Iniciándote al castigo (y V)
Te azoté con fuerza y sin descanso, arañando la piel de tus nalgas y de tus piernas, de tus hombros y tu cintura. Tu cuerpo pendulaba bajo el aro en que estabas encadenada, convulso por la mordedura del látigo, evitando un nuevo golpe sobre la carne ya mancillada, desvirgando la piel aún indemne.
Sin fuerzas, recobraste la posición inicial y aguantaste las últimas embestidas del látigo cebándose en aquellas nalgas hermosamente enrojecidas. Gritabas con cada impacto y gemías casi sin respiración, implorando que cesara el castigo.
Me detuve, jadeante y sudoroso, y me acerqué a ti, dejando el látigo en el suelo. Palpé tus nalgas ardientes y te estremeciste con el roce de mis dedos sobre tus heridas. Te giré para ponerte frente a mi y comprobé que tenías los ojos hundidos y repletos de lágrimas, el pelo apelmazado en la frente sudorosa, los labios resecos por la sed. Te pedí que me miraras y pude ver en tus ojos la incomprensión que seguía azotándote en el interior de tu mente. Te hablé dulcemente y, con sinceridad, te dije que llegarías a ser una magnífica esclava.
Esbozaste una sonrisa y con voz aniñada me dijiste que nada en el mundo deseabas más que llegar a ser mi mejor esclava. Y, seguidamente, me diste las gracias por el castigo.
Me pareciste más hermosa que nunca, en aquel gesto de amor incomparable. Y, aflojando las hebillas de las esposas, solté tus manos, te tomé en brazos y te llevé a la cama para gozar de tu cuerpo castigado y hacerte gozar con el mío fundido en tus heridas... Moonbrands |