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Antiguo 17/09/2006, 02:53   #4
Moonbrands
 
Rol: Dominante
Sexo: Hombre
Fecha de Ingreso: Jun 2006
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Predeterminado Iniciándote al castigo (IV)

Y lo hiciste, con voz suplicante y temblorosa. Solté tus mejillas, enrojecidas por la apretura de mis dedos, y cogí el látigo. Doce tiras de negro cuero trenzado para marcarte, por vez primera, el cuerpo y el alma. Doce largas tiras para enredarlas en tus piernas y en tu cintura, como hirientes abrazos que dominaran tu voluntad sometida, dejando en el mar moreno de tu piel la estela rojiza del dolor.

Acaricié con la fálica empuñadura tus labios cerrados y te ordené humedecerla con tu lengua. Penetré tu boca con la negra verga de cuero, ensimismado en aquella forzada felación que, al instante, convertiste en consentida. Las tiras del látigo caían sobre tus pechos aún pinzados y las puntas rozaban tu vientre, movidas por el suave balanceo que provocaban tus labios entregados. Retiré la empuñadura de tu boca y dejé los surcos de tu saliva en tus pezones adormecidos y amoratados. Apenas un leve quejido se escapó de tu boca cuando te quité las pinzas y chupé tus pezones, mientras lubricaba tu sexo con el húmedo puño del flagelo. Respondiste al placer inesperado con cautela, esperando mi aprobación y consentimiento. Sin esfuerzo, el negro falo se introdujo en tu vagina y mis dedos se llenaron de tus jugos incontenibles.

Pendían de tu coño las tiras del látigo. Las sentías entre tus muslos, como caricias de cuero que subían y bajaban al ritmo de la penetración. Mi mirada fija en ti te hacía sonrojar. Era la vergüenza de tu placer de esclava que deseabas evitar en un último arrebato de dignidad. No consentí el orgasmo inmerecido y extraje la empuñadura al tiempo que lo sentías cercano. Me irritó tu petición de que volviera a penetrarte, mezcla de frustración y de exigencia. Con rudeza, te tomé de la cintura y giré tu cuerpo. Quedaste de cara a la pared, asustada por el imprevisto movimiento, consciente de que había llegado la hora del castigo.

Deslicé el látigo por tu espalda hasta tus nalgas y tu cuerpo se estremeció. Retrocedí unos pasos para situarme a la distancia precisa, agarrando con fuerza la empuñadura aún mojada por tu placer. Simulé varios golpes en tus piernas, suaves, indoloros, que hicieron derrumbar tu escasa entereza. Tu llanto entrecortado anunciaba tu miedo creciente. Esperé inmóvil unos minutos, concentrándome en tus nalgas ofrecidas y en tus gemidos infantiles. Sabía que aquel silencio roto por tu llanto, que aquella espera interminable estaba haciendo mella en tu pensamiento y en tu corazón. Intentaste darte la vuelta, incapaz de soportar la tensión de no verme, de no saber qué hacía, pero la rotundidad de mi orden te hizo desistir. Tu agonía fue quebrada por el sonido sibilante del látigo en el aire y por el golpe certero sobre tus nalgas. Tus piernas se doblaron, por los temblores del miedo más que por el dolor que te hizo gritar desconsolada. Te ordené que te pusieras firme y obedeciste al instante, endureciendo las nalgas, queriendo amortiguar el siguiente golpe. Pero éste quebró tu resistencia con una docena de aguijones clavándose en tu piel, arrancando un único alarido que te hizo enronquecer. El dolor del miedo y de la humillación era más poderoso que el que te provocaba el látigo que se enredaba en tus caderas para morir en tu vientre y en tu pubis...

Moonbrands
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