Carta apócrifa a Lucio (quizá sobre El Garaje o algo similar)
¿Cómo te tratan los dioses en tu exilio, caro Lucio? Aquí, como siempre, conspiran las matronas, pero al fin los pretorianos hacen lo que gustan. Nadie, sino tú, recuerda las edades de la República. La memoria es breve en el tiempo de los humanos. Yo malgasto mis tardes en el Circo Máximo: al fin, los leones de siempre y las hienas de todos los días. Aunque algo sí puedo contarte para entretener tus ocios de cónsul desterrado. Como bien sabrás, tú que eres hombre bien dado a noticias curiosas, en estos tiempos es frecuente en la Ciudad la presencia de religiones misteriosas, que ejercen sus cultos en las múltiples catacumbas que horadan nuestro suelo.
Pues bien, por mucho que le pese el Emperador y a los augures, está siendo habitual entre los romanos acercarse los días festivos a contemplar tan exóticos ritos. Y esta mañana, tras ser servido por mis esclavas como ya sabes que ellas saben hacer, (¿te he hablado de la tracia que me hace contar del 1 al 9 cada vez que se la introduce tan profundamente en su garganta que me parece que un día me tragará entero? Practica ese indudable vicio asiático en ritmos de nueve cifras: dice que así me distraigo menos...Como ves, ya lo decía nuestro querido y puritano Séneca: el fin del imperio está cerca...) me encaminé a un sótano, donde creo que Catón tenía allí sus cuadrigas antes de que le llevaran las Parcas.
Pues te cuento que esos extranjeros tenían allí cuerdas, látigos y muchas de las cosas que usan nuestros capataces con los esclavos. Procuré encontrar un lugar no demasiado visible y poder contemplar a mi placer a una esclava (dudo de que fuera una matrona romana, aunque con lo viciosas que son en los tiempos actuales tampoco me extrañaría) a la que un grupo de estos ritualistas estaban atando sus pechos. Tú dirás que a lo mejor la estaban castigando por desobedecer a su Amo, pues al parecer no, que lo hacen por placer y gusto. Como bien me sueles decir: ya no necesitamos dioses perversos, pues actualmente habitan dentro de nosotros.
Las luces del lugar apenas iluminaban unas paredes curvas de ladrillos macizos y más viejos que nuestras leyes. Había bastante gente empeñada en suspender con cuerdas a jóvenes esclavas, como si fueran carnes para salar, y además, por si lo anterior fuera poco, las azotaban con variados instrumentos. Como puedes entender por lo que te narro son tiempos extraños en que atamos y torturamos a los propios habitantes de la Ciudad y no a los germanos u otros salvajes. Ahora somos salvajes para nosotros mismos.
Ya ves, caro amigo, en qué lugares terminan mis días. Aunque también te diré que algunas de aquellas esclavas no desmerecían de las de mi propiedad, sobre todo una que gemía apoyada en un banco como de estudiar de nuestros niños, mientras un ser de mirada maligna le proporcionaba intensos golpes con un instrumento yo diría que heredado de Plutón, aunque ya sé que ahora no es de buen gusto citar a los dioses antiguos.
Espero que todas estas extravagantes noticias del Imperio te hayan llenado con algo de placer y entretenimiento tus horas de tedio. Por lo demás ya te seguiré teniendo al tanto de esta secta, que promete volver a reunirse pronto. Vale.
C2
|