Enrique se le acercó y dio unas cuantas vueltas a su alrededor, como si estuviera inspeccionando a una sumisa recién llegada a aquella mazmorra, a una perfecta desconocida cuyos detalles quisiera conocer antes de decidirse a tomarla a su servicio. Ella se sintió más humillada todavía, pero sabía que aquello no había hecho más que empezar. Como para darle la razón, él la obligó a agacharse empujando su espalda y haciendo que su culo quedara expuesto. Sin ningún pudor la manoseó, le dio un cachete en las nalgas y le introdujo, de una forma tan inesperada como brusca, dos dedos en el coño.
Lucía emitió un pequeño ruido difícil de clasificar que respondía más a la sorpresa que a la queja y él se rió con sorna. Ella se indignó más todavía, más por la burla que por la forma en que estaba siendo tratada y pronto cayó en la cuenta de por qué se reía Enrique y de por qué su queja había sido tan suave. Lo normal hubiera sido que, de la forma como él le había clavado los dedos, un intenso dolor se hubiera apoderado del acceso a su vagina y de su vientre, pero no había sido así. Y no había sido así porque los dedos se habían deslizado con absoluta comodidad, acogidos y empujados por los líquidos de la excitación. Lucía podía intentar mantener cierto aire de soberbia en el rostro, pero su coño no parecía interesado en acompañarla en aquella absurda mentira y, mojándose de inmediato, le había dado a Enrique su entera aprobación.
En aquel momento Lucía supo que estaba ya totalmente entregada. Su coño había hablado por ella y le había dado a Enrique luz verde para hacer lo que le apeteciese. Un sexo cálido y mojado había dictado sentencia, había repartido los papeles, había extendido el contrato: amo y esclava acababan de ser investidos como tales.
A pesar de ello, Lucía siguió resistiéndose a entregarse plenamente. Cuando Enrique la suspendió del techo y la azotó sin amordazarla, ella aguantó un buen rato sin apenas gritar. Dejó que la fusta pusiera rojas sus nalgas, que las palas se divirtieran con sus pechos, que el gato acariciara todos los rincones de su piel. Se mordió los labios convencida de que podría aguantar aquel suplicio sin desmoronarse, segura de que su fortaleza de ama la iba a salvar de las garras de la desesperación a las que el dolor parecía empeñado en quererla empujar. Y casi lo consiguió.
Fue cuando la caña entro en escena cuando se derrumbó. Consiguió encajar los dos primeros golpes con jadeos y una intensa aceleración de su ritmo respiratorio, pero el tercero la hizo gritar como nunca antes lo había hecho. El cuarto la hizo estar al borde de pedirle a Enrique que parara y el quinto le hizo dejar de pensar. El sexto se estrelló sobre su piel como si quisiera demostrarle que estaba vencida y el séptimo se lo confirmó. El octavo y el noveno ya no encontraron gritos en su garganta, que había quedado seca y vacía, mientras el décimo vino acompañado de palabras suaves que Enrique le musitaba y que ella apenas podía oír.
No tardó ni unos segundos en sentir sus manos sobre su piel. Aquellos dedos que acababan de torturarla recorrían ahora los lugares en los que los instrumentos de tormento habían impactado. Era curioso cómo, al pasar por allí, despertaban súbitamente el dolor para mitigarlo al momento con sus caricias y los besos y palabras dulces que las acompañaban. La sensación era en su conjunto tan extrañamente reconfortante que Lucía no tuvo ninguna duda de que soportaría otra tanda de azotes para poder experimentarla de de nuevo.
Y fue en ese momento cuando Lucía supo por qué estaba en aquella situación, por qué había abandonado los tacones para dejar que sus muñecas estuvieran atadas al techo. Aquello era lo que había querido experimentar, aquella sensación de abandono, de entrega total, de sentir que nada en el mundo debía preocuparla, puesto que los brazos de su amo estaban allí para abrazarla. Cierto era que iban a estar también para azotarla, pero parecía un precio muy pequeño, aun a pesar de la cruel dureza de la ladina caña, a cambio de la sensación que en aquel momento la embriagaba.
Y supo así que aquello iba a ser algo más que un experimento, algo más que el juego ingenioso de una tarde de verano. Sentía en su interior la misma sensación que había experimentado unos años atrás, cuando acariciaba los cabellos de su primer sumiso, que le lamía los pies con la piel llena de marcas rojizas y cubierta de sudor. Tuvo la sensación de que, necesariamente, tendría que repetir lo que acababa de vivir.
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