CAPITULO TERCERO
El otoño era una llama de oro en el Reino de Shanador mientras se acercaba inexorablemente el día de la fiesta que el Rey daba en honor de su único hijo, el
Príncipe Christian. Yo estaba absolutamente resignada a no asistir al baile, dado que mis innumerables obligaciones en casa de mi madrastra, la Viuda Chancellot, mi Ama Oscura, no me habían dejado tiempo de terminar mi vestido de gala. Aunque asumía esto como un hecho irrefutable y mi naturaleza sumisa me ayudaba en ello, un conato de rebelión me hacía esperar sin esperanza lo imposible. Un milagro que cambiara la situación y me dejara asistir por una noche a una festividad propia de mi edad y de la condición social en la que había nacido.
Una tarde ventosa me escabullí al bosque cercano para soñar a la luz de la enorme luna que nacía. Yo tengo una naturaleza soñadora. Me senté bajo el viejo roble que conocía mis secretos de infancia y el cansancio hizo que quedara adormilada. De pronto me despertó la luz. La luz dorada de la luna, que parecía haber crecido en intensidad y me acariciaba como un beso. Apoyada en el tronco del roble (Ygdrassil así lo llamaba yo en mis ensoñaciones) una mujer me miraba. Tenía un aspecto extravagante, para empezar vestía como un muchacho, pantalones de montar, botas altas hasta los muslos, las cuales ceñían como un guante sus finas piernas, una camisa con muchos volantes y se envolvía en una capa de muchos colores, irisada. Sus cabellos color violeta la envolvían hasta las rodillas y parecían flotar en rizos suaves, que se mecían a un viento invisible. Toda ella rebosaba fuerza y poder, pero no era esto lo mas notable si no un cierto aire burlón, como de estar de vuelta de todo. Estaba impreso en la media sonrisa de sus labios jugosos, en el brillo travieso de sus ojos negros, en el gesto indolente con el que mordisqueaba una ramita de abedul. La extraña me llamó por mi nombre, cenicienta (porque este era mi nombre ahora y yo lo sentía como tal) y me dijo que era mi Carta Mágica del Destino y que ella era el instrumento para que yo alcanzara mi Plenitud. Al decir estas enigmáticas palabras empezó a dar vueltas a la ramita de abedul y al hacerlo cortaba el aire y parecía abrir agujeros en la noche, como si disolviera la realidad de mi bosque, haciéndome pensar que estaba viviendo un sueño, tan vívido que me parecía real. Sin darme tiempo a pensar, en uno de esos trazos cortando el aire hizo surgir (no tengo otro modo de describirlo) un hermosísimo traje de la nada y lo puso en mis brazos. Era de un color indefinido que podía ser tomado por blanco y que sin embargo contenía todos los colores, cambiante bajo la luz de la luna, formado por pequeños arco iris irisados. Era de una sencillez absoluta, de líneas tan puras que estuve segura que mi cuerpo joven destacaría dentro de él como un faro. La Dama, a la que no tengo otro nombre que poner que la Carta del Destino seguía con sus piruetas y a cada una yo recibía un regalo: unos zapatos de tafilete plateado, un collar de aguamarinas, unos pendientes a juego… Cuando hubo terminado me dijo: y ahora pequeña vuelve a tu casa que yo me encargo de hacerte llegar todo esto por mi servicio particular de mensajeria –al decir esto último sonreía burlona. Y antes de que pudiera agradecerle nada, se esfumó en la noche, dejándome con la miel en los labios.
Volví corriendo a casa, esperando que mi falta no hubiera sido descubierta, pero al entrar por la puerta de la cocina encontré allí al Sr. Arrogante que me miraba severo. Di un respingo y sentí que mi corazón se aceleraba. Me postré a sus pies, con los brazos extendidos y la cabeza muy cerca de sus piernas. Como una caricia, sentí su mano en mi nuca rubia. Me dijo: ¿dónde estabas, cenicienta?, ¿acaso no sabes que debes pedirme permiso para ausentarte? Levanté la cabeza y le miré con lágrimas en los ojos, poniendo el corazón en ellos, ese hombre me podía, me abrumaba su presencia, me controlaba. El me conminó a continuar con la cabeza baja en el suelo, en mi posición humillada, sumisa. Mis cabellos se derramaban por el suelo y me impedían ver nada, pero sentí que se movía a mí alrededor, y noté como me sofaldaba y pasaba su mano fría por mis nalgas desnudas –yo tenía prohibido llevar ropa interior-. Noté el aire silbar antes de sentir el azote de la pala de amasar el pan, me mordí los labios para no gritar, y los azotes cayeron mientras el Sr. Arrogante me conminaba a decir dónde había ido y qué había hecho. Entre sollozos se lo conté todo. Cuando hube terminado, siguió azotándome y luego, en esa misma posición, me usó para su placer (aunque debo confesar que mi perversión hizo que también fuera el mió). No hizo comentario alguno sobre la fiesta, ni sobre mi intención de asistir a ella. Tampoco me lo prohibió, ni me ordenó entregarle el vestido (que yo suponía, aunque no sabía a ciencia cierta, que estaba en mi habitación del desván, si mi Carta del Destino tenía palabra).
Así pues yo continué con mi plan.
Y llegó el día de la fiesta. Mis hermanastras y mi Ama Oscura me tuvieron muy ocupada ayudándolas a embellecerse, peinarse, vestirse, acicalarse –aunque realmente poco se podía hacer en ese sentido-. Se fueron en el carruaje, bastante pronto, porque querían llegar y asegurarse un buen sitio, antes de que el Palacio Real estuviera desbordado de gente.
Yo corrí a mi habitación en cuanto salieron por la ancha avenida. Al llegar a mi desván me encontré allí sentada a la Dama del Destino. Estaba en mi ventana, sentada en el alfeizar y parecía tan tranquila como si no estuviera colgando de un cuarto piso, con las piernas en el vacío. Me dijo: cenicienta, se me olvidó decirte una cosilla, todas tus galas se desvanecerán como humo a las 12 en punto. Así que espabila y haz lo que tengas que hacer antes de esa hora, en la que todo lo que lleves encima desaparecerá como la ilusión que es. A mi eso me pareció una mala pasada, pero al menos me daba un margen para gozar de la fiesta, y estaba dispuesta a no perdérmela por nada del mundo. Pero había un tema que me preocupaba y era el de mi transporte. Sin embargo mi Dama parecía tenerlo todo controlado porque me dijo que eso no debía preocuparme.
Con una sonrisita y su eterna ramita de abedul en las manos no paraba de mirarme y me estaba poniendo nerviosa. Como era tarde empecé a desnudarme para vestirme con mi precioso traje nuevo. Ella no se iba, ni desaparecía ni nada y seguía allí, con esa sonrisita en los labios. De pronto dijo: creo que aun tenemos un poco de tiempo para jugar. Y entrando en la habitación cogió mis manos y las sujetó con una tira de mis viejas enaguas, me hizo apoyar sobre el alfeizar de la ventana, y separó mis piernas deleitándose con la visión de mi cuerpo desnudo, de mi sexo ofrecido, adornado con ese suave vello color oro viejo. Recorrió mi coño con la ramita de abedul, abriéndolo, rozando los labios y obligándolos a separarse. Sus caricias toscas me estaban excitando y ella sabía como combinar la rudeza con la suavidad y conseguir el efecto que quería. Siguió con los azotes de la ramita y yo me unía a su ritmo in crescendo, hasta que al final era mi cuerpo el que buscaba el contacto, la caricia, el azote. La miré mientras sentía que el clímax estaba a punto de atravesarme, le pedí permiso inconscientemente y ella sonrió de nuevo y dijo: Si.
Mi Dama me ayudó a ponerme el vestido mientras yo temblaba aun. Recogí mis cabellos en lo alto y opté por ponerme solamente el collar de amatistas, ceñido a mi cuello, dejando libre el esplendor de mi escote y los pliegues suaves de mi vestido de arco iris satinado. Con un toque de su ramita mágica volamos con el viento y él me transportó hasta la entrada del Palacio Real. Allí mi Señora Misteriosa se esfumó de nuevo en la noche.