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Antiguo 26/12/2006, 14:16   #4
pleonp
 
Rol: Switch
Sexo: Hombre
Fecha de Ingreso: Dec 2006
Mensajes: 41
Predeterminado

Parte segunda.1
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Aquel debía ser el segundo día de secuestro. Lo sabía por las veces que
me habían dado de comer. En la bandeja de la mesa quedaban los restos del
segundo desayuno: zumo y fruta. La maldita fruta verde estaba siempre presente
como plato principal en todas las comidas, estaba empezando a hartarme de ella.

- Buenos días.- Dijo la enfermera entrando en la habitación con la jeringuilla.
Desde el primer momento los "complementos alimenticios" habían sido postre en
cada comida.- No te has terminado el desayuno.- Me dijo.

- Es que tanta fruta me cansa.- respondí.

- Es muy importante que acabes todo. Voy a ponerte la inyección y luego te
terminarás eso. Si no te lo acabas lo exprimiré y te lo haré tomar por un tubo.

Parecía hablar en serio. Cuando terminó de inyectarme salió, cerrando la
puerta. Miré el plato con la fruta y decidí obedecer, eran capaces de cumplir
sus amenazas. Algún tiempo después, volvió a entrar con la celadora.

- Vamos.- me dijo.- Tenemos cosas que hacer.

- ¿Dónde me lleváis?

- Preguntas demasiado.

Salimos al pasillo, en dirección a la habitación donde estaba el baño de
vapor. Abrieron una puerta y me invitaron a pasar. Dentro había una sauna de
madera con un gran cristal en la puerta.

- No voy a entrar ahí.- Dije asustada. Pretendían hacerme pasar por otro
infierno como el de ayer y yo no estaba dispuesta.

- No te preocupes, nosotras te ayudaremos.

La celadora cerró desde atrás sus manos sobre mis brazos, empujándome
hacia la sauna. Traté de rebelarme, pero era demasiado fuerte. Intenté darle una
patada y ella la esquivó, me agarró del pelo y de la muñeca, retorciéndome el
brazo a la espalda.

- No deberías resistirte.- Comentó la enfermera al oírme gritar de dolor.- Es
muy fuerte y sabe cómo hacer daño sin llegar a lesionar.

Abrió la puerta de la sauna y entramos las tres. La celadora soltó mi
pelo y me levantó hasta uno de los dos bancos que sobresalían de la pared.
Apenas tuve tiempo de acostumbrarme, la madera estaba muy caliente y la
temperatura ambiente era elevada. Sin darme tiempo a protestar me tumbaron en el
banco. Me sujetaron las muñecas con correas que ataron a unos ganchos de la
pared. Luego repitieron la operación con mis tobillos en la otra pared,
dejándome echada sobre la madera caliente.

- Toma, descansa la cabeza.- Dijo la enfermera colocando bajo mi nuca una
pequeña toalla doblada.

Las dos mujeres salieron de la sauna y me dejaron dentro, intentando
librarme de las correas. El calor de las maderas me quemaba las nalgas y la
espalda. Yo pretendía aliviarme moviéndome todo lo posible, pero era inútil.
Después de intentarlo un rato, abandoné agotada. La temperatura del aire era muy
elevada y me azotaba la piel. Debajo del banco donde estaba tumbada, había otro
más ancho a modo de escalón. Junto a mi cabeza y pegado a la pared, estaba el
calefactor con las resistencias al rojo vivo asomando desde debajo de las
piedras. Por la ventana de la puerta no podía ver más que una esquina de la
habitación. No había relojes ni termómetros. No podía saber cuánto levaba allí
ni la temperatura a la que estaba, aunque mi cuerpo me decía que era alta, muy
alta. No pasó demasiado tiempo antes de que rompiese a sudar. Las gotas brotaron
por la piel de mis pechos y de mi cara, al principio como pequeños puntos
húmedos, luego mojando todo mi cuerpo. La enfermera volvió a entrar en la
habitación. Se acercó a la sauna y entró, cerrando la puerta. Entre las manos
traía unos bastoncillos de algodón y unos frascos pequeños. Se acercó y empezó a
recoger sudor con los bastones y a guardarlos.

- ¿Qué haces?.- Dije revolviéndome.

- No te muevas. Estoy tomando muestras de sudor.

- ¿Para qué?

No se molestó en responderme. Salió de la habitación y regresó un minuto después
con un vaso de líquido verde.

- ¿Qué es eso?- Pregunté cuando entró en la sauna.

- Zumo de frutas. Bebe.- Respondió acercándome el vaso a la boca.

- No.

- Es por tu bien, no queremos que de deshidrates.

- Entonces tráeme agua.

- No, es mejor el zumo de frutas.

- Prefiero agua.

- No me obligues a llamar a la celadora. Podemos hacértelo tragar a la fuerza.

La miré a los ojos y supe que lo haría. Bebí el zumo dulce y espeso
hasta apurar el vaso. Ella me limpió los labios y se fue. Nuevamente estaba
atada y sola, con el calefactor como única compañía. La madera no quemaba tanto,
había empezado a mojarse por el sudor. Las continuas entradas y salidas no
habían refrescado el ambiente, la estufa seguía mandando olas y olas de calor.
No llegaba a comprender lo que estaba pasando. Me habían secuestrado y habían
robado mi historial médico. Estaba en buena forma y nunca había tenido ninguna
enfermedad más grave que una gripe. Quizás esa fuese la razón, querían un
conejillo de indias joven, sano y en forma. Pero ¿Para qué? ¿Qué sentido tenía
hacerme pasar calor hasta el agotamiento? Ayer había estado a punto de perder el
conocimiento, ya sabían hasta dónde llegaba mi cuerpo. ¿Por qué repetir hoy la
experiencia? Nada tenía sentido y yo no podía pensar con claridad mientras me
asaba.

El sudor ya corría a chorros por todo mi cuerpo y yo empezaba a cansarme
de estar encerrada. La enfermera volvió con los bastoncillos a recoger más
sudor. No me dirigió ni una palabra y mis intentos de convencerla para que me
liberase fueron inútiles. Al salir de la sauna me miró a través del cristal,
esbozó una sonrisa y llevó la mano a la derecha de la puerta. Cuando abandonó la
habitación me di cuenta de lo que había hecho, subir la temperatura. Gemí
desesperada, comprobando cómo las resistencias se ponían de un rojo aún más vivo
y caldeaban más el ambiente. Minutos después, mi piel comprobaba la nueva
realidad. Ardía y sudaba sin parar. El calor no dejaba un segundo de alivio a mi
cuerpo maltratado. Pensé gritar, pero sabía que era inútil. Igual que tratar de
desatarme, esas mujeres sabían qué estaban haciendo. Quizás no fuese la primera
de sus víctimas.

El tiempo siguió pasando poco a poco. El aire estaba cada vez más seco.
Me costaba respirar con normalidad y tenía la garganta reseca. Cuando la
enfermera volvió con un vaso y los bastoncillos estaba al límite de mis fuerzas.

- ¿Vas a sacarme ya?- Pregunté desesperada.

- No.- Respondió dejando el vaso en el otro banco y recogiendo muestras de
sudor.

- No puedo más. ¿Cuánto tiempo llevo encerrada?

- No lo suficiente.

- ¡Me voy a desmayar!

- No lo creo. La médico ha establecido la duración de la sesión en función de
tus resultados de ayer. Aguantarás perfectamente. Ahora bebe.- Me acercó el vaso
de zumo y yo lo apuré dejando que la fruta fresca bajara hasta mi estómago.

- ¿Por qué me hacéis esto?.- Pregunté.

- Preguntas demasiado.

- ¡Tengo derecho!- Grité.- ¡Quiero saber por qué me han secuestrado!

- No necesitas saber más de lo que ya sabes.

- ¡Quiero saber más!

- Escucha, esto puede hacerse de dos formas, la fácil y la difícil. No voy a
sacarte de la sauna hasta que haya pasado el tiempo que ordena el médico, pero
voy a enseñarte cómo podría ser si no te comportas.
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