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Antiguo 26/12/2006, 14:19   #6
pleonp
 
Rol: Switch
Sexo: Hombre
Fecha de Ingreso: Dec 2006
Mensajes: 41
Predeterminado

Tercera parte.1
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Una hora después me sacó de la celda y me llevó a otra habitación. En el
centro la pequeña recepcionista estaba desnuda, colgada del techo por las
muñecas, con los brazos y las piernas abiertos, en forma de aspa, y separados
por barras metálicas. La celadora me llevó a un sillón de dentista, negro,
ligeramente inclinado, y me ató las muñecas y los tobillos. Entró la enfermera
envuelta en una bata blanca y con el pelo recogido sobre la cabeza.

- Gracias, ya me encargo yo.- La celadora salió y cerró la puerta.- Bien, aunque
os conocéis, será mejor que os presente. Beth, esta es Cynthia, una de nuestras
colaboradoras. Esta mañana ha hecho mal su trabajo y, por tu culpa, va a tener
que pagar.

La mujer parecía disfrutar con la situación. Colgada del techo, Cynthia
miraba asustada sin atreverse a abrir la boca. La enfermera desapareció tras una
puerta al fondo del cuarto para volver con un secador de pelo. Era uno de esos
modelos de pie con ruedas y cuatro grandes circunferencias formando una cúpula.

- Este es un secador de infrarrojos.- Explicó llevándolo hacia el centro.- Cada
uno de estos platos es una potente lámpara. Se coloca uno detrás, para secar la
nuca, otro encima y dos a los lados. Así se crea una especie de cúpula de calor
alrededor de la cabeza. La ventaja es que se pueden mover para colocarlos en
otras posiciones.

Mientras hablaba colocó el secador en la espalda de Cynthia apuntando
los platos a su nuca, omoplatos y los lados de la espalda. Luego salió al cuarto
contiguo para traer un nuevo secador que colocó al revés, apuntando a sus
nalgas, la parte baja de la espalda y un poco por encima de las caderas. Yo
estaba empezando a asustarme. La enfermera continuó su trabajo colocando otro
par de aparatos iguales, esta vez en el frente. Las lámparas de uno apuntaban a
la cara y los pechos, de frente y a ambos lados. Las del otro al vientre, los
laterales del abdomen y el último frente a su vagina, a escasos centímetros. Los
enchufó a la pared y los conectó uno a uno.

- ¡Perdóname, por favor!.- Gritó Cynthia al sentir el calor sobre sus nalgas.

- Ahora no vale de nada. Deberías haber tenido más cuidado.

Los secadores irradiaban una luz amarillenta, iluminando el cuerpo
colgado. Ella protestaba continuamente y se agitaba con cada nuevo secador
encendido. En unos segundos se encontró rodeada por los cuatro aparatos
abrasando la piel.

- Tengo cosas que hacer. Vuelvo en un rato.

Salió de la habitación dejándonos solas. Yo miraba a la recepcionista
luchar contra las ataduras y agitarse atormentada.

- ¡Ayúdame!.- Dijo.

- No puedo, estoy atada.

- ¡Dios! No puedo aguantar, me estoy quemando.

Intentaba escapar sin éxito o, por lo menos, alejar la entrepierna del
último secador. Su sexo y la piel circundante empezaban a enrojecer. No podía
imaginar lo terrible que sería tener tan cerca de una zona delicada un aparato
de esos. Los pechos también enrojecieron rápidamente y la mujer rubia no paraba
de gemir.

- ¿Por qué hacen esto?- Pregunté.

Ella me miró un rato y, por fin, se decidió a responder:

- Casi te dejo escapar esta mañana.

- ¿También te han secuestrado?

- No.

- Entonces ¿Por qué no huyes?

- No puedo. Me tienen atrapada.- Dudó unos instantes y continuó.- Hace tiempo
atropellé a un hombre y huí. No sé cómo han conseguido una cinta con todo
grabado. Si no hago lo que me dicen, me mandarán a la cárcel. Ellos me obligan a
robar los historiales y trabajar en las celdas.- Se le quebró la voz y gimió
desesperada.- No puedo más, me quemo.

Entre el sudor que resbalaba por su cara, surgió una mueca de
sufrimiento. Desde mi sillón notaba el calor de los secadores. Eran más potentes
de lo que pensaba. Cynthia debía estar pasando por un infierno. Todo su cuerpo,
excepto los brazos y las piernas, brillaba por el sudor. La piel, enrojecida,
reflejaba parte de la luz amarillenta de los secadores. Miraba al techo
apretando las mandíbulas y gimiendo como un animalillo acorralado. Dejé de
interrogarla. El castigo me parecía demasiado cruel, las lámparas de los
secadores estaban a pocos centímetros de su epidermis y no la daban un segundo
de descanso. Pasó bastante tiempo antes de que la enfermera entrase en la
habitación.

- Basta, no lo haré más.- Suplicó Cynthia al verla.

- Silencio. Yo decidiré cuándo es suficiente.- Replicó. Se acercó al cuarto y
sacó una gran caja cilíndrica, montada sobre ruedas y de la que salía una
manguera acabada en una pistola. La enchufó a la pared y desconectó los
secadores, alejándolos del cuerpo colgado.- Bien.- Continuó.- Esto es un aparato
de limpieza muy común, un generador de vapor. Aunque tiene otras aplicaciones
más divertidas.

Pulsó un botón de la pistola y de ella salió siseando un fuerte chorro
de vapor. Cynthia abrió los ojos asustada viendo cómo se acercaba a ella. Gritó
al sentir el vapor caliente sobre el vientre. La enfermera mantenía alejada del
cuerpo la punta del aparato, de forma que impactase sólo el final del surtidor.
Lo movía suavemente, como si estuviese pintando un lienzo, por su vientre, los
senos, el cuello, la espalda, las nalgas, bajando por detrás de las piernas y
subiendo por sus muslos hasta la vagina. Cynthia trataba de apartarse, sin
éxito. La estaban cocinando al vapor poco a poco. Después de haber recorrido una
vez toda su piel, la enfermera giró una rueda, aumentando el caudal de vapor, y
volvió a empezar. Esta vez se detuvo alrededor de cada seno, empapándolos en
vapor con amplios giros para finalizar aplicando el chorro directamente sobre el
pezón. Yo lo veía angustiada desde mi sillón. La pobre mujer, colgada del techo,
estaba sufriendo un tormento digno del infierno. La habitación se caldeaba por
efecto del vapor y por pelo recogido de la enfermera caían gotas de sudor. No se
cansaba, ni mostraba piedad alguna. Continuaba paseando el chorro sobre la piel
minuto tras minuto. En ocasiones se paraba en un punto y acercaba la pistola a
su víctima para oírla gritar y pedir compasión. Los peores momentos llegaban
cuando decidía torturarla el sexo. Empezaba con pequeños círculos alrededor,
durante casi un minuto. Cuando la piel estaba a punto de escaldarse, los reducía
a unos pocos centímetros de diámetro durante otro minuto. Finalmente, con la
otra mano enguantada, la separaba los labios y aplicaba durante unos segundos
directamente el chorro, para luego ir acercando lentamente la salida de vapor
hasta casi meterla en su vagina. Desde mi sillón veía la cara de sufrimiento de
la pobre mujer y sus gritos de dolor. El castigo continuó durante mucho tiempo,
hasta que se agotó el depósito de agua.
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