Hace años leí un pequeño libro, acerca de la experiencia estética, en el que hallé algunas respuestas que me ayudaron en ese momento a acercarme al arte con mayor comprensión.
El autor argumentaba que el instinto de imitación de la naturaleza, esta necesidad elemental de la persona, se encuentra fuera de la propia estética y que, por principio, su satisfacción no tiene que ver con el arte, siendo necesario, por tanto, diferenciar entre el instinto de imitación y el Naturalismo como género artístico. El Naturalismo es el acercamiento a lo orgánico y lo vitalmente verdadero, pero no porque se haya querido representar un objeto natural siendo fiel a su corporeidad, ni porque se le haya dado una ilusión de vida, sino porque se ha despertado la sensibilidad por la belleza de la forma orgánica y porque se tiene el deseo de satisfacer esta sensación.
El teórico postulaba que la necesidad de empatía, que por motivos lógicos se decanta siempre hacia lo orgánico, no ha determinado el inicio de la voluntad artística, y que así lo demuestran, por ejemplo, la forma muerta de la pirámide o la opresión de la vida tal y como se manifiesta en el mosaico bizantino. Oponía, a esta necesidad, el impulso de abstracción, el cual sí ha determinado la voluntad artística, señalando esta voluntad en los pueblos naturales, en todas las épocas primitivas y finalmente en ciertos pueblos desarrollados en una cultura oriental.
El autor se preguntaba sobre las premisas psíquicas del impulso de abstracción. La respuesta que ofrecía estaba en la manera de sentir el universo, propia de aquellos pueblos, en su comportamiento psíquico frente al cosmos: Mientras que la condición del impulso de empatía es una relación amable y panteísta de familiaridad entre la persona y los fenómenos del mundo exterior, el medio o la climatología, el impulso de abstracción es el efecto de una gran inquietud interior de la persona a causa de estos mismos fenómenos.
El desarrollo racionalista de la humanidad reprimió la angustia instintiva causada por la posición de la persona, perdida en medio del universo. En el caso de los pueblos de cultura oriental, en cambio, su instinto del universo era tan profundo que se oponía a una desarrollo en sentido racionalista; ningún imperio aparente y externo del mundo intelectual consiguió engañarles. En su caso, su respeto espiritual por todo aquello existente no estaba por delante del ‘conocer’ como en los pueblos primitivos, sino por encima del ‘reconocer’.
Esta tesis sirvió muy bien para apoyar y explicar el expresionismo de vanguardia, período artístico torturado por la violencia y el caos de las guerras europeas, o la abstracción en los experimentos artísticos alemanes, como la pintura pura y otras tentativas de arte no figurativo de igual período histórico.
El impulso más potente en el arte de todos aquellos pueblos, antes mencionados, consistía en arrancar el objeto del mundo exterior, arrancarlo del curso de los acontecimientos y de su conexión natural y aislarlo de la arbitrariedad y la casualidad aparentes. El tormento que suponía el juego infinitamente cambiante y confuso de los fenómenos externos les sumía en la necesidad de tranquilidad, de buscar en las formas abstractas lo inmutable y el valor absoluto, proporcionándose la paz de lo asequible y la consiguiente posibilidad de evasión. Donde lo conseguían encontraban la satisfacción que a nosotros nos concede la forma orgánica llena de vida.
Sin embargo el estilo geométrico, escribía el autor, lo apreciamos en lugar inferior; lo asociamos a una particularidad de pueblos y épocas de un nivel cultural relativamente más bajo. Sin embargo es un estilo construido según las leyes supremas de la simetría y el ritmo y podríamos, considerando su grado de legitimidad, decir que es el más perfecto. Por tanto, se podría determinar una conexión causal entre las culturas primitivas y la forma artística suprema, más pura y más legítima. Con lo que, cuando menos la humanidad, en virtud de su reconocimiento espiritual, se ha familiarizado con el mundo exterior, más poderosa ha sido su incitación a extraer de él esa belleza absoluta suprema.
Tras descender desde la soberbia del saber, el ser humano se encuentra hoy tan desamparado ante la imagen del mundo como el hombre primitivo. Lo que antes era instinto ahora es el producto definitivo del conocimiento.
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El pensamiento de Wilhem Worringer ( 1881-1965 ) y su pequeño libro “Abstracción y empatía” han impregnado el pensamiento estético contemporáneo.
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Sea: no conocía este autor. El poema es una preciosidad y me alegra que me acompañe, con aportaciones tan bien entrelazadas y afectuosas. Un beso agradecido.
Amapola