Rol: Dominante Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Jun 2006
Mensajes: 4
| La conversión de Lucía
Lucía estaba como absorta. Sus ojos recorrían la sala como si la vieran por primera vez, aun cuando había pasado allí horas y horas durante los últimos años. Se sentía insegura, a pesar de conocer a la perfección aquel escenario, y notaba como un nerviosismo cada vez más innegable se apoderaba de ella.
-¿Estás preparada? –susurró una voz a sus espaldas. Era Enrique, su amo. Un nombre muy conocido para un apelativo que justo en aquel momento se estaba estrenando.
Ella asintió con la cabeza, como si sus labios hubiesen perdido por completo la capacidad de hablar o, aun manteniéndola, no supieran de qué modo usarla. Enrique comprendió perfectamente de qué modo se sentía ella y no la atosigó. Dejó que se tomara su tiempo, que tratara de controlar el torrente de extrañas sensaciones que, sin duda, se había desencadenado en su interior.
Ella no apreció el detalle que suponía aquella licencia, pero se aprovechó de ésta aunque fuera de un modo inconsciente. Siguió inspeccionando la estancia, escrutando con suma curiosidad todos y cada uno de los detalles. La cruz de San Andrés fue uno de los elementos que más llamó su atención y, mientras la miraba fijamente, le pareció verla de nuevo llena: por unos instantes, tuvo la sensación de estar viendo a una chica rubia de piel finísima atada a ella, emitiendo quejidos que la mordaza casi ahogaba por completo, recibiendo sobre su cuerpo la descarga de un gato de nueve colas que parecía empeñado en hacer desaparecer de su cara cualquier rastro de altivez.
Justo después se fijó precisamente en ese gato. Era uno de sus juguetes preferidos, uno de los más efectivos y amenazantes, aunque en aquel momento pareciese tan inocente como el resto de instrumentos que lo acompañaban y que llenaban la mesa: un par de fustas, una caña, unas cuantas palas de varias formas y tamaños… y el látigo, claro, ése que apenas usaba porque no era de sus preferidos pero que, sin embargo, tenía el poderoso efecto de convertir la cándida cara de la rubia en una mueca de miedo. Miedo puro y sin tapujos.
La imagen de la misma chica rubia la acompañó en todo momento: casi podría afirmar con certeza que, en aquel momento, ella estaba verdaderamente allí. Recostada sobre la tabla que había justo en el centro de la sala, con los pezones pinzados y el vientre cubierto de cera. Metida también en la jaula, con todo su cuerpo incómodamente doblado en una postura tan humillante que no podía sino resultar preciosa. Pero también la veía suspendida del techo, completamente desnuda salvo por el collar de perra que con tanto esfuerzo se había ganado, exhibiendo su cuerpo joven y perfecto, inmaculado antes del inicio de la sesión.
-Lina –musitó la mujer, como tratando de llamar la atención de aquella esclava que le parecía tener delante en aquel mismo momento.
-¿Cómo dices? –escuchó a sus espaldas como toda respuesta.
Y entonces fue consciente de todo. La voz que había escuchado no era la de Lina, su esclava. En primer lugar, porque de haberlo sido, le habría cruzado la cara de un bofetón por hablarle de semejante manera. En segundo, porque no era la voz dulce y servicial de la muchacha, sino la ronca y severa de Enrique. Su amigo, su compañero, su amo.
Aquella sucesión de calificativos se produjo en su mente rápidamente, condensando en fracciones de segundo lo que la vida había dejado transcurrir en años. En tantos que ya casi no era capaz de ponerles un número que los identificara. No había tardado nada en convertirse en su amigo y aun menos en aceptar su invitación para ejercer de compañero de juegos. Él mismo la había ayudado a domar, entre aquellas paredes, el carácter deliciosamente rebelde de Lina. Y lo había hecho con una mezcla tan sutil de firmeza y afecto, de ternura y severidad, que resultaba evidente que era la persona más indicada para doblegarla también a ella. Porque era su amigo, porque era su compañero, no cabía duda de que podía ser también su amo.
-Nada, perdona –dijo Lucía-. Estaba pensando en voz alta, supongo.
-No te preocupes.
La voz de Enrique le sonó tranquilizadora, pero no lo suficiente. Ni siquiera un coro de querubines le hubiera permitido controlar los nervios. No en aquel momento.
-¿Sigues estando segura de que es esto lo que quieres? –preguntó él- ¿No has cambiado de opinión?
Lucía se dio la vuelta y clavó sus ojos negros en los de aquel hombre justo antes de responder que sí, que no había vuelta atrás. Ambos se miraron unos instantes en silencio, dando la impresión de que aquélla era una escena que ya habían vivido, como si él hubiese hecho aquellas mismas preguntas una y mil veces y ella las hubiera contestado otras tantas. Sin embargo, había algo distinto en sus miradas, algo que convertía aquella ocasión en única: sin decirlo, ambos sabían que era la última vez que la vivían.
-Bien. Entonces, desnúdate.
La orden pilló a Lucía por sorpresa. No había esperado un inicio tan tosco, tan evidente, tan faltado de comprensión o de tacto. Sin embargo, mientras empezaba a desabrocharse la blusa, se dijo a sí misma que era una estúpida por haber pensado aquello. ¿Acaso había otra cosa posible? ¿Acaso quería de verdad que las cosas sucedieran de otro modo?
Cuando la blusa blanca y los pantalones negros cayeron al suelo, los ojos de Enrique se recrearon en la calmada belleza de Lucía y en el gesto elegante de todo su cuerpo. La fina lencería que todavía lo abrazaba le daba un aire de dignidad, un último suspiro de grandeza que estaba a punto ya de desvanecerse, condenada por un tribunal que ella misma había presidido.
Efectivamente, cuando el sujetador y las bragas estuvieron también en el suelo, el cuerpo de Lucía era la desnudez hecha mujer. Enrique la contemplo en silencio, dejando que sus ojos se detuvieran en cada pequeño detalle con estudiada obscenidad. Los pechos pequeños y preciosos, el vientre liso y duro como una roca, las piernas largas y estilizadas… era una mujer de una belleza innegable a la que aquella recién estrenada desnudez sentaba de maravilla. Y es que no era la primera vez que Enrique veía su cuerpo ni, cuando pusiera su mano sobre aquella piel morena y suave, sería la primera vez que lo tocara. Sin embargo, tenía la impresión de que era así. De que todo estaba sucediendo por primera vez. Y en cierto modo tenía razón. Esa Lucía que tenía delante, ésa que había renunciado a su rol habitual, ésa que se le entregaba sin reservas, era en efecto una mujer con la que nunca antes había estado.
Ella, por su parte, también se sentía extraña. Se había desnudado otras veces frente a Enrique, le había dejado jugar con su cuerpo en el lógico intercambio al que dos amantes fogosos se prestan. Pero aquella vez todo era distinto. Desnudarse obedeciendo una orden no era lo mismo que hacerlo por placer, del mismo modo que la sensación de estar siendo disfrutada por los ojos del amante era muy distinta a la de sentirse observada por los del amo. Todo era igual y, a la vez, todo era distinto. No había nada nuevo y todo ocurría por primera vez.
Se sintió incómoda con aquella desnudez y de nuevo pensó en Lina, su joven esclava, esa rubia de figura tan generosa en curvas que siempre parecía tan feliz, tan segura, tan satisfecha, cuando se encontraba en aquella misma situación. Ella, sin embargo, no se sentía de la misma forma y, en el fondo, era natural. Llevaba unos quince años metida en aquel mundo tan apasionante al que ya no había podido renunciar desde el momento mismo en que lo descubrió. Un mundo en el que había gozado de sensaciones y sentimientos tan intensos que resultaba tan imposible como indeseable ponerles nombre alguno. Un mundo por el que siempre se había movido con seguridad, montada sobre sus botas de tacón alto, bien armada con su fusta y alentada por la adoración con la que las personas con las que había compartido juegos, los sumisos y sumisas que se habían puesto a su servicio, le habían mostrado.
Pero esta era la primera vez que decidía bajar de sus tacones para ver el mundo a ras de suelo y, casi de inmediato, había comprendido que el término medio no tenía cabida en este viaje. No podía quitarse las botas y quedarse descalza en el suelo. Eso no bastaba. Debía arrodillarse y pegar su cara a las baldosas para poder ver las cosas desde otro prisma. Era un cambio tan radical que asustaba, pero por eso mismo apasionaba. Sí, de eso se trataba: de abandonar los tacones y ponerse de rodillas.
|