Rol: sumiso Sexo: Mujer Fecha de Ingreso: Jul 2006
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| Marcas Estaba anocheciendo. Él había quedado en recogerla en su domicilio a las ocho de la tarde. Ambos estaban nerviosos; ella por la sorpresa de haber recibido un mail de Él proponiéndola quedar y, sobre todo, por haberlo aceptado; Él porque le apetecía y necesitaba volver a verla y, sobre todo, porque no sabía cómo reaccionaría ella durante la noche que se presagiaba muy intensa en emociones...
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se vieron y no habían vuelto a saber nada el uno del otro, pero ambos se tenían en sus pensamientos... Esa última vez fue muy desagradable y terminaron despidiéndose de mala manera, mal recuerdo final para tan bella e intensa relación.
A Él le daba igual si ella ya había contactado con alguna otra persona, lo que había entre ellos estaba por encima de eso. Y ella pensaba igual. De todos modos, tampoco suponía nada el quedar.
Él estaba esperando en la calle, apoyado en su coche. Cuando ella apareció ambos pensaron lo mismo el uno del otro: “sigue tan guapa/o como siempre”. Se saludaron con dos besos y un fuerte abrazo.
Durante el trayecto en coche estuvieron hablando de cosas intrascendentes, se hicieron preguntas sobre cómo les iba la vida en general, temas algo triviales para ir rompiendo el hielo...
El camino no se hizo muy largo, aunque la carretera por la que circulaban era estrecha y con bastantes curvas, rodeada de árboles. Después abandonaron la carretera para continuar por un camino. Hasta que Él detuvo su coche. Solo había árboles, silencio y emoción en ambos... El lugar les era familiar, en ese mismo lugar tiempo atrás habían sellado una promesa de pertenencia: ella se entregaría a Él en cuerpo y mente...
Él bajó del coche, abrió el maletero, se dirigió hacia donde se encontraba ella, abrió la puerta y le pidió que bajase. A continuación la ordenó que le entregara su tanga, lo cual a ella le trajo algún recuerdo del pasado. Pero para sorpresa suya, Él se lo introdujo en la boca de ella, luego cogió el pañuelo con sus iniciales, que tantas veces había utilizado para vendar sus ojos y se lo ató a la boca, de manera que ella quedó con la boca tapada y le era imposible hablar, ni gritar. Luego le dijo que se quitara el resto de ropa, que debía desnudarse completamente. Mientras ella obedecía Él estaba cogiendo algo del maletero. Una vez que ella estuvo desnuda esperó de pie, frente a Él, nerviosa por la incertidumbre de lo que sucedería...
Él sacó del maletero un collar, con sus iniciales, ese collar que tantas veces le había puesto. Se lo colocó delicadamente. Luego cogió unas cuerdas gruesas, que ya conocían el cuerpo de ella porque lo habían acariciado en multitud de ocasiones. Le pidió que apoyase sus manos en el maletero, que continuaba abierto, de manera que ella quedaba agachada, con las piernas firmes, ofreciendo todo su trasero y espalda para Él. Ató sus muñecas entre sí y éstas las ató a su vez al hierro de la cerradura del maletero, de manera que ella quedó totalmente a su merced, sin poder escapar. Ella tenía sandalias de tacón alto, su postura a ambos les excitaba: a ella porque se imaginaba lo estética y sensual que resultaría y a Él porque podía observar lo maravilloso de su trasero, y podía disponer de él para azotarlo e incluso poder penetrarla en esa excitante postura.
A continuación Él cogió un cinturón que también llevaba en el maletero. Uno marrón que ella ya había probado y que era especialmente doloroso. Pero a ella no le importaba, estaba atada, como a ella le gustaba, y a merced de lo que Él decidiera. Presentía que iba a recibir unos azotes bien merecidos.
Entonces Él dijo:
- Ahora voy a darte lo que te mereces por los insultos que me propinaste, así ambos nos quedaremos liberados, tú por tu mal comportamiento y yo porque me habré resarcido por el daño que me has hecho. -
Entonces cayó el primer azote, fue muy duro, fuerte, seco, le dolió muchísimo. Ella desconocía cuántos le daría, esta vez no le había dicho número, a diferencia de ocasiones anteriores. Continuó azotando, ella se retorcía de dolor, pero la mordaza en su boca le impedía gritar o expresarse con facilidad. De vez en cuando Él se detenía para que ella volviese a su posición, que perdía cada vez que recibía un nuevo azote. Ella se retorcía de dolor, se ponía en cuclillas, pero no podía moverse demasiado, ya que estaba atada por las muñecas. Los azotes eran más fuertes que nunca, ella pensó que nunca había recibido unos golpes con tanta fuerza e intensidad, y por supuesto, Él nunca se los había propinado así. Él necesitaba sacar toda la rabia que tenía dentro por los insultos recibidos por ella y porque aún la quería. Y ella necesitaba recibir más azotes por los insultos que le había hecho, necesitaba purgar su pena y demostrarle que sí le apreciaba y que le pedía perdón por todo lo que le había dicho.
Ella notaba que su sexo se humedecía, a pesar de los golpes recibidos, cada vez más fuertes, ella estaba muy excitada. Él también lo estaba.
Ambos perdieron la cuenta de los azotes. Ella estaba exhausta, no aguataba más, lloraba, gemía. Hasta que finalizó de azotarle, la besó en los labios, en la espalda. De repente Él se sacó su erecto miembro del pantalón y lo introdujo en su húmedo y ávido sexo, con fuerza, a ella le dolió, pero al mismo tiempo le excitó. Allí atada, totalmente dolorida y a merced del que había sido su Dueño durante los últimos meses. Él siguió penetrándola fuertemente, con movimientos intensos y al mismo tiempo le daba azotes con sus manos en su ya maltrecho culo. Hasta que ambos se corrieron y quedaron exhaustos.
Finalmente, una vez recuperados, la desató y la abrazó dulce y tiernamente.
- Ahora tendrás marcas como nunca antes las has tenido, me has demostrado tu sumisión y yo te he demostrado mi dureza. Pero, sobre todo, ambos nos hemos reconciliado con nosotros mismos. - Dijo Él.
Ella sabía que sí tendría marcas como nunca antes las había tenido. Pero ambos sabían también que esas marcas pasan con el tiempo, y al final las marcas que permanecen son las del corazón, ese corazón en el que ambos sentían cosas muy intensas el uno por el otro.
Y continuó con voz seria, pero feliz:
- Quizás no volvamos a vernos nunca más, en cuyo caso, este habrá sido el final que ambos nos merecíamos, y que se merecía la relación. No podíamos dejarlo de la manera que lo hicimos, no nos merecíamos eso. Nos merecemos un final en el que ambos nos hemos mostrado nuestro respeto y quedamos en paz, entre nosotros y con nosotros mismos.
Le quitó la mordaza, le ordenó que se vistiera. Ambos subieron al coche y volvieron hacia la casa de ella.
Por el camino, había silencio, pero ambos sabían que habían hecho lo que debían. Ambos tenían dudas sobre su futuro.
De repente, Él rompió el silencio:
- Quédate con el collar, te pertenece, yo no podría ponérselo a nadie que no fueras tú. En recuerdo de nuestra bella e intensa relación.
Llegaron a su casa y se despidieron dándose un beso.
Ninguno de los dos sabía si volverían a verse, ambos se darían un tiempo, o quizás ya su tiempo había pasado, o quizás se verían al día siguiente, pero al menos habían hecho lo que debían. “ |