Tema: Arte
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Viejo 07/12/2007, 14:13   #32
Amapola_Blanca
 
Rol: sumiso
Sexo: Mujer
Fecha de Ingreso: Jan 2007
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Predeterminado Fetiches

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Los sombreros aleteando hacia arriba en el Juego lúgubre de Dalí representa, según Bataille, los órganos femeninos de las fantasías del sujeto del deseo. No hay problema alguno. En el léxico estándar del simbolismo sexual de los sueños, el sombrero es de género femenino. Pero ya antes de que Tristan Tzara publicase su “Automatismo del gusto”, esta atribución de género con respecto al sombrero se había complicado considerablemente.

Como los de Dalí, los sombreros de Tzara son de fieltro. Su copa, ligeramente inclinada, remata en un pliegue que representa los labios paralelos de una elegante fedora. El pliegue de unos labios. Una sonrisa genital. Pero ¿a qué se debe que esta imagen vaginal sirva para dar los toques finales, por así decirlo, de un atuendo quintaesencialmente masculino? Y, lo que es más curioso, ¿por qué en ese mismo año, 1933, lo más elegante era que las mujeres llevaran este sombrero, el más hombruno de todos, así como realzar la naturaleza travestida de esta moda-para-mujer decorando la fedora con los símbolos y atavíos estrictamente masculinos: jarreteras, lazos de corbata, etc? Man Ray riza aún más este rizo de contraidentificaciones en las fotografías que realizó para ilustrar el ensayo de Tzara, publicado en Minotaure. La fedora, firmemente calada en la cabeza del modelo, se fotografia desde arriba, de modo que su ala oculta el rostro del maniquí. Tajante y agresiva, la corona del sombrero se levanta hacia el espectador como la punta del miembro masculino. Un clic del obturador de Man Ray lleva a cabo la institución del fetiche. La <<mirada>> que niega lo que ve y que con su resistencia convierte en blanco lo negro o, mejor dicho, insiste en que lo blanco es negro. En la lógica del fetiche, el paradigma masculino/femenino se viene abajo con la reiterada e inexorable negativa a admitir la distinción, a aceptar los hechos de la diferencia sexual. El fetiche no constituye el reemplazo de los genitales femeninos con una codificación vicaria, /femenino/; es un sustituto que permitiré seguir creyendo, perversamente, que aquellos son masculinos, que la mujer (la madre) es –pese a toda aparente evidencia- fálica.

La evidencia en cuestión es visual. En el escenario freudiano, el fetiche aparece bajo un punto de vista en el que un niño ve pero niega ver lo que ve, bajo un ritual de negación en el que su madre ha sido <<castrada>>. Freud habla de este punto de vista: “Cuando el fetiche cobra vida, cierto proceso se interrumpe súbitamente [...] lo que se preserva como fetiche es la última impresión posiblemente recibida con anterioridad a la [impresión] extraordinariamente traumática [...] el último momento en que la mujer aún podía considerarse fálica.”

Las impresiones en las que sobreviene el trauma son visuales, puntos de vista en los que la evidencia aparece sólo para ser negada por un amaño de la visión que dará lugar al fetiche, ese sustitutivo sexualmente indeterminado.
Freud extrae un ejemplo de uno de sus casos clínicos, un paciente que elige como fetiche un brillo en la nariz.
... Freud ya había señalado que este <<brillo>> simbolizaba el reconocimiento de una fisura abierta en el campo de la visión: einz Glanz auf die Nase, afirma el paciente, nombrando su fetiche. Aunque parece ser que la lengua que solía hablar el paciente no era el alemán sino el inglés, la lengua materna de su niñera. De modo que el <<brillo>> de Glanz era en realidad una <<mirada>> y la <<última impresión>>, antes de la interrupción fatal había sido hecha una <<mirada a la nariz>>.

Perfectamente bilingüe, el vocablo Glanz(ce) posibilita la fusión del mirar y lo mirado, el sujeto y el objeto, de quien ve y lo que ve, una fusión que vuelve a representar un mecanismo de defensa, el mismo que el propio fetiche ya representaba como percepción engañosa de una desdiferenciación engañosa entre los órganos masculinos y femeninos.

Man Ray crea una imagen que capta el sombrero desde un punto radicalmente oblicuo, un punto suspendido sobre la parte superior de la cabeza, de modo que la copa de la fedora parece abrirse para que surja el cráneo que bajo ella se encuentra, expresando a la vez que negando su perfil agresivo: un brillo en la nariz.

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Rosalind E. Krauss - El inconsciente óptico

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Editado por Amapola_Blanca en 07/12/2007 a las 14:18.
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