Rol: sumiso Sexo: Hombre Ubicación: Navarra, ESPAÑA Fecha de Ingreso: Jun 2005
Mensajes: 7
| Yolanda [ii]
Necesitaba ayuda para beber de la fuente y pregunté a mi vecino si me la prestaba. Su cara en ese momento era como la de un niño la mañana del día de reyes. Los demás siguieron su camino hacía el apartamento. Nosotros llegamos a la fuente y le pedí que abriera el grifo y lo mantuviera así mientras yo bebía. El sudaba, y no sólo era el calor el culpable. Y su carita, había que verla, era un poema. No sé que se me pasó por la cabeza; si sería el calor, ese calor que nacía dentro de mí o algo escrito en el libro del destino, pero quise ser un poquito mala y para beber me puse de espaldas a él, colocando mis manos sobre la fuente y apoyando mi culo, contra su cuerpo, mientras bebía empecé a moverlo muy despacio, suavemente, haciendo círculos, acomodándolo hasta que note como su poya se colocaba justo en el centro, no tardé en darme cuenta en como aumentaba rápidamente de tamaño, él no se atrevía a moverse. Apliqué mi boca al grifo, el agua resbalaba por mis labios, mojándome la barbilla y llegando a mi camiseta de tirantes. Estaba fresca, casi fría y mojaba mi pecho haciendo que mis pezones se endurecieran a su contacto. Saqué la lengua, paseándola por mis labios mientras bebía y empecé a jugar con el chorro de agua, lamí el grifo indolente, su poya crecía cada vez más, oía claramente ruiditos (gemidos, suspiros) que salían de su boca, su respiración entrecortada, su cuerpo junto al mío palpitando. Noté que su miembro estaba a punto de explotar y en ese preciso momento de una forma brusca y fulminante dejé de beber agua y me incorporé, dándome la vuelta. Le miré fijamente, desafiante. Estaba rojo, sudando, su cara estaba descompuesta, le di las gracias con mi carita de ángel y bajé los ojos muy despacio hasta llegar a su entrepierna, ahí estaba su miembro tumescente, debía dolerle una barbaridad, así erguido, enorme, duro dentro de su bañador. En un acto reflejo intento cogerme y besarme, me zafé y le regañé como si fuera un niño, él bajó los ojos avergonzado pero su miembro seguía en alza, mientras lo reprendía agarré su poya todavía en su bañador y comencé a manosearla sin dejar de humillarle, me miró con una expresión en su cara mezcla de miedo y placer, y sus ojos se pusieron en blanco, su voz era inaudible, sólo podía balbucear, no pudo articular ni una sola palabra. Me encantaba esta situación, en ese preciso momento me sentía la reina de la creación, saqué la poya de su encierro y la miré, dura y enorme, desafiante. Sentí que eso era una forma de adoración, esa poya me estaba admirando, pobrecita. Era la primera vez que veía una de tan cerca y me gustó, era tan suave, tan grande, y obedecía a mis manos sin rechistar siguiendo el ritmo y la cadencia que estás imponían. Al preguntarle si le gustaba, regañándole a la vez por su comportamiento, él no atinaba a decir nada con sentido, movía la cabeza de un lado para otro, parecía disculparse pero era imposible entenderle nada. Sólo asentía con la cabeza como un niño pequeño.
Su poya empezó a palpitar, las venas se distinguían perfectamente, su “cabecita” estaba lívida y en ese momento la solté súbitamente. Su cara cambio por completo, del éxtasis pasó a la indefensión, parecía un niño perdido, asustado, empezó a balbucear, me suplicó, me imploró para que siguiera, me prometió el mundo entero si continuaba, yo empecé a reírme, me estaba divirtiendo mucho, verlo tan desprotegido, en mis manos y ¡sólo por una paja!, la cosa empezaba a ponerse muy interesante, y se puso mucho más cuando se arrodilló y me pidió que le permitiera terminar. Pobrecito, estaba de rodillas, mirándome como si yo fuera una Diosa y su vida dependiera de mi capricho, ¡me idolatraba! Era una sensación sublime. Le dije que bueno que podía terminar pero que quería que terminara de masturbarse él. Se estaba levantando cuando le pedí, como yo sólo se pedirlo, que lo hicieras de rodillas para mí. Ahí de rodillas empezó a machacársela, yo le acariciaba el pelo mientras él con la cabeza gacha se la meneaba, su carita apoyada contra mi muslo, ¡se la estaba meneando por mí! Su mano trabajaba muy rápido y le ordené que fuera más despacio, él, pobrecito, obedeció al instante. Me empezaba a dar cuenta que haría lo que yo le pidiera y eso me complacía. Le pedí que fuera más rápido y por supuesto se sometió de inmediato. Su cara y su cuerpo temblaban de placer, todo lo indicaba: sus ojos cerrados, sus facciones trémulas, el hecho de que se mordiera un labio. Estaba disfrutando, disfrutaba complaciéndome y yo quería ser complacida. Cada vez me sentía más cómoda, no me parecía raro ordenarle y que él obedeciera. En un momento y no sé porqué algo dentro de mí me dijo que debía terminar inmediatamente y de mi boca salió: ¡Córrete YA! Y él incontinentemente como si hubiera sido una orden directa de su cerebro empezó a correrse, sin poder parar, sin voluntad. De su enorme poya comenzó a salir un líquido blancuzco y denso a borbotones. Al terminar cayó a mis pies extenuado.
|