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hazlo sano... hazlo seguro... hazlo consensuado |
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| Rol: Dominante Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Mar 2006
Mensajes: 9
| Como dije en mi presentación, me gusta escribir, de modol, que aquí os dejo la primera parte de un relato que he escrito especialmente para este club y que proseguiré en la medida en que mis obligaciones me lo permitan. LA Plantación Don Diego Martínez de Larrehonda ralentizó la marcha de su corcel a la vez que dirigía su vista a los cultivos que se extendían a ambos lados del camino. Grupos de esclavos negros de ambos sexos, deambulaban entre los campos de un verde intensísimo que se extendía a ambos lados del camino hasta donde podía abarcar la vista. ¡Que desperdicio de finca ! pensó. La mayor y mas extensa plantación de la colonia, la que poseía mejores y mas fértiles tierras, una verdadera mina de oro, si estuviese regentada por manos expertas, presentaba un aspecto decadente e infracultivado debido a la dejadez con la que la dirigía aquel viejo idiota. Enfrascado en estos pensamientos, dobló el último recodo del sendero, atravesó el palmeral y una enorme mansión blanca con un porche que abarcaba toda la fachada principal apareció ante su vista. Era la residencia de Don Juan de Villaescusa, el último descendiente de una noble familia venida a menos, con el que venía a entrevistarse para intentar convencerle por enésima vez que le cediese en arriendo las tierras del sur, que colindaban con su propia explotación. Descendió del caballo y al ir a cruzar el amplio porche la puerta se abrió y una joven mulata, vestida toda ella de blanco, que le llegaba a los tobillos, quedó frente a él. La muchacha se paralizó al instante y sus ojos expresaron inmediatamente el sentimiento mezcla de miedo e inquietud que siempre le producía Don Diego. - Esclava, avisa a tu amo que he venido a verle –Espetó con dureza Diego Martínez mientras recorría con la mirada las esbeltas pero a la vez opulentas formas de la mulata. Aliana poseía un cuerpo verdaderamente espectacular que el sencillo vestido blanco no hacía mas que resaltar. Pechos llenos y firmes, estrechísima cintura y unas caderas que se expandían para enmarcar por detrás un culo como solo una mulata puede tenerlo. El resto del cuerpo estaba en perfecta consonancia con todo lo demás sin que se pudiese hallar en él el mas ligero defecto. Piernas largas, firmes y esbeltas de gacela africana, espalda recta cuello largo y una mirada altiva, de ojos negros y profundos, que denotaba sangre noble en sus genes. Una belleza color canela digna de un emperador. -Esta dentro, le avisaré que ha llegado- respondió la esclava mientras se daba la vuelta. Diego Martínez, no le dio tiempo a marcharse. Agarrándola por el brazo que el vestido sin mangas dejaba al descubierto la atrajo hacia sí hundiendo en ella una mirada llena de deseo que la muchacha no dejaba nunca de percibir. - ¿ No te han enseñado a responder correctamente esclava ? ¿O acaso no sabes que debes llamarme amo ? - Diego Martines cerró con fuerza sus fuertes dedos en el brazo de la mulata atrayéndola hacia si, mientras sumergía su mirada en el escote que dejaba entrever el comienzo de unos pechos altos y firmes. - Un día serás mía, y te enseñaré como debes comportarte ante mi. Aprenderás a satisfacerme y .. –El hacendado no pudo terminar la frase, interrumpido por la voz temblorosa de Juan de Villanueva - ¡ Suéltela Don Diego ! ¡Ya le he dicho muchas veces que deje en paz a Aliana ! Y ahora dígame, ¿ Que le trae otra vez por aquí ¿ La muchacha aprovechó la aparición de D. Juan para soltarse de la mano que la retenía y desapareció corriendo hacia el interior de la casa sin pedir siquiera permiso para retirarse, como debía de hacer, no ya una esclava sino cualquier empleado de la finca. Este comportamiento, imperdonable y sujeto en cualquier otra esclava a un severo castigo, no era extraño en Aliena y tenía su explicación. La mulata, nació en la plantación casi al mismo tiempo que Julia, hija única y tardía de Don Juan. Las niñas habían pasado de inseparables compañeras de juego en la infancia a amigas íntimas en la adolescencia, cuando Julia murió a causa de unas fiebres tropicales. Al año escaso de su muerte, le siguió Doña Leocadia, su madre, que jamás logró rehacerse de la pérdida. Desde este instante se obró en Don Juan un fenómeno paralelo. Por una parte desatendió completamente sus obligaciones al frente de la plantación, dejándolo en manos de administradores perezosos y corruptos, lo que explicaba la decadencia de los cultivos y de la mansión misma. Por otra parte, vertió en Aliena todo el amor que tenía por su hija, convirtiéndola, a pesar de su estatus de esclava, en una especie de hija que disponía a su antojo dentro de los límites de la plantación. Don Diego, humillado por esta interrupción dirigió al anciano una mirada cargada de odio y sin dignarse a responder a la pregunta, descendió con pasos ágiles las escaleras del porche, montó y espoleó a su caballo y salió al galope. El caballo llegó casi reventado a la pequeña hacienda que Don Diego poseía en el lado sur de la colonia. Lo dejó en manos de un esclavo y se dirigió con pasos presurosos al interior de la casa. Al abrir de golpe la puerta de su estudio, su cuerpo sudoroso topó con el de Lía, una de las esclavas domesticas que acababa de limpiar la estancia. La rabia que había acumulado en el regreso, fue a descargarse de golpe en la pobre muchacha que ya poseía muchos dolorosos recuerdos de aquella mirada fulgurante en los oscuros ojos de su dueño. - ¡ No sabes mirar por donde vas estúpida ! –Le espetó- Inclínate inmediatamente sobre el escritorio. La atemorizada esclava, no intentó ni por un momento la mas leve protesta. Sabía por experiencia que cualquier súplica solo lograría empeorar su situación. Con los ojos llorosos fijos en la fusta que su amo aún llevaba en la mano, sin esperar ninguna otra orden, deslizó sobre sus hombros los tirantes del liviano vestido y con unos suaves contoneos de cadera lo hizo deslizar hasta sus pies. En estas ocasiones, la duración del castigo dependía de lo rápido que fuese capaz de excitar la libido de su amo. Cuando esto se produjese, la fusta sería sustituida por el miembro de Don Diego que penetraría alguna de las cavidades de su cuerpo y con su satisfacción llegaría la calma. Completamente desnuda ante su amo al desprenderse de la única penda que este le permitía, se dio la vuelta haciendo ondular su culo, y procurando que sus movimientos resultasen excitantes pero no excesivamente evidentes, apoyó la cintura en el borde de la mesa estudio, inclinó el torso y extendió las manos con las que se agarró con fuerza al borde mas alejado. Al mismo tiempo, separó las piernas, dobló ligeramente las rodillas y levantó todo lo que pudo el trasero, esperando en esta posición a que llegaran los inevitables azotes. El espectáculo que se ofreció a la vista del hacendado cumplió al instante las expectativas de la esclava. Un musculoso culo negro y redondo se retorcía suavemente al tiempo que unos apagados sollozos anticipaban, en sumisa espera, el castigo que él quisiera infringirle con razón o sin ella. Por encima de las amplias caderas, la estrecha cintura se abría en la espalda hacia el cuello y seguía con las axilas brillantes de sudor y los brazos extendidos en uve, mientras que los grandes pechos de la negra afloraban a los lados del torso apretado contra la superficie de la madera de la mesa. Por debajo del espléndido culo, unos fuertes muslos enmarcaban en obscena postura el sexo de la esclava, completamente rasurado y expuesto. Don Diego, sintió inmediatamente como su erección luchaba con la estrechez de sus pantalones de montar y a punto estuvo de dejar la fusta a un lado y penetrar sin mas preámbulo aquel cuerpo que tan sumisamente se le ofrecía. Sin embargo, adivinado la estrategia de la esclava, que seguía ondulando las caderas, y pese a las urgencias que empezaban a nublar su mente, no quiso dejar sin castigo la supuesta conducta negligente. Empuñó con fuerza la fusta y cruzó con dos fuertes latigazos el glorioso culo que se mantuvo en la misma posición a pesar del dolor producido. Cuando iba a armar el brazo para el tercer azote, los gritos contenidos de la esclava y la oscilación, incontrolada ahora, de sus nalgas fueron mas poderosos. Soltó la fusta, se desabrochó los pantalones e introdujo su erecto miembro en la cavidad expuesta que encontró húmeda y caliente, iniciando unos fuertes movimientos de penetración. Los ojos del hacendado fijos hasta entonces en la espalda de la esclava se levantaron de pronto, como impelidos por un extraño impulso, dirigiéndolos al ventanal por el que se podía contemplar el horizonte, y entonces lo vio. Una línea roja i gris, perfectamente marcada, se dibujaba en el cielo. - ¡Por fin ! - gritó Don Diego contemplando la línea que formaban las estrechas nubes. -¡Ha llegado mi hora ! -y acto seguido, uno de los orgasmos mas violentos de su vida explotó en su miembro dentro del vientre de la esclava que movía las caderas de atrás hacia adelante para procurar a su amo el máximo placer que su cuerpo pudiese entregarle. (continuará, si es de vuestro gusto, claro) |
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| | #2 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Localización: Sevilla Fecha de Ingreso: Dec 2005
Mensajes: 259
| Por favor, mas....mucho mas !!! Realmente es de una elegancia extrema este relato. Te felicito compañero, por tu buena pluma... ![]() |
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| | #3 |
| Rol: Switch Sexo: Mujer Localización: Las Palmas de Gran Canaria Fecha de Ingreso: Oct 2005
Mensajes: 299
| Ummmm........y tanto qué es de mi gusto!! Aparte de toda la elegancia y el erotismo que brotan de la historia......ha tocado uno de mis temas preferidos!! Por favor, no tarde mucho con lo que falta!! Saludos. mayera |
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| | #4 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Mar 2006
Mensajes: 9
| Gracias a Mayera y Master Sumum por sus mensajes. Por cierto, me gustan muchisimo tus relatos Master. LA PLANTACIÓN 2 Diego Martinez de Larrehonda, se dejó caer en el sillón de cuero, jadeante aún por la intensidad del orgasmo, sin apartar la vista de la línea del horizonte. La esclava, seguía en la misma posición, reclinada sobre la mesa, piernas abiertas y culo levantado, sin atrever a moverse, ya que no había sido autorizada a hacerlo. -Ven y límpiame – le dijo Don Diego con voz suavizada por la relajación que le invadía. Lía se levantó, recogió la fusta que reposaba en el suelo, donde su amo la había dejado caer y arrodillándose ante él, se la tendió a la vez que se puso a lamer diligentemente su miembro para eliminar todos los restos de los recientes fluidos entremezclados. Don Diego se entregó a la placentera actividad de acariciar con la punta de la fusta la negra espalda inclinada y a los pocos minutos, al notar que empezaba a reaccionar de nuevo a las caricias, apartó la cabeza de la negra que seguía afanándose en la tarea. - Llama a Kalí y preparadme el baño, pero antes busca a la vieja Zalira y dile que venga a verme. -Con un –Si amo, enseguida- la esclava se alejó moviendo las caderas, recogiendo al pasar el vestido blanco que seguía caído en el suelo. Al poco tiempo, se presentó ante él una negra cuya edad sería imposible determinar, pero que por su aspecto podría rebasar perfectamente los 90 años. Se la veía muy vieja, con la piel arrugada y curtida y algo encorvada sobre si misma. Vestía unas ropas color tabaco que la cubrían desde el cuello a los tobillos y bajo estas podía adivinarse un cuerpo extremadamente delgado y frágil. De sus finos labios, pendía una pequeña pipa de bambú en la que quemaba constantemente extrañas hierbas de intensos olores y que jamás abandonaba, ni siquiera en su presencia, irrespetuosa actitud, que Don Diego fingía no observar. Lo único que parecía tener vida en aquel cuerpo enjuto, eran unos pequeños ojos negros que ardían como brasas detrás de los párpados entrecerrados. - ¿ Me llamaste mandar, amo Diego? El aludido, sin pronunciar palabra, extendió el brazo señalando con el dedo la línea rojo gris del horizonte. - Parece que se acerca una tormenta, amo – respondió la vieja al gesto, con una voz débil y entrecortada que parecía que se iba a quebrar en cualquier momento -¡Ya se que se acerca una tormenta Zalira ¡ Lo que quiero saber, es si es MÍ tormenta casi grito Don Diego. - Lo sabré cuando la vea, amo. -¡ Maldita sea Zalima ¡ ¡ Cuando la vea también lo sabré yo ! Le espetó a punto de perder los nervios. Inmediatamente se arrepintió de su brusquedad la miró largamente y respiró hondo. La vieja permanecía ante él en una engañosa postura de sumisión. Don Diego sabía perfectamente que ninguna amenaza doblegaría a la anciana, nunca lo había conseguido. Zalima era la vieja hechicera que ejercía de curandera entre la tropa de esclavos de la plantación. Había llegado a ella mucho antes que él mismo la heredara, pero también era su médico personal. desde el día en que el alcoholizado doctor de la colonia quiso cortarle la pierna que se le rompió al caer de un corcel demasiado bravo. Don Diego no aceptó desde entonces ninguna cura que no viniese de Zalima, la cual le recuperó la pierna con sus entablillados y pociones y hasta el día de hoy no le había fallado ni una sola ocasión. Incluso le preparaba un brebaje de hierbas que multiplicaba su capacidad sexual a límites insospechados. Volvió respirar profundamente y con voz suavizada, preguntó- Zalima, ¿ Te he castigado alguna vez ? ¿ Alguna vez te he mandado azotar ? ¿ No te permito deambular a tu aire sin ningún control ? Y ante el silencio de la esclava, prosiguió -Sabes perfectamente que no recibirás castigo alguno aciertes o no, pero quiero saber tu opinión, ahora y aquí. ¿Es esta la tormenta que quiero ? Diego Martinez esperó unos segundos que le parecieron eternos, y por fin oyó decir a la vieja –Si amo, bien podría ser. Como ya te he explicado en alguna ocasión, la raya del horizonte debe de estar perfectamente marcada y no había visto una con los bordes tan perfectos como la de hoy. La última vez fue hace muchos años, cunado yo era una niña y la tormenta destrozó todo cuanto encontró a su paso. El hacendado se levantó como impulsado por un resorte llamando a voces al capataz. Cuando este se presentó, dictó una serie de órdenes encaminadas a salvar todo lo que pudiera salvarse:- Mira Cristóbal, no discutas ni un sola de los órdenes que voy a darte. Inmediatamente empieza recoger toda la cosecha que sea aprovechable, aunque esté aún demasiado verde. Pon a los negros a trabajar día y noche, que usen antorchas, da igual si se produce un incendio. En un máximo de 48 horas se producirá una gran tormenta, tromba de agua incluida, que arrasará toda la isla. En cuanto empiece a llover pon lo que hayan conseguido recoger y a todos los esclavos a resguardo, en los almacenes. Los que no quepan en los almacenes, mételos en la casa. Que aseguren la ventanas con planchas de madera. No quiero que muera ni un solo esclavo, y solo los edificios de piedra resistirán la tormenta. ¿ Me has entendido ? |
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| | #5 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Mar 2006
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| LA PLANTACION 3 - Si Don Diego, perfectamente, pero,…. - ¡ Ni un pero ! Te hago responsable. ¡ Ah ! Y empieza inmediatamente. – Y dando media vuelta dejó al asombrado capataz y se dirigió al baño instalado en la planta baja. Desde que muy joven Diego Martínez de Larrehonda tomó posesión de la pequeña plantación que le había correspondido en herencia, dedicó todos sus esfuerzos y beneficios a mejorarla. La plantación era de las mas pequeñas, la tierra no era de las mejores, pero el esfuerzo el trabajo y la inteligencia la habían convertido en un hacendado medio cuya opinión era respetada y tenida en cuenta en todos los círculos de la colonia. Ahora, si todo funcionaba como lo tenía previsto, se convertiría en el mas grande. Para él, la plantación siempre fue lo primero, y nunca gastó en lujos ni festejos lo que los demás hacendados dilapidaban en un vano esfuerzo de reproducir en la pequeña isla el lujoso ambiente de la metrópoli. Únicamente se permitió dos pequeños lujos. Uno eran las esclavas Lía y Kalí que le proporcionaban placer. Otro, una reproducción de un baño romano que había visto en las ilustraciones de un libro. En la parte trasera de la casa, construyó un anexo en el que una pileta con azulejos azules presidía el espacio. Medía 3 metros de ancho por exactamente 4,854 de largo, es decir la proporción áurea que ya conocían los egipcios. En el lado mas próximo a la entrada, contaba con un peldaños en el que poder sentarse con el cuerpo sumergido hasta el pecho, y a partir de el, se hundía hasta los casi dos metros de la parte mas profunda. La temperatura del agua podía regularse de muy caliente a helada, gracias a un complicado juego de tuberías y serpentines que mezclaban el agua caliente procedente del fuego de las cocinas con la fría de una corriente subterránea. Un lujo del que se sentía orgulloso y del que nadie en la colonia disponía. Cuando entró, Kalí y Lía le esperaban desnudas, arrodilladas a ambos lados de la pila ligeramente humeante. A una señal suya, le desnudaron con respeto religioso, y se sumergieron a su lado armadas con frascos de lociones de hierbas sabiamente preparados por Zalima y un capazo lleno de las mas delicadas esponjas del Caribe. Diego Martinez se recostó en el peldaño y cerró los ojos. Las dos muchachas se apresuraron a friccionar todo su cuerpo con las relajantes lociones mientras el hacendado anticipaba en su mente un triunfo que intuía cercano. Kalí y Lía no eran las mas bellas esclavas que se podían comprar, pero las prioridades de Don Diego eran otras. Sin embargo, tampoco eran feas, muy al contrario, sus cuerpos pechos parecían hechos para el placer. Lía era una mujer robusta, de amplias caderas culo prominente, pechos generosos y muslos fuertes y musculosos, poseyendo a pesar de ello una estrecha cintura. No era muy alta pero el conjunto resultaba de los mas apetitoso. Kalí era todo lo contrario. Su piel era mas clara que la lustrosa negrura de Lía y todo en ella era flexible: Largas piernas y delgados brazos que podían envolver el cuerpo del amo en placenteros embates. Pechos pequeños, pero puntiagudos, con anchos pezones y unas aureolas que formaban un pequeño montículo a su alrededor, como si de un pequeño pecho, superpuesto al principal, se tratase. Por detrás, se adornaba con el inevitable culo respingón característico de las de su raza. Pronto, las caricias de las manos y esponjas alrededor de su miembro empezaron a conseguir su objetivos los pensamientos mercantiles dejaron paso a otros mucho mas placenteros. - ¡ Vamos a jugar esclavas ! Los rostros de las muchachas traslucieron inmediatamente el temor por lo que a una de ellas se le avecinaba. El juego al que Don Diego solía entregarse con frecuencia con ellas, consistía básicamente en lo siguiente: La que de consiguiera excitarle mas, recibiría un premio y la que menos un castigo. Don Diego era, naturalmente, el único juez de la contienda. Ambas negras se apoderaron con frenesí del cuerpo de su amo en un intento desesperado de conseguir la excitación demandada. De pronto, la flexible Kalí, se separó y situándose fuera de la pileta empezó a mover su cuerpo en una danza ritual de serpiente africana. Con los pies clavados en el suelo su cuerpo se ondulaba y retorcía abriendo y flexionando las piernas, imprimiendo un movimiento circular a la caderas y haciendo saltar los puntiagudos pechos en dirección al amo. Lía, viendo el duelo perdido, hinchó sus pulmones hundió su cabeza en el agua y su boca se apoderó del miembro de Don Diego iniciando una danza, esta con la lengua, alrededor de todo el glande, la cual no detuvo hasta que este explotó en un incontenible orgasmo. Cuando al borde de la asfixia la cabeza de la negra reapareció, Don Diego dictó su salomónica sentencia. - Lía, me has proporcionado mucho placer, pero no se trataba de esto. La danza de Kalí ha operado en mí mas excitación que tu boca. Ella es pues la vencedora. Como premio le proporcionarás un orgasmo con tu lengua como el que acabas de brindarme a mi. Y como castigo, ….. – Diego estuvo unos minutos pensando, mas que en el castigo en si, para recrearse en la angustia de la perdedora que esperaba arrodillada en el agua suplicio - Como castigo –prosiguió- mientras te comas el sexo de Kalí, llevarás clavados en los pezones dos agujas que ella misma te insertará, y dirigiéndose a la aún sudorosa mulata –Kalí, ve a por las agujas. Y dicho esto, se recostó en el baño dispuesto al gozar del espectáculo que le iba a proporcionar el sufrimiento y el placer de sus dos esclavas. (contimuará .. ) |
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| | #6 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Mar 2006
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| LA PLANTACIÓN 4 El temporal de lluvia y viento duró dos días y tres noches y fue el mas grande de todos los que se recordaba en la isla. Todas las plantaciones quedaron absolutamente destrozadas y los campos inundados. No quedó en pié ninguna edificación que no estuviese solidamente construida en obra o piedra. Además, numerosos esclavos, murieron arrastrados por las aguas al no poderse refugiar en las mansiones de sus dueños y otros quedaron malheridos o inútiles para el trabajo Diego Martines, fue el primero en aparecer por la puerta de su casa apenas amainó el temporal. Llamó a su capataz, mandó ensillar dos caballos y juntos fueron a revisar los daños. Una media sonrisa marcaba permanentemente sus finos labios. Reconocido el terreno y empezó a impartir sus órdenes. -Cristóbal, ocúpate de todo. Yo debo marchar a la ciudad a realizar unas gestiones. Si te necesito, te mandaré llamar. Durante el día saca a los negros de la casa y los almacenes, pero que por la noche duerman a cubierto hasta que los terrenos se sequen, no quiero que cojan enfermedades. Y cuando sea posible que empiecen a limpiar los campos. - Ah ! y manda que preparen mi carruaje mientras me visto- añadió Al mediodía, Diego Martines hacía su entrada en el Club de Hacendados de la capital, impecablemente vestido con un traje de lino blanco. El ambiente en la capital era de caos absoluto. Todo estaba paralizado y todo el mundo hablaba de lo mismo. En corrillos, en los locales de negocio, … en todas partes. La persona mas solicitada de todas era Don Fernando Robledo, gerente del Banco de Crédito Colonial. La destrucción precisaba reconstrucción y la reconstrucción dinero. Dinero para replantar, para sustituir los esclavos muertos o inválidos, para comprar semillas y para resistir un año entero sin ingresos. Y este dinero debía proporcionarlo Don Fernando, o mejor dicho, la entidad que regentaba. Don Fernando recibía uno tras otro a los cultivadores que solicitaban entrevistarse y le urgían con sus demandas. Él a todos tranquilizaba: El valor de sus plantaciones, valiosísimas debido a la calidad única del cultivo que en ellas se producía, garantizaría cualquier demanda de crédito que efectuasen.. Diego Martines, se instaló cómodamente en una de las habitaciones que el Club de Hacendados ponía a disposición de sus socios y se dispuso a esperar. Cuando al tercer día las demandas sobre Fernando Robledo menguaron, le mandó recado, invitándole a tomar café en el Club. Sabía que aquel no desecharía una invitación para pisar los mármoles del Club mas exclusivo de la capital, donde solo los hacendados tenían libre entrada. -Como les decía a sus consocios –decía D. Fernando mientras saboreaba el coñac importado- no debe Usted preocuparse Don Diego. Recibirá el crédito que necesite, en el supuesto que ello sea necesario, pues Usted y yo sabemos –bajando la voz- que posee en nuestra entidad unos depósitos nada despreciables. Diego Martines de Larrehonda, le miró firmemente con la intensa fuerza de sus ojos oscuros, dio una chupada a su cigarro y habló por primera vez: - Don Fernando, se halla Usted ante la oportunidad de su vida. Pero esto no puede hablarse aquí. Mañana le espero a mediodía en mi finca y le haré una proposición que lo hará rico. Espero que no tenga que arrepentirse de una mala decisión – Y poniéndose en pié dejo al gerente con la palabra en la boca y salió de la estancia. Por la noche dormía en su casa. A la mañana siguiente, se levantó temprano revisó los terrenos que empezaban a tener zonas secas donde instalar de nuevo las cabañas de los esclavos y se dispuso a esperar la llegada de su invitado. Fernando Robledo era un hombre bajito y regordete que llegó puntualmente completamente sudoroso por el intenso calor del mediodía. -Bien, bien, Don Diego, ha conseguido Usted intrigarme, no le quepa duda. Pero ya le dije que no era necesario, que si desea Usted un crédito no … La voz grave de Diego Martines, interrumpió la perorata que sin duda iba a salir de la boca del hombre – Tranquilo, tranquilo, todo a su tiempo. Primero un baño, luego la comida y después hablaremos. Pero antes quiero enseñarle algo. Sígame por favor. El hacendado le dirigió al palmeral situado a un lado de la casa y se lo hizo atravesar por un angosto camino que lo partía en dos. Al final del mismo, el capataz y varios esclavos mostraron al estupefacto gerente unos almacenes disimulados tras los árboles donde Diego Martines, había acumulado año tras año un diez por ciento de su cosecha en espera de que se produjese la catástrofe y la consecuente escasez que ella produciría. - ¡ Dios mió Don Diego ! ¡ Es Usted inmensamente rico ! Toda esta producción almacenada vale hoy su peso en oro. Nadie mas dispone de género para vender. Su precio se multiplicará en el mercado por veinte o treinta, quizás hasta cincuenta en algunos mercados. - Sin decir palabra, pero esbozando la sonrisa que no había abandonado su boca desde que terminó la tempestad, Diego Martines, condujo de regreso a su huésped esta vez en dirección a los baños. Fernando Robledo, iba de estupor en estupor. Al entrar en la sala de baños, Lía y Kalí, completamente desnudas, esperaban a ambos lados de la pileta de agua templada. Ambas muchachas se aprestaron a desnudar a sus amos con auténtica devoción, advertidas como estaban por Don Diego, que deberían de proporcionar el máximo placer a su invitado, accediendo inmediatamente a todas sus demandas bajo pena de severos castigos. Fernando Robledo, inició unas tímidas protestas, pero inmediatamente se dejó llevar por la experta Lía, que le libró de su última prenda no sin antes acariciar sensualmente la entrepierna del banquero. Ambos se sumergieron en el agua mientras las muchachas se aprestaban a acariciar sus cuerpos con manos y esponjas. Diego Martines no dejaba de vigilar atentamente el comportamiento de Lía, cual además de las manos utilizaba sus abundantes pechos para masajear el torso del extasiado visitante. Acabado el ritual del baño, las esclavas cubrieron a sus amos con ligeras batas de fino algodón y se arrodillaron al lado de unas hamacas de bambú recubiertas por colchones de plumas donde se tendieron ambos hombres. Fernando Robledo, lucía una extraordinaria erección en el corto pero grueso pene que aparecía bajo su panza. -Y ahora es preciso relajarse un poco Don Fernando, después hablaremos, durante la comida. Y a una orden de Don Diego, ambas muchachas abrieron las batas de los amos dispuestas a proporcionarles placer, primero con las suaves manos untadas en aceite, después con los pechos e inmediatamente las lenguas y las bocas de carnosos labios las sustituyeron en las sabias caricias. Fernando Robledo, temblaba de placer mientras sus ojos extasiados pasaban del generoso culo de la esclava arrodillada ante él a la fina caña de bambú apoyada en la hamaca. Diego, dándose cuenta de la dirección de su mirada, tomó a su vez la que reposaba a su lado y lanzó un cruel latigazo que cruzó las nalgas de la mulata que le daba placer. Esta, retorció su cuerpo por el dolor sin dejar de chupar con fruición el miembro de su amo. - Es para estimularlas si no ponen suficiente empeño –le dijo a su invitado- no dude en utilizarla –y dicho esto volvió a cruzar con la caña el culo y los muslos de la muchacha, la cual redobló mas si cabe su movimiento de succión. Fernando Robledo, no esperaba otra cosa. Agarró la caña con su mano derecha y empezó a azotar sin pausa el culo de Lía que se estremecía con cada golpe sin abandonar tampoco el miembro del invitado de su amo. Este disparaba una y otra vez la caña contra los muslos de la esclava, donde había notado una respuesta mas acusada por ser el dolor mas intenso. La muchacha redoblaba los esfuerzos con su boca, labios y lengua mientras a su vez levantaba el culo y separaba las piernas, ofreciéndolas al castigo, tal como se le había sido indicado que debía proceder. Por fin, después de un azote especialmente fuerte que Fernando Robledo dirigió a la entrepierna y coincidiendo con el espasmo de dolor que la hizo saltar sobre sus rodillas, el banquero obtuvo un espléndido orgasmo que le dejó extasiado en la hamaca, con la caña en el suelo, rota por el intenso uso. La esclava, que seguía arrodillada, con los ojos llenos de lágrimas, limpiaba con su lengua el pene ya flácido de su torturador |
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| | #7 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Mar 2006
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| Hola, han pasado muchos dias y quizas ya no os acordareis de inicio, pero, en fin... ahí va otra entrega. A través del amplio ventanal, el espectáculo que podía contemplarse era impresionante. Decenas de esclavos de ambos sexos totalmente vestidos de blanco, con la cabeza cubierta por sombreros de paja deshilachados o pañuelos de vivos colores desfilaban por la hacienda ante la atenta mirada de los capataces, acarreando semillas y limpiado los campos. Sus cuerpos sudorosos, brillaban con la intensidad que solo el implacable sol del trópico podía proporcionar. Detrás de la ventana, Don Diego, sentado en la mesa, dirigía su mirada ora a los esclavos, ora a Fernando Robledo que se sentaba frente a él en la amplia mesa del comedor. Kalí y Lía, servían la mesa repuestas en parte de los castigos inflingidos. Vestían cofia afrancesada y guantes blancos sin que ninguna otra prenda cubriese sus cuerpos. Después de un suculento almuerzo, llegó la hora de los vegueros, el intenso aroma del café y las panzudas copas de ron. Don Diego, acarició el opulento trasero de Kalí severamente marcado por las cañas mientras esta, sin dejar de verter el ron en su copa, adoptó inmediatamente la posición necesaria para facilitar al máximo su maniobra. Fernando Robredo, animado por el proceder de su anfitrión y consciente de que podía exigir cualquier cosa de las dos muchachas, empezó a manosear el cuerpo de Lía mientras la pobre muchacha retorcía su cuerpo intentando presentar a las ávidas manos del banquero las partes de su cuerpo que este requería. Don Diego, aprovechó este momento para lanzar su órdago -¿ Le gustaría hacerse cargo de mi plantación ? Fernando Robredo sorprendido por la pregunta, dejó de manosear a la esclava, dejó el cigarro en el cenicero de cristal y preguntó -¿ Que significa esta propuesta Don Diego ? ¿ Me está ofreciendo trabajo? - Efectivamente Fernando. Le estoy ofreciendo la oportunidad de su vida. Si las cosas salen bien, con sus buenos oficios naturalmente, yo voy a estar muy ocupado. Le ofrezco quedarse a cargo de mi plantación, viviendo en esta casa, disfrutando de todas sus comodidades ? -y realzó el “todas”, para que quedase bien claro que las esclavas estaban incluidas en el trato- y con un sueldo que triplicará el que ahora cobra –continuó Don Diego-mas un porcentaje de beneficios a la venta de cada cosecha. Quién sabe, incluso a la larga podría Usted convertirse en hacendado. - Claro que me gustaría Don Diego, aunque no veo como encajaría mi señora y mi hija con estas, digamos comodidades. Don Diego esbozó una blanca sonrisa. Lo tenía todo pensado a la perfección. Ya sabía la oposición que encontraría Fernando en su obesa esposa, que ni siquiera le permitía tener una esclava doméstica.. Dio una chupada al veguero, sorbió una pequeña dosis de ron y habló. -Mire Fernando, su hija tiene ya 12 años. Con el sueldo que le ofrezco, se puede permitir para ella un internado en España. Evidentemente su señora esposa debería acompañarla para elegir residencia y demás tramites. Ello le llevará sus buenos 6 u 8 meses. Cuando vuelva Usted estará perfectamente instalado aquí, y será el momento de poner con ella los puntos sobre las ies. Usted es el amo, el hacendado, y tiene derecho a ciertas,compensaciones por la vida regalada que les proporcionará a las dos, incluyendo la libre entrada en el Club de Hacendados y a todas sus fiestas. Lo toma o lo deja. Deberá elegir y naturalmente su esposa será libre de marcharse otra vez a España con una pequeña pensión, si no es capaz de convivir con la nueva y relevante posición de su esposo. ¿ Que le parece ? La mente de Fernando Robledo daba tumbos pensando en la vida que de repente se le ofrecía. No daba crédito a lo que estaba oyendo. No. No dejaría escapar la oportunidad, sin embargo recordó que debía de prestar a su mentor sus “buenos oficios”, así que respondió: - ¿ Y que debo hacer para tener todo lo que me ofrece? En la habitación se hizo el silencio. Ambos hombres se miraron a través de la mesa, las esclavas desnudas, de pié, al lado de cada uno de los comensales. Don Diego volvió a sorber su ron antes de contestar -Don Juan de Villaescusa. Tiene la mejor, la mas fértil y mas extensa finca de la colonia. Sin embargo la tiene descuidada, infracultivada. La tempestad lo ha dejado sin cosecha, como a la mayoría y sin los créditos de su banco no podrá seguir. Si Usted informa negativamente a sus superiores en España, estará arruinado y no le quedará mas remedio que vender. Y en estos momentos, yo soy el único que puede comprar. Entonces me trasladaré a su finca y Usted ocupará mi lugar aquí. Naturalmente Kalí y Lía también se quedarán. Listo. Ya había tendido sus redes. Ahora solo quedaba esperar la respuesta del banquero. Con la penetrante mirada fija en Fernando Robledo, chupó el veguero con la mano izquierda mientras que la derecha se dirigió otra vez al culo de la esclava que permanecía a su lado. Esta, inmediatamente, pero con calculada lentitud, torció su cuerpo y dobló ligeramente su cintura para facilitar la caricia. Mientras Don Diego reseguía lentamente con el dedo índice las marcas que los azotes habían dejado en su mórbido posterior, oyó decir a Fernando Robledo, con voz queda. -De acuerdo, lo haré Y en estos momentos sintió que su vida había adquirido su mas alto sentido. Sería el mayor de los hacendados de la colonia pero sobre todo, poseería todos los bienes de Don Juan y entre ellos estaría la mujer que desde la primera vez que la vio, había perturbado su sueño y obsesionado su mente. Aliana, la belleza mulata sería suya por fin. (continuará) OT |
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| Rol: Dominante Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Mar 2006
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| El Club de Hacendados, era una magnífica construcción ubicada en el término de la capital de la Colonia. Se trataba de un club exclusivo al cual solo se podía tener acceso si uno era propietario de tierras. La entrada a las mujeres estaba absolutamente prohibida excepto en tres días al año: En el baile de año nuevo, el baile de puesta de largo, que se celebraba en Abril para festejar a las hijas de los hacendados que se iniciaban en sociedad y el Banquete de la fiesta patronal. En estos días el Club se engalanaba y admitía a las esposas e hijas de los socios y constituían los tres acontecimientos sociales mas relevantes de la capital. Durante el resto del año, solo estaba permitida la entrada a los socios o a los invitados masculinos de estos. Era una típica construcción colonial, de muros blancos y gran porche sostenido por columnas, con un amplio jardín delantero. En medio, una vereda amplia, bordeada de árboles tropicales, conducía a la entrada principal, donde un esclavo mandinga de casi dos metros de altura, vestido con casaca roja y sombrero de tres picos recibía respetuosamente a los socios a la vez que disuadía a los no autorizados. En el interior, un gran vestíbulo conducía al comedor principal, las cocinas y el salón de fumadores, donde se solían celebrar los mas importantes negocios de la colonia. En el mismo vestíbulo, unas amplias escalinatas conducían al primer piso donde se encontrada el casino y la sala de descanso. El casino había sido testigo de no pocas ruinas e incluso del suicidio de algún hacendado incapaz de aceptar la deshonra que acarreaba su pérdida. El segundo y último piso estaba destinado a las lujosas habitaciones en las que los socios podían pasar la noche si procedían de haciendas lejanas o sencillamente gozar con alguna de las esclava, o con varias a la vez. El Club poseía únicamente cuatro empleados blancos: Rodrigo Aragón, un jefe de cocina que había trabajado para la mismísima Casa Real y Pierre Le Coq, un experto somelier francés importado a un sueldo de príncipe, que estaba a cargo de la mejor bodega de toda la colonia. A ellos se unían el gerente, Don Julián Olmedo, un terrateniente arruinado que aceptó quedarse gestionando el Club y Robles, un extremeño que estaba a cargo de la seguridad, el cual, secundado por dos imponentes mandingas, administraba disciplina a los esclavos y se encargaba de llevar a su casa a los socios que por culpa de la bebida o el juego, perturbaban la paz social. El resto eran esclavos y esclavas negros. Los primeros vestían casaca roja abierta con chaleco y sombrero verde de tres picos. Las calzas eran de algodón negro, perfectamente ceñidas al cuerpo, sin ningún tipo de ropa interior, de manera que sus atributos varoniles quedaban en perfecta evidencia. Unos impecables guantes y medias blancas completaban su atavío. Las esclavas, vestían de lino blanco con botones delanteros. Las mangas llegaban al codo y la falda a media pantorrilla. El escote era muy pronunciado dejando al aire los hombros y el nacimiento de los pechos y naturalmente, toda ropa interior estaba prohibida. Los esclavos de ambos sexos estaban cuidadosamente escogidos por su juventud y belleza, y no podían negarse a ninguno de los requerimientos a los que los socios los sometían. En este escenario, se hallaba acomodado Don Diego en uno de los mullidos sillones de la sala de fumar. El suelo de mármol cubierto de finas alfombras relucía impecable en el salón casi vació a esta hora de la tarde. Su mano izquierda sostenía un magnifico veguero recién encendido mientras contemplaba el escote de una bella mulata que inclinada sobre la mesa baja servía cognac el una copa de cristal. Vestía un impecable traje de lino blanco y camisa del mismo color con lazo negro. Frente a sí, Don Juan de Villaescusa, sudaba sentado en el borde del sillón. - Ya lo ve Don Juan- solo yo puedo salvarle. Se halla en la ruina mas absoluta. Los bancos no le concederán mas crédito y no puede replantar los destrozos ocasionados por el temporal. Solo tiene una solución y es la que yo le ofrezco. Acepte mi oferta por toda la finca y podrá retirarse en la patria y tener una vejez acomodada. De otro modo, acabará pidiendo limosna cuando los bancos ejecuten sus deudas. Y diciendo esto le adelantó el pagaré contra el Banco local, que reposaba sobre la mesa al lado del documento de venta abierto en la página de la firma. - Si si, Don Diego, pero claro,… -Don Juan sudaba, no sabía como plantear el tema y por otro lado temía que Don Diego quisiera incluir a Aliena, la esclava que era para el casi como una hija, en el precio de venta- pero,…. Claro yo quisiera llevar conmigo a Aliena a Península, y claro,… esto, lleva su tiempo y …. Don Diego esbozó su mejor sonrisa mientras saboreaba cada minuto, cada vacilación, cada gota de sudor de Don Juan que le compensaba de las humillaciones sufridas en sus intentos con la bella mulata. - No es posible Don Juan. Lo quiero todo o nada. Si vende, vende todo Aliena incluida. Miré usted. Voy a ser generoso- Continuó- Esta tarde un carro partirá hacia su hacienda con una nota suya para su capataz y una lista. Regresará mañana con todo lo que pueda cargar, sus efectos personales mas apreciados y los cargará en el barco que sale al mediodía. Usted no se moverá de aquí. No verá nadie. No se despedirá de nadie. Y al mediodía partirá solo hacia España, con sus pertenencias y este pagaré. Lo demás Aliena incluida ya será de mi propiedad. Y sabiendo que el hacendado no tenía alternativa, hizo chasquear los dedos al lado del sillón que ocupaba. Inmediatamente, esclava que los servía se arrodilló a su lado y Don Diego sumergió su mano en el escote de la mulata.. Su mano pellizcaba los pezones de la muchacha mientras fijaba la mirada en el anciano, para que este tuviese perfectamente claro el destino que se cernía sobre Aliena. Don Juan, ahogó un sollozo, sus piernas se escurrieron del sillón quedando de rodillas frente a la mesa y murmurando un –Perdóname Aliena, no he tenido mas remedio- tomó la pluma y firmó. Don Diego, tomo un sorbo de cognac y exhaló un suspiro. Ahora era el mayor hacendado de la Colonia, el Presidente del Club de Hacendados, cargo que ostentaba Don Juan hasta aquel día y además la mas bella esclava de toda la isla, la mas orgullosa, la que le había humillado y despreciado, debería someterse a sus caprichos. (continuará) |
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