CAPITULO CUARTO
Jamás había visto un lugar tan bello y lujoso como el Palacio del Rey, sin embargo en cierto modo parecía hecho para mí, mi alma lo reconocía. Adoraba la belleza de sus suelos de mármol, la serena dignidad de sus columnas, la visión del lago desde las ventanas, los jardines en penumbra. Todo ello me hablaba directamente a mí, parecía susurrar mi nombre: cenicienta, cenicienta, bienvenida a casa….
Procuré mantenerme en un lugar discreto, lejos de las miradas de la viuda Chancellot y de sus hijas. Me apoyé en la baranda del segundo piso y desde allí observaba a la gente que bailaba. El
príncipe Christian estaba al lado de su padre, el Rey, pero parecía aburrirse mucho. Era un buen mozo, joven, rubio, con buena planta y sus ojos azules, aun a esa distancia a la que yo estaba, tenían un aire dulce
. En ese momento nuestras miradas se cruzaron, azul contra azul, porque él había levantado la vista hasta donde estaba yo medio escondida. Una chispa de interés despertó y a grandes zancadas se dirigió hacia mi.
A partir de ese momento no me dejó ni un instante, parecía fascinado por mi. Me dijo que era la muchacha mas bella del baile, pero que no era solamente mi innegable belleza lo que me hacía tan especial, sino que yo era distinta. Que el sentía que eramos cómplices, que habia un nexo de unión entre nosotros. Bailamos al ritmo suave de la música, envueltos en el olor a fresa de los mejores sueños, Miré al fondo de los ojos de mi principe y de pronto lo supe, lo comprendí todo y sonreí. El me miraba con la misma comprensión en la mirada.
Y de pronto sonó la primera campanada y yo fui terriblemente consciente de que estaba en el filo de la medianoche. Así que corrí como si llevara alas en mis zapatos, corrí con el viento, con mi sangre joven latiendo descontrolada mientras volaba escaleras abajo y al hacerlo sentía como Christian me seguía, pero sin poder atraparme. En mi carrera perdí uno de mis preciosos zapatos pero en esa tesitura me daba igual, seguí corriendo como un espiritu libre hasta alcanzar el amparo de las sombras del bosque y la niebla que se formó como por arte de magia fue mi aliada. Completamente desnuda, esfumadas mis lindas ropas, desnuda como una buena sumisa, volví al refugio de la mansión que un día fue de mi padre.
A la mañana siguiente no se hablaba de otra cosa en el Reino que de la misteriosa desconocida que había encandilado al esquivo Principe Christian. Y de la decisión de este de hacer probar el zapato que la muchacha del baile perdió al huir de Palacio, a todas las muchachas casaderas del Reino, hasta encontrar a su dueña. Yo sonreía interiormente.
Anémona y Críspula andaban muy preocupadas con eso, como si hubiera la menor posibilidad de que pudieran encajarse uno de mis zapatos.
Al llegar el Emisario Real, por supuesto lo intentaron, pero sus toscos pies no encajaban en mi zapatito de cristal. Cuando estaba a punto de marchar el Emisario, el Sr. Arrogante le detuvo y dijo ante el asombro de la Viuda y sus hijas: Un momento, Señor, existe otra muchacha casadera en esta casa y me miró a mi perentoriamente, conminándome a obedecerle como había hecho siempre. Arropada por la fuerza de su mirada, vencí mi timidez y avancé hacia el Emisario del Principe y sentándome en el escabel tendí mi pie al paje.
El zapato encajó a la perfección y un destello de luz azulada pareció cubrirme.
De todo esto hace más de un año. Ahora soy la esposa del Principe Christian, la Primera dama del Reino, la Princesa cenicienta y como todo todos los honores son pocos para mi. Vivo en el Palacio Real, que parece que me esperaba como a su elegida. Tengo criados y la gente me respeta y envidian mi suerte. El Rey está contento porque su hijo tendrá un heredero, ya que estoy embarazada y pronto daré a luz. Todo el mundo es feliz en el Reino (excepto quizá la Viuda Chancellot y Anémona y Críspula).
Sin embargo las cosas no han cambiado tanto en el fondo. El Sr. Arrogante vino conmigo a Palacio cuando me casé con el Principe Christian, en condición de mi hombre de confianza, mi escudero, mi mayordomo especial. En la intimidad él manda, por supuesto. Como siempre. Soy suya. Le pertenezco. Es mi Señor, Me azota cuando le place o cuando cree que mi comportamiento no es el adecuado, o simplemente porque lo desea en ese momento. Me usa a su antojo y nada tengo yo que decir a ello. Me humilla y le obedezco en todo y para todo, porque su placer es lo importante y complacerle el mio.
Bueno, en realidad, hay una novedad y es que ahora somos dos para complacerle y servirle. Dos a los que puede usar a su antojo y que son absolutamente suyos. Yo y mi esposo, el Principe Christian.
Que, por supuesto, es también sumiso.