Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Jun 2006
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| Sorpresa y Decepción (parte 1)
Sorpresa y Decepción.
Durante muchos años tuve fantasías relacionadas con BDSM, en diferentes situaciones y roles, pero mis preferidas siempre fueron dos: la primera nada original y más bien compartida por millones de hombre en todo el mundo, como es el tener una linda sumisa a mi disposición para hacer con ella todo lo que se me antoje durante un fin de semana; la segunda quizás algo menos común, el ser sometido durante una noche por un glamoroso matrimonio de aristócratas, de mediana edad y ambos muy guapos. No me considero bisexual y no me interesa el sexo con hombres, pero en esta fantasía yo siempre me imaginaba dispuesto a todo.
Vale decir que soy latinoamericano, en mi país el 99% de la gente ni siquiera sabe lo que es BDSM, apenas se usa el término sádico y sin asociarlo con actividades sexuales, así que las posibilidades de cumplir una de esas fantasías eran mínimas; pero el destino me trajo a vivir a Alemania hace poco más de un año y desde entonces me puse en campaña para dar rienda suelta a mis ocultos deseos, lo que no resultó fácil: durante varios meses busqué mucho en el internet y fui a varios lugares relacionados con el tema, pero sin resultados. Consideré varias veces la posibilidad de contratar los servicios de amas y sumisas “profesionales”, pero esa no era la idea, tenía que ser real.
Hasta que un par de meses atrás, una pareja respondió uno de los muchos mensajes que escribí en páginas de contactos. Al principio tuve algunas dudas sobre la veracidad del mensaje y de los remitentes, ya que fueron muy rápidos y directos: de entrada me pidieron que les enviara una foto en traje de baño y en un siguiente mail me dijeron que les interesaría encontrarse a tomar una copa y en caso de haber química quedar para esa misma noche, pues su tiempo era muy limitado; ellos ponían el lugar y los instrumentos a usarse. Demasiado bueno para ser verdad, pero por supuesto que decidí correr el riesgo. Me citaron para el siguiente jueves en un céntrico café de Berlín a las 19:00, los podría reconocer por que tendrían una rosa roja sobre la mesa.
Ese jueves salí temprano para llegar puntual. Ni bien me aproximé al café los identifiqué por la rosa roja, sentados a una mesa casi al medio de la terraza; rápidamente me fijé en ellos: se veían bastante normales, ambos alrededor de los cuarenta, el era español según me confirmó después, ella era alemana, guapa de cara pero no pude adivinar su cuerpo, de aristócratas no tenían nada por supuesto. Cuando me aproximé a la mesa él me saludó amablemente presentándose como Julio, pero ella me miró de pies a cabeza como a un insecto, confieso que me sentí incómodo, cuando me la presentó (“mi esposa, Andrea”) apenas me extendió la mano y dijo “mucho gusto”.
Ellos ya estaban tomando unas copas de vino y yo pedí una cerveza. Julio fue rápidamente al grano: me dijo que ellos gustaban de someter tanto hombres como mujeres, por una sola ocasión y sin más requisitos que el encontrarlos agradables a la vista y olfato, que como me había adelantado ellos ponían el lugar y los instrumentos a usarse, pero además definían las condiciones y características de la sesión; en resumen, si ellos decidían quedar conmigo para esa noche yo debía someterme desde el principio a lo que ellos quisieran. Les pregunté cómo hacían para confiar en la gente que conocían, cómo se protegían de enfermedades contagiosas, etc. El me respondió que no corrían ningún tipo de riesgos, que estuviera tranquilo.
Tras una breve conversación me dijeron que estaban interesados en quedar conmigo y que si yo quería nos podíamos ir en ese momento; yo dudé y hasta sentí algo de temor, pero la excitación fue más fuerte y les dije que aceptaba. Pagué las copas y caminamos unos diez minutos hasta el lugar elegido: una pequeña tienda de artículos góticos cerca de la estación central. Evidentemente eran conocidos del lugar, pues nos hicieron pasar directamente a la trastienda donde unas gradas bajaban dos niveles al subsuelo, en el cual solamente había un corto pasillo y una habitación acondicionada parcialmente para el efecto, es decir que no tenía una gran decoración ni nada por el estilo: tan solo una especie de cama grande, dos gruesos barrotes a los pies de la misma que iban desde el techo hasta el suelo con varios puntos para asegurar cuerdas o cadenas, una mesa adecuada para simular un potro y un gran armario cerrado, todo de color metálico o gris.
Entonces él me preguntó una vez más si estaba dispuesto a someterme a sus caprichos y yo respondí que sí. Cerraron la puerta con llave y me pidieron que me desnudara. Comencé a hacerlo temblando por los nervios y la excitación, no podía creer que iba a cumplir tan ansiada fantasía, aunque fuera en un lugar bastante diferente al imaginado. Cuando estuve desnudo él abrió el armario, de donde tomó y me colocó en muñecas y tobillos una especie de esposas forradas en cuero, las que aseguró a los barrotes de la cama, dejándome parado frente a la misma con brazos y piernas abiertos en X. Hasta ese momento ella había permanecido sentada en la cama sin decir una palabra, tan solo mirándome con aparente indiferencia.
El le preguntó si así estaba bien, ella solo asintió con la cabeza y comenzó a desnudarse, pensé que ahí comenzaba la diversión para mi quizás con algunas caricias de su parte, pero me equivoqué de medio a medio. Una vez que se quitó la ropa, mostrando un cuerpo bien formado aunque con los pechos algo caídos y demasiado vello en las axilas para mi gusto, se recostó en la cama frente a mi y esperó. Yo estaba extasiado mirándola, hasta que escuché un silbido y sentí un profundo dolor a la altura de los riñones, miré atrás y ahí estaba él con algún tipo de látigo en la mano, me miró y me dijo: “ahora te toca aguantar”.
continúa...
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