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Antiguo 17/01/2007, 14:44   #10
pleonp
 
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Predeterminado

La escuela.-2

El hecho de que la alumna aceptase sin quejas la incómoda situación era el primer síntoma de mejora de su comportamiento. Soportar estoicamente el calor, sin quitarse una sola prenda, las enseñaba que había ocasiones en las que deberían adaptarse, en lugar de exigir cambios por simple comodidad. Pero no era suficiente. La experiencia había enseñado a pedagogos y psicólogos que cualquier persona puede abstraer su temperamento rebelde y ocultarlo por un tiempo, mientras tenga la certeza que, en un futuro no muy lejano, podrá volver a dejarlo salir. Como no podían mantenerlas de por vida encerradas y controladas, la dirección del centro había ideado una metodología para llegar un poco más allá. Las alumnas podían aceptar y resistir el asfixiante calor de una forma consciente y voluntaria, pero también deberían hacerlo dentro de su subconsciente.

Las habitaciones eran dobles, dos camas junto a los radiadores, dos armarios, dos mesas de estudio y una estantería compartida. Estaban vigiladas por cámaras de visión normal y nocturna. Se agrupaban en pequeños pasillos, cada uno supervisado por una tutora, con aseos y duchas comunes. Las alumnas dormían con un grueso pijama de invierno y calcetines de lana. La ropa de cama estaba compuesta por dos pesadas mantas y un cobertor que las alumnas solían apartar para dormir, ya que la calefacción no se apagaba en toda la noche. Todos los años, cuando la directora creía oportuno, reunía en el salón de actos al alumnado para comunicarles una nueva norma. Comenzaba el discurso diciendo que habían observado a casi todas destaparse al dormir y que, ante el crudo invierno de montaña, es conveniente abrigarse con las mantas y el cobertor. Los leves murmullos de protesta se acallaban tan rápidamente como se alzaban, ante la amenaza de castigos para quien se quejase. La dirección aclaraba con toda firmeza que era una norma de obligado cumplimiento y se sancionaría a quien la infringiese.

Durante las primeras noches muchas de las alumnas eran incapaces de dormir junto a los radiadores y bajo las mantas, aunque se esforzasen por no destaparse. Otras se rendían y quitaban la ropa de cama, pero todas las mañanas el personal revisaba las grabaciones en la búsqueda de transgresoras. El merecido castigo se aplicaba después de comer, cambiando el chaleco y la falda del uniforme de la infractora por un mono de esquí que llevaría puesto hasta la hora de acostarse. Todas tenían uno, era parte del programa oficial de deportes. Las pocas excursiones a una estación de ski cercana servían de excusa para disponer del material necesario. Las clases de la tarde, horas de estudio y cena, las pasaban dentro de la ropa acolchada, con leotardos y jersey de cuello alto, en habitaciones a 30 grados centígrados. Terminaba agotada y empapada en sudor, se ponían el pijama y se acostaba arropada entre mantas y bajo el cobertor. Si el escarmiento no era suficiente y persistía en descobijarse, al día siguiente repetían el castigo y se añadía otra manta a la cama. Con una tercera sanción consecutiva, la alumna pasaba a ser castigada durante 24 horas seguidas. Se notificaba después de la comida y comenzaba esa misma noche, añadiendo un calientacamas eléctrico sobre el colchón, atando a la alumna por muñecas y tobillos con correas de hospital y tapándola con las tres mantas y el cobertor, como otra noche cualquiera. Por la mañana, tras un baño bien caliente, se la viste con uniforme y mono de esquí para pasar el día entero, hasta volver a la cama. Una vez terminado el castigo, se le da la oportunidad de respetar la norma volviendo a la rutina habitual, con sólo dos mantas y sin el calientacamas. Si se empeñaba en destaparse de nuevo, añadían otras 24 horas a las anteriores. Dos noches seguidas atada con el calientacamas encendido, con sus dos días llevando el mono de esquí. Generalmente no era necesario aumentar el castigo más allá de tres días para que se esforzasen en cumplir la regla.

Pero no es sencillo conciliar el sueño con tanto calor. Intentarlo puede llevar a que alguna de las alumnas pase noches en blanco, aunque no es excusa para relajar la norma o tener compasión. Con el tiempo el cansancio vence y acaban por dormir. Es en los primeros estadios del sueño cuando entra en juego el subconsciente, inquieto por el calor. Instintivamente se destapan medio cuerpo o se revuelven para acabar encima del cobertor. Es un acto reflejo involuntario que también debe ser castigado. Con la primera infracción solamente se advierte y se recomienda concentración a la hora de acostarse. Por muy incómodo que parezca, con suficiente fuerza de voluntad se consigue todo. Si persiste en la falta, la alumna es alojada dentro de un saco de dormir, cerrándolo al cuello y tapándola con las mantas. Diseñado para pasar la noche en la alta montaña, su ocupante puede moverse todo lo que desee, pero no salir.

Pocas muchachas evitaban el castigo las primeras semanas. Finalmente, las menos resistentes, acababan por dormir, agotadas, dentro de los sacos durante las noches de castigo y sus cuerpos se habituaban lo suficiente como para resistir una noche bajo las mantas. Después, cuando el invierno entraba en los peores días, la dirección del centro subía la calefacción de dos a siete de la mañana. Ninguna podía aguantarlo, incluso las que habían resistido hasta ese día acaban tirando las mantas al suelo. Una sola noche encerrada en el saco no era suficiente tiempo para acostumbrarse, la segunda falta les suponía tres noches confinadas y la tercera una semana completa. Ninguna comprendía por qué se sancionaba un comportamiento que no podían controlar y se quejaban a las tutoras. Se les respondía que tenían que respetar las normas y obedecer sin dudas o condiciones, el problema no es que fuese imposible de aguantar, si no que faltaba voluntad. Ellas lo negaban vehementemente y alegaban con lágrimas en los ojos que no podían resistir tanto calor. Sus tutoras asentían y parecían comprender el problema. Pero la solución no era cambiar la norma, ni hacer excepciones, ni mucho menos bajar la calefacción. Se las ofrecía unos cursos de resistencia totalmente voluntarios.
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