Rol: sumiso Sexo: Mujer Localización: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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| El sol estaba alto en el cielo y la sed atormentaba a Agnes, aunque ese no fuera el menor de sus males. Su espalda ardía, cruzada por las cintas de fuego que los latigazos del capitán habían dejado en ella. Sentía las manos y el cuello entumecidos por la presión del cepo, y la incomodidad de la postura forzada hacía que fuertes calambres empezaran a recorrer su maltrecho cuerpo. Se retorció todo lo que le permitía las ataduras, miró a los mozalbetes que aún seguían por allí, riéndose de ella, azotándole el culo con sus manos, tirándole del cabello. Se preguntó cuánto tiempo más iban a seguir, pensó que en algún momento sus madres les reclamarían en casa.
Su mente, lo único libre que le quedaba, rememoraba su tormento en el poste. Recordaba su determinación de no gritar, de no darle al capitán motivos añadidos para gozar de su suplicio, por supuesto, había decidido no suplicar clemencia. Los primeros diez latigazos combinaron la suavidad de un azote superficial –con intervalos deliberados que la mantenían en vilo esperando la caída del próximo golpe, acumulando tensión y abriendo las puertas al miedo y al dolor- con azotes rápidos e intensos como un rayo, que la recorrían hasta el tuétano y la hicieron aullar de dolor, a partir del tercero. Las lágrimas se abrieron paso a pesar suyo y se mordió los labios hasta hacerse sangre con el fin de contener las palabras que pugnaban por salir, aunque no pudo evitar los sollozos. Entre el velo de sus lágrimas, divisó a la multitud expectante, como un cuerpo único, monstruoso, unido en un silencio tenso, pletórico de placer morboso ante su suplicio. Por un momento vio las caras, pálidas bajo la luz de la mañana, con los ojos fijos en ella y un brillo de excitación en la mirada. Algunos sonreían, otros apartaban la vista en el momento en que la sangre había empezado a teñir su espalda, para volver a mirarla de forma huidiza, como si no pudieran resistir la tentación de observarla detenidamente y al mismo tiempo no pudieran afrontar mirarla de frente.
En un balcón cercano vio la cara de un joven estudiante, vestido con su uniforme. Tenía en la mano una pluma y un trozo de pergamino, Agnes pensó que estaba tomando notas para escribir un relato sobre ella y eso la indignó y le dio nuevas fuerzas. Al caer el próximo latigazo (había perdido la cuenta ya de los que llevaba) apretó con fuerza los dientes, se resistió al dolor. Una pausa y el capitán se acercó a ella, la tomó por la cintura con brusquedad y le acercó a los labios un balde de agua. Ella lamió el agua, como una perrita, con los labios entumecidos de sangre seca. Le supo deliciosa como si jamás hubiera tomado un sorbo en su vida. En el reflejo cristalino vio por un momento su imagen. La aureola de sus rubios cabellos despeinados, que flotaban en el aire, sus ojos muy abiertos, inmensos, la fragilidad que le daba su desnudez completa. De pronto fue muy consciente de ella y sintió vergüenza, casi la había olvidado. El rubor tiñó sus mejillas. El rostro del capitán, muy cerca de ella, su aliento que la envolvía y esa mirada intensa, cargada de presagios, no todos ellos indeseados. La pequeña sonrisa de él, oculta en la comisura de sus labios. Se acercó a su oído y le susurró: - muy bien, pequeña zorra, lo estás haciendo muy bien. Esta amabilidad la llevó de nuevo al borde de las lágrimas.
El capitán dejo el balde y se situó de nuevo a su espalda. La tanda siguiente de latigazos fue rápida y sin pausas, la envolvieron en una nube extraña en la que se mezclaban el dolor y algo oscuro que hacía que se le licuaran las entrañas. Le sentía a su espalda, podía notar el olor de su cuerpo, una mezcla de perfume de tabaco, jabón, y limpio sudor de hombre. De pronto, no le pareció que fuera una derrota dejar escapar sus gemidos, su dolor, dejó de morderse los labios y sintió que algo en su interior se soltaba. Tal vez él no la azotaba tan fuerte, quizás se estaba acostumbrado al dolor, a lo mejor estaba francamente perturbada, no lo sabía, sólo sabía que los azotes no cesaban y que cada uno de ellos la transportaba algo más allá, como si estuviera subiendo una escalera que la llevara hacia la luz, como si se hubiera metido en un rincón secreto, dónde nada más que ellos dos tuvieran cabida.
(CONTINUARÁ) |