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Viejo 13/05/2006, 15:59   #1
 
Rol: sumiso
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Predeterminado La Rosa Y La Piedra Tercera Parte

Siberius comtemplaba la noche que nacía con sus nuevos ojos, esos ojos vampíricos que le permitían ver la belleza intensa de todas las cosas. Una infinita gama de colores en el cielo nocturno. Pero los cambios no se limitaban a la visión sino que abarcaban todos los sentidos, agrandándolos, afinándolos y dándoles un nuevo sentido. Podia oir la sinfonía de los depredadores nocturnos. El se unía a su canción, formaba parte de todo ello. La Danza de la Muerte resonaba en el bosque con una increíble belleza, porque todo en la naturaleza era una gloriosa mezcla de muerte y vida y se asombraba de no haberlo percibido antes, pero por supuesto los nuevos sonidos de la quietud y del silencio eran sólo perceptibles para unos oídos vampíricos.

La luna ya no era simplemente una esfera plateada sino que relucía con mil colores, igual que un prisma. Resplandecía y tenía vida propia e incluso podía percibir las oleadas de su fuerza cuando el astro estaba en su plenitud. El viento entre las ramas cantaba una canción solo para él y los que eran como él. Siberius estaba totalmente fascinado por el mágico espectáculo de la noche, por la magia perturbadora de las cosas familiares. Era como si hubiera vivido durante toda su vida en otro mundo. Un mundo cuya estructura principal tuviera vagas conexiones con la realidad que vivía ahora per del cual era sólo un pálido reflejo.

Sentía la presencia de Crysannia cerca de él, vigilándole amparada en las sombras violeta, pero no deseaba que ella se acercara ahora. a perturbarle. Aquel momento era solo suyo. Lo sentía como algo muy íntimo. Su cuerpo fisico -el cuerpo del magnífico guerrero que había sido- había muerto y él había nacido de nuevo pero todavía tenía que adaptarse a su nueva situación, controlar sus poderes, cuyo alcance apenas alcanzaba a vislumbrar en su totalidad. Estaban su fuerza sobrehumana., su resistencia a cualquier daño fisico que pudieran infringirle. Su capacidad de recuperación y renovación. En realidad, según las explicaciones de Crysannia, la vampira, nada, absolutamente nada podía matarlos, excepto la luz del sol o la desmembración total de su cuerpo, incluida la decapitación, cosa que en todo caso debería hacerse cuando ellos estaban desprotegidos, durante su sueño diurno. Y como se escondían hábilmente bajo tierra durante el día, era muy dificil que les hallaran desprevenidos.

Estaba dispuesto a vivir ahora, a empezar de nuevo y entendía que un mundo nuevo y seguramente aun mejor se abría a sus pies, dada la promesa de inmortalidad que implicaba.. Abandonaría ahora mismo su casa, su ciudad, su gente, pensó sin nostalgia. Marcharía con Crysannia a recorrer el ancho mundo, visitando todos los lugares que le apetecieran, haciendo todas aquellas cosas que siempre le habían parecido imposibles. Ahora incluso podía volar!, -este último pensamiento le arrancó una sonrisa de los frios labios. Crysannia le estaba enseñando a controlar sus dones y de todos ellos el que mas le maravillaba era ese: poder abandonar el suelo como los pájaros y surcar el aire. Aunque en cierto modo también le aterraba.

Al pensar en ella no pudo evitar una mezcla de sentimientos contradictorios. La amaba, la deseaba, aunque ahora fuera un deseo distinto de la sexualidad que hasta entonces había conocido. Sin embargo no podía evitar un cierto resentimiento hacia ella porque ella le había arrebatado la vida. Para darle la inmortalidad, sí , pero el único hecho cierto es que le había matado y el viejo Siberius no podía olvidar ni perdonar esto..

Ella le había explicado la noche después de su transformación, por qué le había escogido como compañero. Le había contado que se alimentaba de sangre, pero que habitualmente mataba a sus victimas o simplemente se alimentaba de ellas pero sin llegar al limite, como había hecho con él. Y que nunca nunca -hasta entonces- había dado su don a otro ser, nunca había transformado a nadie en vampiro dándole su sangre. Le confesó que le había estado observando desde hacía mucho tiempo, admirando su fuerza y su caracter orgulloso y frío. Le gustaba su contención, su frío dominio, su modo de guardar sus sentimientos en lo mas hondo y no hacer ostentación de ellos, lo cual le había hecho ganarse una fama de militar duro e implacable. También admiraba profundamente su inteligencia y su oscuro encanto y esa vena cruel que tenía -como todos los hombres de su familia, pensó él- y que a la parte de depredador de ella la atraía. Le dijo que su raza, la raza de los seres de la noche, era muy antigua y se perdía su origen en el albor de los tiempos.

Crysannia era muy bella, fría como el mármol, perfecta en todos sus detalles y vieja como el tiempo . Tendía a la melancolía. Hacía mas de un siglo que había sido transformada por un monstruo que se escondía en las profundides subterráneas del templo donde ella era una joven aprendiz de sacerdotisa, en su Fenicia natal. Sin embargo a veces sufría una extraña apatía, como si la vida o la muerte/vida que vivian en realidad, no la motivara lo suficiente, como si todo fuera una comedia largo tiempo interpretada que cansaba. Siberius en cambio tenía hambre de vida. Quería exprimir el mundo, conocer, aprender, viajar, saber, vengarse......si, vengarse.

La idea de la venganza anidaba en su mente desde la amarga derrota que sufrió Cartago en las guerras púnicas y el vergonzoso pacto al que se vieron obligados a llegar con los romanos. El, como joven consejero de Aníbal, había sido contrario a cualquier tipo de pacto. Había razonado brillantemente sus ideas y también las había defendido con pasión , ya que estaba totalmente convencido de que Roma no les daría jamás cuartel y acabaría destruyendo Cartago hasta que no quedara ni el recuerdo de su Imperio sobre la faz de la tierra. El admiraba a Aníbal y Aníbal había sido expulsado de Cartago, enviado al exilio y probablemente puesta su cabeza a precio -en secreto-. El queria hacer pagar a todos los que habían hecho posible tamaña traición a su pueblo. Y lo haría. A pesar de la posible oposición de Crysannia. Siberius se daba cuenta de que Crysannia quería un amante, un compañero, algo que la distrajera del t edio de sus interminables noches... maldito si él, un general cartaginés se convertía en juguete de una vampiresa.

Durante los años que siguieron, Siberius fue el ángel vengador de los cartagineses, aunque su autoría permaneció en el secreto mas absoluto. La desgracia parecía perseguir a los políticos, a los senadores, a los personajes públicos que habían abogado por el pacto. Uno de ellos se ahogó misteriosamente en el estanque de su villa. Otro desapareció sin dejar el menor rastro. Un tercero fue descubierto por los criados en su cama, sin una gota de sangre en sus venas, blanco como la tiza, pero sin la menor señal de violencia física, durmiendo en una habitación cerrada por dentro, a la que accedieron los criados echando la puerta abajo. El infortunio pareció recaer principalmente sobre los ciudadanos romanos, pero también sobre muchos nobles cartagineses. En todas esas muertes había un elemento común inquietante por lo inofensivo pero que creaba un lazo de unión entre hechos aparentemente desligados entre si. Al lado de los cuerpos de las victimas se encontraba siempre una rosa roja, una rosa de fuego aterciopelada, abierta, bella en su absoluta perfección, con gotas de rocío temblando en su superficie, como inmensas lagrimas. Reposando como recién cortada a los pies de los muertos.



La gente empezó a murmurar sobre una maldición púnica. Las historías fueron creciendo sin saber de dónde surgían. Se hablaba de un caballero cartaginés que destacó por méritos propios en el combate, cierto joven de noble familia desaparecido hacía mucho tiempo y en el escudo del cual había una rosa abierta, así que la conexión era facil de establecer. El misterio sin embargo parecía insoluble y todas las protecciones, incluso las artes brujeriles a las que recurrieron muchos en su pánico absoluto, resultaron totalmente infructuosas.

Y la venganza de Siberius siguió y siguió, mientras él caminaba por la mágica noche empapándose de la sangre de los viles, de los asesinos, de los que tenían en su haber muchas cosas por pagar al destino.

Roma, a pesar de ello, prosperaba y crecía en poderío y seguía mirando con inquietud a Cartago, a quien nunca olvidó por completo. Cierto senador romano terminaba siempre cualquier discurso por vano que fuera el tema que tratara, con un:

-Alerta con Cartago!, hasta que Cartago no esté totalmente destruída, Roma no podrá vivir en paz.

Sus discursos iban haciendo su labor de zapa, igual que la gota de agua erosiona lentamente la inflexible roca y forma una perfecta estalactita. Y así llegó el día en que las legiones romanas -a pesar de todas sus promesas, a pesar de no haber la menor provocación por parte de Cartago- se lanzaron sobre sus viejos enemigos, los únicos que habían osado desafiar su poder, y les destruyeron por completo y borraron Cartago de la faz de la Tierra, sembraron sus campos con sal y asesinaron al último de sus hijos.

Siberius cuando se enteró de esto ardió en una ira fria y estuvo a punto de hacer una verdadera masacre en la Roma Imperial. Crysannia que le observaba en silencio, le habló con suavidad.

- ¿Crees que conseguirás algo con mas venganza? ¿Acaso no has visto aún en todos estos años que el odio genera odio y que la venganza es el mas inútil e insipido de los elixires? ¿Te ha servido de algo ser durante largos años la Némesis particular de los hombres que traicionaron a tu pueblo? ¿Les ha servido de algo a ellos, a los tuyos? ¿Puedes devolverles la vida, hacer que Cartago sea la Cartago perfumada que nosotros conocimos?


- CONTINUARA-
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