![]() |
hazlo sano... hazlo seguro... hazlo consensuado |
| |||||||
| Relatos Si te gusta escribir, comparte tus experiencias o fantasías. |
![]() |
| | Herramientas |
| | #1 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Localización: Sevilla Fecha de Ingreso: Jun 2006
Mensajes: 29
| Una instrucción diferente. Los últimos rayos de sol apenas alcanzaban a alumbrar mi figura. Miraba atentamente hacia aquel monte, donde el día estaba a punto de morir, mientras seguíamos devorando metros en una dirección desconocida para mí, pero terriblemente anhelada. Caminábamos en silencio. “No está lejos. Mejor vamos andando que la tarde está muy bonita”, nos había dicho, pero la noche empezaba a saludarnos y aún seguíamos en camino. - Casi hemos llegado, tranquilo. Cristina caminaba a mi lado, llevando paso idéntico al mío, como dos militares marchando en una misión secreta. Íbamos a tomar una cabaña en algún recóndito lugar para montar nuestra base de operaciones y ella, quizá alertada por el piar de algunas aves que nos acompañaban, había notado mi impaciencia. Sin embargo, aquella soldado desconocía los planes. Quizá por ello me sonreía cálidamente. Unos metros más adelante, una chica correteaba de aquí para allá. Reía con franqueza cuando se le escapaban sus presas. Pequeños animalitos de las más variopintas especies que huían despavoridos cuando notaban su presencia, como si de una bruja se tratase, y se ocultaban en las lindes del camino. Me divertía observarla, dinámica y espontánea en sus movimientos. Había alegría y juventud en sus gestos, en sus acciones atolondradas. Ella disfrutaba del paseo a su manera, como ajena a nosotros, como reclamando libertad. Había tomado una curva en el camino, y momentáneamente la perdimos de vista. - ¡Sara, que ya hemos llegado, no te nos pierdas! ¡¿Ves la cabaña?! – Le gritaba Cristina. - ¿Cabaña? ¿Eso es una cabaña? ¡Pero si parece que la han traído de Ikea con una grúa! Superamos aquella última curva y me sorprendí mirando una casita de madera con varias ventanas, una chimenea y una especie de cobertizo lleno de chismes adosado a uno de sus laterales, protegido por una valla metálica. Efectivamente, las maderas perfectamente pulidas y barnizadas, las tejas correctamente alineadas, las ventanas impecablemente limpias, y el césped cuidadosamente cortado que rodeaba a aquella casita de madera, me hicieron abandonar la rústica y aventurera idea de encontrarme con una cabaña semiabandonada. - Pero... ¿tú no decías que la estabais reformando? - Claro, estábamos. Ya hemos acabado de hacerlo, bobo. Entramos en la cabaña. Tras dejar los bártulos en un rincón y mientras Cristina le mostraba las dependencias a Sara, salí de nuevo en busca de unos cuantos troncos para prender la chimenea. Prácticamente ya era de noche, y apetecía recogerse alrededor de la lumbre. Dentro de casa de nuevo, mientras colocaba afanosamente ramitas, papelitos y tronquitos e intentaba que la mezcla diera como resultado un fuego acogedor, aquellas dos chicas con las que había decidido compartir el fin de semana conversaban animadamente sentadas en el sofá. Sara era una fiel compañera de aventuras. Una intrépida capitana que se había enrolado en mis filas hacía tiempo ya. No eran demasiadas las vivencias comunes, en realidad, pero nuestros lazos se habían tornado sólidos merced a las batallas vividas. Algunas ganadas, otras perdidas, pero ninguna inútil. Cristina, en cambio, era una soldado muy aventajada. Destacaba sobre las demás por una entrega sin igual a los ideales de mi ejército. Sus virtudes en la batalla aún estaban por ser probadas, pero intuía que con la instrucción adecuada llegaría a poder encargarse de mis tropas sin el mayor problema y de manera completamente eficiente. Ella miraba atentamente mis maniobras con la chimenea, que a duras penas daban resultado. El fuego había comenzado a arder. - Uf, me ha costado trabajito, y eso que no es la primera chimenea que enciendo. - Excusas sucias y baratas. Reconoce que eres un torpe, y ya está. – Contestó Sara. - Los del sur no tenéis ni idea de encender chimeneas. Claro, como allí hace tanto calor siempre... la próxima vez seguro que te sale mejor. - Que no, que no, que Javi siempre ha sido así de torpe. Que no es porque sea del sur. - Pero no será torpe para todo, ¿verdad? – Respondió Cristina mientras me miraba con una sonrisa pícara. - ¡Uy! Para todo, te lo digo yo, jajaja. - Pues chica, vaya plan. - ¿Queréis parar ya, panda de arpías desagradecidas? - Calla y ve a por vino, anda. Tráete tres copas, y ten cuidado, no las vayas a romper. Mi hábil capitana quería quedarse a solas con la soldado, estaba claro. Visité por primera vez la cocina de la casa. Una neverita, un par de muebles, una hornilla y un pequeño fregadero con su platero encima era todo el mobiliario disponible. A pesar de ello, tardé en encontrar el vino y las copas. Escuchaba las risas de ambas de fondo. Me entretuve en buscar un poco de queso en una de las bolsas que habíamos traído y regresé al salón, llevando las copas, la botella y un platito con queso. - ¿A que no te has traído el abridor? ¿Piensas abrir la botella a pellizcos? – Terció de nuevo Sara. Ambas me miraban con rostro risueño, pero advertí una mirada de complicidad en el rostro de Sara. Dejé las cosas en la mesa y fui a por el abridor. Seguían riendo. - Tráete unas servilletas, ¿no? – Insistió Sara. - Y si cortas un poquito de pan para acompañar el queso... – Remató quien ya parecía su amiga de toda la vida. Las dejé de nuevo solas y seguían riendo. No tardé en regresar y finalmente sentarme con ellas. - Hala, ya os he traído el pan, el queso, he abierto el vino... ya me dejaréis sentarme aquí, que tengo frío, ¿no? - No, ¡antes tenemos que brindar! – Replicó de nuevo Sara. - Sí, vamos a brindar. ¿Por qué lo hacemos, Javi? - Pues... brindemos por un fin de semana inolvidable. ¡Ah, y por una instrucción satisfactoria! – Sara no pudo evitar reír con mi comentario. - ¿Instrucción? ¿Qué quieres decir? ¿Qué es eso de instrucción? - Nada, nada, tonterías mías. Vamos a brindar, venga... Seguidamente me levanté con presteza y Sara imitó mi celeridad. Cristina suspiró y se puso también en pie resignada. Tras brindar, dimos buena cuenta del queso mientras corría el vino y conversábamos. Era un momento de reconfortante quietud, alumbrados por las suaves llamas, que junto con el vino, estaban creando un ambiente de lo más cálido. - Oye, Cristina, me dijo Javi que tú cocinabas genial. Prepáranos algo, anda... - ¡Sí, claro! Primero contadme de qué va todo esto. – Respondió mientras reía suave y nerviosamente. - No te impacientes, guapa. – Repliqué. - Todo a su debido tiempo. Venga... que me prometiste que ibas a cocinar... porfa... – Dije poniendo morritos. - Está bien, ¡pero no me fío de vosotros! - Pues si no te fías de mí mal andamos... - Bueno... de Sara un poco, pero de ti... dicen las malas lenguas que eres un cabroncete. - ¿Yo? Anda ya... Venga, anda, no te hagas la remolona. Cristina, tras apurar su copa de vino y servirse otra, se levantó a regañadientes y se fue con su copa a la cocina. Se giró en el umbral de la puerta y nos miró. Su característica risa nerviosa volvió a aflorar. Ambos la mirábamos atentamente. Los ojos de mi soldado, siempre tan expresivos, reflejaban pudor. Le guiñé un ojo mientras le sonreía y pareció tranquilizarse, pues se metió en la cocina tras sonreírnos resignada. Como si fuese todo un experimentado general, curtido en mil batallas, traía trazados planes imposibles en mi cabeza. No todos requerían la colaboración de mi ínclita capitana, pero su especial habilidad en ciertas tácticas de combate y su gentil sensibilidad mediadora eran todo un apoyo para mí. A Cristina la había reclutado por casualidad. Un día como otro cualquiera, sumido en mis tareas cotidianas, ella llamó a mis puertas mostrando cierta curiosidad por los quehaceres de mi ejército. Era una soldado con una buena calidad humana, de trato agradable y fluida conversación, parlanchina como pocas. Sus visitas a mi oficina se fueron convirtiendo en rutina, y conforme mi bolígrafo iba haciendo cruces sobre los números de mi calendario, la certeza de que ella debía pertenecer a mi ejército aumentaba. - Nano, ¿en qué piensas? ¿Nerviosillo? Jejeje. - ¿Yo? No, no, estoy bien. - ¿Y por qué has tirado medio paquete al suelo para coger un cigarro? No me gusta que fumes... - Estoy bien, Sara. Todo controlado. Ya me conoces, jejeje. Cristina había tardado una eternidad en preparar la cena. Entre bocado y bocado de aquellas deliciosas lapas a la sidra, los procedimientos que quería seguir empezaban a difuminarse en mi mente. - Joder, Cristina, están buenísimas las cosas estas. Javi tenía razón, cocinas muy bien. - Bueno, gracias... jejeje... - ¿Lo haces todo igual de bien? - Calla, niña, que me la vas a asustar. - Tranquilo bobo, que yo no me asusto fácilmente. - Di que sí, guapa. Si el que se asusta es él... mírale, si se está manchando todo. Se está poniendo perdido, el muy guarro. - Bueno, esto estaba todo muy rico, pero yo me he quedado con hambre. Cristina, ¿no hay más de comer por ahí? - Hay muchas cosas por aquí que te puedes comer... - Saaara, caaaalla. – Replicó Cristina. – Es posible, déjame mirar que creo que había unos tomates en el frigorífico. Toma la botella y échame un poco más de vino para el camino. - ¿No estás demasiado mandona, Cristina? – Sara, siempre tan oportuna, me despistó y derramé un poco de vino sobre la mano de mi soldado, que sostenía su copa, alcanzando parte de su sudadera. - Javiiii... ¡que me has puesto toda mojada, hombre! - Haaala, haaala, ¡qué cochinos! - Mira, deja los tomates. ¿Ves aquella bolsa? Ahí hay unos cuantos postres. Tráetela y ve sacando las cosas. Editado por S.C. en 08/07/2006 a las 23:20. Razón: Intento ajustar el número de caracteres por post |
| | |
| | #2 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Localización: Sevilla Fecha de Ingreso: Jun 2006
Mensajes: 29
| Mi diligente soldado cumplió con su cometido. Siguiendo mis órdenes fue desvelando poco a poco el contenido de aquella bolsa, colocando los artículos sobre la mesa. Primero, unas cuantas Copas de Chocolate. No sabría decir qué miradas de Sara, que alternaban dichos postres y nuestras caras, eran más lascivas, pero Cristina seguía extrayendo cositas. Un bote de nata, un bote de caramelo... y finalmente, desde el fondo de la bolsa, un collar de cuero negro con algunas tachuelas plateadas. - Esto... no es un postre. - No, es un regalo. Póntelo. Cristina lucía bella. El rubor que había asomado a sus mejillas por el calor de la chimenea y del vino, se había intensificado con aquel estado de cosas. Se había quedado petrificada. - ¿No te gusta tu regalo? - Sí... - ¿Y a qué esperas para ponértelo? Torpe y temblorosamente, Cristina consiguió abrocharse su nuevo collar. Mi soldado estaba lista para comenzar la instrucción. De una bolsita negra que previamente había colocado discretamente tras el sofá, saqué una correa de cuero negro, que hacía juego con el collar. Se lo tendí a Sara y ella hizo los honores y procedió a engancharlo de su cuello. Se tomó su tiempo para ello, paseando pausadamente a su alrededor mientras le dedicaba lascivas miradas, diabólicas sonrisas y alguna que otra turbadora caricia. Aparté la mesita de delante del sofá, dejando bastante espacio delante de la chimenea. Mi capitana ya se acercaba, portando la flamante adquisición de mi ejército con la correa. La colocó delante de la chimenea, desenganchó la correa y se sentó en el sofá. Silencio. Únicamente interrumpido por el crepitar de la lumbre. - Bien, ¿no tenías tanto interés en aquello de la instrucción? – Dije mientras me ponía frente a ella y le sujetaba la barbilla con firmeza, levantando su cabeza. – Ahora vas a ver de qué hablaba. Vas a ser muy obediente y nos vas a tratar como la mejor de las anfitrionas, ¿entendido? - Sí, mi Amo. Extendí la mano y Sara me hizo entrega de unas tijeras, también sacadas de aquella bolsa negra. De nuevo silencio. Las ramas seguían crujiendo, y las tijeras comenzaron a emitir su inconfundible sonido entrecortado mientras iba rasgando las telas que cubrían el cuerpo de Cristina. Había comenzado a la altura de su vientre, y fui subiendo con parsimonia entre sus pechos, hasta llegar a su cuello. Despojé a mi esclava de su improvisada camisa mientras besaba su cuello y mordía el lóbulo de una de sus orejas. Con mi oreja cercana a su boca, percibí que la intensidad de su respiración había aumentado considerablemente. Mordí más fuerte, hasta que emitió un pequeño quejido. - Calla. No te quiero oír hablar, que me encanta escuchar el ruidito de la leña mientras arde. ¿A ti no? - Sí, a mí también. – Contestó entre incipientes jadeos. - ¡¿No me oíste, perra? Cállate! Con uno de los extremos de las tijeras, iba dibujando trazos abstractos por su escote, acercándome poco a poco al trozo de tela que unía las copas de su sujetador. A medida que me aproximaba, iba aumentando la presión sobre su blanca piel, arañándola levemente. Ella se mordía el labio, tratando de no hacer el más mínimo ruido. Complacido, la besé tiernamente en los labios. Ella buscaba los míos con violencia. - Quieta... tranquila, perrita... Corté el sujetador por la mitad, y enganchando la tela con las tijeras fui dejando al descubierto sus pechos. Sus pezones me saludaban. Erectos. Desafiantes. Sus manos intentaron acariciarme. - ¡Que te estés quieta! Usando las asas de las tijeras como pinzas, pellizqué fuertemente uno de sus pezones, el izquierdo concretamente, provocando un cierto estremecimiento en Cristina, originado tal vez por la presión ejercida, tal vez por el frío metal, tal vez por la excitación acumulada. Me detuve un rato en chupar esos pezones. Iba alternando uno chupado y el otro apretado por mis tijeras. Ella permanecía impertérrita e inmóvil, justo como pretendía. Mientras mis manos iban quitándole los pantalones, mi boca y mi lengua se encargaban de su tronco. Fui bajando por su vientre, surcando un ficticio camino, delimitándolo con mi saliva, hasta alcanzar el borde de sus braguitas. Tras separar un poco sus piernas con mis manos, introduje cuidadosamente las tijeras por uno de los laterales. En esta ocasión no pudo evitar temblar, quizá por el roce del acero intruso, quizá por, esta vez sí, el miedo a recibir un corte inoportuno. La tela iba cediendo, incapaz de luchar contra el metálico enemigo. Tras esto, corté por ambas caderas, y la tela, sin ningún lugar al que asirse, cayó derrotada hacia el suelo. Tras comprobar las condiciones de la zona descubierta con mis dedos, me incorporé. - Lo estás haciendo muy bien. – Le dije entre besos. – Ahora vas a desnudar a Sara. Cristina se acercó a ella y cogiéndola de la mano la invitó a ponerse de pie. Ésta lo hizo y se lanzó a la boca de mi soldado, quien se entretuvo en disfrutar de ese beso, enredando sus dedos en el pelo de Sara, quien ya pellizcaba sus pezones. Estaba disfrutando de la escena, pero los acontecimientos no debían desviarse de los planes trazados. Gruñí molesto y Cristina comprendió, y comenzó a desnudar a mi capitana, besando cada milímetro de su piel tras irla despojando de sus vestiduras. Sara se dejaba hacer encantada y excitada. Desnudas ya ambas, iban acariciándose mutuamente, haciendo chocar sus pezones mientras se regalaban besos y caricias y trataban de enredar sus piernas. Sus cuerpos jadeantes, temblorosos y sudorosos, iluminados al calor de la chimenea, me encendían más que cualquier tronco que las llamas de ésta pudieran consumir. - Quieta. Pon las manos en la espalda. Cristina obedeció, y Sara continuó excitando aquel cuerpo con el suyo propio. Observaba atentamente las manos de mi soldado, temblorosas, intentando contradecir al cerebro que las mantenía quietas. En realidad todo su cuerpo se tornaba trémulo al paso de la lengua de Sara. Especialmente cuando ésta iba avanzando por la parte interior de los muslos, en una prohibida dirección. - Suficiente. Ven y desnúdame. Sara, ¿te importa acercar las Copas de Chocolate? Comenzó a desvestirme mientras intentaba besarme. Jugueteaba con ella, apartándole mis labios mientras disfrutaba del calor de su aliento buscando el mío. Levantaba los brazos, dejándola hacer. Tras dejar al descubierto mi torso, buscó su contacto con sus manos, palpando mi acalorada piel. Pronto no quedaba más prenda sobre ella que la que cubría mi hombría. Sara ya estaba a nuestro lado, y se sumó a las caricias, regalándome sus labios mientras Cristina apartaba delicadamente la tela remanente y la iba enrollando por mis piernas, lamiendo mis muslos mientras bajaba. Quise comprobar el estado de mi capitana y enterré un dedo explorador en cierta gruta que encontré en mi camino, logrando un quejido gozoso de su dueña. Con mi otra mano, iba amasando el pelo de Cristina, guiándola por mis piernas con pequeños pero firmes tirones. Animado por los gemidos de Sara, me animé a explotar mi faceta de minero, y haciendo que mi soldado se incorporase, lancé otro de mis exploradores hacia ella mientras ambas cubrían mi cuello, mi torso y mis labios de húmedas atenciones. Las manos de ambas chicas empataron en la carrera por la conquista de mi sexo, pletórico por las atenciones que estaba comenzando a recibir. Aumenté el ritmo en ambas. Sara no tardó en alzar el volumen de sus gemidos, y la intensidad de estos entró en directa competencia con la intensidad de mis movimientos. Cristina tampoco se demoró en demandar un parejo aumento de ritmo, y así me lo hizo saber mientras acompasaba mi velocidad de movimientos en ella con la suya en mí. Dos chicas gimiendo, chillando una a cada lado, llegando al éxtasis casi a la vez, apretándose ambas contra mí, a ratos buscando ellas mismas sus bocas, dejando que sus lenguas desfilaran delante de mis narices, ahogándose sus orgasmos mutuamente. - Bien, preciosa. Espero que sigas teniendo hambre. ¿Te apetece comer polla de chocolate? - Sí, me apetece mucho. - Coge una copa y déjame bien untadito. Después coloca las manos en tu espalda y cómetelo todo como la perra glotona que eres. - No voy a dejar ni gota, ni de chocolate ni de leche... Editado por S.C. en 08/07/2006 a las 23:22. Razón: Intento ajustar el número de caracteres por post |
| | |
| | #3 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Localización: Sevilla Fecha de Ingreso: Jun 2006
Mensajes: 29
| Mi soldado no se anduvo con demasiados miramientos. La cosa estaba para pocas bromas y tras quitar la tapa, decidió darle a la copa un uso similar al de un preservativo, embadurnándome por completo. Fue lamiendo los alrededores con rapidez, no dejando que el chocolate se desperdiciase y cayera sobre la alfombra. - ¡Oyeeeeee! Yo también quiero choco, ¡jo! - Pues hija, por mí no te cortes. Mientras mi esclava deglutía golosa todo aquello que su lengua y sus labios encontraban en su camino, Sara iba preparando otra copa mientras pacientemente esperaba el relevo. - Perra maleducada... ¿no te han enseñado a compartir? - Perdonadme, es que tenía muchas ganas de polla. Toma, Sara, está muy rico el chocolate. Ambas iban compartiendo, como solidarias militares en tiempos de guerra y de crisis de víveres, aquel postre que amenazaba con quemarse de placer en cualquier momento, como cualquier bizcocho de chocolate que permanece en demasía en el horno. Bocas y lenguas tan diferentes las suyas, que no terminaba de acostumbrarme a una cuando la siguiente me volvía aún más loco que la anterior. Claro que eso no era nada comparado con tenerlas ambas a la vez, una a cada lado, dejándome bien limpito mientras yo amenazaba con ensuciarlas. - ¿Qué me decías antes de la leche? - Que quiero tu leche. Dame leche. Aquel comentario activó cierto resorte en mí. Sara, además, encontró una manera adecuada de ponerlo en marcha de manera aún más intensa jugueteando con mis testículos. Pronto estaba coronando sus caras llenas de chocolate mientras ambas se limpiaban. Las puse a ambas en pie y agradecí sus favores con besos y tiernas caricias. De nuevo silencio. De nuevo crepitar, aunque ya bastante debilitado, cada vez más apagado por el sonido de nuestros cuerpos gozando entre penumbras. Había que reavivar ambos fuegos. - Tu instrucción va por buen camino, pero aún queda tarea por hacer. Mientras me encargo de la candela, deseo que enciendas de nuevo a Sara. Quiero que me la dejes bien mojadita. - Como usted desee. Mientras colocaba algunos troncos que aseguraran el mantenimiento de un clima agradable, Cristina se encargaba de mi capitana, devorando cada parte de su cuerpo mientras la masturbaba suavemente con una de sus manos, como sólo una chica sabe hacerlo. Tras acabar con mi tarea, me detuve a contemplarlas por un instante. Iba caminando alrededor de mis chicas, quienes parecían completamente ajenas a mi presencia. Las acariciaba de cuando en cuando, comprobando el estado de sus cuerpos, atendiendo a sus respiraciones acompasadas. Fuertes. La de Sara cada vez más ante las sutiles acometidas de mi soldado, cargadas de pasión y mortales de necesidad. Me acerqué a mi bolsita de juguetitos y extraje unas cuerdas. Me acerqué a ellas y las separé delicadamente, ignorando los gestos de protesta de Sara. Posponiendo su placer. Agarré a mi perra de su collar y la senté en una silla. Pasando sus manos por el respaldo, las dejé atadas a la madera. Anudé también su cintura a la silla, y posteriormente separé todo lo que pude sus piernas, atando sus tobillos a las patas de la silla. Estaba prácticamente inmovilizada. Con ambas manos, estiré fuerte de sus pezones hacia mí, comprobando de este modo que, efectivamente, nada podía hacer por evitarlo. - Ahora estate calladita mientras me encargo de Sara. Coloqué a mi dócil capitana de espaldas a mí y la hice apoyar sus manos en las rodillas de Cristina. Tras lamer durante un tiempo su espalda mientras ella chupaba los pezones de mi indefensa perrita, fui bajando hasta su culo, dedicándole largo tiempo, masajeándolo, abriéndolo mientras un par de dedos intrusos jugueteaban en su pubis. Sara reclamaba una atención más directa y así lo entendí, perdiéndome lentamente en ella. Fundiéndonos. Su cuerpo le daba la bienvenida al mío, ajustándose como un guante a él. Cristina alternaba caras de vicio hacia Sara con caras de necesidad hacia mí. Temblaba en la silla, incapaz de moverse. Intentaba sacar pecho para que Sara se encargara de él, y ella, entre gemidos y embestidas, hacía lo posible por complacerla. O por dejarla aún más necesitada. Una de sus manos había abandonado la rodilla en dirección a su sexo. Abierto. Expectante. Empapado. Sin embargo, el desasosiego no podía ser remediado convenientemente por mi capitana, incapaz de coordinar bien sus movimientos ante la proximidad de su orgasmo. La cadencia de mis movimientos cada vez era más descontrolada, intentando, y finalmente consiguiendo, proporcionarle un nuevo clímax. Sara chillaba observada atentamente por mi perrita, quien exhibía una mirada más canina que nunca. Recuperada de su orgasmo, salí de su interior. La abracé con ternura, con cariño, con reparadoras caricias mientras la besaba dulcemente. Tras esto, desaté a Cristina de la silla, y mientras Sara colocaba de nuevo la correa y comenzaba a andar hacia la habitación, tirando con suavidad de ella y meneando exageradamente las caderas, yo andaba detrás de ella, susurrándole cosas al oído mientras colocaba una venda en sus ojos. - Buena chica... ahora te toca a ti, perrita... Sara la tumbó en la cama. No tenía barrotes, así que tuve que pasar las cuerdas por debajo de la cama para poder atarla de muñecas. Nos detuvimos en contemplar a nuestra presa, quien nos invitaba moviendo las caderas. Sara partió en busca de hielo y de los botes de nata y caramelo mientras yo aprovechaba para recordarle entre susurros que era inevitablemente mía. Sara no tardó en regresar con el material requerido para completar la instrucción. Sin más dilación, intruduje un par de cubitos de hielo en ella, refrescando un poco una zona un tanto caliente a estas alturas de la velada. Ante lo inesperado de mi acción no pudo reprimir un chillido gutural. La tranquilicé con unos besos mientras Sara jugueteaba haciendo dibujitos con el bote de caramelo por toda su piel. Mientras seguía besándola, torturé a conciencia su pezón izquierdo con un par de cubitos de hielo, apretando fuertemente, no sin dificultades por lo resbaladizo del material empleado. Sara ya había comenzado su particular festín de caramelo por todo su cuerpo, y yo no tardé en imitarla con la nata, esparciéndola por sus pezones. Los movimientos pélvicos de mi díscola perrita, sin embargo, habían expulsado los semiderretidos cubitos. Castigué tal osadía con unos cuantos azotes y mordiendo fuertemente uno de sus pezones. - Espero no tener que reponer mi cubitera de nuevo, perra, o si no te quedarás aquí atada toda la noche. – Dije mientras Sara introducía otro par de cubitos. Cristina no podía evitar moverse, aunque hacía tremendos esfuerzos por mantener el hielo en su interior. No podía parar de chillar. Seguimos con nuestro particular banquete hasta que inevitablemente el hielo volvió a salir de su interior. - Perra mala... te voy a follar mientras Sara te tortura. Dicho y hecho, me introduje bruscamente en ella, colocando sus piernas en mis hombros, mientras Sara mordía su cuello, sus pezones y cualquier zona que se le antojase morder. También me mordía a mí de cuando en cuando, mis labios en especial. Pronto, el frío y extremadamente resbaladizo interior de Cristina se fue aclimatando al calor que mis embestidas le iban proporcionando. Sara no daba abasto con dos cuerpos a su entera disposición mientras hacía desaparecer en su interior el pequeño bote de caramelo y chillaba por un nuevo orgasmo. Una visión bastante perturbadora, por cierto. Seguía mordiendo los pezones de Cristina, quien respondía desencajando la mandíbula. Noté movimiento en su interior. Mi perrita se iba a correr. Un hecho que no tardó en anunciar mientras mi ritmo aumentaba y aumentaba frenéticamente. Quería acompañarla, y así lo hice, mientras la despojaba de la venda. Sara me animaba con lascivos chillidos, diciéndome cosas como “dale duro a esta zorrita” o “quiero ver cómo te corres dentro de esta putita”. Ella no paraba de besarnos, de acariciarnos. No aguantaba más, y mientras nuestras miradas se encontraban, me vacié en ella. Ella había obtenido de nuevo el fruto de mi placer. Ella había provocado de nuevo que sintiese orgullo de tenerla. De poseerla. Ella era mi orgullo. Tras descansar nuestros cuerpos y desatar a Cristina, me tumbé entre ambas. Mi capitana a un lado. Mi flamante soldado al otro. Ya había completado su instrucción. Ya estaba lista para afrontar a mi lado todas las batallas que pudiesen plantearse. Entre reparadoras caricias, besos y palabras cómplices que nos dedicábamos como el mejor coordinado de los tercetos, nos dormimos felices. Fin. |
| | |
| | #4 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Localización: Sevilla Fecha de Ingreso: Jun 2006
Mensajes: 29
| Ufff, me ha costado, qué torpe soy Gracias a .a. por su sugerencia. Espero que sea de vuestro agrado. Un saludo. |
| | |
| | #5 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Localización: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.410
| Me ha gustado mucho S.C. , es sensual, tiene toques de humor, es fácil de leer.... si la instrucción fuera asi, tendrías muchas candidatas ![]() En cuanto a los caracteres de los posts, me parece que todos hacemos igual. Uno de mis relatos tuve que cortarlo en 5 partes, me parece. Un saludo, Jehanna |
| | |
![]() |
| Herramientas | |
| |
Discusiones similares | ||||
| Tema | Iniciada por | Foro | Respuestas | Último post |
| Situaciones | monique[V] | Relatos | 443 | 31/10/2008 10:29 |
| Escribiendo... Juntos | arcilla | Relatos | 213 | 11/04/2008 12:30 |
| Una tortura diferente | Suso | Vídeos BDSM | 7 | 26/06/2007 01:57 |
| Y por qué no una kdd diferente? | katze{Jus} | Eventos | 8 | 18/09/2006 01:21 |
| Mujeres y hombres percibimos el BDSM de forma diferente? | SirJavier | Hablemos de BDSM | 9 | 27/06/2006 16:23 |