Sigue del anterior......
me adelanté al dormitorio para preparar los detalles del
resto de su castigo..........
Desplegué sobre la cama las
correas y las cadenas, las cuerdas de nylon y el
bocado, bajé las persianas hasta dejar la habitación
en una penumbra rojiza perfecta. El olor del perfume
flotaba en el aire y todo ofrecía un aspecto decadente
y cálido; las cortinas gruesas, las velas iluminadas
en el centro de la mesa junto al armario de
madera.regresé al salón y tomé a María, retiré las
pinzas de su pecho y ella lo agradeció con un suspiro
de alivio. Tomé su collar y la conduje a la
habitación. Al entrar, le ordené que permaneciera
quieta ante la cama, observando la colección de
pequeñas crueldades que le reservaba esparcidas sobre
la cama. María volvió su mirada hacia mí y creí
adivinar un tono suplicante en sus ojos que me
enardeció.adoraba verla indefensa y rendida, mezclando
la excitación de verse dominada con el temor que le
producían mis deseos.quise mantenerla allá un tiempo
más, mirando las correas según yo le explicaba al oído
que iba a atarla con ellas, según susurraba cómo iba a
degradarla hasta convertirla en mi juguete mientras
mis manos rodeaban sus caderas, según iba mezclando
con besos breves las palabras que le dirigía.
Solté sus muñecas otra vez y retiré las esposas. En su
lugar, un grueso cordón blanco de nylon volvió a unir
sus manos inmovilizándolas sobre su vientre. Luego sus
tobillos recibieron el mismo trato, y las correas
comenzaron a cubrir su cuerpo, cruzándose sobre su
piel y apretando sus pechos, su cadera, sus costados.
María se dejaba hacer, ofrecía su cuerpo para que la
atara, dejaba caer gemidos breves según las tiras de
cuero se adherían a su propia piel. Pronto hube
terminado, y pude retrasarme unos pasos para ver mi
obra. El cuerpo de María estaba surcado de correas y
lazos, inmóvil, a mi capricho. La arrojé sobre la cama
y me senté a horcajadas sobre ella, mis rodillas sobre
la colcha a ambos lados de su pecho. Tomé un pañuelo
negro y lo até en torno a su cabeza, cubriendo sus
ojos. Tomé sus brazos y la coloqué de modo que no
pudiera moverse. Tomé con una mano una de las velas, y
esperé a que la cera líquida bailara en círculos
dentro de su funda de plástico. Incliné la vela sobre
ella y dejé caer unas pocas gotas sobre sus pechos.
María lanzó un quejido y la hice callar. La cera
siguió goteando sobre su carne blanca, haciéndola
vibrar, hiriéndola suavemente. Seguí unos minutos
llevando la vela de un lado a otro, dejando caer las
gotas sin orden, poco a poco, de manera que María no
supiera dónde esperar el
próximo contacto sobre su
cuerpo.su ombligo, su vientre, su pubis, sus
hombros.de nuevo aquella imagen encantadora de María
bajo mi deseo, inmóvil y a mi entera disposición,
volvió a acelerar mi pulso. Apagué la vela y tomé una
hermosa vara flexible, corta y rematada por una
suerte de paleta fina.sentado sobre ella, jugué a
castigarla de nuevo en todos los rincones de su
cuerpo, a golpear sus muslos y sus piernas, sus brazos
doblados, sus pechos, incluso sus mejillas.por una de
ellas adiviné una lágrima rodando. Levanté su venda y
vi sus ojos humedecidos. Los besé reconfortándola
cariñosamente, apretando mis labios contra los suyos,
acariciándola con ternura.
Retiré algunas de sus ataduras antes de ponerla de
rodillas sobre la cama. Tan pronto como la tuve de
nuevo erguida, me coloqué tras ella y llevé mis brazos
a sus costados, dirigiendo mis manos hacia sus pechos,
mi boca hacia su nuca y mi sexo erguido hacia el suyo.
La penetré violentamente y mordí su cuello ondulando
mi cuerpo contra el suyo, besando su piel castigada
mientras entraba en ella, tomado posesión de María
como una perla que ahora me pertenecía, adorándola
tras haberla pisado.sus gemidos se hicieron agudos y
hondos, la tomé y la dejé caer agotada sobre la cama.
Me dirigí al baño. Abrí los grifos y llené la bañera,
espolvoreé las sales de baño en el agua tibia y volví
a la cama. Liberé a María de sus correas y la tomé en
mis brazos. Pegué mi boca a sus mejillas y la llevé al
baño.con cuidado, la deposité en el agua.hundí la
esponja en ella y comencé a frotarla dulcemente,
repasando las formas de su cuerpo maltratado,
acariciando las curvas de su costado.la tomé por el
cuello y la atraje hasta mí, a pocos centímetros de mi
cara.María sonrió y acercó su boca a la mía. La besé
con toda la dulzura y la fuerza, la besé con el
orgullo de un Amo para con su esclava.
Pamplona, 19 de diciembre, 1999