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Antiguo 26/12/2006, 14:14   #3
pleonp
 
Rol: Switch
Sexo: Hombre
Fecha de Ingreso: Dec 2006
Mensajes: 41
Predeterminado

Parte primera.2
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- ¿Qué vais a hacerme?

- Relájate.- Dijo la enfermera mirando atentamente los monitores.- En unos
minutos notarás el vapor.- Eso era lo que entraba en el cajón. Estaba encerrada
en un baño de vapor.- Perfecto.- Continuó.- Tienes un ritmo cardiaco y una
presión ideal. Volveré en un rato.

Las dos mujeres salieron de la habitación, dejándome allí atada de pies
y manos. No entendía lo que estaba ocurriendo. ¿Qué tipo de experimento era
este? ¿Por qué me habían encerrado en un baño de vapor? Empezaba a notar el
calor subiendo por mis piernas. El cajón siseaba insistentemente lanzando
chorros de vapor caliente al interior. Traté de moverme y de desatarme, pero era
inútil. El aparato era muy potente y la nube caliente ya me rodeaba los hombros.
Acepté la situación y me dejé llevar.

Periódicamente, el brazalete se hinchaba y me tomaba la tensión. Era la
única forma que tenía de contar el paso del tiempo. El calor era muy fuerte y
empezaba a agobiarme. Ni una voluta escapaba del cajón, concentrándolo todo
sobre mi cuerpo. El sudor comenzó a salir de mis poros, mojándome la piel. Las
ligaduras me impedían mover los brazos o las piernas y el collarín me mantenía
rígida sobre el taburete. El siseo continuaba sin interrupción bajo mis pies,
inyectando vapor caliente y aumentando la temperatura de la cabina. Tenía la
cara calada y notaba la respiración acelerarse por momentos. Siempre había
querido tomar un baño de vapor, pero nunca había pensado que fuese tan agotador.
La puerta de la habitación se abrió para dejar entrar a la enfermera de la
coleta.

- Veamos.- Dijo acercándose a la mesa.- El corazón late fuerte y regular y la
tensión es correcta. ¿Qué tal se encuentra?

- Tengo un poco de calor.- Respondí viendo como anotaba algo en una tablilla.

- De eso se trata.

- ¿Para qué me habéis encerrado aquí?

- Para conocer cómo se comporta tu organismo frente al calor.

- ¿Por qué?

- Haces demasiadas preguntas.- Me recriminó y salió de la habitación.

La temperatura del interior no había dejado de crecer. Tenía el pelo
calado y notaba el sudor resbalando incómodamente por toda mi piel. No me habían
dicho cuánto tiempo me tendrían encerrada ni cuándo dejaría de entrar vapor en
la maldita caja. Las plantas de los pies y las pantorrillas estaban
achicharradas, demasiado cerca de los chorros. Era muy incómodo, no podía
moverme ni secarme el sudor. Respiraba con cortos jadeos, tragando el aire a
bocanadas. De pronto, el ruido desapareció. La cabina había alcanzado el nivel
programado. Respiré ligeramente aliviada. El tensiómetro seguía apretándome el
brazo ocasionalmente, el regulador del baño de vapor dejaba escapar pequeñas
nubes de vapor, manteniendo la temperatura interior. Yo estaba empezando a
desesperarme, llevaba demasiado tiempo sola y necesitaba aire fresco cuanto
antes. El ambiente era agobiante, si no salía de allí iba a tener un ataque.

- Por fin.- Dije al ver entrar a la enfermera. Se acercó a los aparatos y
observó las mediciones.

- Bien.- Comentó, anotando algo en la tablilla.- Veo que estas aguantando.

- ¿Vas a sacarme?

- No. Voy a subir la temperatura.- Manipuló unos mandos y el ruido comenzó de
nuevo.

- ¡No, por favor!- Protesté al sentir los chorros de vapor surgiendo del suelo.-
Voy a desmayarme.

- No te preocupes, para eso te hemos conectado todos estos aparatos. Bebe un
poco de agua.

Acercó una botella a mis labios y bebí todo el agua que pude. Aunque me
aliviaba por dentro, mi piel comenzaba a arder víctima del aumento de
temperatura.

- Sácame. Por favor.- Supliqué.

- No te quejes, si te pones nerviosa lo pasarás peor.

- Es que no puedo más.

- Aguantarás.

- Es que es la primera vez que estoy en un baño de vapor.

- No importa. Es muy sencillo, el vapor entra, el calor sube y tú sudas.-
Respondió sonriendo.

- Es demasiado.- Protesté. Tenía los muslos enrojecidos y mis pechos hervían
como en una olla al fuego. La enfermera revisaba las mediciones y anotaba datos
mientras yo me cocía sin remedio.

- Ya basta.- Insistí. Ella me ignoró. El calor continuó aumentando. El corazón
se me salía del pecho. Intentaba desatarme con todas mis fuerzas. Jadeaba y
gemía tratando de llamar la atención de la enfermera. Sólo conseguía alguna
mirada profesional, sin compasión. Anotaba las constantes que marcaban los
aparatos y la temperatura interior. Mi piel brillaba con el sudor chorreando
hasta el suelo. Mis músculos se agotaban por momentos, el intenso calor me
estaba derritiendo hasta los huesos. Traté de no pensar, de olvidarme de aquel
infierno. Cerré los ojos pensando en la nieve.

- Muy bien.- Comentó la enfermera bastantes minutos después.- Parece que te has
relajado, ésa es la actitud.

- ¿Puedo salir ya?- Pregunté volviendo a abrir los ojos.

- No. Aún queda la última fase.

- ¿Qué fase?

- La de los límites.- Dijo acercándose a los controles.- El baño está lleno de
vapor, ahora voy a encender unas resistencias eléctricas del cajón. Aumentarán
la temperatura interior.

- ¡No! ¿Por qué? Ya hace demasiado calor aquí dentro.

- Es para saber cuánto aguantas. Te llevaremos al límite de tu resistencia.

- No puedo más. Sácame.

- Son los monitores los que marcarán el final, no tú.

Notaba el calor de las resistencias justo debajo del taburete y a mi
espalda. Segundo a segundo subía la temperatura. Yo gemía y protestaba.
Suplicaba para que me sacase. No podía resistirlo, me estaban asando viva. La
piel ardía como si, en lugar de sudor, fuese aceite hirviendo lo que caía por mi
cuerpo. El calor iba envolviéndome de abajo a arriba, castigando mis muslos, mi
vientre y, finalmente, mis pechos. El corazón latía desbocado, mis pulmones no
podían tomar más aire.

- Basta.- Pude decir entre jadeo y jadeo.

- Aún no. Las gráficas dicen que puedes aguantar más.

Giró los controles de temperatura y el calor aumentó. Grité desesperada
y traté de soltarme, quería romper el cajón y huir, olvidar esa pesadilla
infernal. Una de mis piernas empezó a temblar descontrolada. Los músculos no
podían aguantar más. Mis pantorrillas, expuestas a las resistencias, se estaban
quemando. Los nervios de la piel se habían saturado de calor y empezaban a
mandar pinchazos de dolor al cerebro. Ella volvió a girar los diales y aumentó
la temperatura. Notaba la sangre bombeando por las sienes, presionándome la
cabeza a punto de estallar. Miles de hormigas corrían por todo mi cuerpo huyendo
del calor. Estaba cocida, asada, tostada, a punto de estallar. Gemí con las
pocas fuerzas que me quedaban. Empezaba a marearme y la visión se me estaba
nublando. El estómago se rebelaba saltando hasta la garganta. El calor era
demencial, insoportable.

- Suficiente.- Dijo la enfermera. Apagó los aparatos y el cajón de vapor,
desenganchó una de las tablas que encerraban mi cabeza y la desencajó. El vapor
escapó rápidamente y yo noté aire fresco entrando. Retiró la otra tapa y me dejó
sola en la habitación. Apenas podía mantenerme erguida en mi asiento. El alivio
era relativo, tenía la piel roja, escaldada. La enfermera volvió junto con la
celadora. Entre las dos abrieron el cajón y me desataron. Tuvieron que sujetarme
para que no cayera al suelo. Me taparon con el albornoz y la celadora me llevó
en brazos hasta mi habitación. Me dejaron en la cama y me taparon. Estaba tan
cansada que me quedé dormida al instante.
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