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Viejo 13/08/2007, 14:56   #1
dolor
 
Rol: sumiso
Sexo: Hombre
Localización: Zaragoza
Fecha de Ingreso: Feb 2007
Mensajes: 15
Exclamation Haciéndome sentir tuyo (carta). OJO: severo.

AVISO A LAS PERSONAS SENSIBLES: Este relato epistolar es de nivel MUY SEVERO (aunque seguro y consentido, si bien no sano del todo... ). Si no te va el BDSM de alto nivel no sigas, porque pasarás un mal trago.

Haciéndome sentir tuyo (carta).

Estoy de pie en el centro de una habitación desconocida. Tengo los ojos vendados. Todo es oscuridad y silencio. Estoy desnudo, tan desnudito como un bebé.

Te oigo entrar. Pones música. Te acercas. Acaricias. Tocas. Besas. Aprietas. Gimo. En un descuido has atado cada una de mis muñecas al codo opuesto. Uy.

Me metes en la bañera y me friegas como quien refregaría a un niño pequeño muy sucio, o quizás a un trozo de madera y no de carne. Me lavas a fondo la boca con tu saliva y tus dedos, y luego con mucha agua y un consolador que fijas a mi cabeza con correas. Actúa de mordaza. Y como estoy amordazado, a partir de ahora harás como que no me entiendes nada, pero nada de nada.

De vuelta al salón. Me tumbas en una mesa y enganchas cada uno de mis tobillos a dos fuertes cuerdas sujetas a dos tuberías distantes entre si: quedo tan abierto como una petana en el ginecólogo de mamá. Entonces quitas la mesa de debajo y quedo colgado por los tobillos, con la cabeza a un palmo del suelo. Parezco una letra Y. De cintura para abajo (o para arriba, según se mire ahora), es imposible moverse. Y del resto, tan solo puedo arquear el lomo y girar la cabeza. Oscuridad, inmovilidad, silencio. Sólo existe la música y tú.

Mi erección te raya. Promete orgasmos, y a partir de hoy no habrá orgasmos que tú no puedas controlar. Pero sólo hay una manera de que no me lo haga yo solito en cuanto te des la vuelta.

Aprisionas mis orejas entre tus tobillos. Envuelves el cinturón de clavos en el pene. Lentamente, aprietas. Gimo. Lentamente, aflojas un poquito y aprietas más. Chillo, muy agudo. Muy lentamente aflojas un poquitín menos y aprietas mucho, mucho más. Rompo a llorar. No, mami, no, quisiera decirte, no me hagas más daño, me portaré bien, pero déjame la colita, ¡porfi!. Pero la mordaza no me deja y aunque me dejara no lo harías porque sería mentira y sobre todo porque te gusta, porque te excita, porque hacerme daño es lo que más te gusta en el mundo. Envuelves también los testículos en el cinto de clavos y, estirando de sus extremos y comprimiendo por el medio, inicias un lentísimo simulacro de masturbación; una masturbación al revés, en realidad, pues a cada minuto el cinto está cada vez más apretado -aflojando cada vez menos, tensando cada vez más-, y su pobre contenido es más y más blandito y minúsculo. Notas cómo los clavos van rompiedo la piel e hiriendo la carne, y luego las cosas blanditas y delicadas que hay debajo de la carne. La sangre gotea por mi vientre, por tus brazos, por las piernas, y cuando los regueruelos son demasiado abundantes vas aflojando muy poco a poco el cinto, sin interrumpir el movimiento falsamente onanista, hasta que los clavos se deslizan y el cinturón queda colgando de tu mano. El aparato ha adquirido un poco el aspecto de una hamburguesa cruda y, desde luego, ya no hay erección, piensas con una risita. Tú, en cambio, has tenido ya tus primeros orgasmos, casi sin tocar.

Lubricas una sonda, lubricas la comisura de la uretra y te abres paso por dentro de mi pene hasta la vejiga. Superados ambos esfínteres, la bolsa comienza a llenarse de pipí al instante. Piensas que me estás violando. Te gusta la idea. Comienzas a meter y sacar la sonda unos centímetros para reforzar la sensación, como si me follaras la cola, cada vez más fuerte, mientras chupas, muerdes y restañas las heridas hechas por los clavos. Sacas la sonda y pones otra mucho más gruesa, que exige mucho lubricante. Así. Así mucho mejor. Me estás violando la cola! Mmmm... ¿cabrá el dedo?

Tomas la vara, nervio de toro. Comienzas a pegarme. A pegarme muy fuerte: primero en las nalgas, luego en el ano y luego, verdaderamente fuerte, a lo largo de toda la línea del periné, desde la bolsa de carne trémula hasta la incitante raja del trasero. Es un golpe cada minuto, cada medio, quizás, o puede que cada uno y medio. No sé. Pero cada impacto deja una larga hebra de piel llagada y carne amoratada. Sólo te detienes tras alcanzar una nueva oleada de orgasmos y la sangre chorrea hasta tus pies en riachuelos granates.

Me atas los testículos heridos con una cinta de raso, tan fuerte que los conviertes en una pelota violácea y brillante. Empapas el ano llagado con lubricante, un tubo entero de K-Y de Johnson, y usas otro para el pato; sí, un espéculo como el del ginecólogo que te decía antes. Insertas el patito en el recto, muy muy muy despacito, mientras con la otra mano me vas apretando los testículos y separas el pico del pato cada vez más, y más, y más, tan lentamente que casi no se nota. Pero chillo, lloro, berreo, y muy poco a poco el espéculo está totalmente abierto y puedes ver el color de mis intestinos. Eso te excita muchísimo, porque sabes que pronto estarás ahí dentro, serán tuyos.

Dejas puesto el espéculo, para que se dilate el ano. Y, hum, parece que a pesar de todo la colita quiere palpitar otra vez (va a ser culpa de esos huevos llenos a reventar), y tú estás cada vez más excitada y algo muy oscuro se te cruza por la sesera. Oh, sí. Oh, sí, el niño tonto este va a descubrir el verdadero dolor.

Atraviesas los testículos con varias largas agujas, cinco o seis en cada uno. Colocas una tabla de madera que tiene un agujero en el medio entre mis piernas, y sacas la cola sondada por el orificio. Los testículos atravesados quedan un poco aplastados, debajo. Pones una pinza sujetapapeles grande entre el prepucio y el glande, y cuelgas de ella un cubo enorme. Viertes en el cubo un par de litros de agua: el pene se estira y toda su cara ventral queda expuesta.

Aprisionas mi cabeza entre tus muslos. Tomas una lima plana, pesada, y propinas diez golpes a la cola así expuesta, o quizás te has descontado y han sido doce, o catorce, uno cada minuto, o menos, o más, pero todos muy fuertes, todos con todas tus fuerzas. Bajo la tabla, la bolsa de testículos que ahora parece un acerico de agujas acusa cada impacto. Allá abajo oyes cómo intento berrear, pero con la boca apretada contra tu coño cada vez más mojado, no puedo.

Viertes otros dos litros más en el cubo y lo pasas al otro lado. Ahora está expuesta la cara dorsal del rabillo cada vez más amoratado. Otros diez impactos con la lima, o puede que quince; tras cada impacto, haces rodar la cola dos o tres veces con la punta de la herramienta, arañándola. Sientes ganas de orinar, y me meas en la cara. Divertida, notas cómo bebo. Claro, seguro que el petardillo este debe tener mucha sed ahora mismo.

Devuelves el cubo al frente y viertes otros dos litros, y das otros diez o a lo mejor veinte azotes en la cara ventral. Otros dos litros, cubo al otro lado, y quince o puede que veinticinco en la dorsal. Y así una y otra vez, conteniendo mis alaridos entre tus piernas, hasta que el cubo rebosa de agua, treinta y cinco o cuarenta litros, y la colita parece una gorda berenjena ensangrentada, estirada al doble de su longitud normal, o más. Entre el peso y los golpes, los testículos se han ido vaciando a través de las agujas: un aguilla blanquecina y sanguinolenta. ¿Eso es todo, ese es el tan glorificado esperma, causante de tantos problemas? Qué risa.

Esa berenjena sangra demasiado y está demasiado inflamada. La aprisionas entre dos tablas, las comprimes con tornillos de mariposa hasta que deja de sangrar y comienzas a darle vueltas muy despacito. ¿Cuántas vueltas podrías darle antes de que se desprenda? No lo sabes con seguridad, pero sí sabes que le has dado al menos veinte antes de atar fuertemente ambas tablas y su berenjena retorcida de dentro a los testículos con forma de acerico sanguinolento.

Me descuelgas. Estoy medio desmayado. Gimo y lloriqueo débilmente. No logro tenerme en pie. Me tumbas boca abajo en una cama de matrimonio, sacando por entre las piernas el paquete retorcido, entablillado, atado y atravesado, y me atas las muñecas y tobillos a las patas, muy estirados. Antes parecía una Y y ahora, una X. Compruebas el espéculo. Sí, yo creo que ahora entrará. Que ahora entrará todo. Gastando otro tubo de K-Y, comienzas a introducirme la mano, dos dedos, tres, cuatro, ¡ya está! ¡Ya está dentro el puño entero! ¡Sí! ¡Oh, sí! ¡Entras, sales, entras, sales, entras, sales, me estás follando el culín hasta el codo, entre gemidos y lamentos! Abres la mano, y siento mariposas. Cierras el puño, y siento posesión. Te calzas una especie de braga con una enorme polla de látex y, tumbándote sobre mi espalda, me haces el amor muy despacio, muy hondo, con mucha dulzura y suavidad. Te corres muchas veces. Quedas satisfecha. Plenamente satisfecha, por primera vez en tu vida.

Me das la vuelta, atándome boca arriba, y me curas sentada en mi cara con un pequeño botiquín. ¡Uf, a lo mejor te has pasado un poco! Pero no. La carne es muy sufrida. Sobrevivirás, pequeñajo.

Ahora estoy a tus pies hecho una Z, lamiéndolos con lánguida pasión. Te gusta. Es agradable.

Y es más agradable saber que ahora sí me siento tu esclavo. Ahora sí me posees. Sólo tomándome de semejantes maneras llegué a comprender que soy tuyo, y ya nunca te abandonaré. La música, en este instante, deja de sonar. Pero este es sólo el principio. Hay un futuro, y en ese futuro resucita la esclavitud. Soy tuyo. ¿Qué me quieres hacer hoy?

Tu niño.
dolor está fuera de línea   Citar y responder