Se dice que la obra de Bacon es una expresión de la angustiosa soledad del hombre occidental. Sus figuras están aisladas en vitrinas de cristal, en escenarios de puro color, en habitaciones anónimas o incluso en sí mismas. Su aislamiento no nos impide verlas. ( La forma tríptica, en la que cada figura está aislada en su propio lienzo pero sin dejar de ser visible para las otras, es sintomática. ) Las figuras de Bacon están solas, pero carecen de toda intimidad. Las marcas que muestran sus heridas, parecen autoinflingidas, aunque en un sentido especial. No por un individuo concreto, sino por la especie, el hombre, porque en tales condiciones de soledad universal, la distinción entre el individuo y la especie pierde su significado.
Bacon es lo opuesto a uno de esos pintores apocalípticos que esperan que ocurra lo peor. Para Bacon, lo peor ya ha ocurrido, y no tiene nada que ver con la sangre, las manchas, las vísceras. Lo peor es que se haya llegado a considerar que el hombre es un ser sin inteligencia.
Lo peor ya había sucedido en la Crucifixión de 1944. Ya aparecen aquí los vendajes y los gritos, como también la aspiración hacia un dolor ideal. Pero los cuellos terminan en bocas. La parte superior de la cara ha desaparecido. Falta el cráneo.
Posteriormente, lo peor se evoca de una manera más sutil. La anatomía permanece intacta, y la capacidad del hombre para reflexionar se sugiere mediante lo que sucede a su alrededor y por su expresión. O la carencia de ésta. Los decorados, los trapecios, las barandillas, las cuerdas, se parecen a los accesorios que se ponen en las jaulas de los animales. El hombre es un mono infeliz. Pero si se da cuenta de ello, deja de serlo. Y es por eso que se hace necesario mostrar aquello que el hombre no sabe. El hombre es un mono infeliz sin saberlo. No es el cerebro, sino la percepción, lo que separa a las dos especies. Este es el axioma en que se basa el arte de Bacon.
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Bacon percibe el absurdo de una forma que no tiene nada en común ni con el existencialismo ni con la obra de un artista como Samuel Beckett. Este último concibe la desesperación como resultado de cierto debate interno, como resultado de intentar desenmarañar del lenguaje todas las respuestas convencionales. Bacon no se cuestiona nada, no desenmaraña nada. Acepta que lo peor ha sucedido.
La falta de alternativas que entraña su visión de la condición humana se refleja en la falta de un desarrollo temático en su obra. Durante treinta años toda su evolución se ha centrado en el aspecto técnico de enfocar lo peor cada vez con mayor precisión. Lo logra, pero al mismo tiempo esa reiteración hace que lo peor sea menos creíble. Esta es la paradoja del artista. A medida que pasas de una a otra sala empiezas a comprender claramente que puedes vivir con lo peor, que puedes seguir pintándolo una y otra vez, que puedes convertirlo en un arte cada vez más elegante, que puedes ponerle terciopelo y marcos dorados, que otra gente lo comprará para colgarlo en las paredes de sus comedores. Empieza a parecer que Bacon es un charlatán. Pero no es así. Y la fidelidad que guarda para con su propia obsesión garantiza que la paradoja de su arte produce una verdad coherente, aunque no sea la verdad que él se propone.
El arte de Bacon es, en efecto, conformista.. lo peor que pudiera suceder ya ha sucedido y, por consiguiente, propone que tanto el rechazo como la esperanza carecen de sentido.
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Al contrario de lo que suele decirse, los cuadros de Bacon no comentan ninguna experiencia real de soledad, angustia o duda metafísica; tampoco critican las relaciones sociales, la burocracia, la sociedad industrial o la historia del siglo XX. Para hacerlo tendrían que haberse referido a la conciencia. Lo que hacen es demostrar cómo la alineación puede provocar un anhelo de esa su propia forma absoluta que es la inconsciencia total. Esta es la verdad que queda coherentemente demostrada, más que expresada, en la obra de Bacon.
John Berger, 1972
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Sea: Qué figuritas más bonitas nos trae usted.. ¿ son las del pesebre ?

Un besito.
Amapola