia, me recorría el deseo de conocerle de ese modo en que no hay palabras, sólo tacto, sólo el misterio de los sentidos que muerden la carne.

Hoy he estado más que ningún día en el agua, los barcos que iniciaban o terminaban la faena se cruzaban cerca de mí. Después he dado un paseo entre los pescadores hasta la punta del espigón y cuando me he dado la vuelta, para regresar de nuevo a la caleta, él estaba ahí resguardado entre dos grandes rocas, sentado y mirándome, diciéndome hola y a mi respuesta cegándome con su sonrisa. El tiempo a veces es muy silencioso y se para fundido en la pasión de los humanos..

Sobrevivir significa no preñarse de la tristeza hasta el punto que deje mella perenne en la mirada o en el gesto de los labios al sonreír, significa controlar la corriente, poder cubrir de nuevo tu cuerpo al regresar a la arena, no perder la íntima alegría, no desmoronarse y sucumbir, o sólo lo justo para no despeñarse y ser desahuciada. Él no me ha abandonado después de mi experiencia con su socio, pero sé bien que no me perdonaría un quiebro más, que me alejaría de sí como a apestada. Pero también sé que no me perdonaría que la tristeza me afeara o me enfermara. A diferencia de esto último, lo demás puede permanecer en mí oculto, puede vivir secreto en mi alma, guardado como el calor entre mis piernas . . .


Amapola

Última edición por Amapola_Blanca; 08/08/2008 a las 20:34
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