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Antiguo 27/09/2006, 16:23   #1
 
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Unhappy Sorpresa y Decepción (parte 1)

Sorpresa y Decepción.

Durante muchos años tuve fantasías relacionadas con BDSM, en diferentes situaciones y roles, pero mis preferidas siempre fueron dos: la primera nada original y más bien compartida por millones de hombre en todo el mundo, como es el tener una linda sumisa a mi disposición para hacer con ella todo lo que se me antoje durante un fin de semana; la segunda quizás algo menos común, el ser sometido durante una noche por un glamoroso matrimonio de aristócratas, de mediana edad y ambos muy guapos. No me considero bisexual y no me interesa el sexo con hombres, pero en esta fantasía yo siempre me imaginaba dispuesto a todo.

Vale decir que soy latinoamericano, en mi país el 99% de la gente ni siquiera sabe lo que es BDSM, apenas se usa el término sádico y sin asociarlo con actividades sexuales, así que las posibilidades de cumplir una de esas fantasías eran mínimas; pero el destino me trajo a vivir a Alemania hace poco más de un año y desde entonces me puse en campaña para dar rienda suelta a mis ocultos deseos, lo que no resultó fácil: durante varios meses busqué mucho en el internet y fui a varios lugares relacionados con el tema, pero sin resultados. Consideré varias veces la posibilidad de contratar los servicios de amas y sumisas “profesionales”, pero esa no era la idea, tenía que ser real.

Hasta que un par de meses atrás, una pareja respondió uno de los muchos mensajes que escribí en páginas de contactos. Al principio tuve algunas dudas sobre la veracidad del mensaje y de los remitentes, ya que fueron muy rápidos y directos: de entrada me pidieron que les enviara una foto en traje de baño y en un siguiente mail me dijeron que les interesaría encontrarse a tomar una copa y en caso de haber química quedar para esa misma noche, pues su tiempo era muy limitado; ellos ponían el lugar y los instrumentos a usarse. Demasiado bueno para ser verdad, pero por supuesto que decidí correr el riesgo. Me citaron para el siguiente jueves en un céntrico café de Berlín a las 19:00, los podría reconocer por que tendrían una rosa roja sobre la mesa.

Ese jueves salí temprano para llegar puntual. Ni bien me aproximé al café los identifiqué por la rosa roja, sentados a una mesa casi al medio de la terraza; rápidamente me fijé en ellos: se veían bastante normales, ambos alrededor de los cuarenta, el era español según me confirmó después, ella era alemana, guapa de cara pero no pude adivinar su cuerpo, de aristócratas no tenían nada por supuesto. Cuando me aproximé a la mesa él me saludó amablemente presentándose como Julio, pero ella me miró de pies a cabeza como a un insecto, confieso que me sentí incómodo, cuando me la presentó (“mi esposa, Andrea”) apenas me extendió la mano y dijo “mucho gusto”.

Ellos ya estaban tomando unas copas de vino y yo pedí una cerveza. Julio fue rápidamente al grano: me dijo que ellos gustaban de someter tanto hombres como mujeres, por una sola ocasión y sin más requisitos que el encontrarlos agradables a la vista y olfato, que como me había adelantado ellos ponían el lugar y los instrumentos a usarse, pero además definían las condiciones y características de la sesión; en resumen, si ellos decidían quedar conmigo para esa noche yo debía someterme desde el principio a lo que ellos quisieran. Les pregunté cómo hacían para confiar en la gente que conocían, cómo se protegían de enfermedades contagiosas, etc. El me respondió que no corrían ningún tipo de riesgos, que estuviera tranquilo.

Tras una breve conversación me dijeron que estaban interesados en quedar conmigo y que si yo quería nos podíamos ir en ese momento; yo dudé y hasta sentí algo de temor, pero la excitación fue más fuerte y les dije que aceptaba. Pagué las copas y caminamos unos diez minutos hasta el lugar elegido: una pequeña tienda de artículos góticos cerca de la estación central. Evidentemente eran conocidos del lugar, pues nos hicieron pasar directamente a la trastienda donde unas gradas bajaban dos niveles al subsuelo, en el cual solamente había un corto pasillo y una habitación acondicionada parcialmente para el efecto, es decir que no tenía una gran decoración ni nada por el estilo: tan solo una especie de cama grande, dos gruesos barrotes a los pies de la misma que iban desde el techo hasta el suelo con varios puntos para asegurar cuerdas o cadenas, una mesa adecuada para simular un potro y un gran armario cerrado, todo de color metálico o gris.

Entonces él me preguntó una vez más si estaba dispuesto a someterme a sus caprichos y yo respondí que sí. Cerraron la puerta con llave y me pidieron que me desnudara. Comencé a hacerlo temblando por los nervios y la excitación, no podía creer que iba a cumplir tan ansiada fantasía, aunque fuera en un lugar bastante diferente al imaginado. Cuando estuve desnudo él abrió el armario, de donde tomó y me colocó en muñecas y tobillos una especie de esposas forradas en cuero, las que aseguró a los barrotes de la cama, dejándome parado frente a la misma con brazos y piernas abiertos en X. Hasta ese momento ella había permanecido sentada en la cama sin decir una palabra, tan solo mirándome con aparente indiferencia.

El le preguntó si así estaba bien, ella solo asintió con la cabeza y comenzó a desnudarse, pensé que ahí comenzaba la diversión para mi quizás con algunas caricias de su parte, pero me equivoqué de medio a medio. Una vez que se quitó la ropa, mostrando un cuerpo bien formado aunque con los pechos algo caídos y demasiado vello en las axilas para mi gusto, se recostó en la cama frente a mi y esperó. Yo estaba extasiado mirándola, hasta que escuché un silbido y sentí un profundo dolor a la altura de los riñones, miré atrás y ahí estaba él con algún tipo de látigo en la mano, me miró y me dijo: “ahora te toca aguantar”.

continúa...
Carlos Montesinos está desconectado   Responder Citando
Antiguo 27/09/2006, 16:25   #2
 
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Predeterminado Sorpresa y Decepción (...continuación)

Sorpresa y Decepción (...continuación)

Entonces comenzó a azotarme en la espalda baja, nalgas y muslos, cada vez más fuerte y de manera pausada, el dolor era horrible, sentía como si me cortaran la piel. Al principio mi orgullo me hacía morderme la lengua para no gritar, pero no duré mucho tiempo; comencé con gemidos ahogados, entonces ella le dijo: “más fuerte!!, quiero oírlo”, ahí recién me di cuenta que ella estaba masturbándose, con las piernas muy abiertas se metía los dedos en la vagina y se retorcía los pezones, normalmente hubiera sido un espectáculo maravilloso pero yo sencillamente no podía disfrutarlo, el dolor era demasiado. De pronto me escuché a mi mismo gritando y pidiéndole que se detenga, que ya no me interesaba continuar, pero él parecía ignorarme y seguía dándome duro.

No se cuánto tiempo pasó, pero solo después que ella había llegado a un gran orgasmo con jadeos y gemidos incluidos, él hizo una pausa y comenzó a desnudarse. Sentí un gran alivio aunque me ardía toda la parte trasera de mi cuerpo. Se unió a ella en la cama y comenzaron a hacerse un 69 de película, luego follaron en la posición del misionero hasta llegar ambos al clímax, a mi me dolía todo pero aún así esperaba ansioso por cuándo me tocara unirme a la fiesta… iluso!! Después de un rato el se levantó y fue al armario de nuevo, esta vez sacó un gran consolador negro con base ancha y una fusta como para equitación, le entregó a ella el consolador y le dijo: “disfrútalo”. Entonces ella le puso algún tipo de lubricante, lo paró en el centro de la cama y se arrodilló sobre el mismo, intentando penetrarse por el ano.

Después de un par de minutos y de algunas muecas de dolor, le dijo a su marido: “no entra, necesito estar más caliente”. Como respuesta recibí un fustazo en las nalgas que me hizo gritar agudamente, era mucho más doloroso que el látigo, luego siguieron otros golpes, siempre en las nalgas. Me enojé, le dije que eso no era lo que tenía en mente y que deseaba que se detenga inmediatamente, lo insulté, lo amenacé con ir a la policía, terminé implorándole que se detenga, pero era implacable, las lagrimas salían abundantemente de mis ojos, mi cuerpo se retorcía y eso provocaba que las esposas me lastimaran muñecas y tobillos a pesar del cuero, me golpeé varias veces las rodillas contra la cama, él simplemente continuaba azotándome.

Mientras tanto, ella ya tenía el enorme consolador bien instalado en su culo, subía y bajaba frenéticamente a tiempo que se retorcía con mucha fuerza los pezones, cómo hubiera querido estar en otra situación para disfrutar de aquello, lanzarme sobre ella y violarla salvajemente, pero estaba atado chillando y retorciéndome de dolor. Nuevamente la tortura acabó cuando ella llegó a un orgasmo con gritos que casi acallaron los míos. Entonces el se le fue encima, la colocó en posición de perra y comenzó a follarla salvajemente por la vagina, sin retirar el consolador de su trasero, al poco rato ambos llegaban al éxtasis y quedaron recostados en la cama.

Unos veinte minutos después el se incorporó e inmediatamente yo me escuché rogándole que ya no me azote, que no podría soportar más. El me sonrió y me dijo que no me preocupe, que ya habían terminado conmigo; la respuesta me alivió pero al mismo tiempo me confundió, entonces le pregunté si haríamos algo más, si podía tener sexo con ella pues estaba muy excitado a pesar de todo. La respuesta, que recuerdo palabra por palabra, me dejó helado: “Ni lo sueñes, jamás tenemos sexo con terceros, pero Andrea se excita mucho escuchando y viendo retorcerse de dolor a alguien, por lo que esta es la forma en que ambos disfrutamos. Desde el principio te aclaramos que las reglas y condiciones las poníamos nosotros”.

Me aflojó las esposas, me pasó mi ropa y me indicó el baño para que me bañe y vista. Yo no salía de mi asombro, no podía creer lo que estaba pasando, había sido salvajemente azotado solamente para gusto de ellos, sin recibir ni el más mínimo placer a cambio; mientras me lavaba la cara tratando de disimular la inflamación de mis ojos, mientras miraba las marcas de mi cuerpo en el espejo, mientras mi pene colgaba flácido y baboso, sentía ganas de salir y emprenderla a golpes con el tipo para luego sodomizarla a ella, o quizás azotarla con la misma fusta que me había hecho gritar tanto para su placer, pero sabía que no podía, además… repasando nuestra conversación desde el principio me di cuenta que él tenía razón, jamás habíamos hablado de sexo, solamente de ser sometido por ellos.

Me costó mucho vestirme por el dolor, especialmente en mi trasero, estaba seguro de que no podría sentarme por lo menos un par de días. Cuando salí del baño él ya estaba vestido, me dijo que había sido un gusto conocerme y que no nos volveríamos a ver, así que debía olvidarme de ellos y no intentar comunicarme a su correo electrónico; ella seguía dormida sobre la cama. Le respondí que no tenía la menor intención de buscarlos nuevamente, a lo que él solamente sonrió y me guió hacia la puerta. Subí las escaleras y salí por la tienda gótica, mirando al suelo pues no quería ni imaginarme la cara de la dependienta: posiblemente había escuchado mis gritos, quizás estaba acostumbrada a ello, qué importaba. Solo sabía que me sentía totalmente estúpido, decepcionado y que caminaba con dificultad.

Carlos
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