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Antiguo 26/12/2006, 14:22   #8
pleonp
 
Rol: Switch
Sexo: Hombre
Fecha de Ingreso: Dec 2006
Mensajes: 41
Predeterminado

Cuarta parte.1
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La enfermera entró en la habitación para ponerme la inyección del
desayuno. La celadora esperaba en la puerta a que terminase.

- Ven con nosotras.- Dijo.

Salimos al pasillo y llegamos a la última de las puertas. Entramos en
una habitación de techo alto, con una camilla en el centro y una mesa junto a la
pared. Sobre la camilla había un extraño saco de dormir verde, abierto de arriba
a abajo y conectado a un largo cordón enchufado a la pared. Del techo colgaba
una viga de hierro, empezaba sobre la camilla y seguía hasta desaparecer, por un
agujero cuadrado, detrás de dos grandes puertas cerradas, al fondo de la sala. A
un lado había dos plataformas metálicas con barandillas, y escaleras en una de
ellas, montadas sobre ruedas.

- Vamos a prepararte.- Me advirtió la enfermera.- La celadora está aquí para
asegurarse que no das problemas. Si te resistes, te inmovilizará y lo pasarás
peor. ¿Has entendido?

- Sí.

- Quítate el albornoz, ponte frente a esa mesita y apoya el pecho sobre ella.-
Dijo señalando una pequeña camilla acolchada junto a la mesa.

Me doblé sobre ella y la celadora me obligó a apoyar completamente el
pecho y el vientre. La enfermera se colocó unos guantes de goma cogió un extraño
aparato cilíndrico y alargado de la mesa, un tubo de goma que se abría en dos
pequeños por un extremo. Lo untó de crema y se acercó por detrás. Me introdujo
la parte ancha unos centímetros por el ano. Me quejé y la celadora apoyó todo su
peso sobre mi espalda.

- No te preocupes, es para evitar que manches durante el tratamiento.

Cogió una perilla de aire y la conectó a uno de los tubos. Un pequeño
globo se infló dentro, hasta llenar el intestino. La cambió al segundo y se
hinchó otra esfera justo entre mis nalgas. La sensación era extraña, pero,
después del primer impacto, no dolorosa. Cuando pude levantarme tenía el culo
sellado.

- Abre las piernas.- Me dijo y cogió una larga cánula amarilla.- Voy a sondarte.

- ¿Cómo?

- Para evitar que te orines encima.

- No.

- No lo repetiré, si no obedeces ahora mismo te sondaré a la fuerza y eso puede
doler mucho.

La celadora se acercó y me sujetó por detrás los brazos. Abrí las
piernas y la enfermera se arrodilló. Fue muy profesional, con apenas unas
molestias, introdujo el catéter hasta su posición y lo fijó con un esparadrapo.
Recogió de la mesa un cinturón estrecho y me lo colocó en la cintura. Me ataron
las muñecas a él con dos cintas, dejando los brazos pegados al cuerpo.

- Acércate a la camilla.- Me ordenó cogiendo un gran saco de plástico blanco. Lo
abrió a mis pies.- Métete dentro.

Levanté las piernas y me coloqué dentro. El fondo era tan estrecho que
tuve que juntar los pies para no pisar fuera. Mientras la celadora sujetaba el
plástico, la enfermera sacó el catéter por un pequeño agujero a mis pies. Luego
levantaron la abertura el cuello. Era estrecho y de tacto extraño, como si
estuviese recubierto por algún lubricante. La enfermera dio la vuelta a la
camilla y abrió el capullo verde que había encima.

- Túmbate dentro.- Dijo.

Ayudada por la celadora, me senté sobre el saco y me tumbé dentro.

- ¡Está caliente!.- Comenté sorprendida, era como echarte sobre una gran manta
eléctrica.

El plástico en el que me habían metido acababa en un estrecho embudo,
del que salía un conducto transparente. Al colocarme los pies dentro del capullo
lo sacaron fuera, junto al catéter de mi sonda. Cerraron la manta acolchada
sobre mis pies y pantorrillas, ajustándola con unas correas muy fuertes. Después
continuaron por las piernas, envolviéndolas a conciencia en el material caliente
y ajustándolas con cordeles que pasaban por unos ganchos, de un lado a otro,
como si ataran una bota. Me encerraron hasta el pecho, ajustaron el plástico
alrededor del cuello y me envolvieron totalmente. Ataron el cordel a la altura
de mi cuello y ajustaron los hombros con cintas de velcro. Estaba envuelta en un
saco de dormir eléctrico, apenas podía respirar y era imposible moverse algo más
que unos milímetros. Sentía el suave calor envolviéndome dentro del acolchado.
Oí abrirse las puertas del fondo y algo que corría sobre la viga de hierro. Un
patín se deslizó por la traviesa hasta la cabecera de la camilla. De él colgaban
dos ganchos y un mando. Los engancharon a dos juegos de anillas, al final de
unas correas que sobresalían a la altura de mis hombros. Las cadenas elevaron el
saco hasta que casi toqué el patín con la cabeza. Debajo retiraron la camilla
hasta un rincón dejándome colgada como una fruta. La enfermera conectó el
catéter a una bolsa y el otro tubo a un frasco. Colocaron las estructuras
metálicas una frente a otra, formando un agujero en medio, y las ensamblaron a
mis pies. La enfermera subió por las escaleras y bajó el saco hasta que nuestras
cabezas quedaron al mismo nivel.

- ¿Qué es esto?- Pregunté.

- Es una terapia de nuestra invención.- Respondió colocándose a mi espalda.- Voy
a subir la temperatura del saco. Relájate, yo estaré pendiente todo el tiempo.

Bajó de la plataforma y salió con a la celadora. El material que me
rodeaba empezó a calentarse. Parecía una oruga en su crisálida, colgada de la
rama de un árbol. No estaba totalmente apoyada sobre los pies, todo el conjunto
ayudaba a sujetarme repartiendo el peso a lo largo del saco. La postura,
realmente, no era incómoda. Lo que me empezaba a preocupar era el calor. La
temperatura había subido rápidamente y el cálido abrazo del principio había
pasado a ser un molesto sofoco. ¿No habían tenido suficiente con los dos días
anteriores? ¿Por qué seguían empeñadas en hacerme pasar calor? Dentro del
plástico mi cuerpo empezaba a reaccionar. El sudor se abría paso poco a poco.

En el saco no dejó de subir la temperatura. Tenía la piel de los pechos
y los muslos asada. Llevaba mucho tiempo colgada y el incesante calor me
obligaba a sudar a chorros. Aunque tratase de balancearme sólo conseguía
agitarme un poco. No tenía libertad para mover las manos y secarme o tratar de
cambiar la postura. Notaba la cara húmeda y enrojecida. El calor me atacaba por
todas partes, me habían envuelto a conciencia. Del cuello para abajo no quedaba
un solo centímetro que no estuviese expuesto al calor, ni un hueco de alivio
entre mi piel y el saco. Estaba cansada, harta de soportar aquel infierno. La
enfermera entró en la habitación con dos botellas de la mano.

- ¿Queda mucho?- Pregunté.

- Olvídate del tiempo.- Respondió subiendo a la plataforma.- Bebe un poco de
agua.- Me acercó una de las botellas a la boca y tragué. El líquido fresco me
alivió la garganta reseca.

- Ahora quiero que te tomes esta botella de zumo de fruta.

- Prefiero agua.- Contesté, rechazando el brebaje verde que me ofrecía.

- ¿Aún no has aprendido nada? No quiero protestas, ni preguntas. Puedo obligarte
a tomarlo, tú decides.

Cedí a sus exigencias. Poco a poco apuré la botella hasta el fondo. El
empalagoso azúcar de la fruta me dejó un gusto raro en la boca que quité con el
resto del agua. Ella volvió a mi espalda y bajó de la plataforma. Cuando dejó la
habitación, la potencia de las resistencias que calentaban el saco subió. La
temperatura dentro del capullo aumentaba por segundos. Miré a la puerta y gemí.
El poco alivio proporcionado por el agua desapareció en ese instante para ser
sustituido por la angustia. Me estaba asando y no tenía forma de escapar.

El calor era insoportable. Hacía casi una hora que la enfermera se había
ido y yo no podía aguantar más. Había llegado al límite de mis fuerzas. Notaba
el sudor resbalando por el plástico que rodeaba mi cuerpo hasta gotear más allá
de los dedos de los pies. Mi corazón latía desbocado y los pulmones querían más
y más aire. El saco no había dejado de aplicarme calor ni un solo segundo.
Aquello era mucho peor que la sauna o el baño de vapor porque podía sentirlo
pasar directamente desde el capullo a mi piel. Incluso prefería otra sesión bajo
los secadores que seguir cinco minutos más colgada en ese infierno.
Afortunadamente la enfermera entró en la sala.
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