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Antiguo 22/09/2006, 21:02   #1
Taarna
 
Rol: Dominante
Sexo: Mujer
Ubicación: Barcelona
Fecha de Ingreso: Apr 2006
Mensajes: 197
Predeterminado Breve sumario ll. Promesas cumplidas.

A ti hubiera podido abrazarte con brazos grandes y olvidarme de mundanales artimañas. Éramos dos entes separados y lejanos cortados simétricamente, pero sin deseos de reparar en esos detalles. Se había realizado ya, mucho antes, el malvado encantamiento en la profundidad de nuestros corazones, a cada uno en algún momento, y avanzábamos por ese largo camino en sublime soledad viciada de gente a pesar de todo.

No volveré a tener sexo hasta que no me cure – te dije.
No te cures de qué – tu frialdad era tan real como el día desvanecido tras el brillo estelar.
- De la vida - era tremenda a veces la oscuridad del alma pero tú comprendías.
- Vas a ser una beata?
- No. Voy a vivir inconscientes momentos depravada. Momentos libres, sustraídos al tiempo. En el cielo o el infierno qué mas da, en ambos encuentras las mismas cosas si las sabes buscar.

Lo que hacía la conversación diferente es que tras el cristal una pequeña luz iluminaba el cuerpo desnudo de una mujer, arrodillada, de espaldas, sobre la alfombra, apoyados sus brazos sobre el lecho, con una correa alrededor del cuello asida a la cuerda que la amarraba holgadamente a los barrotes de la cama. Nosotros a fuera estábamos a oscuras, cruzándonos fulgores rápidos en las miradas iluminadas por el titilar de la vela.

- Siempre haces esperar tanto a la mujer?
- Dirías tanto si estuvieras ahí dentro. Has estado alguna vez “dentro”?
- Siempre he esperado – mi ambigüedad no te era extraña.

Era incómodo intuir tu deseo de tenerme al otro lado. Y yo deseaba estarlo, pero la naturaleza traza sus propias reglas. Siendo naturaleza era esclava y libre como ella.

Cuando te levantaste mientras me hablabas, alto frente a mi levanté la cabeza mirándote. Pero convertidas en un lejano eco dejé de oír tus palabras. Una instantánea te desnudó sin previo aviso. El nocturno cielo se prendió de tus caderas y mi pecho se irguió. Tuve una visión en la que se alborotaba mi cabellera y me hallé frotando mis facciones contra tu rostro más íntimo, una imagen rápida donde tu mano empujaba mi nuca a embeberme y contaminarme de ti.

Parecías cómodo de pie mirándome desde lo alto y retomé tu discurso. Me contabas que durante ese tiempo que compartíamos, cada poro de su piel desprendía íntima turbación y disfrutabas de que su ser se impregnara todo, de la espera. Te pregunté si ella sabía que tú la observabas. Nunca he sabido la respuesta porque tus palabras de nuevo se velaron ante la imagen pálida de su cuerpo recogido frente a la cama nublando mis pensamientos.

Nuestra distancia, aparentemente infinita, era tan real como la banalidad de su espera. Pero como ella insoslayable. Había pasado suficiente tiempo como para haber poblado sus anhelos de una incertidumbre densa. Ella no podía oírnos ni vernos pero intuía la presencia del mago científico, curioso de la femenina naturaleza, ansioso de la erótica producida por la experimentación sobre el paisaje humano ofrecido libre, y a la vez restringido por la propia voluntad cedida. Y esperaba, transpirando por cada poro de la piel deseo de sí y del otro. Y el miedo. Miedo a cruzar alguna puerta sin retorno. A encontrar alguna imagen terrible. Miedo a un tiempo que se hacía adverso, eterno. Y a la vez y en secreto exultante de atrevimiento y de entrega.

Tuve deseos de estar en su lugar. De estar en tu lugar. De estar en ningún lugar y de dejar de ser yo misma. Y en el momento en que nos despedimos tu mano en la curva de mi espalda me hizo vulnerable a la soledad.

El resto lo imaginé al despertar.

Taarna

Última edición por Taarna; 22/09/2006 a las 21:09
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