William oyó ruidos de charla en la puerta y la voz de una mujer que reía. Unos golpes en la puerta y John que entraba en la habitación, cargado con una bandeja humeante.
-Vaya… ya era hora!, acercate y veamos qué traes…
- Todo lo que me habeis pedido, mi señor William: un pollo asado, caldo de gallina, cerveza, hidromiel, vino….
- El ungüento, has traído el dichoso ungüento?, le interrumpio William con brusquedad.
– Sí, por supuesto, contestó John, mientras se apartaba un largo mechón de pelo castaño de la frente, - esto que me ha costado darle mucho jabón a la vieja Rita , porque se ha puesto a refunfuñar que le dolían todos los huesos…
- Basta!, le interrumpió, William, cansado, - déjate de tus bellaquerías y trae ese ungüento, no ves que la muchacha lo necesita?
Le arrebató el recipiente de las manos y estuvo en un tris de hacer caer la bandeja con la comida, pero John la rescató justo a tiempo.
- Enciende la chimenea. La pequeña tiene frio, está ardiendo de fiebre. Quiero un buen fuego en esta estancia, ahora mismo.
El joven criado se apresuró a cumplir su cometido, entendiendo que su amo no estaba para alegre charla en esos momentos. William, sentado en el borde de la cama, untaba las heridas con la pasta de color violáceo, que olía desagradablemente pero de la que conocía sus virtuosas propiedades en carne propia, ya que le habían ayudado a cerrar numerosas heridas de guerra.
Agnes murmuraba incoherencias. El le acarició los cabellos y los arregló con un peine de madera, esparciéndolos sobre la almohada. Quería darle la vuelta para curarle también las heridas y cortes que tenía, cosa que hizo a pesar de los gritos de protesta de ella.
El fuego chisporroteaba alegremente cuando despidió de la estancia a su criado para toda la noche. Mientras el ambiente se caldeaba, hizo beber agua con miel y zumo de limón a la enferma, que se atragantaba pero bebía obedientemente. La estuvo velando toda la noche. Al alba, la fiebre había remitido y ya no se quejaba, cayendo en un sueño plácido.
Antes de dormitar a su lado, sentado en el sillón, susurró al oído de Agnes:
- Tranquila, pequeña zorra. Eres mía. A partir de hoy empieza tu doma, pero antes debes recuperarte. No debes preocuparte por nada. Yo cuido de mis pertenencias.
Cayó en un sueño profundo, mientras el cielo rompía a clarear.
Editado por Jehanna en 24/10/2007 a las 00:30.
|