Onfalia, gracias por tus elogios, espero que siga gustandote, Ya le di tus saludos a mi querida sumisa. Un abrazo cariñoso.
Este capitulo le lo dedico a Jadeleyenda, que me ayuda con sus criticas y correcciones.
Todavía hay una raya roja sobre la ladera de poniente, pero el fondo del valle esta oscuro, solo una gran hoguera ilumina la plaza. Por el otro lado del valle, suben tres “fantasmas”. Han partido de la casa de Hugo, el padrastro de Elvira, discretamente, sin atravesar la plaza, han traspuesto la iglesia. A espaldas de ella, junto al pequeño camposanto, que solo se adivina en la oscuridad por algunas estelas verticales, comienza el camino que lleva al “collado de la loba”, donde se divide en dos, uno desciende hacia las otras aldeas, en la vertiente oriental, y el otro sube al “diente del diablo”. Desde allí, donde esta el pequeño castillo, se divisa toda la comarca.
Las tres figuras, que apenas se dirían humanas, se confunden con la oscuridad que cubre este lado del valle. Envueltas en capotones de estameña parda, con la cabeza cubierta por amplia capucha, suben silenciosamente por el áspero camino, apenas una senda, con mucha pendiente, salva mas de cincuenta toessas en mitad de media legua.*
Se adivinan anchas espaldas en los dos encapuchados que con paso mas vacilante y audible jadeo, protegen a la del centro, mas esbelta, de paso mas firme, aunque la cabeza se nota inclinada bajo la capucha. Si prescindimos de los jadeos, el silencio es absoluto entre ellos, solo el ruido de los pasos en el polvo, y los gritos apagados que se oyen en la plaza, atrás, muy abajo, donde todavía continua la fiesta.
Pero, no, otro sonido se puede oír cada poco tiempo, un suspiro como triste....
Es ella, Elvira, protegida por Hugo y Guy que sube pensando en Pedro. Se quedo en casa de Hugo, muy serio, pálido, silencioso, con Iñigo, su amigo, pendiente de él. Con ellos esta Sol, la hija del boyero, prometida a Iñigo desde hace dos años. Ella, ruborizada y tierna mira alternativamente a Pedro, con pena y cariño, y a su novio que no tiene ojos mas que para su amigo. Está ruborosa, porque piensa que pronto, quizás en la
próxima primavera, ella estará subiendo al castillo como ahora Elvira. Piensa si Iñigo, estará tan triste como ahora el novio.
Pero, ¿por que esta Pedro así?, cuando no tenia por que someterse al tributo. Su largo pelo le muestra como franco, su trabajo de herrero y su condición le deja fuera del vasallaje al señor de la aldea. Y Elvira..., se la considera hija de Hugo, alcabalero del rey, sometido directamente a su potestad, sin deber mas servicios a la fortaleza que atender a su intendencia, a cargo de las aldeas que protege. Tampoco necesitaba pagar el tributo de su doncellez. Entonces, ¿por qué la subida al castillo?, ¿por qué la cara triste de Pedro y los suspiros de Elvira?.
Desde que se fijo la fecha de la boda, han habido visitas de los lugareños mas respetados a la casa de Hugo. Veréis...
La fortaleza lleva cuarenta años deshabidata, desguarnecida. Solo hace dos que volvió a tener una guarnición permanente. Hugo, por razon de su cargo, supo antes que nadie, que caballeros Templarios habían sido encargados por el rey, de su custodia y que debería atender a su manutención.
Durante el tiempo en que la región ha estado abandonada, se han sucedido cambios es la propiedad de las tierras, alternativamente esta zona fronteriza ha pertenecido al rey de Aragón y a la corona de Navarra. Siempre en perjuicio de sus habitantes, que han visto esquilmados sus rebaños y quemadas sus cosechas.
Ahora que el rey Sancho Garcés ha consolidado definitivamente la frontera y establecido en la fortaleza una guarnición permanente de extraños caballeros, los aldeanos no están dispuestos a desagradar al señor del castillo, con quien ha vuelto la paz a la comarca y la tranquilidad a los caminos.
Todos quieren que vuelvan las antiguas costumbres, al fin y al cabo esta es tierra donde los hombres aman la tradición y las leyes viejas.
Una de esas costumbres es el derecho de pernada, el tributo de la doncellez de las mozas. Las recién casadas deben ser llevadas al castillo, para que el señor las desflore. Así es la tradición, bien vista por todos los siervos. Nadie pone en duda, al menos abiertamente, ese derecho.
La de Pedro y Elvira es la primera boda que se ha celebrado en la comarca, desde que el castillo esta nuevamente habitado. Ellos, por su condición podrían eximirse de este tributo, pero los aldeanos presionan a sus padres Hugo y Guy, para que a pesar de todo acepten.
Quien mas ha insistido, reunido durante horas con ellos en casa de Hugo, ante la botija de negro vino, es el boyero, el padre de Sol. Su trabajo, como medio de trasporte entre las aldeas y el pueblo que esta rió abajo le obliga a moverse a menudo con su carro de bueyes por los caminos de la comarca. Esta harto de sufrir rapiñas y golpes de soldados descontrolados.
El ha discutido y soliviantado a los lugareños, hasta que Hugo y Guy han decidido aceptar el pago del tributo.
¿Pero que se ha hecho de los tres caminantes que hemos dejado en la subida al collado de la loba?.
Han llegado a la bifurcación de los caminos. Ellos, han bajado sus capuchas, y a pesar del airecito helado que corre en esas alturas, se limpian con la manga el sudor de la cara, sentados en la piedra que sirve de hito, cuando en invierno la nieve cubre el collado. Están silenciosos, como avergonzados mutuamente.
Elvira, esta de pie, tambien bajada la capucha, con el pelo revoloteando ante la cara, mirando hacia la hoguera de la plaza, pensando en Pedro.
Le ve tal como la esperaba en la puerta de la iglesia, serio, pálido, repentinamente crecido a sus ojos. En un instante ha dejado de ser su compañero de juegos, su eterno amigo, hasta hoy no se ha dado cuenta: es un hombre.
Aunque los dos sabían lo que sucedía, y oían los comentarios que circulaban de boca en boca, nunca han hablado directamente de ello.
Un extraño pudor, que nunca han sentido antes, se lo impidió.
Ellos, que desde niños lo han compartido todo, que apoyados en la tolerancia de las costumbres lugareñas, se han acostumbrado a conocer sus cuerpos íntimamente, a bañarse juntos, desnudos, en los remansos del rió.
Ellos, que de adolescentes, se han descubierto mutuamente encima de las hacinas en las eras, sudorosos, en las pausas de la trilla, cuando cansados de golpear con el mallo, se tumbaban a descansar, sin ningún pudor en tocarse y sentirse.
Ahora extrañamente se sienten incapaces de comunicarse sus sentimientos, cada uno sintiéndose culpable de no poder imponerse a la voluntad de la aldea.
Elvira piensa en lo extraño que le pareció de niña, cuando la tía Pelona, la viuda que limpia de vez en cuando la iglesia, le contó, por encargo de Hugo, entre circunloquios, que no debía nunca permitir que nada entrara en su ..., bueno, ella entendió perfectamente el ademán de la tía Pelona. Que si lo hacia grandes males caerían sobre ella y sobre toda la aldea. En aquel momento lo extraño del requerimiento lo grabo profundamente en su cabeza. No la intereso ni pensó que la interesara nunca.
Cuando desde hace dos años, ella y Pedro se prometieron, las libertades que su novio fue tomándose, cada vez mayores, la hicieron temer que él quisiera en algún momento penetrar con su miembro en el lugar prohibido, y si ella se decidiría a impedírselo. Ella también sentía deseo de que lo hiciera, pero curiosamente Pedro nunca le dijo nada de ello ni lo intento. ¿Le habrían contado también a él el extraño tabú?. Ahora comprendía perfectamente...
A pesar de esa limitación, su novio sabia hacerla sentir deliciosamente. Ellos conocían perfectamente cada rincón del cuerpo del otro, y se gozaban mutuamente. Ahora recuerda cuando el se decidió a llevarla tras la iglesia, una tarde, casi oscurecido, y allí, en la lancha de granito inclinada en la base de la pared de sillarejo, la tendió de bruces, y echándole las sayas hacia arriba, hasta casi cubrirle la cabeza, la aplasto con su cuerpo. Recuerda como sintió la dureza de su miembro, primero entre las nalgas y después presionando sobre su culo.
Fue un instante en que no pudo reprimir un grito, aunque advertida, de sobra; sabia para lo que servia aquella piedra, lisa por el roce, usada casi ritualmente por generaciones de mozos para iniciar a sus mozas en el placer que podían permitirse antes de la boda.
Le sintió casi retrocediendo al oír su grito. Se repuso y levanto las nalgas presionando contra el, mordiéndose los labios, aguantando el dolor. Sintió sus movimientos y rápidamente el calor de su leche dentro de su culo. El se dejo caer un instante sobre ella, se repuso y se retiro lentamente.
Instintivamente ella se llevo la mano a su dolorido culo, y se la vio manchada de un poco de sangre. El lo noto y sin reflexionar, cayo de rodillas tras ella y limpio con su lengua la sangre roja entre las nalgas. Se quedo inmóvil, invadida por una extraña sensación, olvido el dolor y la sangre, olvido todo, se dejo caer sobre la lancha, todavía caliente, todo el día al sol.
* Aproximadamente 100 metros en un kilómetro (una toessa es un poco menos de 2 metros y una legua entre 4 y 5 Km, según las regiones, se supone que es lo que anda un hombre en una hora)