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Viejo 01/07/2005, 13:19   #1
 
Fecha de Ingreso: Jun 2005
Mensajes: 12
Predeterminado Mi Linda Sumisa

La vi por primera vez cuando venía caminando hacia mí, por una vereda cualquiera de la zona comercial. No pude sacar los ojos de su rostro, de rasgos misteriosos, como anunciando una aventura en un lugar exótico.

Tenía justo la apariencia que a mí me gusta que tenga una mujer. No muy alta, que me llegue al hombro, no muy flaca, que tenga forma donde una mujer tiene que tenerla. El cabello castaño, y la piel de color oliva. La segunda vez que la vi, nos encontramos por casualidad en un negocio. Cuando la escuché hablar, con una voz sensual pero firme, cuando la vi moverse, con gestos seguros pero femeninos, no pude más y la invité a salir, y ella me miró primero de arriba abajo y después aceptó.

Ese sábado, como tantas otras noches, salimos a bailar. Estaba hermosa, en un conjunto de color negro con una falda corta que exhibía generosamente sus hermosos muslos. Nos pusimos a bailar, pero a los 5 minutos ya estábamos besándonos y manoseándonos, encendidos por el deseo. Nos retiramos enseguida, a mi casa.

Entramos, y cerré la puerta, y ella se me trepó encima, y me rodeó la cintura con sus piernas, y yo la besé y le metí la lengua en la boca y ella gimió de placer. Le pedí que me deje atarla, y aceptó.

Bajamos al sótano, donde tenemos nuestros juguetes.

Tomé una soga blanca, de un rollo que siempre tengo para estos casos, me arrodillé frente a ella, y le lamí primero las piernas, le hice cosquillas en la parte interna de los muslos con la lengua, mientras ella gemía y temblaba de placer, antes de atarle los tobillos, juntos, dándole varias vueltas para después hacer un nudo firme, para que no se suelte. Hice lo mismo por encima de sus rodillas. Yo tenía que ordenar un poco el lugar, pero no podía ser que mientras tanto, ella estuviera suelta. Una esclava tiene que estar siempre atada, para que no olvide su condición. Para salir del paso, usé lo primero que encontré, y la hice "acostarse" boca abajo, sobre una silla. Le até las muñecas a la parte inferior de las patas. Claro que no era realmente una atadura. No tenía más que arrodillarse y levantarse, la silla era liviana y no le ofrecía ninguna resistencia. Pero era algo fácil para empezar, y a ella parecía gustarle. Además el culo le quedaba para arriba, y la diminuta falda no alcanzaba a taparle las bragas. De más está decir que cada vez que pasaba a su lado, aprovechaba para meterle una mano. Introducía los dedos entre sus piernas cerradas, y notaba como la vulva estaba cada vez más hinchada, más caliente y mojada.

"Que estás pensando hacerme", me preguntó, con insolencia.

Un buen amo no puede permitir tal falta de respeto. Una esclava no puede hablar sin permiso. Iba a tener que castigarla. Fui hasta el armario y tomé una mordaza, una bola de goma de color rosado con una tira de cuero negra, para sujetarla.

"Abre la boca", le ordené, y cuando lo hizo, sin protestar, porque sabe lo que le conviene (bah, en realidad porque le gusta, fue por eso que habló en primer lugar), le metí la mordaza entre los dientes y le coloqué las tiras de sujeción bien tirantes, firmemente unidas mediante una hebilla en su nuca.

Antes de irme, no pude resistirme a ese culo tan a mano, y aproveché para meterle un par de dedos en la vagina, por debajo de su ropa interior.

"Mmmm, Mmmm", escuché como decía, mientras cerraba los ojos y se estremecía.

Terminé de acomodar todo, y le desaté las manos. Primero la derecha, y antes de desatarle la otra, le puse una muñequera de cuero, sujeta con un pequeño candado, y con una argolla de acero para encadenarla. Le desaté la otra mano, y le puse la otra muñequera. Tomándola por debajo de las axilas, la arrastré hasta el muro de enfrente, ya que al tener los tobillos y las rodillas atadas, no podía caminar. Y si en el camino se me resbaló un poco, y para que no se golpeara le tuve que manosear los pechos, ¿quién puede culparme?.

La puse contra la pared, y con otros candados, le até los brazos a unos ganchos en la misma, separados, las manos un poco por encima de los hombros..

Lentamente, le desabroché la blusa, mientras nos mirábamos a los ojos. La tomé por la cintura, y metiendo mis manos por debajo de su falda, se la bajé, hasta los tobillos, aprovechando para acariciarla, mis manos recorrieron sus piernas, desde su cintura hasta sus tobillos.

Retrocedí para admirarla. Estaba hermosa, allí atada contra la pared, podía ver la piel desnuda de sus piernas, de su vientre. Sus pechos, por la posición de los brazos, quedaron duros y parados, para afuera, bien destacados debajo del sostén, hasta se podía percibir el bulto de los pezones. Estaba indefensa, totalmente a mi disposición, y los dos nos dábamos cuenta. Mi miembro estaba duro, pugnando por salirse del pantalón, y ella respiraba pesadamente, y sus grandes ojos castaños, bien abiertos, me miraban con deseo. Pude ver que la parte de las bragas que estaba entre sus piernas estaba completamente empapada de sus jugos. Respiraba pesadamente detrás de la mordaza, mientras la saliva empezaba a mojarle el mentón y temblaba suavemente por la excitación. Me acerqué para lamerle el cuello, y acariciarle la nuca, y ella gemió y se estremeció. Me agaché lentamente, hasta quedar arrodillado frente a sus pies, y mientras lo hacía, mi lengua iba recorriendo su cuerpo, su cuello, la piel entre sus pechos, el vientre, el muslo. Le quité las sogas, y en cuanto me paré otra vez, ella, de un salto, me abrazó con sus piernas, rodeando mi cintura, y unos sonidos salieron de su garganta, sin duda pidiéndome que la haga mía. Como pude, me saqué la camisa, y le saqué el sostén, para sentir sus pezones sobre mi pecho, para disfrutar de la sensación de sus senos apretándose contra mi cuerpo, del calor y la humedad de su piel rozando la mía.

Le arranqué la braga, la destrocé, y la toqué, le metí los dedos en la vagina y con pulgar le acaricié el clítoris, mientras sentía su vulva hinchada y llena de sangre en mi mano, que quedó cubierta por sus jugos. Continué estimulándola, hasta que por sus gemidos, por como se movía y temblaba, me di cuenta que estaba por acabar. Junté fuerzas de no sé dónde, y en vez de penetrarla, me retiré. Me fuí, abandoné el sótano, y mientras ella gritaba, enojada, detrás de la mordaza, la dejé allí sola, semidesnuda, encadenada a la pared, amordazada y más que nada, loca por el deseo.

No sabía que la semana anterior, había instalado una pequeña cámara, con la cual la espiaba. Disfrutaba viendo como se retorcía, tratando de desatarse, de romper las muñequeras de cuero que la mantenían cautiva, de arrancar los ganchos de la pared. Gritaba con furia detrás de la mordaza, pero solo conseguía que la saliva salga de su boca abierta y le moje los senos, que descontrolados, se balanceaban locamente sobre su pecho, al compás de sus movimientos. Se calmó, y trató de masturbarse apretando las piernas, pero no lo consiguió, y frustrada, se enojó otra vez, y volvió a ponerse frenética. Bajé entonces, pero no debido a su enojo, sino porque no daba más, no podía seguir contemplando sus movimientos, los temblores que recorrían sus carnes, la danza de sus cabellos enfrente de su rostro.

Hace tiempo ya que estamos juntos y la conozco, y sé que cuanto más furiosa se pone, más ardiente será su reacción luego. Yo sabía perfectamente que hacer. Cuando me vio, su rostro se puso aún más rojo por la furia, y en sus gemidos detrás de la mordaza adiviné desagradables insultos. Trató de patearme, (bueno, me pateó, pero como estaba descalza, por suerte, su puntapié en la espinilla no me hizo daño, y el otro, el que no hubiera permitido que la noche llegue a feliz término por el lugar a donde estuvo dirigido, no lo acertó).

Yo esquivé sus patadas (la próxima vez tengo que acordarme de encadenarle también las piernas), y en cuanto pude, le metí la mano entre las piernas, y pasó lo que siempre pasa, y lo que yo sabía que iba a pasar, y es que la furia dejó paso, otra vez, al deseo. No la hice esperar, me acerqué, y mientras ella me envolvió con sus piernas, la apreté contra la pared, y, todavía atada, la hice mía. Nos amamos furiosamente, como dos animales salvajes, desaforados, puro instinto animal. Se apoyaba en mí, y en los ganchos en la pared, y colgada de los mismos, giraba la pelvis, para permitir que me introduzca más profundamente en ella. Me controlé, para que acabe primero, y yo apenas después. Agotado, me deslicé hasta acostarme sobre el piso. Ella quedó casi colgada de sus brazos, las piernas temblorosas, jadeando detrás de la mordaza, su cuerpo bañado por su transpiración y la mía, y por su saliva. Me miró a los ojos y con un gemido me pidió que la suelte. Me levanté y la solté, y volvimos a caer los dos sobre el suelo, y quedamos largo rato abrazados, disfrutando mutuamente del contacto de nuestros cuerpos.

"eress un maldito, como puedes dejarme así, sola, atada y a punto de acabar", me dijo al rato.

Tuve que volver a castigarla, por tanta insolencia. La hice acostarse boca abajo, le até los brazos a la espalda, y los tobillos. Pasé otra soga, entre las que tenía en las muñecas y las piernas, y tiré con fuerza. Tuvo que doblar las piernas, hasta que los talones le tocaron los glúteos, y arquear la espalda y los hombros, sus manos tocando sus pantorrillas para evitar que las sogas se le claven en la carne. Le quedaron los hombros elevados, y tenía que apoyar todo el peso del tronco en sus pechos, que se aplastaron y asomaron al costado del tórax. El culo le quedó para arriba, bien duro y redondito. Quedó hermosa, y mientras yo la admiraba, me miró con rencor, pero sin poder ocultar el deseo.

La llevé hasta una punta de la habitación, y me senté en la opuesta. Si pone empeño, si se arrastra lo suficientemente rápido como para venir a chupármela y hacerme acabar antes de media hora, puede ser, y digo puede ser, que la suelte para que no tenga que pasar toda la noche en esa incómoda posición.
amne{XaM} está fuera de línea   Citar y responder
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