WILLIAM
El capitán William Clifford observaba a la prisionera desde una de las almenas del castillo. La tarde de ese día de finales de verano avanzaba en el pueblo y las sombras cubrían gran parte de su territorio, pero allí, en el castillo, al estar en un lugar mucho más elevado, el sol todavía calentaba su espalda. Podía ver sus rubios cabellos inclinados hasta casi taparle la cara, la palidez del cuerpo de la muchacha, como una mancha clara en la distancia, la curva de su espalda. Percibía incluso la incomodidad, el dolor que padecía y por debajo de todo eso, la sensación de que, de algún modo, ella estaba gozando también. Al igual que él había disfrutado cada segundo en el poste de los tormentos, por difícil que le resultara admitirlo.
Cambió de posición para enfrentar de cara el viento y éste alborotó sus negros cabellos y los hizo caer sobre su ancha frente. Sabía que no podía sacarla del cepo antes de que pusiera el sol. Esas eran las órdenes recibidas y él conocía muy bien cual era su lugar en la jerarquía del castillo y lo que suponía desafiar al Conde de Wessex. Ya había contradicho bastante esas instrucciones al azotarla de un modo no patibulario, sino más bien benigno. Había actuado controlando exactamente la cantidad de daño que podía causar y que la joven podía recibir sin que sufriera secuelas permanentes. No quería dejar marcas definitivas en esa piel tan suave. Pero si se hubiera atenido a los 60 latigazos reglamentarios a los que había sido condenada, ahora su espalda estaría en carne viva, y dentro de pocas horas con toda probabilidad infectada,llena de llagas purulentas, que no podrían cicatrizar bien, de ningún modo.
Así que le aplicó unos cuantos golpes fuertes, de rigor, mezclados con otros muchos más suaves, que apenas rozaban la piel, que dejaban un rastro ligero de sangre, aparatoso, pero mucho menos serio, sin arrancar trocitos de carne. Le gustó especialmente que ella hubiera aguantado los primeros fuertes azotes con entereza y serenidad, que hubiera intentado reprimir sus gritos. Le encantó cuando consiguió arrancarle tímidas demostraciones de auténtico dolor, olvidado por un momento su orgullo. Le gustaba que fuera orgullosa.
A partir de ahí, la azotó con más clemencia, cuidándola, pero persistiendo en el castigo, no tanto porque ella estuviera condenada a él, sino para su propio placer, el de él. Y para domarla.
Sin embargo, en cuanto la última luz declinara en el horizonte iría a por ella. Era suya, aunque ella aún no lo supiera.
(CONTINUARÁ) |