Tú lo has querido. Ahí va otro relato para pasar el crudo invierno
La escuela.-1
La escuela femenina St. Paul es una institución poco conocida pero muy prestigiosa en ciertos ambientes selectos. Se encuentra en un viejo edificio reformado, en medio de un valle montañoso, a varios kilómetros de cualquier pueblo o ciudad. En ella se encuentran en régimen de internado las jóvenes más rebeldes y caprichosas de todo el continente, confiadas a la institución por sus ricos padres para que adquiriesen la disciplina que ellos eran incapaces de imponer. Casi todas habían sido expulsadas de otros colegios y muchas de ellas habían tenido problemas con la policía. Eran niñas mimadas, consentidas, que no pensaban en otra cosa que no fuese diversión a cualquier precio: amigos, estudios, incluso su propia salud. Aquella escuela era la última oportunidad, un curso intensivo de recuperación y reeducación pensado para corregir esos feos defectos antes de llegar a la universidad.
El año escolar empezaba en octubre, justo tras los exámenes de recuperación, y terminaba en julio para las buenas estudiantes y el 15 de septiembre para aquellas que no aprobaban en la primera oportunidad. Las clases comenzaban a las 8 de la mañana y terminaban a las 8 de la tarde, de lunes a sábado. Sólo los domingos, de 4 a 8, tenían un tiempo de ocio reservado para ellas mismas. Estudiaban todo lo que necesitarían para ser admitidas cómodamente en la universidad: matemáticas, lengua, historia, etc.; y alguna otra asignatura no académica, como protocolo, salud y belleza o baile. Aunque la materia más importante era la disciplina, razón fundamental por la que estaban allí. Era férrea e inflexible, no se permitía fumar, mascar chicle, correr por los pasillos o hablar en horas de clase o estudio. Debían obedecer inmediatamente cualquier orden o petición del profesorado y personal auxiliar, comportarse con educación y no protestar por absolutamente nada. Otros colegios poseen normas similares, pero la diferencia era que en St. Paul estaba permitido el castigo físico. Una serie de psicólogas, llamadas tutoras, observaban y evaluaban el comportamiento de las alumnas y estaban autorizadas a imponer severos castigos físicos o psicológicos a fin de moldear su carácter y convertirlas en auténticas señoritas, obedientes y educadas. Sus padres estaban informados del uso de estos métodos, los aceptaban y alguno incluso los consideraba suaves. Por supuesto, el contacto con el exterior estaba prohibido. La familia sólo podía visitar a la alumna un domingo cada trimestre, para evitar la tentación de querer mimarlas. Tal era la recomendación pedagógica de la dirección del centro.
Eran muchas las ideas concebidas y aplicadas con el único objetivo de corregir las malas formas y la desobediencia, la mayor parte de ellas relacionadas con sanciones corporales o psicológicas. Azotes, aislamiento, humillación pública, privación de derechos como el agua caliente y disfrute de descanso semanal, eran un pequeño ejemplo. Comenzaban cortándolas el pelo muy corto y dándolas de comer una pasta gris muy nutritiva pero completamente insípida. En su mano, más bien su buen comportamiento, residía la posibilidad de comer mejor o dejarse crecer el pelo. De esta forma se aseguraban la motivación de las alumnas. Alguna, demasiado terca, podía acabar rapada al uno y comiendo las sobras de la pasta que otras dejaban. La idea era simple: si quieres vivir un poco mejor debes ser obediente y educada. Malas notas durante los numerosos controles sólo podían empeorar su estancia en la residencia.
Generalmente las primeras semanas eran muy difíciles, abundaban indisciplinas y castigos. Poco a poco aprendían que era mejor someterse antes de convertir su estancia en un infierno. Cualquier otra institución se hubiera conformado con estos pequeños logros pero St. Paul tenía fama de llegar más allá, de profundizar en las raíces del problema. Progresivamente iban endureciendo las condiciones de vida en el internado, exigiendo a las alumnas que las aceptaran sin una queja.
En los primeros días del mes de noviembre, la climatología del valle giraba rápidamente hacia el crudo y frío invierno. Era entonces cuando la escuela encendía la calefacción. Grandes radiadores metálicos pegados a las paredes de las aulas, pasillos y habitaciones, se calentaban para suavizar la temperatura interior. Pocas semanas después se cambiaba el vestuario de las alumnas: bragas y camiseta de manga larga, gruesos leotardos de lana bajo una falda por debajo de las rodillas, jersey de cuello alto y chaleco de lana convenientemente abrochado. El uniforme era obligatorio y debía llevarse correctamente, las ventanas estaban cerradas y las habitaciones sólo eran ventiladas cuando no había nadie dentro. El cambio provocaba protestas y siempre había castigos, pero la dirección del centro ya contaba con ello.
En el instante que parecían haber asumido el año en el internado y decidido que seguirían el juego de sus educadores, era el momento de forzar su implicación y comprobar si realmente estaban dispuestas a cambiar y obedecer. Subían la temperatura de los radiadores y encendían un segundo sistema de calefacción, el suelo radiante. Los profesores y personal llevaban unas ligeras batas de manga corta y zapatillas abiertas, para estar cómodos en los 30 grados de temperatura que alcanzaban el interior de las aulas. Sus alumnas, envueltas en lana virgen, enrojecían y sudaban. Por supuesto, no podían quejarse. Sólo beber agua y cambiarse a diario la ropa interior, calada por el sudor del día. Todas llevaban pañuelos para secarse cara y manos y no manchar los cuadernos con goterones de sudor. Los profesores aprovechaban la circunstancia para estimular su aprendizaje, las peores alumnas se sentaban en pupitres junto a los radiadores. El calor del suelo, subiendo por los leotardos blancos, unido al de los grandes elementos metálicos estimulaba el esfuerzo por mejorar y cambiar de sitio. Sólo durante la visita trimestral se permitía apagar la calefacción del suelo por cortesía hacia los visitantes.