Spanking en Buenos Aires
Estoy aquí gracias a una sumisa que conocí en una oportunidad.
Ella Me hizo ver que Yo era lo que Soy y que puedo superarme.
Me pasó la dirección de esta página y realmente vi que era un Dominante sin saber Qué era serlo. Devore textos e imágenes… Crecí tanto.
Chateamos en varias oportunidades, durante bastante tiempo, hasta que se genero una confianza y deseo mutuo de conocernos.
Llego ese día. Lo prepare todo. Fui a buscarla. Estaba radiante. Su perfume inundo Mi auto (carro dirán Uds.) eso me gusto mucho.
Hay un lugar que me agrada de verdad, llamado el “Bar Francés” con un ambiente ideal para estar relajado de lo cotidiano y concentrado en lo que se esta haciendo.
Fuimos abordando muchos temas, y nos sedujimos. Ella paulatinamente se fue entregando a Mis miradas. Juntos en un sillón, clave Mi mirada en sus dulces ojos, la tome por delante con Mi mano derecha desde el lateral izquierdo de su cara. Mientras con el pulgar acariciaba su oreja, con los dedos guiaba su cabeza hacia Mi. Para fundir Mi boca en la suya. Hice que me bese como deseaba que lo hiciera. Era muy buena.
Mi mano fue entrando en su escote. Donde sus pechos se asomaban como para saltar de ese balcón, hacia Mi patio interno…
Me regalo sus pechos por ese instante. La adore. Se lo agradecí dándole pellizcos en los pezones. Primero suavemente, luego mas intensamente. Así sentí sus suspiros en mi oído. Mezcla de placer y dolor, de entrega y subordinación. Se hinchaban. Los mordí. La mire y fui a pagar. Mi casa estaba a pocas calles. Allí la lleve.
Se fue desnudando lentamente. La coloque sobre Mi Cama. Boca abajo. Su cola parecía querer explotar. Suave. Tersa. Mía.
Al principio la inspeccione. Vi que estaba total y cuidadosamente depilada. Me gusto. Le pregunte:
- ¿Para quien te depilas?
- Para mi. – respondió. Primer error. Una palmada se estrelló en su nalga. Mis dedos se marcaron en su piel.
- Error mi pequeña. – Y repetí la pregunta.
Por cada error mis manos aplaudían su cola.
La coloque boca arriba y mis chirlos siguieron por los labios mayores de su sexo. Le impedí cerrar las piernas. Abiertas. Expuesta.
Sus quejas, mezcla de dolor y complicidad, sonaban en mi como la Sinfonía 35 de Mozart.
Volví a exponer sus adorables nalgas. Sabiendo del efecto del spankin en ella, la sometí con una regla de madera, antigua de unos 30 cm.
Sus quejidos, sus suplicas… me hicieron avanzar sobre esas nalgas sonrojadas, en las que habría un pentagrama en cada una, donde la música de sus quejidos debería haber escrito.
El sonido plano y franco de la regla al dar con sus nalgas, hizo que al fin brote lo correcto.
- Para Ti Señor. Para Ti…
Esa fue la señal, La poseí. Mi miembro calzo justo en su guante. El encastre fue perfecto.
Quise contenerla, agradeciéndole el haberme regalado por esa noche su voluntad. Preciado tesoro. Me sentí Afortunado de ser el poseedor de su gracia.
Mejorare. trabajo en eso.
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