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Antiguo 30/09/2006, 23:39   #1
 
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Predeterminado Sensaciones encadenadas

TACTO

Hubo un tiempo, ya lejano, en el que el deseo habría ganado la batalla sobre el Deseo. Pero ese tiempo ahora carecía de importancia. Ver aquel cuerpo expuesto, perfectamente sujeto, incapaz de ofrecer ninguna resistencia no era algo que le excitara en exceso. Para él lo importante era el ofrecimiento, la rendición incondicional y consciente, esa sensación de haber vencido la última barrera de resistencia no por la fuerza de las cadenas sino por la evidencia del dominio.

Acarició la piel temblorosa del vientre y deslizó sus dedos por un pubis perfectamente rasurado; se entretuvo jugueteando con los labios del sexo hasta que éstos comenzaron a rezumar y humedecerse entre sollozos y suspiros y prosiguió deslizando sus dedos lentos y pausados como los de un relojero indemne al tiempo por la parte interior de los muslos hasta llegar a las sujeciones de los tobillos, luego liberó el de la izquierda y dulcemente acarició el empeine de tacto tan etéreo. Ella lo agradeció con un leve ronroneo. Después liberó el otro tobillo de igual forma.

Sus dedos volvieron a recorrer la piel sedosa hasta ascender, en su lento transitar, hasta los senos de pezones enhiestos que prendió uno tras otro para retorcerlos suavemente siendo premiado con sendos quejidos, apenas un lamento. La piel era tan suave, tan dulce y tibia, que la delicia de sentir su tacto en las yemas hizo que cerrara los párpados un breve instante para concentrarse tan sólo en esa sensación; luego, con concienzuda perseverancia, regresó a la labor de trasladar su tacto a lo largo del cuello hasta la mandíbula para de ahí volar hasta los brazos y acariciar la piel exquisita del antebrazo y recorrer sin prisa alguna la senda hasta llegar a la muñeca y liberarla. Puso ésta en la palma de su mano y la acarició con la otra mano, desentumeciéndola; repitió la operación con la otra muñeca.

Una vez liberada de las ataduras, ella permaneció inmóvil, mirándolo desde su posición, tendida sobre la dura tabla, incapaz de adivinar, de predecir, qué acontecería a continuación.

Él se limitó a volver a acariciar su cuello por encima del collar de cuero negro, tachonado con adornos metálicos, tan oscuro el collar y tan brillantes los adornos, mientras su mano ascendía hasta la mandíbula y la recorría con sus dedos, sin prisa alguna, como trazando cada curva para tallarlas en su memoria de forma indeleble. Sus dedos se acercaron a la boca y tentaron los labios. Ella los humedeció con la lengua y eso hizo que la caricia fuera distinta.

Los dedos siguieron con su labor y entreabrieron los labios, tocando los dientes de un marfil casi níveo que, lentamente, se separaron para dejar paso a la posesión que se introducía en aquella boca ofrecida.

Al principio fue una simple exploración, apenas un dedo al que pronto siguió otro. Los dedos jugaban dentro de su boca, se debatían entre sí, pugnaban por palpar la lengua, por acariciar las paredes internas de las mejillas, por rozar el paladar. Y la boca se humedecía ante su presencia, se inundaba de saliva entre pequeñas arcadas, mientras chupaba y apenas conseguía lamer a los invasores rudos y deseosos que se habían apropiado de ella. Él comenzó un leve vaivén con sus dedos, como si la boca fuera un sexo abierto y caliente de deseo, y los dedos, con cada embestida, rozaban los labios húmedos y desbocados y se adentraban palpando a ciegas una lengua tan ensalivada que prácticamente chapoteaban en ella.

Los labios se cerraban alrededor de los dedos cada vez que éstos intentaban huir chupándolos, saboreándolos, degustando su textura, al tiempo que la cabeza de ella se elevaba levemente persiguiéndolos hasta que la retirada era ineludible. Y lentamente, su respiración comenzó volverse pesada y cadenciosa, marcada por el armonioso desplazamiento de sus senos con cada entrada y cada salida del precioso aire, en tanto aquellos dedos la poseían con el rítmico e intransigente compás de un amante y sus párpados se cerraban con fuerza, prendida toda su consciencia de aquel momento.

Él siguió moviendo sus dedos en el interior de aquella boca ofrecida, degustando cada una de las expresiones de gozo, cada movimiento de aquel cuerpo que se debatía bajo su señorío y cuyas muñecas y tobillos, curiosamente, parecían pugnar por prenderse de nuevo de sus ataduras.

CA

Última edición por CyberAmo; 01/10/2006 a las 00:09
CyberAmo está desconectado   Responder Citando
Antiguo 01/10/2006, 00:27   #2
 
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Predeterminado

Mnnnn ¡qué de sensaciones!
Las describe tan detalladamente que se sienten ¡se sienten!
Mmmmmmmmm
..........................
øliva está desconectado   Responder Citando
Antiguo 02/10/2006, 16:15   #3
 
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Predeterminado

gracias, øliva, por tu comentario tan entusiasta
·
un beso
CA
CyberAmo está desconectado   Responder Citando
Antiguo 02/10/2006, 21:55   #4
 
Rol: Dominante
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Mensajes: 157
Predeterminado No hay más gesto

No hay más gesto
que sus labios entreabiertos,
apenas silenciosos,
pronunciado imperturbables
el latido inmisericorde del goce
sobre el filo angosto
entre la luz y la tinieblas
de la sinrazón.

No hay más sensación
que el calor de su cuerpo
nutriendo mis entrañas
con el oleaje abrumador
de los días y las noches indelebles,
con el solaz sofocado
precursor del abismo intransigente.

No hay más aroma
que su piel encendida,
prendida en ansia,
desmenuzándose entre mis manos
con la inercia atroz de la aflicción
que desgarra sus sentidos
y perturba los míos hasta el colapso.

No hay más memoria
que el momento,
sin el vaivén de los relojes,
acuciando la gravedad
en su desbocado decaer que nos arrastra
y aturde sobre el lecho de las palabras,
sobre el frió páramo del deleite.

No hay más éxtasis
que el arrancado a la oscuridad,
que el percibido tras el suplicio
de los sentidos arrastrados
hasta el vacío de la voluntad,
hasta la negación y la plegaria,
donde sólo la esencia prevalece.

CA
CyberAmo está desconectado   Responder Citando
Antiguo 02/10/2006, 22:32   #5
 
Rol: sumiso
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Mensajes: 411
Predeterminado

CyberAmo

Sencillamente esto que describes, tan afortunadamente, es delicioso.

Gracias por compartirlo, por expresarlo tan perfectamente y ,con ello,transportarme a momentos vividos de inigualable intensidad fisíca y emocional para mi.

Mis respetos y admiración

ambar
ambar{Ea} está desconectado   Responder Citando
Antiguo 03/10/2006, 17:11   #6
 
Rol: Dominante
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Mensajes: 157
Predeterminado

hola, ambar

me alegro que mis palabras te afloren tan gratos recuerdos
·
un beso
CA
CyberAmo está desconectado   Responder Citando
Antiguo 03/10/2006, 21:57   #7
 
Rol: Dominante
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Fecha de Ingreso: May 2006
Mensajes: 157
Predeterminado El silencio de tus labios

El silencio de tus labios,
las palabras de tu mirada,
aquel rubor primigenio… olvidado,
esa esencia de subyugación,
la luz de tu piel salobre,
este tiempo prendido de tus senos,
ese gesto cadencioso,
el cántico de tu cuerpo convulso,
el aroma dulce de tu rendición,
el deleite de a mi voluntad uncirte.

¿Qué hierro candente puede igualar
la exquisitez de tu alma ofrecida?

CA

Nota: este poema ya lo colgué en otro hilo de este foro, aún así he querido incluirlo en este hilo de creación propia
CyberAmo está desconectado   Responder Citando
Antiguo 03/10/2006, 23:58   #8
 
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Predeterminado En la penumbra

Desperté algo confundido, sumergido en esa sensación de desplazamiento que te inunda tras un sueño demasiado inquieto. Miré el reloj de la mesita. Todavía nos podíamos permitir como una hora antes que el despertador sentenciara.

El aire era denso a pesar del ventilador de aspas del techo y se deslizaba sobre la piel desnuda dejando un rastro de condensación que adquiría tonalidades ambarinas bajo las tímidas espadas de luz del amanecer estival que atravesaban los agujeritos de los engarces de la persiana.

En la penumbra de la habitación podía ver perfectamente tu cuerpo sensual a mi lado; estabas recostada boca arriba, con una pierna estirada y la otra algo flexionada, ambos brazos doblados de forma extraña, descansando con las palmas hacia arriba sobre la almohada, los dedos recogidos con una contracción casi infantil.

Las gotitas fulguraban sobre tu vientre cada vez que éste subía y bajaba con la suavidad que el sueño otorga. Definitivamente desvelado, era una visión deliciosa a la que no me pude resistir, me recliné y con la yema de mi dedo índice fui deslizándolas una a una hasta tu ombligo, procurando no despertarte, hasta que en éste se formó un charquito. Entonces, de forma ociosa, mi dedo buscó nuevos objetivos y recorrió con suavidad el camino que un vello leve y suave como un suspiro forma sobre tu abdomen hasta llegar a los senos. Ahí me entretuve circunvalándolos, yendo del uno al otro, ascendiendo por la piel hasta culminar en los pezones y raspando con suavidad éstos con la uña hasta que las aureolas empezaron a contraerse de forma instintiva. Y eso me dio que pensar.

Deshaciendo el camino de ida, mi mano viajo hacia tu pubis colmado de un pelo denso y ensortijado, sedoso, con el que mis dedos juguetearon un rato, como otras tantas veces habían hecho. En ese momento encaminé mi tacto hacia esa porción del edén oculta más allá del ocaso de tu vientre.

Los labios de tu sexo estaban húmedos, aunque no de excitación sino de sudor; aún así, lo aproveché para deslizar mis dedos con suavidad, desplazándolos lentamente por entre los pliegues de piel, sin presionar, tan sólo arrastrando las yemas de forma pausada. Moviste tu cuerpo separando un poco más las piernas al tiempo que emitías un leve ronroneo. Era evidente que, aún dormida, percibías mis acciones. Animado, me erguí un poco más y deslicé la palma de mi otra mano por la piel de tu costado, acariciándola con mucha suavidad mientras que mantenía mis dedos en tu sexo que de forma casi imperceptible empezaba a desprender un ardor profundo.

Al cabo de unos minutos con semejante tratamiento, tu cuerpo empezó a contornearse y tu respiración se aceleró. Entonces, tus párpados de entornaron y pude ver como me mirabas entre sorprendida y extasiada. Tus labios se entreabrieron como si desearas emitir alguna palabra pero a medio camino se detuvieron y dejaron ir un jadeo acompañado de una contracción en tu abdomen.

En ese instante se me ocurrió que podía poner en práctica esa forma de tormento tan sutil y tan placentera que a ti tanto te enloquece. Me incliné sobre tu rostro y acercando mis labios a tu oreja murmuré las palabras que abrían las puertas entre el éxtasis y el suplicio.

—Cierra los ojos, como si durmieras —luego acaricié el lóbulo de tu oreja con mi lengua. Sé lo mucho que ello te excita—, o tendré que castigarte.

Cuando volví a incorporarme tus ojos estaban de nuevo cerrados y tu cuerpo se había relajado del todo.

CA
CyberAmo está desconectado   Responder Citando
Antiguo 07/10/2006, 00:26   #9
 
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Predeterminado La granja de esclavos I

La casa de campo se encuentra aislada en el centro de un pequeño valle pirenaico, lejos de cualquier núcleo de población de mínima importancia, al que sólo los todoterreno pueden acceder por pistas forestales repletas de vericuetos.
Durante el camino, los últimos días de la primavera llenaban el paisaje de tonos verdes y pardos, presagio de un estío tórrido y seco, del que el valle permanecería a salvo gracias a un pequeño tributario que se alimenta de los torrentes que manan desde las nieves casi perpetuas de la cordillera que lo circunda.
Cuando llegamos, la hiriente luz de la puesta alargaba las sombras de los árboles y del edificio principal. Bajamos del automóvil y el dueño de la casa salió a recibir al Amo; parecía un campesino de rostro rubicundo y afable, bastante alto y de constitución robusta. Encajaron sus manos con la fuerza y el afecto propio de los amigos que no se ven desde hace tiempo y el hombre le saludó efusivo, dándole la bienvenida e invitándole a entrar y refrescarse en la habitación que le tenía reservada. Aunque, como sumisa, aguardaba unos pasos por detrás con la mirada baja en señal de respeto, pude percibir que en ningún momento dio muestras de reparar en mi presencia.
Un muchacho fornido nos guió hasta la estancia a través de la sala principal y los pasillos de la antigua casa rural. Depositó la única bolsa de viaje que traíamos sobre el suelo de madera y le entregó al Amo una hoja impresa.
—Estas son las normas de la casa —le dijo—. Léalas atentamente, por favor. Si tiene alguna duda al respecto no dude en acudir a cualquiera de nosotros —luego se retiró, cerrando la puerta tras de sí.
El Amo le echó un vistazo rápido y dejó la hoja sobre el cubrecama; era evidente que ya conocía su contenido. Luego se acercó a la ventana y corrió la cortina para admirar la frondosidad del paisaje. Salvo por sus pasos, el silencio inundaba la habitación, al igual que durante todo el viaje hasta el valle. Se volvió y me sorprendió de pie, al lado de la cama, observándole. De inmediato, humillé los ojos.
—Verónica, ven aquí.
Con movimientos algo vacilantes me acerqué a su lado. Él posó su mano en mi mejilla elevando mi rostro y me acarició el pómulo con el pulgar. Era una sensación cálida y acogedora que hizo que apoyara mi cabeza en su mano fuerte, amplia, varonil, y arrobara la mirada, abandonada a su ternura.
—Eres preciosa.
Su voz sonaba dulce y encendió un cálido sentimiento de pertenencia en mi pecho que me sumergía en un sosiego casi estremecedor.
—Gracias, Amo.
—No deberías estar aquí. Este lugar no es para ti. ¿Por qué…
—No lo sé, Amo. De verdad que no —me apresuré a contestar—. Lo siento. Lo siento mucho —y unas lágrimas humedecieron mis ojos.
Todo empezó de la forma más estúpida. Una orden suya, totalmente inocua, que me negué a cumplir por pura ofuscación, el conveniente castigo, apenas cuatro azotes, del que huí despavorida como una principiante y unos pucheros infantiles y necios acompañados de un berrinche que debían parecerle totalmente fuera de lugar después de todo el esfuerzo y el tiempo invertidos en mi adiestramiento.
A partir de este instante, en ningún momento me dirigió la palabra: ni una orden, ni un gesto, ni un reproche; era como si hubiera dejado de existir para él, pero la dureza reflexiva de su mirada cuando momentáneamente la posaba en mí expresaba mejor que nada su estado. Me avergonzaba tanto de mi comportamiento, tan irracional incluso para mí misma, que durante dos días no me atreví a pedirle que me perdonara. Hubiera dado cualquier cosa para que, en un arranque de furia, me hubiera sujetado al potro y me hubiera azotado hasta despellejar mis nalgas para luego cubrirlas con sal y vinagre, cualquier cosa antes que enfrentarme a su mirada y su silencio; sin embargo, él no actúa así, es paciente, sutil. Y, de esta forma, las horas parecían detenerse poco a poco.

continua...

CA

Nota: esta, obviamente, es una historia ficticia, con personajes ficticios y situaciones ficticias, sin otra motivación que entretener en lo posible; aún cuando para ello algunas de las ocurrencias planteadas se alejen de lo aceptable por el sentido común, ya que, como toda fantasía, requiere alguna que otra dosis de fabulación que, espero, el lector sepa perdonar y aceptar como tal.
CyberAmo está desconectado   Responder Citando
Antiguo 07/10/2006, 15:59   #10
 
Rol: sumiso
Sexo: Mujer
Ubicación: Argentina
Fecha de Ingreso: Oct 2006
Mensajes: 13
Predeterminado

CyberAmo...constituye un placer leer su prosa y su poesía...son realmente exquisitas...Sobre todo, tienen la profundidad que hace posible, que no sólo lleguen a los sentidos, sino al alma...Tanto sean, como producto de la fantasía o sensaciones extraídas de lo vivido, transmiten su honda sensibilidad, con una cadencia deliciosa...

Reciba Ud. un afectuoso saludo de mi SrPaul y mío...
mari{PL}
mari{PL} está desconectado   Responder Citando
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