La Siesta de un Fauno
¡Quiére, pues, instrumento de fugas, turbadora
siringa, florecer en el lago en que aguardas!
Yo, en mi canto engreído, diré fábulas tardas
de las diosas; y por idólatras pinturas,
a su sombra hurtaré todavía cinturas:
así cuando a las vides la claridad exprimo,
por desechar la pena que me conturba, mimo
risas, alzo el racimo ya exhausto, al sol, y siento
cuando a las luminosas pieles filtro mi aliento,
mirando a su trasluz un ávida embriaguez.
Oh ninfas, los RECUERDOS unamos otra vez.
Mis ojos, tras los juncos, hendían cada cuello
inmortal, que en las ondas hundía su destello
y un airado clamor al cielo desataba;
y el espléndido baño de cabellos volaba
entre temblor y claridad, ¡oh pedrería!
corro; cuando a mis pies alternan (se diría
por ser dos, degustando, langorosas, el mal)
dormidas sólo en medio de un abrazo fatal:
las sorprendo, sin desenlazarlas, y listo
vuelo al macizo, de fútil sombra malquisto,
de rosas que desecan al sol todo perfume,
en que, como la tarde, nuestra lid se resume.
¡Yo te adoro, coraje de vírgenes, oh gala
feroz del sacro fardo desnudo que resbala
por huír de mi labio fogoso, y como un rayo
zozobra! De la carne misterioso desmayo;
de los pies de la cruel al alma de la buena
que abandona a la vez una inocencia, llena
de loco llanto y menos atristados vapores.
Mi crimen es haber, tras de humillar temores
traidores, desatado el intrincado nido
de besos que los dioses guardaban escondido;
pues, yendo apenas a ocultar ardiente risa
tras los pliegues felices de una sola (sumisa
guardando para que su candidez liviana
se tiñera a la fiel emoción de su hermana
la pequeñuela, ingenua, sin saber de rubor);
ya de mis brazos muertos por incierto temblor,
esta presa, por siempre ingrata, se redime
sin piedad del sollozo de que embriagado vime.
Stéphan Mallarmé
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