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Viejo 21/10/2007, 11:02   #23
Jehanna
 
Rol: sumiso
Sexo: Mujer
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Predeterminado

(coloco aquí la primera parte de mi cuento "la chica de la carreta" porque me parece que tiene más lógica que esté aquí, dando una continuidad a mis "Cuentos Perversos")

LA CHICA DE LA CARRETA

Erguida en la carreta, Agnes temblaba de frío, intentando mantener el difícil equilibrio con las manos atadas a la espalda. El conductor azotaba a los bueyes para animarlos a ir más deprisa y éstos se enredaban en el fango. La noche anterior había llovido en abundancia, Agnes recordaba haber oído el estruendo de la lluvia repiquetear con fuerza en el tejado de barro y paja. El agua se filtraba por los huecos y cavidades y la calaba, casi como si estuviera al raso, y aunque no estaba desnuda como ahora, su sayo de algodón, el corpiño y la blusa, así como las faldas de percal, no la abrigaban demasiado en esa noche desapacible. No pegó ojo en toda la noche, tenía mucho en qué pensar. Recordaba las risotadas de los aldeanos y como coreaban su nombre los muchachos.

Esta mañana había salido el sol y todo el cielo era de un límpido azul, pero los árboles aun goteaban y el camino que atravesaba el pueblo era un lodazal. A ambos lados se agolpaba una multitud que había acudido para ver el castigo público de una moza deshonrada. Atrás quedaban las noches de amor y lujuria con Walter, el capellán de la iglesia de Sant Mary Margaret. Al final, lo que pesaba era ese
sentimiento de pecado que hacía que apartara la vista de ella en cuanto rompía el alba.

Pasaron los días y uno de ellos ocurrió lo que tenía que pasar, inevitablemente: les descubrieron. Ambos se quedaron dormidos y cuando se abrió la puerta para dar paso a las beatas que venían a ayudar en la misa, hallaron a los amantes, aún abrazados. A Walter le encerraron en la mazmorra del conde y estaba a la espera de la sanción de sus superiores eclesiásticos, pero ella era tan sólo una aldeana, y para acabarlo de arreglar, había tenido la insolencia de despreciar al capitán de la guardia del castillo, un hombre rudo que la miraba con ojos que la desnudaban. La habían llevado a rastras hasta el alguacil y el juez y ese mismo día habían reunido a su tribunal y habían dictado su sentencia. Sería conducida completamente desnuda en una carreta descubierta, con las manos atadas, por todo el pueblo, con un cartel colgando del cuello dónde se pudiera leer RAMERA en letras rojas, para que todos vieran la clase de mujer que era, para que las gentes honradas pudieran insultarla, los niños burlarse de ella, las mujeres honradas fueran testigos de lo que puede ocurrir cuando el diablo llama a la puerta y la carne es débil y la mujer no se apoya en el Señor. Después de ser paseada así por todo el pueblo, con un pregonero delante anunciando lo que era y el delito que había cometido, para más colmo con un hombre de Dios, sería conducida hasta la Plaza Mayor y allí atada al poste de los criminales y azotada por el verdugo hasta 60 latigazos. Luego se la pondría en el cepo por el resto del día y después sería puesta en libertad, aunque se la expulsaría del pueblo para que no diera mal ejemplo a las otras muchachas.

La carreta tropezó con una piedra y ella cayó, al no poder sujetarse con las manos. Uno de los soldados que la custodiaban la cogió violentamente del cabello y la levantó, al tiempo que le daba un azote en el culo y la conminaba a ser menos torpe.
Los chiquillos estallaron en risas y uno de ellos le lanzó un huevo que se estrelló en su cara, chorreando. Eso pareció la señal de partida de una avalancha de tomates, huevos, fruta podrida, que le lanzaron los pillastres que rodeaban la carreta. Intentó mantenerse serena, meterse dentro de sí misma y no dejar que la vieran llorar. De reojo, observó caras conocidas entre la muchedumbre, pero que, incomprensiblemente la miraban como a una extraña. Los rostros de los hombres que la miraban expresaban muchas cosas, pero no era rechazo exactamente. La miraban con deseo, fijaban los ojos en su joven cuerpo desnudo, en la lozanía de sus tetas desafiantes, en sus firmes piernas, suavemente torneadas, en sus muslos blancos y apetecibles, en la redondez de su culo. Agnes sabía que si no estuvieran al lado de sus esposas, si no tuvieran tan presente dentro de ellos ese temor de Dios, no la mirarían con desprecio. Agnes estaba dividida en una extraña dualidad, por un lado todo su ser se rebelaba ante la injusticia de lo que le ocurría. Ella no era ninguna criminal, ni había hecho daño a nadie para ser tratada así. Sí, había hecho caso omiso de las leyes de los hombres, al yacer con un hombre sin estar casada. Y su pecado era también contra las leyes de Dios, porque el hombre con quien había yacido, aunque hombre al fin y al cabo, era también sacerdote, pero estaba segura de que había una ley más antigua y verdadera, la sentía en su interior, y contra esa ley, no había pecado.

Y por otro lado, había una parte de ella, una parte oscura y extraña, que, en cierto modo, gozaba con todo aquello, con el frío, con su exhibición desnuda ante todos, con la humillación de ese cartel que colgaba de su cuello y en el que se leía –aunque ella no sabía leer- la palabra RAMERA. Hallaba un placer morboso en los insultos (zorra, puta, golfa, meretriz, fulana, prostituta) que le lanzaban por todas partes, en las miradas lascivas que se clavaban en su coño, en su culo, en sus tetas, que la quemaban como fuego. Cuando el joven soldado la había cogido de los pelos y la había levantado con brusquedad, su rostro quedó a unos centímetros escasos del de él y allí leyó excitación, deseo que él intentaba contener y que le enfadaba. Y cuando la azotó con fuerza en el culo, sintió que se mojaba. Una leve sonrisa asomó por la comisura de sus labios al notar esto, pensó que estaba loca, pero qué más daba.

El capitán de los soldados observó esa sonrisa y sus ojos negros se clavaron intensamente en Agnes. Para disimular su turbación dio órdenes estrictas a sus soldados de ir directamente a la Plaza y terminar de una vez con el castigo de la ramera. Sin embargo, en su mente empezaba a cuajar un plan.

Al llegar a la Plaza no cabía ni un alma, la gente de las comarcas se había concentrado para ver el castigo público. Un soldado la ayudó a bajar de la carreta, ya que era imposible que ella bajara sola, notó como sus manos se entretenían demasiado y la manoseaban, pero no podía hacer nada para impedirlo, como tampoco pudo evitar que los hombres y jovenzuelos situados en primera fila, tocaran su cuerpo, la pellizcaran, la azotaran con sus varas y sus fustas de azuzar a los caballos, a pesar de que los soldados les apartaban con brusquedad. Sentía su corazón desbordado en el pecho, estaba sin aliento, pero aun así, sentía una comezón por todo el cuerpo, los pezones bien erguidos y un sentimiento extraño, mitad miedo, mitad anhelo.

El verdugo estaba plantado en lo alto de una tarima de madera que se había construido alrededor del poste de la Plaza Mayor, donde solían ser colgados los criminales y los ladrones. La hicieron subir por una escalera empinada. A llegar arriba se le acercó el Capitán de los soldados y por primera vez sus miradas se cruzaron. Ella apartó la vista primero. El desató sus manos de la espalda y las volvió a atar delante, colgando las cuerdas de lo alto del poste. Se inclinó y le susurró al oído:

- Pequeña zorra, ahora vamos a ver de qué madera estás hecha. Voy a ser yo quién te azote. Quiero oírte suplicar.

Se dirigió al verdugo y le dijo:

- Me ocupo yo de esto

El verdugo asintió con un movimiento de cabeza y se apartó del estrado.

Parsimoniosamente, el capitán blandió el látigo de cuero con una pericia que demostraba su familiaridad con él. Agnes notó silbar el aire a su alrededor y de pronto el primer latigazo cayó sobre su espalda. Tuvo tiempo de pensar que era como un picotazo de una abeja, doloroso, nunca la habían azotado con el látigo, jamás, pero se mordió los labios y se prometió que no cedería, por orgullo. Por esa mirada oscura y burlona que se había cruzado con la suya. Por un sentimiento de que podía aguantarlo y ser fuerte. Por un oscuro sentimiento que le decía que no era tan malo. El segundo y el tercer latigazo cayeron casi seguidos y la dejaron sin aliento, arrancándole el primer gemido, casi a regañadientes.

(CONTINUARÁ)
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