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Viejo 14/04/2006, 00:26   #1
 
Rol: Dominante
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Fecha de Ingreso: Apr 2006
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Predeterminado Arrodillada sobre el lecho (parte 1)

incluyo aquí un texto que ya he colgado en alguna página de relatos, por lo que puede que algun@ de vosotr@s ya lo leyerais antes, si es así, me disculpo de antemano por la reiteración, y si no es así, espero que lo disfrutéis

Michael

Sabía que me resultaría imposible. Lo sabía pero, a mi pesar, luchaba con todas mis fuerzas para impedirlo. Las arrugas de las sábanas empezaban a marcarse en mi mejilla enrojecida por la presión que ejercía mientras todo mi cuerpo temblaba incontenible. Los brazos, unidos por las muñecas, estaban a punto de encalambrase, apoyados sobre mi espalda sudorosa, tensa. Toda yo permanecía suspendida en un estado de ansiedad irrefrenable. Intentaba por todos los medios evitarlo, alejarme, rehusar las sensaciones, aunque para ello tuviera que frotar con fuerza mis pezones pinzados contra el colchón para así extraer una brizna de dolor del que prenderme, inútilmente.
Arrodillada sobre el lecho; los ojos cubiertos por un antifaz opaco, las manos sujetas, las bragas bajadas hasta las rodillas, los tobillos separados por una barra con grilletes en sus extremos. Debía de llevar casi una hora, o puede que más, de lento, continuo y martilleante suplicio.
Me notaba observada; mi Amo estaba ahí. En todo momento podía presentir su presencia. Él me había colocado en esa postura. Él me había desnudado, sujetado, pinzado y cegado. Él me había excitado haciendo aflorar mi clítoris con dedos expertos y, finalmente, trabado éste a un pequeño vibrador con un cierre a presión; un artilugio diabólico, seguramente ideado por un descendiente directo del Marqués de Sade.
Aunque al principio la máquina ejercía sobre esa parte tan tierna de mi cuerpo una presa muy dolorosa, sus efectos leves y suaves como un rumor se habían ido acumulando de forma sutil, progresiva, y al dolor se había agregado el placer. Y el temor.
El Amo había sido muy claro: tenía prohibido alcanzar el orgasmo. Esa era la orden; pero con cada instante de padecimiento, con cada diminuta onda de placer que me producía la máquina, me alejaba más de poder cumplirla. Mi cuerpo estaba empezando a tiritar de pura mezcla entre ansiedad y excitación; de forma febril, enfermiza, me convulsionaba en lentos estremecimientos, luchando contra la embriaguez, mientras el tiempo, dividido en las fracciones más diminutas imaginables, apenas se sucedía, conduciéndome a un delirio insoportable, a un sinsentido animal, brutal, en el que prácticamente había perdido toda conciencia más allá de las sensaciones que el aparato transmitía a mi centro de placer, haciéndome convulsionar y estremecerme, farfullar, respirar de forma agitada y sofocante, intentando negar el impulso que empezaba a florecer en mi bajo vientre.
Al final éste venció, conduciéndome a un paroxismo abrumador. Mi torso se agitó incontrolado, mi cabeza rebotaba una y otra vez contra las sábanas, mis caderas se sacudían liberando la fuerza contenida, mis labios boqueaban en busca de una brizna de aire. La electricidad del orgasmo arremetía en oleadas contra mi cuerpo ofrecido, desatando una furia indómita, enervando las sensaciones, traspasando límites, sin control ni pausa. Cuando empezó a extinguirse, con leves réplicas que me producían espasmos en las caderas, me sentí terriblemente relajada, agotada. Me sentí derrotada, indigna.
Noté la mano cálida, áspera y dulce de mi Amo apoyada en mi espalda sudada, mientras me liberaba el clítoris en silencio, en total silencio. Eso era lo peor: el silencio. Había defraudado a mi Amo. Había sido incapaz de obedecerle en algo tan sencillo, tan básico para mi disciplina. Probablemente, él sabía que yo no podría soportar el cóctel de dolor y placer que me había ofrecido; pero, aún así, no esperaba otra cosa que el castigo, lo merecía, lo deseaba, mi desobediencia no debía recibir otra respuesta. Pero sólo había silencio, y su mano, que tanto me reconfortaba, ya no estaba posada sobre mi piel. Durante lo que debieron ser varios minutos, mientras mi corazón desbocado se calmaba y mi respiración se acompasaba, permanecí aislada, sin contacto, sin oírlo, sin presentirlo, casi relajada, prácticamente adormecida por el gozo reciente que había devorado toda mi energía.
El primer azote me llegó de forma sorpresiva. Un segundo antes había captado el zumbido de la fusta en el aire y después sentí la elástica punzada de dolor sobre mis nalgas. Inmediatamente mordí la ropa de la cama con todas mis fuerzas para evitar el grito; al menos eso sí sabía hacerlo, y no quería volver a defraudar al Amo. El segundo azote fue más furioso que el primero, como si el Amo deseara oír mis súplicas, sucedido por una ráfaga incontable que encendió la carne e hizo brotar lágrimas de mis párpados apretados. Él conocía mis límites y yo confiaba en él; sin embargo, jamás había sentido tanto dolor como en ese momento. Por el momento.
Mi boca estaba obturada por una amalgama de ropa y saliva. Mis mejillas estaban totalmente humedecidas. El siguiente azote fue totalmente intencionado, cayó sobre mi vulva, que todavía la notaba voluptuosa de excitación y debía de mostrarse enrojecida y caliente, húmeda; no tan fuerte, no tan duro, pero, aún así, doloroso, tremendamente doloroso sobre una zona tan sensible. Esta vez no pude contener el grito. Eso debió disgustarle mucho, con toda seguridad.
Advertí como sus manos hurgaban bajo mis pechos, rozando de tanto en tanto mi piel enardecida, hubo algunos tirones en los pezones cuando cogió la correa de fino cuero que mantenía unidas las pinzas. Me la acercó a los labios y la introdujo entre éstos, tensando de esa forma la presión sobre los pezones, la tensión de mis pechos que notaba calientes, plenos, totalmente expuestos. La intención era clara, quería que la sujetara y así lo hice, con la poca voluntad que me restaba. Ello sólo podía significar que el castigo no había acabado y, por tanto, me preparé para ello.
No hubo más azotes. Pasaron los minutos. Las sensaciones se agolpaban: mis pezones, la piel de mis nalgas, mi sexo dilatado, enervado, mi clítoris maltratado.
De repente otro ramalazo. Había prendido una pinza de mi labio mayor vaginal izquierdo, no apretaba mucho pero la sensación se sumó al resto. Sin embargo, el dolor aumentó de forma exponencial cuando dejó caer el peso que colgaba de la pinza. Mordí con más fuerza la correa y apreté los párpados mientras sentía como me era colocada otra pinza en el otro labio mayor. Esperé el tirón del peso, lo esperé varios segundos, sin que se produjera y, justo en el instante en que bajé la guardia, lo dejó caer sin más.
Luego el colchón empezó a balancearse, como si el Amo se moviera sobre el mismo. Las pesas que pendían de los labios se mecían al ritmo del colchón aumentando mi suplicio. Aunque no lo veía, podía apreciar que se había colocado ante mi cabeza. Una mano cogió mi barbilla y la levantó con delicadeza, aumentando aún más si cabe la presión sobre mis pezones. Luego la otra mano me quitó la correa de la boca y con un par de dedos separó primero los labios y luego los dientes.
Lo deseaba, lo anhelaba. Quería demostrarle cuánto. Así que abrí todo lo que pude las mandíbulas cuando el miembro semierecto se adentraba rozando mis labios. De inmediato hice retroceder los dientes para que sólo mis labios, mi lengua y mi garganta rozaran la calidez de su carne. Inicié un movimiento pendular de flujo y reflujo mientras la saliva cubría la piel del apéndice. Era constante, actuaba sin pausa, aprovechando los momentos en que mi garganta quedaba liberada para tomar aire y así poder volver a serpentear con mi lengua sobre la cálida textura del prepucio. El Amo me acariciaba el cabello con dulzura, sin presionar, aceptando el obsequio de obediencia que como su sumisa esclava le ofrecía. Sus músculos se tensaban poco a poco, el vaivén crecía en intensidad, mientras podía imaginar cómo la piel del escroto se encogía y los testículos ascendían presagiando el eminente alivio. La presión sobre mi cabeza aumentó de forma rítmica, al igual que el roce en lo más profundo de mi garganta. Notaba sus manos encrespadas que pasaron a atenazarme con fuerza convirtiendo mi boca en una improvisada vagina, persiguiendo con brutal constancia el alivio, forzando mi respiración casi hasta el desmayo.
Cuando el semen brotó abundante me inundó el paladar con tanta presión que incluso ascendió hasta mis fosas nasales; resople con fuerza y lo paladeé con fruición, sintiendo como atravesaba cálido mi garganta, resbalando hacia el interior de mi cuerpo. No sólo me había acostumbrado a alimentarme del néctar sino que lo apreciaba y engullía como el mejor de los manjares, dando con mi lengua experta las últimas gotas de placer a la hipersensible punta del pene que reaccionaba con ligeros espasmos mientras se retiraba, ya aliviado. La palma de su mano me acarició la mejilla y me estremecí, al tiempo que me ruborizaba. Había sido perdonada. Al menos por esta vez.
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