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Viejo 23/10/2007, 02:09   #36
Jehanna
 
Rol: sumiso
Sexo: Mujer
Localización: Girona
Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.407
Predeterminado

Ni un minuto después de caer la noche, un ruido de caballos la despertó del estado de somnolencia en el que había caído. Una compañía de soldados hizo su estruendosa entrada en la plaza, levantando mucho polvo y haciéndola toser. Al mando de ellos estaba el capitán William Clifford, que se apeó con un salto, dejando las bridas en manos de uno de sus soldados.

Se acercó a grandes zancadas hacia el cepo donde estaba encerrada. Con mucho cuidado sacó la llave y lo abrió. Agnes se desplomó en el suelo como un saco. William la cubrió con su capa y la cargó sobre sus hombros, subió al caballo, dejándola momentáneamente en el suelo y la cargó de través sobre su propio regazo, dando la voz de mando para regresar al castillo. En las ventanas de las casas se movían las cortinas. Ojos curiosos espiaban desde su interior, preguntándose cual sería el destino final de la joven deshonrada.

La compañía de soldados enfiló hacia el castillo y, poco después, hizo su entrada en el patio de armas. William entregó las bridas al palafrenero y saltó del caballo con presteza, cargando sobre los hombros el peso muerto de Agnes. Sin entrar en la torre del homenaje, dio las órdenes oportunas a sus hombres y desapareció con su carga por una puerta lateral medio escondida en una de las torres del foso. Desde allí se dirigió por un camino alternativo, mucho más largo pero más discreto, a sus aposentos.

A su paso por la cocina se hizo el silencio que siempre reinaba ante la presencia de un noble. Cocineros, marmitones, mozos de cuadra y lacayos, quedaron un tiempo como en suspenso, hasta que él les ordenó que continuaran con sus tareas. William era alto, en la treintena, y tenía ese porte arrogante que da la buena crianza, el nacer en una noble cuna. Ese algo indefinible, del que él no era consciente, imposible de adoptar si no has crecido entre sábanas del más fino hilo. Enfiló por la parte trasera del pasadizo y subió las escaleras hasta que por fin cerró la gruesa puerta de sus habitaciones con doble llave. Su cara se despojó de su expresión granítica y pareció de pronto mucho más joven.

Con un cierto aire de preocupación, depositó a Agnes cuidadosamente sobre el lecho y encendió el candelabro que tenía a su alcance. Corrió las cortinas de la ventana, llenó la palangana de agua del balde que estaba en una esquina y llamó con aspereza a su asistente.

- John !!! dónde te has metido? pedazo de haragán malcriado!!!
- Estoy aquí, mi Señor!!, estoy aquí!, presto para serviros, respondió el mozo, que había estado dormitando en un rincón de la estancia más alejada y que acudió al momento, con grandes reverencias y esa sonrisa simpática que le había ganado la confianza y el aprecio de su amo.

Sin devolverle, en esos momentos, la sonrisa, harto preocupado por el estado de la joven, le dio instrucciones para ir a las cocinas y regresar con premura, con alimentos abundantes, un pollo, cerveza, miel, verduras asadas, sopa de gallina, vino con especias, agua fresca, recién sacada del pozo y vendas limpias, así como un ungüento para las heridas que elaboraba una vieja criada y que tenía bien ganada la fama de milagroso remedio para toda clase de males.

Mientras John volaba a cumplir sus órdenes, después de echar una curiosa ojeada a los rubios cabellos de Agnes y sus hombros desnudos, que eran prácticamente lo único que se veía de ella, William despojó a la muchacha de su capa, la colocó con delicadeza, desnuda como estaba en la cama, boca abajo y con mucha suavidad empezó a lavar su espalda con un blanco lienzo limpio. Las ronchas de la espalda no parecían infectadas, pero estaba sucia de tierra, polvo y toda clase de inmundicias que le habían arrojado. Tenía el cuerpo cubierto de heridas, las piernas, las nalgas, los muslos, la espalda. En el ano tenía una erupción roja y toda esa parte estaba muy irritada como si la hubieran arañado con algo violentamente. Habían zonas que habían sido pellizcadas, azotadas, machacadas. En las muñecas y el cuello se marcaban cruelmente las señales de todo un día de permanencia en el cepo. Y encima estaba el hecho de que había permanecido desnuda desde el alba al anochecer a la intemperie. Pensó, con disgusto, que la mayor parte de las heridas de Agnes no se debían a la acción de su látigo y maldijo por lo bajo a los malnacidos,que la habían dejado en ese estado.

Agnes tiritaba de frio. Tocó su frente con la mano y notó que ardía. La envolvió en una gruesa colcha de lana forrada de raso, puso una almohada de plumas bajo su cabeza. Después lavó meticulosamente cada una de las heridas, mientras ella se quejaba suavemente, su voz, débil ahora como la de un gatito enfermo, era completamente distinta de la de la chica de la carreta, la que había recorrido toda la aldea, bien erguida con las manos atadas a la espalda, completamente desnuda y con una expresión de orgullo en su rostro, de serena dignidad, a pesar de la humillación que estaba sufriendo. La que él había estado observando con tanta atención porque le había cautivado.

(CONTINUARÁ)

Editado por Jehanna en 23/10/2007 a las 02:14.
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