Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
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Tercera parte.2
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- ¿Te ha gustado?.- Me dijo, mientras llenaba el tanque.
- Eres cruel.- Respondí entre las nubes de vapor que llenaban la habitación.-
Algún día te llevarás tu merecido.
- ¿De veras? ¿Quieres probarlo?
El corazón saltó en mi pecho. Había contemplado cómo torturaban a
aquella pobre mujer y no quería que hiciesen lo mismo conmigo. La enfermera
volvió hasta Cynthia y colocó los secadores a su alrededor. Los conectó y el
cuerpo colgado volvió a iluminarse con la fantasmagórica luz ámbar. La mujer
gimió desesperada al sentir de nuevo el calor sobre su cuerpo. La enfermera
comprobó unos controles en el depósito de agua y acercó el generador a la silla
en la que estaba atada.
- ¿Qué vas a hacer?.- Pregunté asustada.
- No quiero oírte más. Si vuelves a quejarte, será mucho peor.
El vapor salió de la pistola. Con una sonrisa en la cara y empapada en
sudor, la enfermera lo dirigió a mis pantorrillas. Sentí el calor húmedo
subiendo por mi muslo izquierdo, quemándome. Me retorcí para escapar y ella
paró. Sin mediar una palabra sacó unas correas del sillón que ajustó a mi
cintura, rodillas y cuello. Cuando terminó de inmovilizarme se dedicó a jugar
conmigo. El vapor me abrasaba la piel como si me duchase con agua hirviendo.
Subió por los muslos hasta recorrer el vientre centímetro a centímetro. Allí por
donde el chorro había pasado, el calor dejaba de recuerdo un hormigueo sobre la
piel. Dedicó una atención especial a los pechos, rodeándoles muy despacio con el
surtidor, hasta abrasarme el pezón. Yo apretaba los dientes, reteniendo los
gritos antes de que escaparan por la garganta. No había un segundo de descanso,
el chorro recorría mi cuerpo de arriba abajo. La habitación se había calentado
bastante y el vapor me hacía transpirar. Allá donde tocaba, abría los poros
dejando escapar un reguero de sudor y a la piel enrojecida. El vapor me quemaba
las zonas más sensibles, los pechos y los muslos. Era como si me estuviesen
planchando en una limpieza en seco. Ella no se detenía nunca, incansable. Tras
recorrer un par de veces todo el cuerpo, dedicó especial atención a mi sexo.
Igual que con la pobre Cynthia, abandonada al calor de los secadores, caldeó
minuciosamente la piel de alrededor durante unos minutos y luego se cerró sobre
los labios de mi vagina. Los gemidos empezaron a escapar por mi boca hasta
convertirse en un grito de agonía cuando dejó que el chorro abrasase mi interior
durante casi un minuto. Mis sienes se llenaron de sangre y mi cabeza protestó, a
punto de estallar, por el castigo. El resto del cuerpo no existía, sólo era
consciente del reducido espacio que el vapor abrasaba. Antes de que me
desmayase, volvió el chorro hacia mi vientre y continuó con el ciclo. Mi sexo
hervido latía de dolor y en mi mente se confundía con el trozo de piel que en
ese momento golpeaba el vapor.
Continuó con el ciclo una y otra vez, hasta que la piel pareció
alabastro rojo recién pulido. Detrás, Cynthia gemía en voz alta pidiendo perdón.
Tras uno de estos gritos, ella paró el generador de vapor y se volvió.
- Parece que está llegando al límite.- Dijo.- Vamos a dejarla descansar.
Colocando pistola en el suelo, se acercó a los secadores y los
desconectó. Yo me alegré tanto por ella como por que había dejado de recorrer mi
maltrecho cuerpo con el infernal chorro. Jadeaba agotada, mirando cómo tomaba el
pulso a la mujer colgada.
- Está bien.- Comentó.- En cuanto descanse un poco se recuperará.- Se secó el
sudor con una manga de la bata y me observó.- Yo también tengo que descansar.
Este trabajo agota mucho. Creo que os dejaré solas un rato, pero antes…
La enfermera retiró uno de los secadores y lo hizo rodar hacia mí.
Asustada, adiviné sus intenciones, ahora me tocaba soportar la otra parte del
castigo. Lo colocó a la altura de mi pecho con una de las lámparas encima del
vientre, otra sobre los senos y las otras dos a los lados. Con un segundo
secador, cubrió el resto de mi vientre, los laterales del torso y dejó el último
círculo muy cerca de mi sexo.
- Por favor.- Fue lo único que logré articular.
- La culpa ha sido tuya.- Respondió sonriendo.- Si no hubieses tratado de
escapar ella no estaría ahí colgada. Y tienes suerte.- Comentó encendiendo los
secadores.- Si la doctora no te necesitase mañana, tu castigo sería mucho peor.
Nos dejó solas y cerró la puerta. Cynthia estaba colgada entre el vapor
de la habitación, respirando con fuerza, y yo iluminada por los secadores. Desde
el primer momento noté el calor de los infrarrojos penetrando profundamente en
mi cuerpo. La piel, previamente castigada por el vapor, reaccionó rápidamente
lanzando ríos de sudor y dolor. Las lámparas estaban estratégicamente colocadas
para actuar sobre zonas hipersensibles. Los pechos concentraban el calor de tres
de ellas, por encima y por los lados, y mi sexo casi rozaba otra. Los secadores
estaban pensados para evaporar el agua del pelo y no tenían ningún tipo de
regulación a parte de la potencia. Ni se apagaban, ni se cansaban, siempre
calentando, implacables. Veía el sudor evaporarse casi en el momento de salir.
Veía agitarse el poco aire que separaba las lámparas de mi cuerpo a causa el
intenso calor, como en los desiertos. Definitivamente, me estaba quemando, casi
podía oler la piel chamuscada.
El tiempo no alivió los síntomas. Tenía la cara y las piernas empapadas.
Me sentía como carne sobre una barbacoa, tratando de no asarme viva. El
contraste con el resto del cuerpo, piernas, brazos y espalda, hacía mucho más
agónico el abrasante calor de la piel expuesta. El único ruido de la habitación
eran mis jadeos, mezclados con gritos de agonía. A Cynthia parecía habérsele
regularizado la respiración y me miraba con compasión, todavía colgada con los
brazos y las piernas en forma de aspa. Pensaba iba a morir en aquella silla,
bajo el par de secadores. Hacía tiempo que las lágrimas corrían mejillas abajo
para mezclarse con el sudor. Mis pechos eran cerezas rojas y brillantes y mi
sexo ardía como una tea. Estaba tan desesperada que no oí cómo entraban en la
habitación.
- Hola cariño. ¿Cómo estas?- Me dijo la enfermera.- No creo que trates de
escapar de nuevo.
Apagó los secadores y los retiró, ayudado por la celadora que había
entrado con ella. Entre las dos me desataron y me secaron el sudor.
- Ahora vas a ir con la celadora a tu cuarto, a cenar y a descansar. Mañana
tienes un día duro.
Mientras me ayudaban a levantarme y me ponían un albornoz encima, la
enfermera se volvió y conectó los dos secadores de la espalda de Cynthia que
gritó al sentir el calor. Antes de salir de la habitación vi como ponía en
marcha el generador de vapor y se acercaba a la mujer con la pistola en la mano. Salí al pasillo acompañada de mi guardaespaldas que cerró la puerta de la sala, donde continuaba el castigo de aquella pobre mujer. En mi celda esperaba la bandeja de la cena, con el cuenco de fruta verde lleno hasta rebosar. Comencé a comer, aterrada por la crueldad de la que había sido testigo esa tarde.
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