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Antiguo 17/09/2006, 20:22   #1
 
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Predeterminado Pernada

Ya sabeis de que se trata, pernada, es el derecho que tenian los señores, sobre los siervos de sus tierras, de desflorar a la recien casada en la noche de bodas.
Este es mi proyecto mas ambicioso en este momento; Una novela corta, en diez capitulos. El borrador completo ya esta acabado, pero me conozco y se lo aficionado que soy a dejar las cosas a medias.
Por eso subo este prologo, para obligarme a seguir. Es solo una explicacion del paisaje y del pueblo, donde muchos siglos atras, pasaron los hechos que se narran en la novela.
La novela tiene todos los elementos que se esperan de una narracion fechada en el medioevo profundo: caballeros templarios, doncellas sumisas, etc
En fin, vere si puedo completar el proyecto. De momento aqui esta el prologo, solo como aperitivo,
ildefonso está desconectado   Responder Citando
Antiguo 17/09/2006, 20:24   #2
 
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Predeterminado Prologo

En la década de los 20 del siglo pasado, después de la primera guerra mundial
En un pueblo, de la vertiente sur de los Pirineos occidentales, entre Navarra y Aragón, en un valle profundo, el nombre aunque le recuerdo perfectamente le llamare Olvido
tiene un rió que le atraviesa, limpio y trasparente, es el primer sitio habitado que atraviesa desde su cercano nacimiento.
El pueblo como digo, esta encajonado en el fondo del valle, aprovechando el sitio libre que deja el rió. Es muy antiguo, tiene casonas escudadas de todas la épocas, algunas antiguas, antiguas,
en las que el único hueco de la fachada es el portón y dos ventanucos casi en el tejado. Calles empedradas, la única calle recta (relativamente) es la que sigue la dirección del rió.
Esa calle es también el final de la carretera que lleva al pueblo. Detrás del pueblo, nada, solo las montañas. A la derecha , sobre una de las paredes del valle, casi cortada a pico, quedan en lo alto
restos de un pequeño castillo, pero de no ser uno advertido pasarían desapercibidos.
El pueblo tranquilo y ordenado, solo tiene un personaje extraño. Un desconocido, bueno no tanto, nació en el pueblo, pero muy pequeño emigro con sus padres al otro lado de los montes. Volvió hace un par de años, huyendo del final de la guerra que había asolado Europa.
El hombre de unos 60 años, encanecido y con aspecto fatigado, llego acompañado de una mujer joven, delgada, morena de pelo, con la piel muy blanca,. Su edad?, pues no fácil de adivinar, parecía muy joven, por sus ademanes y su voz, las escasas veces que los lugareños pudieron oírla, pero su aspecto siempre fatigado, sus paradas cada pocos pasos durante su paseo vespertino, único momento en que podían verla , sugería mas edad
Vivian fuera del pueblo, hacia el sur, rió abajo, a tres kilómetros, en las ruinas de un convento del cister. La única parte habitable, una torre angular les servia de habitación. Aunque era propiedad de la familia del emigrante retornado, había estado deshabitada por mas de 50 años. La habilitaron como vivienda. La planta baja, cocina y sala, y dos habitaciones en el piso alto.
Después de mas de dos años de convivir con ellos, los habitantes del pueblo seguían sin saber ningún detalle de su vida. Solo los mas viejos aseguraban haber conocido al hombre cuando niño chico, antes de marchar.
A pesar de los intentos de acercamiento un muro de silencio les envolvía. Ella solo era visible a la caída de la tarde, dando un largo paseo por la carretera hasta las primeras casas del pueblo, donde volvían rió abajo. Él rígido, con paso militar, alta la cabeza, pero la mirada perdida, sin hablar. Ella continuamente fatigada, apoyada con fuerza en su brazo, parando cada pocos pasos.
Aparte de este paseo solo se la podía ver en ocasiones, al sol en el enorme ,abandonado y triste jardín, o bajo uno de los abundantes cipreses. El se ocupaba de las escasas compras en el pueblo.
Después de ocurridos los hechos algunas mujerucas del arrabal dijeron haberles echado de menos desde hacia dos o tres días en sus paseos.
Un día, el pastor, dijo haber oído alaridos de fantasmas, al pasar ya oscurecido, junto a la ruinosa torre.
Aunque incrédulos y socarrones, quienes le oían, cayeron en la cuenta de no haber visto al hombre ni a la mujer en los últimos días y entre bromas y retos algunos jóvenes se aventuraron, ya noche cerrada, a ir hasta el convento. Con un farol por toda luz, entraron en la sala de la torre, en un terrible desorden, la mesa volcada, platos hechos pedazos, los utensilios de la cocina tirados por el suelo...
Ni rastro de los habitantes de la casa. Las habitaciones del piso, ordenadas y limpias, también vacías.
Cuando se iban, haciendo conjeturas de donde habrían marchado los extraños personajes, oyeron un grito ahogado, Buscando de donde venia, encontraron, tras el lar, un pasadizo inclinado.
Sin mucha voluntad, pero impedidos unos por otros de mostrar cobardía, bajaron y con la poca luz del farol vieron una escena dantesca.
Era una cueva baja, redonda, una cripta. Las paredes estaban cubiertas de calaveras y huesos perfectamente colocados, sin que quedara una zona libre que permitiera adivinar los muros. En el centro, sobre una especie de altar de piedra, estaba la muchacha, inmóvil, desnuda, enmarcada por cuatro candeleros con los cirios ya consumidos.
Su cuerpo parecía recoger toda la luz del farol y aumentarla. Toda la luz de la cripta venia de ella.
En el suelo, tumbado, encogido, el hombre. lleno de arañazos, con mechones de pelo arrancados de su cabeza alrededor, espuma en los labios y ojos vidriosos.
Con el pretexto de avisar a las autoridades corrieron hasta el pueblo.
Una hora después el alcalde, el medico, el cura y dos números de la benemérita observaban atónitos la escena.
Cuando el medico miro a la joven, la encontró muerta, rígida, dictamino a falta de examen post-morten que no tenia señal de violencia, y que parecía muerte natural, posiblemente por fatiga del corazón.
En cuanto al hombre le declaro totalmente enajenado y dispuso su traslado esa misma noche al hospital de P.
Dos días después una corta noticia aparecía en el diario provincial;
"Macabro hallazgo en la cripta de un antiguo monasterio. Una joven, desnuda, es hallada muerta, en extrañas circunstancias....", y continuaba narrando los pormenores.
Posiblemente en la lectura de esta noticia se inspiro pocos años después Emilio Carrere para escribir:

Cuatro velas negras
en un camposanto
ya tendrá gusanos
aquella carita
que yo bese tanto

Bueno, el hombre fue internado en el hospital, y una vez dictaminado su total e irrecuperable desequilibrio, y sin haberle podido sacar la mas mínima información sobre lo sucedido, fue trasladado al psiquiátrico provincial, donde desapareció su pista.
Días después, al limpiar por orden de la autoridad, la torre y la cripta apareció, en un vasar de la sala un legajo, con un montón de infolios manuscritos, poco legibles por el deterioro de los años
Con muchos esfuerzos se ha podido reconstruir la novela siguiente, si bien algunos fragmentos ha sido imposible hacerlos legibles.
ildefonso está desconectado   Responder Citando
Antiguo 17/09/2006, 21:50   #3
 
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Predeterminado

Señor Ildefonso, estoy impaciente por leer esa novela; ha logrado crearme gran espectación... por favor, no se tarde en subirla.

Dos besos, 1 para usted, 1 para su sumisa.
øliva está desconectado   Responder Citando
Antiguo 19/09/2006, 09:17   #4
 
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Predeterminado boda en la aldea

øliva, gracias por tus besos, ya le di el suyo a mi querida sumisa.
Recuerda que esto pretende ser una novelita, ira lento el dsarrollo, no tan rapido como en un relato. Aqui va algo mas de la mitad del primer capitulo, espero tu critica



Todavía es noche cerrada. Al final de la aldea, donde acaba el camino que sube acompañando al río, gritos, cánticos desacompasados y risotadas. Vienen de la cabaña de la Picaza, la “bruja”, así la llaman los lugareños, solo porque vende vino a los hombres que se aventuran hasta allí, sorteando las miradas malévolas que brillan al fondo de las puertas. Su descrédito no viene de que tenga en su cabaña, como pupilas, dos mozas, sus “sobrinas”, greñudas, siempre dispuestas a alzarse las sayas, en nada que medie una botija de vino, o sin ella. Eso en esta época, donde la principal ocupación es lograr el escaso sustento, y las preocupaciones espirituales son escasas, en la aldea no es mal visto. Pero cuentan que algunas casadas también la visitan, buscando remedios...
Pero no perdamos el hilo. En su cabaña hay ocho mozos, jóvenes, pero ya curtidos por la intemperie, el pelo corto, moreno, cortado en redondo, como es obligado en los siervos de la gleba, entecos, las caras ingenuas y maliciosas de cachorros crecidos, ojos claros, pero ya rodeados de arrugas, de entrecerrarlos al sol del verano y a la nieve del invierno.
Son todos los mozos de la aldea. Están hartos de trasegar el negro, espeso vino de la Picaza, hartos de jugar con sus “sobrinas”, roncos de cantar y gritar, de revolcarse por el suelo, con las mujeres, ellas con la sayas alzadas, desnudas desde los riñones hasta los pies, sin nada debajo, descalzas, como se estila entre los siervos. Ellos con las ropas en desorden, las camisas de burdo lino abiertas, las pretinas sueltas, algunas bragas de paño oscuro a media pierna.
Todos, sin ningún pudor ni vergüenza, mostrándose abiertamente entre ellos, ellas sin resistirse a ser objeto de su capricho, permitiendo todo lo que a la escasa imaginación de los mozos se les ocurre. A esta hora, cercano el alba, yacen en desorden, ya adormecido todo deseo, por el exceso y el vino.
La Picaza, adormilada frente al lar, sin hacer caso del desorden, dormita. Despierta en ellos el respeto de la “bruja”, y en toda la noche no se han permitido con ella ninguna libertad.
Aparentemente sin motivo, se despereza, el gato negro que duerme en su regazo salta al suelo y se arquea preparándose para la caza del desayuno. “Hombres, ya es hora de que el novio se vaya a la fragua”. No ha gritado, pero se ha hecho el silencio, todas las miradas vueltas al mas serio de los mozos; Es Pedro, el novio, hoy se casa con Elvira. Ahora notamos alguna diferencia entre él y sus compañeros, la camisa, también de lino es mas fina y de color mas claro, la braga esta firmemente sujeta por la pretina. Cuando se ponen de pie, su cabeza sobresale entre ellos, el pelo mas largo, casi como un paje, mas claro que el de los otros, le identifica como artesano franco. Su cara es mas expresiva, aunque una sombra la entristece. Sus ojos, aunque bajos, se ven mas claros aun que los de sus amigos, y si, están velados por algún pesar.
En silencio, tambaleandodose unos y arreglándose las ropas todos, se levantan y salen de la cabaña. Las dos “greñudas” se acercan al novio, serias de repente, le miran con admiración y ternura.
Las estrechas callejuelas resuenan con las abarcas de los mozos, unos tras otros van parando en los rincones de las cuadras y orinan ruidosamente. Se tambalean, vacilan. El novio, mas serio, se esfuerza por mantenerse derecho, pero de vez en cuando trastabillea. Llegan a la calle del río, “Pedro, al río, que te caerás en la boda”, uno tras otro se meten en el agua, haciendo aspavientos, sin quitarse la ropa, en seguida salen castañeteando los dientes, las miradas mas brillantes, mas serios todos. En lo alto del “diente del diablo”, a oriente, clarea una línea de luz. Un olor de pan en el horno les envuelve al acercarse a la iglesia. Cuando llegan frente a ella, en el ensanchamiento de la calle, con pretensiones de plaza, un espectáculo que con el vino bebido les revuelve el estomago. Colgado del dintel de una puerta, un cerdo, abierto en canal. Fue sacrificado ayer, limpio y listo para asarle, ha pasado colgado la noche al relente. Frente a el se afanan don hombres, grandes cabezas, pelo cano, corto el cuello, la fuerte raza de esta tierra. Preparan una hoguera con troncos de sauces de la ribera, apenas cortados en tres pedazos. Están comenzando a arder, llena la plaza, la aldea, el valle de humo blanco y oloroso. Al lado el gran espetón que soportara al cochino, cuando la hoguera deje de “ahumar”.
Junto a ellos, en otra lumbre mas pequeña, dos mujeres, con sayas pardas, arremangadas, cruzadas y sujetas en la cintura, descalzas entre la tierra preparan dos grandes calderos de gachas.
Al pasar los mozos, hombres y mujeres gritan obscenidades al novio.
El novio se para junto a la casa de la esquina, frente a la iglesia. La puerta es mayor que las de más, alzada sobre el polvo de la calle con un umbral de piedra. También de piedra el dintel, destaca sobre las demás casas de la plazuela. Solo la mísera iglesia esta a su altura. Es la casa de Hugo, el encargado por el rey, Señor Sancho Garcés de administrar las pocas rentas de esas tierras recién arrebatadas a los aragoneses y cobrar el pontazgo a los escasos viajeros.
Con el, vive Elvira, la novia de Pedro, prometidos desde hace dos años, conocidos desde niños, acostumbrados a jugar siempre juntos, a compartirlo todo. Su cariño de niños ha ido madurando y ahora, ella 17 años, el 19 es amor de jóvenes, deseosos de comenzar una vida independiente.
Los mozos empujan al novio para continuar, ya hay luz en las laderas del valle, “Vamos Pedro, tienes que prepararte”, le dice el amigo que esta junto a el desde que salieron de la cabaña de la Picaza. Es Iñigo, su mejor amigo, mas bajo que Pedro, mas moreno, con expresión inteligente. Se ha mantenido toda la noche comedido, cuidando a su amigo. No deja de mirar a Pedro, también preocupado por la tristeza del novio.
Rió abajo, en la entrada del pueblo, esta la fragua. Delante, grande y serio, silencioso Guy, el padre de Pedro. Cuando se encuentran enfrente, Guy abraza a Pedro y le empuja al interior.
A la plaza ha llegado, arrastrando los pies, cansado y polvoriento, el dulzainero, tamboril a la espalda, las alforjas terciadas, la manta arrollada y cruzada sobre el pecho. En la cara las arrugas de todos los caminos. Los niños le rodean boquiabiertos. Los hombres que asan el cerdo, le dan pan y tocino, y le acercan una botija de vino. Come con fruición.
De pronto, la esquila de la espadaña, rompe la calma del valle. Es la señal de que fray “Troton”, que desde el convento cercano, rió abajo, atiende espiritualmente las aldeas de los alrededores, ha sido avistado en la curva del río.
Con el alegre crepitar del campanil, la aldea despierta del todo. Los hombres, con abarcas y sombrero, señal de festividad, Las mujeres con las sayas negras o pardas, las puntas del pañuelo cruzadas sobre el pecho, descalzas casi todas. Van saliendo a las puertas de sus casas, caminando hacia la iglesia.
Guy, el herrero, grande y serio, silencioso, viene calle arriba junto a Pedro, también serio, diriase que triste, a pesar de que llego el día que esperaba. Los dos visten prácticamente igual, como casi todos los aldeanos acomodados. Abarcas, nuevas las de Pedro para la ocasión, sobrero, redondo de copa estrecha, camisa de lino, cruda, tejida y cosida en la propia aldea, chaleco de piel, curtida río abajo, en el pueblo cercano, y bragas oscuras, bien apretados los machos. A pesar de lo oscuro de su cara, tostada por mil fuegos de la fragua, en las caras del herrero y su hijo se nota la palidez de una gran emoción.
Llegan a la puerta de la mísera iglesia, apenas mayor que una paridera del monte, sin atrio ni crucero, solo la espadaña con la cruz de hierro y su campana la identifican. Paredes de sillarejo, tejado de teja cocida, el único lujo.
Enseguida aparece en la puerta de la casa de enfrente, Elvira, cogida del brazo de Hugo, su padre adoptivo. Ella es alta para la época, morena de pelo, con larga cabellera suelta, muy blanca de piel, aunque arrebolada ahora. La saya, bayeta verde, con un ribete corinto, casi hasta los pies, apenas una cuarta de tobillo torneado las separa de las alpargatas de esparto, adornadas con cintas. La camisa, de lino muy fino, requisada a algún viajero como pago de pontazgo, blanquísima,
El corpiño, oscuro, con una linea de aljófar marcando el escote y la curva bajo los senos, cintas verdes en el centro.
Elvira cruza la plaza, lenta, como triste, ruborosa, turbada, mas de lo que seria de esperar de su encuentro con Pedro, con quien siempre fue confiada.
Todo el pueblo entra tumultuosamente en la iglesia, cuando Elvira llega junto a Pedro, solo ellos cuatro están en la plazoleta. Entran en la iglesia.
.............................. ......
En aquellos tiempos el matrimonio no era un sacramente, la iglesia solo bendecía la unión y daba fe de ella en sus archivos si se la requería a ello, pero para que fuera efectiva solo se necesitaba la mutua aceptación.
.............................. .......

Última edición por ildefonso; 19/09/2006 a las 09:27
ildefonso está desconectado   Responder Citando
Antiguo 19/09/2006, 10:32   #5
 
Rol: sumiso
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Mensajes: 167
Predeterminado

Ha elegido recrear la escena en una época que se presta a la imagináción y la ensoñación, se ve que está bien documentado, hasta en la elección de los nombres se nota, y encima nos va aclarando conceptos que pueden escapársenos, me gusta, siga por favor, estoy deseando ir viendo el desarrollo de la trama.
Mis respetos Sr y saludos a su sumisa.
Onfalia está desconectado   Responder Citando
Antiguo 25/09/2006, 23:19   #6
 
Rol: Switch
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Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 753
Predeterminado el collado de la loba

Onfalia, gracias por tus elogios, espero que siga gustandote, Ya le di tus saludos a mi querida sumisa. Un abrazo cariñoso.
Este capitulo le lo dedico a Jadeleyenda, que me ayuda con sus criticas y correcciones.


Todavía hay una raya roja sobre la ladera de poniente, pero el fondo del valle esta oscuro, solo una gran hoguera ilumina la plaza. Por el otro lado del valle, suben tres “fantasmas”. Han partido de la casa de Hugo, el padrastro de Elvira, discretamente, sin atravesar la plaza, han traspuesto la iglesia. A espaldas de ella, junto al pequeño camposanto, que solo se adivina en la oscuridad por algunas estelas verticales, comienza el camino que lleva al “collado de la loba”, donde se divide en dos, uno desciende hacia las otras aldeas, en la vertiente oriental, y el otro sube al “diente del diablo”. Desde allí, donde esta el pequeño castillo, se divisa toda la comarca.
Las tres figuras, que apenas se dirían humanas, se confunden con la oscuridad que cubre este lado del valle. Envueltas en capotones de estameña parda, con la cabeza cubierta por amplia capucha, suben silenciosamente por el áspero camino, apenas una senda, con mucha pendiente, salva mas de cincuenta toessas en mitad de media legua.*
Se adivinan anchas espaldas en los dos encapuchados que con paso mas vacilante y audible jadeo, protegen a la del centro, mas esbelta, de paso mas firme, aunque la cabeza se nota inclinada bajo la capucha. Si prescindimos de los jadeos, el silencio es absoluto entre ellos, solo el ruido de los pasos en el polvo, y los gritos apagados que se oyen en la plaza, atrás, muy abajo, donde todavía continua la fiesta.
Pero, no, otro sonido se puede oír cada poco tiempo, un suspiro como triste....
Es ella, Elvira, protegida por Hugo y Guy que sube pensando en Pedro. Se quedo en casa de Hugo, muy serio, pálido, silencioso, con Iñigo, su amigo, pendiente de él. Con ellos esta Sol, la hija del boyero, prometida a Iñigo desde hace dos años. Ella, ruborizada y tierna mira alternativamente a Pedro, con pena y cariño, y a su novio que no tiene ojos mas que para su amigo. Está ruborosa, porque piensa que pronto, quizás en la próxima primavera, ella estará subiendo al castillo como ahora Elvira. Piensa si Iñigo, estará tan triste como ahora el novio.
Pero, ¿por que esta Pedro así?, cuando no tenia por que someterse al tributo. Su largo pelo le muestra como franco, su trabajo de herrero y su condición le deja fuera del vasallaje al señor de la aldea. Y Elvira..., se la considera hija de Hugo, alcabalero del rey, sometido directamente a su potestad, sin deber mas servicios a la fortaleza que atender a su intendencia, a cargo de las aldeas que protege. Tampoco necesitaba pagar el tributo de su doncellez. Entonces, ¿por qué la subida al castillo?, ¿por qué la cara triste de Pedro y los suspiros de Elvira?.
Desde que se fijo la fecha de la boda, han habido visitas de los lugareños mas respetados a la casa de Hugo. Veréis...
La fortaleza lleva cuarenta años deshabidata, desguarnecida. Solo hace dos que volvió a tener una guarnición permanente. Hugo, por razon de su cargo, supo antes que nadie, que caballeros Templarios habían sido encargados por el rey, de su custodia y que debería atender a su manutención.
Durante el tiempo en que la región ha estado abandonada, se han sucedido cambios es la propiedad de las tierras, alternativamente esta zona fronteriza ha pertenecido al rey de Aragón y a la corona de Navarra. Siempre en perjuicio de sus habitantes, que han visto esquilmados sus rebaños y quemadas sus cosechas.
Ahora que el rey Sancho Garcés ha consolidado definitivamente la frontera y establecido en la fortaleza una guarnición permanente de extraños caballeros, los aldeanos no están dispuestos a desagradar al señor del castillo, con quien ha vuelto la paz a la comarca y la tranquilidad a los caminos.
Todos quieren que vuelvan las antiguas costumbres, al fin y al cabo esta es tierra donde los hombres aman la tradición y las leyes viejas.
Una de esas costumbres es el derecho de pernada, el tributo de la doncellez de las mozas. Las recién casadas deben ser llevadas al castillo, para que el señor las desflore. Así es la tradición, bien vista por todos los siervos. Nadie pone en duda, al menos abiertamente, ese derecho.
La de Pedro y Elvira es la primera boda que se ha celebrado en la comarca, desde que el castillo esta nuevamente habitado. Ellos, por su condición podrían eximirse de este tributo, pero los aldeanos presionan a sus padres Hugo y Guy, para que a pesar de todo acepten.
Quien mas ha insistido, reunido durante horas con ellos en casa de Hugo, ante la botija de negro vino, es el boyero, el padre de Sol. Su trabajo, como medio de trasporte entre las aldeas y el pueblo que esta rió abajo le obliga a moverse a menudo con su carro de bueyes por los caminos de la comarca. Esta harto de sufrir rapiñas y golpes de soldados descontrolados.
El ha discutido y soliviantado a los lugareños, hasta que Hugo y Guy han decidido aceptar el pago del tributo.
¿Pero que se ha hecho de los tres caminantes que hemos dejado en la subida al collado de la loba?.
Han llegado a la bifurcación de los caminos. Ellos, han bajado sus capuchas, y a pesar del airecito helado que corre en esas alturas, se limpian con la manga el sudor de la cara, sentados en la piedra que sirve de hito, cuando en invierno la nieve cubre el collado. Están silenciosos, como avergonzados mutuamente.
Elvira, esta de pie, tambien bajada la capucha, con el pelo revoloteando ante la cara, mirando hacia la hoguera de la plaza, pensando en Pedro.
Le ve tal como la esperaba en la puerta de la iglesia, serio, pálido, repentinamente crecido a sus ojos. En un instante ha dejado de ser su compañero de juegos, su eterno amigo, hasta hoy no se ha dado cuenta: es un hombre.
Aunque los dos sabían lo que sucedía, y oían los comentarios que circulaban de boca en boca, nunca han hablado directamente de ello.
Un extraño pudor, que nunca han sentido antes, se lo impidió.
Ellos, que desde niños lo han compartido todo, que apoyados en la tolerancia de las costumbres lugareñas, se han acostumbrado a conocer sus cuerpos íntimamente, a bañarse juntos, desnudos, en los remansos del rió.
Ellos, que de adolescentes, se han descubierto mutuamente encima de las hacinas en las eras, sudorosos, en las pausas de la trilla, cuando cansados de golpear con el mallo, se tumbaban a descansar, sin ningún pudor en tocarse y sentirse.
Ahora extrañamente se sienten incapaces de comunicarse sus sentimientos, cada uno sintiéndose culpable de no poder imponerse a la voluntad de la aldea.
Elvira piensa en lo extraño que le pareció de niña, cuando la tía Pelona, la viuda que limpia de vez en cuando la iglesia, le contó, por encargo de Hugo, entre circunloquios, que no debía nunca permitir que nada entrara en su ..., bueno, ella entendió perfectamente el ademán de la tía Pelona. Que si lo hacia grandes males caerían sobre ella y sobre toda la aldea. En aquel momento lo extraño del requerimiento lo grabo profundamente en su cabeza. No la intereso ni pensó que la interesara nunca.
Cuando desde hace dos años, ella y Pedro se prometieron, las libertades que su novio fue tomándose, cada vez mayores, la hicieron temer que él quisiera en algún momento penetrar con su miembro en el lugar prohibido, y si ella se decidiría a impedírselo. Ella también sentía deseo de que lo hiciera, pero curiosamente Pedro nunca le dijo nada de ello ni lo intento. ¿Le habrían contado también a él el extraño tabú?. Ahora comprendía perfectamente...
A pesar de esa limitación, su novio sabia hacerla sentir deliciosamente. Ellos conocían perfectamente cada rincón del cuerpo del otro, y se gozaban mutuamente. Ahora recuerda cuando el se decidió a llevarla tras la iglesia, una tarde, casi oscurecido, y allí, en la lancha de granito inclinada en la base de la pared de sillarejo, la tendió de bruces, y echándole las sayas hacia arriba, hasta casi cubrirle la cabeza, la aplasto con su cuerpo. Recuerda como sintió la dureza de su miembro, primero entre las nalgas y después presionando sobre su culo.
Fue un instante en que no pudo reprimir un grito, aunque advertida, de sobra; sabia para lo que servia aquella piedra, lisa por el roce, usada casi ritualmente por generaciones de mozos para iniciar a sus mozas en el placer que podían permitirse antes de la boda.
Le sintió casi retrocediendo al oír su grito. Se repuso y levanto las nalgas presionando contra el, mordiéndose los labios, aguantando el dolor. Sintió sus movimientos y rápidamente el calor de su leche dentro de su culo. El se dejo caer un instante sobre ella, se repuso y se retiro lentamente.
Instintivamente ella se llevo la mano a su dolorido culo, y se la vio manchada de un poco de sangre. El lo noto y sin reflexionar, cayo de rodillas tras ella y limpio con su lengua la sangre roja entre las nalgas. Se quedo inmóvil, invadida por una extraña sensación, olvido el dolor y la sangre, olvido todo, se dejo caer sobre la lancha, todavía caliente, todo el día al sol.


* Aproximadamente 100 metros en un kilómetro (una toessa es un poco menos de 2 metros y una legua entre 4 y 5 Km, según las regiones, se supone que es lo que anda un hombre en una hora)

Última edición por ildefonso; 25/09/2006 a las 23:25
ildefonso está desconectado   Responder Citando
Antiguo 26/09/2006, 00:04   #7
 
Rol: sumiso
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Predeterminado

Sr. Ildefonso
Coincido plenamente en lo dicho por Onfalia.
Celebro su dedicación a este relato, la cuidada ambientación, todos los detalles que nos ofrece... una, se siente transportada a esa aldea; he podido ver a los mozos desfogando con las pupilas de la bruja y el cerdo abierto en canal en la plaza y las abarcas, he escuchado el tañir de la humide campana, los jadeos en el camino...
¡Felicidades!
Sigo esperando impaciente sus nuevas entregas. Gracias Sr.

2 besos, 1 y 1.
øliva está desconectado   Responder Citando
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