Rol: sumiso Sexo: Mujer Localización: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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| CAPITULO 7
Agnes estaba aprendiendo en este periodo de su vida muchas más cosas que en todos los años anteriores. Por ejemplo, que vivían en el año del Señor de 1325 y que en Inglaterra reinaba Eduardo (el segundo de los Eduardos). Sentía mucha curiosidad por aprender y su Señor, el capitán William Clifford le estaba enseñando a leer, con infinita paciencia, aunque decía que era una buena alumna. Jamás había tenido tiempo libre para ella, demasiado ocupada con las tareas de la granja de sus padres, La limpieza, las comidas, el cuidado de sus hermanos pequeños, ayudando en la siembra, en la cosecha, conservando los alimentos para sobrevivir en el duro invierno, cuidando de los animales. Ahora, esta vida, en cierto modo ociosa si la comparaba con la anterior, le parecía un sueño.
Entrecerró los ojos y echo la cabeza hacia atrás, arrastrando al hacerlo el peso de su cabellera. Si algo en su nueva vida le hacía añorar la anterior era la falta de libertad de movimientos. Echaba de menos pasear por el bosque, nadar en el estanque, chapotear en el río y saltar de piedra en piedra en sus correrías. Sabía que, por su propia seguridad y –más importante aún- por la de su Amo, debía permanecer encerrada en aquellas tres estancias y el pequeño escondite detrás del tapiz. Eso la hizo sonreír, jamás había visto un tapiz, ni sabía de la existencia de esas telas tan lujosas y bellamente decoradas. Mucho menos para cubrir un sólido muro de piedra.
Las experiencias vividas al lado de William (en su corazón le llamaba así, por su nombre, aunque nunca en su presencia y jamás le tuteaba), la colmaban de felicidad y de un placer tan intenso, que los escarceos con Walter, el capellán de Saint Mary Margaret, le parecían aburridos, ingenuos, desprovistos de auténtica intensidad. Era, ciertamente, un placer oscuro, tal vez, incluso, perverso. No hacía falta ser una joven noble o una monja dedicada al servicio de Dios para comprender que lo que él hacía con ella distaba mucho de ser algo aprobado por las leyes de Dios ni por las de los hombres. Sin embargo le importa un ardite. Agnes solo sabía que cuando estaba en sus manos se borraban los muros que la encerraban en aquella parte del castillo y sentía que estaba bajo un manto estrellado.
Se abrió la puerta de la habitación y entró William, desabrochándose el tahalí, soltando la espada, sentándose ceñudo en el sillón.
- Desnúdate!, pequeña zorra, le ordenó con voz tajante y mirada turbia.
Al momento ella se despojó de su vestido –lo había olvidado, había olvidado las instrucciones de estar en todo momento desnuda y a su disposición- y azorada se arrojó al suelo, de rodillas.
- Eso está un poco mejor, pero ya hablaremos de tu merecido castigo… en su momento… ahora ven, acércate. Su mirada la impelía a obedecerle aun más que sus palabras, y el tono que usaba, suave y enérgico al mismo tiempo, sin gritos.
Agnes se puso a cuatro patas y avanzó hasta ponerse a sus pies. Con la pericia que daba la práctica le sacó una de sus botas, estirando con fuerza. Luego la otra. Tocó con la frente el suelo de piedra y en esa misma posición, de rodillas, culo en pompa, espalda baja, empezó a besarle los pies, a masajearlos con la boca, a lamer uno a uno cada uno de los dedos, chupándolos, besando el pie entero, desde el empeine hasta la punta , y cuando el lo levantó, besó, lamió, acarició toda la planta con deleite. Se sentía muy a gusto. Un círculo de fuego les envolvía, encerrándoles dentro, lejos de todo.
Cuando algo indefinible en la posición de él cambió, sin mediar palabra, ella supo qué tenía que hacer (había tenido un buen maestro) así que se alzó ligeramente del suelo para poder despojarlo, sin que se moviera del sillón dónde estaba sentado, de sus calzas, sacándoselas con la mayor suavidad posible. Después le besó y acarició sus musculosas pantorrillas, entreteniéndose largo rato en la parte interior de las rodillas, masajeando con sus dedos, su lengua, sus mejillas, cada centímetro de sus piernas, mientras iba ascendiendo.
Por un momento, la mano de él se posó en su cabello, tirando con fuerza hacia atrás, reuniéndolo en un moño en lo alto de su cabeza,
- Quiero verte esa cara de furcia que tienes!… le dijo
Arrebolada, se dejó hacer, sintiendo como siempre la extraña excitación, el calor de su cuerpo, el olor del hombre que tenia a su lado. A continuación, mirándole a los ojos con infinita dulzura, separó las rodillas de William y acarició sus muslos, la parte interna, tan sensible, admirando su cuerpo, tan masculino, tan hermoso, sin un miligramo de grasa.
Sus dedos arañaban con delicadeza el escroto, acariciaban la piel de los testículos, rozaban apenas el miembro. William tenía los ojos bien abiertos y la miraba con una sonrisa que bailaba en la comisura de sus labios, controlando la situación.
- Que zorra eres… pero mientras decía esto le sonreia
-
Agnes lamía ahora la punta de la polla de él, con una mano sujetando los huevos, trazando semicírculos de fuego. Poco a poco, metía toda la polla en su boca, comiéndola, cubriéndola con la lengua doblada, envolviéndola en un círculo de carne, chupando y lamiendo al mismo tiempo, escondiendo los dientes. La mano de William se posó en su nuca y presionó allí, obligándola a metérsela hasta el fondo, a tragarla del todo. A él le gustaban las penetraciones profundas, tan profundas que ella a veces sentía que no podía respirar, que se ahogaba, como un gatito amorrado a un plato de leche, sin poder salir. Algunas veces tenía arcadas y un temor atroz a vomitar todo el contenido de su estómago. Por eso, comía muy poco, ya que nunca sabía cuando a él le apetecería usarla ni de qué modo. El se lo había dejado muy claro desde un principio.
- Vamos a dejar las cosas claras, pequeña zorra,
le había dicho aquel primer día, después de su recuperación, cuando por fin fue consciente de donde estaba y con quién.
- Has nacido de nuevo. Olvida toda tu vida pasada. Eres mía, mía por completo.
Mientras le hablaba, paseaba a grandes zancadas por la estancia, y ella, sentada en el suelo, desnuda, con las rodillas separadas y las manos vueltas hacia arriba (tal como le había ordenado que estuviera) le escuchaba.
- Aquí la cuestión no es lo que tú quieres. Ni lo que tú piensas. No tienes que querer más que lo que yo quiero. Yo dirijo, la responsabilidad es mía. Cuidaré de ti en todo momento, como cuido de todo lo que es mío. Harás exactamente lo que yo te diga y cómo yo te lo mande.
- Si crees que no puedes hacer lo que te mando, me lo dirás y veremos como logramos que al final consigas hacerlo.
- Nunca te pediré nada que no puedas hacer. Te conozco, putita. Te conozco mejor que tu misma.
- Te usaré cómo, cuando y siempre que lo desee, del modo en que yo quiera.
- Si fallas en complacerme de forma involuntaria no lo tendré en cuenta, pero deberás esforzarte al máximo por darme placer. Y lo que más me complace es tu obediencia ciega.
- Si te niegas conscientemente a hacer algo que te ordene, serás inmediatamente castigada.
- A veces te haré daño, porque eso me da placer, pero no buscaré hacerte daño tan sólo. Quiero tu entrega y tu complicidad. Quiero tu lealtad y te prometo la mía. Tienes que ser un libro abierto para mí, nada de secretos. Deseo tu intimidad, tus deseos más íntimos, tu cuerpo, tu mente, tu esencia, tu voluntad.
- Te deseo a ti, mi ramera. Y eres mía.
Editado por Jehanna en 25/10/2007 a las 00:58.
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