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Viejo 14/04/2006, 00:27   #1
 
Rol: Dominante
Sexo: Hombre
Fecha de Ingreso: Apr 2006
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Predeterminado Arrodillada en el lecho (parte 2)

O eso fue lo que creí en ese momento, porque, nada más el Amo abandonó el colchón, noté el pulido roce de una paleta sobre la piel de mi espalda, recorriendo de forma lenta cada centímetro en su aproximación a los glúteos; acariciando éstos con suavidad, deslizándose del uno a otro y de éstos hacia los muslos. Después hubo un instante de vacío durante el que temí lo peor hasta que la palma de la mano del Amo se posó en mis labios. La besé con efusión, mostrándole cuánto le deseaba, cuán sumisa quería mostrarme ante él; después empecé a lamerla con suavidad, pasando parte de mi lengüecita sobre la piel curtida. De repente la mano empezó a apretar mis labios, cada vez con mayor fuerza, como una mordaza brutal, y, un instante después, noté el primer golpe de la pala sobre mi trasero. No era mejor ni peor que la fusta, simplemente distinto; menos concentrado, pero más punzante. Tanto, que mis piernas brincaron sobre el colchón y, en ese momento, las pesas que colgaban de mis labios vaginales me recordaron su dolorosa presencia. Quise gritar. Quise gritar como nunca, pero la mano, su mano, me lo impidió y, con lágrimas en los ojos absorbidas por la tela del antifaz, le agradecí que no me lo hubiera permitido. Deseaba que supiera de mi agradecimiento, pero lo único que pude hacer fue recibir el siguiente azote de la pala al tiempo que otro grito nacía de mi garganta para ir a morir en la presa su mano.
Los azotes eran lentos. Entre uno y otro dejaba tanto tiempo como para que cesaran mis temblores y con ellos se agotaran los vaivenes de los péndulos prendidos en mi carne. Notaba la piel de mis nalgas terriblemente caliente. Quemaban, abrasaban. De tanto en tanto, deslizaba la pala sobre la piel, y, si bien al principio, ello calmaba la sensación que habían dejado los palazos, al poco no hacía más que agudizar ésta. Los palazos se sucedieron interminables, uno tras otro caían, durante lo que para mí parecían horas, aunque en fondo sabía que no era así. Tras el último, dejó la pala y rozó la piel con sus manos, arañándola con las uñas, sin apretar, tan sólo rozando; aún así, creí que me había desgarrado, que debía de estar en carne viva, pues la sensación fue terrible, de una intensidad tal que me hizo apoyar todo el peso de mi cuerpo sobre la mano que me mantenía amordazada, mientras respiraba con ansia. Él debió notarlo, porque acompañó mi cabeza hasta dejarla apoyada sobre el colchón, y después se alejó.
En aquel momento mis nalgas eran el centro de mi universo. Calientes, hinchadas, rezumando dolor sin fin. Empecé a gemir como un animal herido aun sabiendo que lo tenía prohibido, mis lágrimas se volvieron copiosas empapando la ya humedecida tela del antifaz; pero no me importaba, quería insultar a mi Amo, quería que supiera lo demasiado lejos había llegado, quería irme, abandonarlo. Huir.
De repente noté su mano en mi nuca, acariciándola, deslizándose suave hacia los omoplatos para volver a la nuca y coger ésta, sin presionar, tan sólo como un signo de posesión. Le odié. Odiaba su tacto, La misma sensación del contacto de su piel sobre mi piel sudorosa. Le odié con fuerza, con terquedad pertinaz, mientras intentaba deshacerme de las ataduras de mis muñecas, al tiempo que algo en mi interior me susurraba cuán lejos estaba aún de la perfección, del ofrecimiento total. Me odie y le odié hasta que su otra mano se posó sobre mi sexo y acarició mi vulva, con dulzura, deslizando sus dedos, embadurnándose con mis fluidos, acentuando la presión aquí y allí, mientras sus labios emitían un “Shhh” pausado, mientras la mano que tenía sobre mi nuca acariciaba mi cuello ofrecido.
Mis nalgas pasaron a un segundo plano, al tiempo que las sensaciones de mi sexo inundaban mi consciencia. Después, su mano abandonó éste y mis caderas se desplazaron cuanto pudieron intentando mantener el contacto, pero fue inútil. Cuando su mano regresó, apoyó algo sobre el esfínter de mi ano, una bola. Apretó de forma continua mientras el músculo, que yo intentaba relajar, tal y como había sido enseñada, cedía ante el intruso con cierta facilidad debido al lubricante que lo recubría y a su no excesivo diámetro. Me sentí complacida conmigo misma, hasta que la sensación se apoderó de las paredes de mi ano, mientras otra bola presionaba mi, esta vez, contraído esfínter. Era puro fuego mezclado con un picor insoportable. Ya lo había sufrido en otra ocasión, pero ahora el aceite picante con que había recubierto las bolas chinas me había cogido por sorpresa y la angustia pugnaba en mi pecho. La presión de la bola siguiente fue en aumento hasta que la resistencia se hizo inútil y penetró intensificando el picor al tiempo que una tercera bola hacía acto de presencia a la entrada del ano y presionaba para penetrar éste.
Cuando la tercera bola hubo penetrado mi ya dilatado esfínter creí desfallecer. La presión de su mano sobre mi nuca era constante, contrarrestando las sacudidas de mi cuerpo en un intento inútil de liberarme. Empecé a presionar para expulsar las bolas y conseguí deshacerme de la última que quedó colgando del cordel que las mantenía unidas. Un “¡No!” rotundo de mi Amo junto con un par de azotes de castigo sobre mis nalgas me convencieron de no volver a intentarlo cuando introdujo de nuevo la bola en mi interior.
Cuando su mano regresó a mi sexo, estaba totalmente enloquecida. Todo mi cuerpo era un campo de batalla entre el dolor y el placer: mis pechos, los labios de mi sexo, mi ano, mis nalgas. Los dedos de su mano habían reiniciado la fricción sobre los labios menores, rozando los mayores que permanecían pinzados, y dos de ellos empezaban a deslizarse por la entrada de mi vagina, dejando en la misma una sensación de picor muy leve, seguramente debido a que había tocado las bolas aceitadas con los dedos. El placer aumentó cuando su pulgar empezó un roce continuo sobre mi clítoris cuya erección debía de ser patente, pues yo lo notaba totalmente extendido. Tenía que hacer grandes esfuerzos para no expulsar las bolas cuya pulsión ardiente parecía haberse relajado algo, aunque seguían siendo una molestia evidente sólo compensada por las sensaciones que empezaban a nacer en el interior de mi vagina y alrededor del clítoris.
Volvía a estar excitada y ofrecida. Totalmente sumisa al placer y el malestar que me causaba mi Amo. Su tarea continua tenía sus efectos sobre mi cuerpo que armonizaba los giros de cadera con la rotación sobre mi nódulo de placer y el roce en las paredes de mi vagina. Era lento, era duro, era constante, era inmensamente insoportable. Ya no pensaba, ya no quería, ya no esperaba. Sólo sentía, sólo deseaba, sólo sufría. Mi respiración se agitaba, mi corazón bombeaba, mi cuerpo se ondulaba entre mi sexo y mi nuca, mis músculos se tensaban, mi piel se enardecía. El ritmo crecía, y crecía, y crecía, y la presión lo seguía, y la tensión se endurecía. Hasta que sucumbí. Me convulsioné como jamás lo había hecho. Grité sin medida. El aire se escapó de mis pulmones totalmente agotados. Él mantuvo cierto roce sobre mi clítoris produciéndome una sucesión interminable de espasmos que agitaban todo mi cuerpo; mientras los últimos se deslizaban a través mío como espectros, desprendió las pinzas de mis labios vaginales y extrajo las bolas chinas; ello no tuvo otro efecto que relanzar mi orgasmo en un leve arrebato, como un eco que se disuelve en el tiempo, hasta que finalmente quedé totalmente derrotada, con una sensación en la piel que la enervaba ante el más mínimo soplo de aire. Nunca antes había tenido tanta noción de mi cuerpo y, en especial, de mis partes íntimas como en aquel momento.
Al cabo de un rato las manos de mi Amo se posaron sobre mis nalgas e iniciaron un lento masaje. El frescor fue inmediato mientras la pomada penetraba la carne. Lo agradecí con un ronroneo acompasado con la friega sobre mi piel maltrecha. En aquel momento era incapaz de concebir otra sensación superior a la de sentir esos cálidos y fuertes dedos que tanto goce y, por encima de todo, tanto padecimiento podían infligirme.
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