Tema: Pernada
Ver Mensaje Individual
Antiguo 19/09/2006, 09:17   #4
ildefonso
 
Rol: Switch
Sexo: Hombre
Ubicación: madrid
Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 753
Predeterminado boda en la aldea

øliva, gracias por tus besos, ya le di el suyo a mi querida sumisa.
Recuerda que esto pretende ser una novelita, ira lento el dsarrollo, no tan rapido como en un relato. Aqui va algo mas de la mitad del primer capitulo, espero tu critica



Todavía es noche cerrada. Al final de la aldea, donde acaba el camino que sube acompañando al río, gritos, cánticos desacompasados y risotadas. Vienen de la cabaña de la Picaza, la “bruja”, así la llaman los lugareños, solo porque vende vino a los hombres que se aventuran hasta allí, sorteando las miradas malévolas que brillan al fondo de las puertas. Su descrédito no viene de que tenga en su cabaña, como pupilas, dos mozas, sus “sobrinas”, greñudas, siempre dispuestas a alzarse las sayas, en nada que medie una botija de vino, o sin ella. Eso en esta época, donde la principal ocupación es lograr el escaso sustento, y las preocupaciones espirituales son escasas, en la aldea no es mal visto. Pero cuentan que algunas casadas también la visitan, buscando remedios...
Pero no perdamos el hilo. En su cabaña hay ocho mozos, jóvenes, pero ya curtidos por la intemperie, el pelo corto, moreno, cortado en redondo, como es obligado en los siervos de la gleba, entecos, las caras ingenuas y maliciosas de cachorros crecidos, ojos claros, pero ya rodeados de arrugas, de entrecerrarlos al sol del verano y a la nieve del invierno.
Son todos los mozos de la aldea. Están hartos de trasegar el negro, espeso vino de la Picaza, hartos de jugar con sus “sobrinas”, roncos de cantar y gritar, de revolcarse por el suelo, con las mujeres, ellas con la sayas alzadas, desnudas desde los riñones hasta los pies, sin nada debajo, descalzas, como se estila entre los siervos. Ellos con las ropas en desorden, las camisas de burdo lino abiertas, las pretinas sueltas, algunas bragas de paño oscuro a media pierna.
Todos, sin ningún pudor ni vergüenza, mostrándose abiertamente entre ellos, ellas sin resistirse a ser objeto de su capricho, permitiendo todo lo que a la escasa imaginación de los mozos se les ocurre. A esta hora, cercano el alba, yacen en desorden, ya adormecido todo deseo, por el exceso y el vino.
La Picaza, adormilada frente al lar, sin hacer caso del desorden, dormita. Despierta en ellos el respeto de la “bruja”, y en toda la noche no se han permitido con ella ninguna libertad.
Aparentemente sin motivo, se despereza, el gato negro que duerme en su regazo salta al suelo y se arquea preparándose para la caza del desayuno. “Hombres, ya es hora de que el novio se vaya a la fragua”. No ha gritado, pero se ha hecho el silencio, todas las miradas vueltas al mas serio de los mozos; Es Pedro, el novio, hoy se casa con Elvira. Ahora notamos alguna diferencia entre él y sus compañeros, la camisa, también de lino es mas fina y de color mas claro, la braga esta firmemente sujeta por la pretina. Cuando se ponen de pie, su cabeza sobresale entre ellos, el pelo mas largo, casi como un paje, mas claro que el de los otros, le identifica como artesano franco. Su cara es mas expresiva, aunque una sombra la entristece. Sus ojos, aunque bajos, se ven mas claros aun que los de sus amigos, y si, están velados por algún pesar.
En silencio, tambaleandodose unos y arreglándose las ropas todos, se levantan y salen de la cabaña. Las dos “greñudas” se acercan al novio, serias de repente, le miran con admiración y ternura.
Las estrechas callejuelas resuenan con las abarcas de los mozos, unos tras otros van parando en los rincones de las cuadras y orinan ruidosamente. Se tambalean, vacilan. El novio, mas serio, se esfuerza por mantenerse derecho, pero de vez en cuando trastabillea. Llegan a la calle del río, “Pedro, al río, que te caerás en la boda”, uno tras otro se meten en el agua, haciendo aspavientos, sin quitarse la ropa, en seguida salen castañeteando los dientes, las miradas mas brillantes, mas serios todos. En lo alto del “diente del diablo”, a oriente, clarea una línea de luz. Un olor de pan en el horno les envuelve al acercarse a la iglesia. Cuando llegan frente a ella, en el ensanchamiento de la calle, con pretensiones de plaza, un espectáculo que con el vino bebido les revuelve el estomago. Colgado del dintel de una puerta, un cerdo, abierto en canal. Fue sacrificado ayer, limpio y listo para asarle, ha pasado colgado la noche al relente. Frente a el se afanan don hombres, grandes cabezas, pelo cano, corto el cuello, la fuerte raza de esta tierra. Preparan una hoguera con troncos de sauces de la ribera, apenas cortados en tres pedazos. Están comenzando a arder, llena la plaza, la aldea, el valle de humo blanco y oloroso. Al lado el gran espetón que soportara al cochino, cuando la hoguera deje de “ahumar”.
Junto a ellos, en otra lumbre mas pequeña, dos mujeres, con sayas pardas, arremangadas, cruzadas y sujetas en la cintura, descalzas entre la tierra preparan dos grandes calderos de gachas.
Al pasar los mozos, hombres y mujeres gritan obscenidades al novio.
El novio se para junto a la casa de la esquina, frente a la iglesia. La puerta es mayor que las de más, alzada sobre el polvo de la calle con un umbral de piedra. También de piedra el dintel, destaca sobre las demás casas de la plazuela. Solo la mísera iglesia esta a su altura. Es la casa de Hugo, el encargado por el rey, Señor Sancho Garcés de administrar las pocas rentas de esas tierras recién arrebatadas a los aragoneses y cobrar el pontazgo a los escasos viajeros.
Con el, vive Elvira, la novia de Pedro, prometidos desde hace dos años, conocidos desde niños, acostumbrados a jugar siempre juntos, a compartirlo todo. Su cariño de niños ha ido madurando y ahora, ella 17 años, el 19 es amor de jóvenes, deseosos de comenzar una vida independiente.
Los mozos empujan al novio para continuar, ya hay luz en las laderas del valle, “Vamos Pedro, tienes que prepararte”, le dice el amigo que esta junto a el desde que salieron de la cabaña de la Picaza. Es Iñigo, su mejor amigo, mas bajo que Pedro, mas moreno, con expresión inteligente. Se ha mantenido toda la noche comedido, cuidando a su amigo. No deja de mirar a Pedro, también preocupado por la tristeza del novio.
Rió abajo, en la entrada del pueblo, esta la fragua. Delante, grande y serio, silencioso Guy, el padre de Pedro. Cuando se encuentran enfrente, Guy abraza a Pedro y le empuja al interior.
A la plaza ha llegado, arrastrando los pies, cansado y polvoriento, el dulzainero, tamboril a la espalda, las alforjas terciadas, la manta arrollada y cruzada sobre el pecho. En la cara las arrugas de todos los caminos. Los niños le rodean boquiabiertos. Los hombres que asan el cerdo, le dan pan y tocino, y le acercan una botija de vino. Come con fruición.
De pronto, la esquila de la espadaña, rompe la calma del valle. Es la señal de que fray “Troton”, que desde el convento cercano, rió abajo, atiende espiritualmente las aldeas de los alrededores, ha sido avistado en la curva del río.
Con el alegre crepitar del campanil, la aldea despierta del todo. Los hombres, con abarcas y sombrero, señal de festividad, Las mujeres con las sayas negras o pardas, las puntas del pañuelo cruzadas sobre el pecho, descalzas casi todas. Van saliendo a las puertas de sus casas, caminando hacia la iglesia.
Guy, el herrero, grande y serio, silencioso, viene calle arriba junto a Pedro, también serio, diriase que triste, a pesar de que llego el día que esperaba. Los dos visten prácticamente igual, como casi todos los aldeanos acomodados. Abarcas, nuevas las de Pedro para la ocasión, sobrero, redondo de copa estrecha, camisa de lino, cruda, tejida y cosida en la propia aldea, chaleco de piel, curtida río abajo, en el pueblo cercano, y bragas oscuras, bien apretados los machos. A pesar de lo oscuro de su cara, tostada por mil fuegos de la fragua, en las caras del herrero y su hijo se nota la palidez de una gran emoción.
Llegan a la puerta de la mísera iglesia, apenas mayor que una paridera del monte, sin atrio ni crucero, solo la espadaña con la cruz de hierro y su campana la identifican. Paredes de sillarejo, tejado de teja cocida, el único lujo.
Enseguida aparece en la puerta de la casa de enfrente, Elvira, cogida del brazo de Hugo, su padre adoptivo. Ella es alta para la época, morena de pelo, con larga cabellera suelta, muy blanca de piel, aunque arrebolada ahora. La saya, bayeta verde, con un ribete corinto, casi hasta los pies, apenas una cuarta de tobillo torneado las separa de las alpargatas de esparto, adornadas con cintas. La camisa, de lino muy fino, requisada a algún viajero como pago de pontazgo, blanquísima,
El corpiño, oscuro, con una linea de aljófar marcando el escote y la curva bajo los senos, cintas verdes en el centro.
Elvira cruza la plaza, lenta, como triste, ruborosa, turbada, mas de lo que seria de esperar de su encuentro con Pedro, con quien siempre fue confiada.
Todo el pueblo entra tumultuosamente en la iglesia, cuando Elvira llega junto a Pedro, solo ellos cuatro están en la plazoleta. Entran en la iglesia.
.............................. ......
En aquellos tiempos el matrimonio no era un sacramente, la iglesia solo bendecía la unión y daba fe de ella en sus archivos si se la requería a ello, pero para que fuera efectiva solo se necesitaba la mutua aceptación.
.............................. .......

Última edición por ildefonso; 19/09/2006 a las 09:27
ildefonso está desconectado   Responder Citando