Rol: Dominante Sexo: Hombre Ubicación: Madrid Fecha de Ingreso: Jan 2006
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| Tercer fragmento
Texto que responde a las fantasías contadas por Jehanna, y a un hecho real sucedido hace bastantes años a un persona amiga mía.
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Un día quedé con mi amiga L. Hacía tiempo que no nos veíamos y su voz, la última vez que me llamó, me sonó extraña. Al final, decidimos vernos. Nos citamos en el viaducto de la calle Bailén. Es un sitio que me gusta. Ahora, algún bien intencionado ha colocado allí unos gruesos cristales para evitar los suicidios. Pero me contaron que, en la posguerra, era muy habitual que la gente se asomara a uno de los salientes que lo adornan y se tirara al vacío. Lo malo solía ser que en su caída, a veces, mataban a algún transeúnte. Recuerdo de un caso que me interesó: al parecer alguien se tiró y cayó, cosa rara, de pie sobre el asfalto, y entonces los huesos de las piernas se hundieron en su cuerpo, y quedó como un pequeño ángel volador enano con sus tibias convertidas en alas que surgían de sus hombros.
En el tiempo del que hablo todavía no estaban puestos los cristales. Y cuando yo llegué al lugar de la cita no vi a mi amiga. Me puse a contemplar el crepúsculo que ya caía sobre Madrid. Aquel es un sitio privilegiado para observar cómo la ciudad se ilumina y a lo lejos el cielo parece convertirse en un mar de islas del Pacífico, casi como si las contemplara un viajero que, enterado de su enfermedad mortal, hubiera decidido desaparecer de su mundo habitual, para ir a morir en algún sitio caliente y salvaje.
La noche llegaba y mi amiga no apareció. Cansada me volví mi casa. Pensé que, olvidadiza como era, no se habría acordado de nuestra cita. Al cabo de varios días, me llamó a casa y me contó una historia tan inverosímil como todas las suyas.
Me dijo que había llegado antes que yo. Se había asomado a ver el paisaje sin percibir que, a su lado, una anciana le miraba atentamente. Luego, me dijo, la mujer se le acercó y le dijo algo así como que no desesperara y que no pensara en medidas extremas. Mi amiga, que no es precisamente paciente, le envió a hacer gárgaras. No habían pasado más que unos minutos cuando sintió que un coche de policía se paraba junto a ella, y que unos agentes la sujetaban y le decían que no se preocupara más, que ellos ya estaban allí para salvarla. L., que no es muy aficionada a los servicios de seguridad, se resistió a patada limpia.
Lo siguiente que recordaba es que estaba, atada de pies y manos, y en una ambulancia a toda velocidad, con la sirena puesta, y un enfermero que le miraba a la blusa que se había abierto bastante en el forcejeo anterior. En cierto momento del viaje, y mientras ella se hacía la dormida, notó los dedos un poco sudorosos del enfermero recorriendo sus pechos y apretando sus pezones. Al principio pensó en chillar pidiendo auxilio, pero cuando ya estaba decidida a montar un buen escándalo, se dio cuenta de que se estaba excitando, tenía el tanga mojado y se le clavaba en el sexo por la posición en que la habían atado con unas tiras elásticas. L.
No entendía lo que le estaba pasando: a veces se había masturbado pensando en que la violaban, y que, mientras se lo estaban haciendo, ella se excitaba y tenía incluso un orgasmo...Era algo que no había contado a nadie, y que le daba bastante vergüenza. Y lo peor es que ahora estaba viviendo esa fantasía. La idea de que el enfermero usara su boca, y le hundiera su sexo, seguramente ya a punto de eyacular, en su garganta le daba a la vez arcadas y al mismo tiempo unas ganas enormes de que lo hiciera.
Notó que el enfermero le ponía una inyección y que ella se quedaba como sin vida, no era capaz de moverse, aunque estaba en todo momento consciente de lo que hacía y le decía aquel hombre. El tenía una cara brutal, con las cejas espesas, y una mirada que no se despegaba de su cuerpo. Le estaba diciendo brutalidades y la insultaba llamándole puta y perra. Ella permanecía con los ojos cerrados, pero, para su sorpresa, con cada insulto notaba que algo en su interior se ponía tenso y excitado, y tenía miedo de que su humedad, que notaba como un gran fluido entre sus piernas, llegara a mojar la tela de la camilla y delatara su excitación.
El le decía todo lo que le iba a hacer cuando llegaran al hospital. Al parecer, aquella noche le tocaba a él atender a las recién internadas. El tenía que entrar en cada habitación y ocuparse de la medicación nocturna. Le dijo, mientras notaba en su cara pequeñas gotas de saliva que arrojaba el hombre al hablar, que no se preocupara, que aquella noche le iba a atender bien. Y repitió varias veces la palabra bien, como si estuviera bebido y sólo pensara en esa palabra. Le contó que a todas las nuevas les daba el mismo tratamiento: primero, mientras estaban atadas en la cama, penetraba profundamente en su boca hasta conseguir que vomitaran, pues sólo al ver sus vómitos y sus ojos llenos de lágrimas conseguía él eyacular. Después, si le gustaban mucho, y también repitió varias veces ese mucho, les llevaba a los lavabos para lo que él denominó su tratamiento final.
Según le dijo, inclinando la cabeza sobre su cara, les sumergía la cabeza en una bañera vieja que allí estaba, y, mientras comprobaba que el pelo flotaba como una medusa en el agua, las penetraba...y tenía su placer sintiendo sus espasmos al ahogarse. Después, el asunto era sencillo. Si ellas habían sido amables, y se les veía lo suficientemente temerosas y cobardes como para guardar silencio sobre lo sucedido, dejaba que volvieran a respirar. En caso contrario, bastaba un informe a la superioridad sobre el intento de suicidio de la interna, y cómo ésta en su desesperación había empleado la bañera para conseguir sus propósitos.
En realidad, su placer, señaló el enfermero, empezaba muy pronto. Cuando, como ahora mismo, les contaba a ellas lo que les iba a suceder, y él sabía que todas se aterrorizaban, pero también que algunas, como ella, perra y puta, se excitaban hasta mojar toda la camilla. Muchas veces había tenido que retirar esa tela empapada después.
En ese momento, mi amiga sintió que perdía el conocimiento, y que una niebla velaba sus ojos, dejando como flotando en sus mente la palabra después y después y después...
Mientras me contaba esta historia, yo no sabía dónde meter mis manos, me las había estado frotando contra el pantalón, porque yo también me sentía muy excitada. Además, tenía una gran curiosidad por saber cómo había terminado la historia. Un hecho parecía incontestable: mi amiga estaba sentada frente a mí, o sea que se había salvado de la bañera.
Noté que, de repente, mi amiga me miraba directamente a los ojos y me decía: Creo que alguna vez te he contado que estoy en un grupo de gente que simpatiza con la sumisión y el sadomasoquismo, ¿verdad?...y que se llama Club Sumisión. Pues, verás, me acabo de cambiar de nick...ahora me llamó “amante-del-agua{AH}”,...y El, dijo dejando caer lentamente la palabra, se llama...AHOGADOR.
C2. Siempre teniendo a mis pies a MC{C2}
Última edición por CONSUL2; 20/07/2006 a las 22:30 |