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hazlo sano... hazlo seguro... hazlo consensuado |
| | #1 |
| Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
Mensajes: 41
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Este es el primer relato que posteo en este club. Es una historia que, espero, no se salga demasiado de la temática. Cualquier comentario, bueno o malo es bienvenido. Espero que os guste. |
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| | #2 |
| Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
Mensajes: 41
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Para los que no quieran descargar el adjunto, divido el mensaje para facilitar la lectura.... Parte primera.1: --------- Desperté desnuda en una habitación blanca. La luz fluorescente del techo me molestaba. Me incorporé tapándome los ojos con las manos y me senté en la cama. En una esquina había un pequeño baño completo, enfrente una puerta con una mirilla y sin picaporte. Mareada, me acerqué a ella. Por mucho que empujé no pude abrirla, estaba encerrada. Volví a sentarme y traté de recordar qué había pasado. Salía de casa para ir a visitar a una amiga, tomé un taxi y le di la dirección. A un par de manzanas paró frente a un semáforo. Dos hombres abrieron las puertas y entraron en el coche. Me sujetaron los brazos y me amordazaron con un trapo. Traté de gritar y ellos me inyectaron algo en el brazo. Debía ser un narcótico porque no recuerdo nada más. De pronto, la puerta se abrió. Instintivamente me cubrí el cuerpo con las sábanas. Entraron dos mujeres, una era joven, delgada, morena y con el pelo largo recogido en una coleta, iba vestida como una enfermera y llevaba en las manos una tablilla con unas hojas sujetas por una pinza metálica. La otra era mayor, muy grande, más de un metro ochenta, musculosa, con el pelo muy corto y unos brazos impresionantes, llevaba una bandeja de desayuno en las manos. - Buenos días ¿Ya has despertado?- Dijo la mujer de la coleta. - ¿Dónde estoy?- Pregunté asustada, viendo cómo dejaban el desayuno en una pequeña mesa junto a la cama. - Te llamas Elisabeth ¿no? - Sí. Pero ¿Qué es esto? ¿Dónde me han traído? - Bien Beth, te voy a explicar las reglas. Básicamente sólo hay dos, haz lo que te digamos, no protestes y nos llevaremos bien. - ¡Quiero irme ahora mismo!- Grité desesperada.- ¡Esto es un secuestro! - Sí, técnicamente es un secuestro. - ¿Por qué? Yo no tengo dinero. - El dinero no nos importa. - ¿Qué queréis entonces? - Que hagas lo que te pedimos, nada más. Si te portas bien puede que te dejemos libre. Para empezar cómete todo el desayuno. La enfermera salió de la habitación dejándome con la otra mujer, que se colocó frente a mí con los brazos cruzados.- Come- Dijo. - ¿Qué es esto?- La bandeja tenía un gran vaso de zumo de naranja y una fuente de piezas de fruta verde que no conocía. - No te importa, sólo come. Su voz sonó amenazante y sus ojos se entornaron en una mirada violenta. Tenía el estómago vacío y no quería enfadar a una mujer que podría superar los 80 Kg. de peso. Los trozos de fruta pelada tenían la textura del kiwi y eran dulces y jugosos. Los fui comiendo poco a poco, entre sorbos de zumo. La fuente era bastante grande y me sacié enseguida. - Acábatelo.- Dijo la mujer cuando me vio dejar la bandeja. Hice un esfuerzo y terminé el desayuno. Como si hubiera estado esperando fuera, la mujer de la coleta entró en la habitación llevando una jeringuilla hipodérmica en la mano. - ¿Para qué es eso?.- Pregunté cuando se acercó. - Son vitaminas y suplementos dietéticos. Los usaremos para complementar las comidas. - No las necesito.- Repliqué pegándome a la pared. La enfermera miró a la otra mujer y esta se adelantó hasta mí. Me agarró por los hombros con una fuerza sobrehumana, obligándome a sentarme en el borde de la cama. Aunque traté de resistirme no tuve oportunidad, la potencia de esa mujer no tenía nada que envidiar a la de cualquier levantador de pesas. Me clavaron la aguja en el brazo, inyectando el líquido en el músculo. Protesté por el pinchazo. - No ha sido para tanto.- Me dijo la enfermera.- Ahora acompáñame. Me dieron un albornoz blanco y unas zapatillas. La mujer de la coleta abrió la puerta con una llave y salió de la habitación. La seguí hasta un largo pasillo, acompañada de la gran celadora, como si fuese un guardaespaldas. Dudé en intentar abrir alguna de las puertas para escapar pero decidí esperar hasta estar segura de lograrlo. Me llevaron a un despacho donde esperaba otra mujer, rubia, alta y delgada. - Doctora, esta es Beth.- Me presentó la enfermera. - Bien, siéntate.- Me dijo la mujer rubia mientras ojeaba unos papeles. - ¿Puede explicarme qué está pasando?- La pregunté mientras me acomodaba en una silla frente a la mesa. No obtuve respuesta. Durante un largo minuto continuó observando gráficas y radiografías. - Tómala la tensión.- Dijo. Mientras la enfermera me colocaba el tensiómetro levantó la vista y me miró a los ojos.- Tienes una salud de hierro.- Continuó.- Tu informe médico es excelente. - ¿Qué informe? - El del chequeo que hiciste la semana pasada. - ¿Cómo lo han conseguido?- Pregunté asombrada. Justamente ayer había acudido a la consulta de mi médico para que me diese los resultados. - Tenemos buenos contactos.- Respondió sonriendo.- Es fundamental que esté en buena forma. Me quedé boquiabierta, sin saber qué decir. Tenía esperanzas de que todo fuese una equivocación, que me hubiesen confundido con otra Elisabeth. No había razón alguna para que me secuestraran, mi familia no era rica, mi trabajo no era importante y no tenía enemigos, pero el informe hablaba claro. Si se habían molestado en robarlo es que me buscaban a mí. - Tiene la tensión un poco alta.- Dijo la enfermera.- Incluso para estar nerviosa. - Bien.- Comentó el médico.- Eso es una ventaja. Querida Beth,- Continuó, dirigiéndose a mí.- sé que esta situación es extraña. No tienes de qué preocuparte, no vamos a hacerte daño. Sólo necesitamos un poco de colaboración durante algún tiempo. - ¿Qué tipo de colaboración?- Pregunté asustada. - Nada importante. Vamos a someterte a una serie de tratamientos físicos para ver cómo reaccionas. No podemos pedir voluntarios y tenemos que reclutar a los sujetos del experimento. - ¿Es peligroso? - No. Por eso tengo tu expediente médico, para asegurarme que podrás resistirlo. - ¿En qué consiste? - No te preocupes, la enfermera se encargará de todo. Ve con ella. - Pero... - Vamos. La enfermera me agarró del codo y me levantó de la silla. Salimos del despacho, de vuelta al pasillo, seguidas por nuestro guardaespaldas. Aturdida, dejé que me llevasen hasta otra habitación. En el fondo de la sala había un gran cajón de madera abierto, con un taburete dentro. - Quítate el albornoz. Me desnudaron y me sentaron en él. En el interior, a la altura de mi cintura, sobresalía una correa de cuero a cada lado. Me ataron las muñecas a los lados con fuerza. La celadora se agachó para levantarme los pies hasta una barra de madera que iba de un lado a otro del cajón. Me ató los tobillos con otras cintas de cuero dejándolos apoyados a 15 cm del suelo. Al lado, sobre una mesa alta, había una gran cantidad de aparatos y cables. La enfermera recogió un ancho brazalete de goma unido a un tubo y me lo ajustó en el brazo, a la altura del bíceps, apretándolo fuerte. Era muy parecido al aparato con el que me tomó la tensión en el despacho del médico. Continuó colocándome unos parches autoadhesivos sobre el pecho que conectó a unos cables. Me estaba preparando para un electrocardiograma, igual al que me sometieron la semana pasada en el chequeo. - ¿Vas a hacerme un electrocardiograma?- Pregunté. - Voy a monitorizar la sesión. Controlaré tu tensión y tu corazón.- Juntó los cables con el tubo, rodeándolo todo con una goma gruesa que encajó en la esquina trasera del cajón. - ¿Para qué? - Preguntas demasiado. La enfermera cogió de la mesa un collarín de gomaespuma, como los que te ponen después de un accidente de tráfico. Me lo ajustó bajo la barbilla, pero no a los hombros, aún podía mover un poco la cabeza. Con ayuda de la celadora, cerraron las puertas delanteras del cajón. De la pared cogieron una tabla rectangular con un agujero en el centro. La parte superior de la caja estaba rodeada por una goma negra, sobre la que encajaba la tabla. Me colocaron el cuello sobre el hueco, ajustando un lado del collarín. Sacaron otra tabla igual con la que cerraron el otro lado de la caja. Fueron encajando ambas tablas usando unos cierres metálicos, sellando la caja conmigo dentro. El collarín, ajustado en torno a las tablas, me impedía mover la cabeza. La enfermera manipuló unos mandos en el lateral y el cajón empezó a emitir un ruido bajo y vibrante. Se acercó a los aparatos de la mesa y los conectó uno a uno. La goma que me rodeaba el brazo se hinchó, preparada para tomarme la tensión. El electrocardiógrafo mostraba gráficas sobre una pantalla plana. Mientras me apretaba el brazo, notaba un extraño calor a mis pies. |
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| | #3 |
| Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
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Parte primera.2 ---------------- - ¿Qué vais a hacerme? - Relájate.- Dijo la enfermera mirando atentamente los monitores.- En unos minutos notarás el vapor.- Eso era lo que entraba en el cajón. Estaba encerrada en un baño de vapor.- Perfecto.- Continuó.- Tienes un ritmo cardiaco y una presión ideal. Volveré en un rato. Las dos mujeres salieron de la habitación, dejándome allí atada de pies y manos. No entendía lo que estaba ocurriendo. ¿Qué tipo de experimento era este? ¿Por qué me habían encerrado en un baño de vapor? Empezaba a notar el calor subiendo por mis piernas. El cajón siseaba insistentemente lanzando chorros de vapor caliente al interior. Traté de moverme y de desatarme, pero era inútil. El aparato era muy potente y la nube caliente ya me rodeaba los hombros. Acepté la situación y me dejé llevar. Periódicamente, el brazalete se hinchaba y me tomaba la tensión. Era la única forma que tenía de contar el paso del tiempo. El calor era muy fuerte y empezaba a agobiarme. Ni una voluta escapaba del cajón, concentrándolo todo sobre mi cuerpo. El sudor comenzó a salir de mis poros, mojándome la piel. Las ligaduras me impedían mover los brazos o las piernas y el collarín me mantenía rígida sobre el taburete. El siseo continuaba sin interrupción bajo mis pies, inyectando vapor caliente y aumentando la temperatura de la cabina. Tenía la cara calada y notaba la respiración acelerarse por momentos. Siempre había querido tomar un baño de vapor, pero nunca había pensado que fuese tan agotador. La puerta de la habitación se abrió para dejar entrar a la enfermera de la coleta. - Veamos.- Dijo acercándose a la mesa.- El corazón late fuerte y regular y la tensión es correcta. ¿Qué tal se encuentra? - Tengo un poco de calor.- Respondí viendo como anotaba algo en una tablilla. - De eso se trata. - ¿Para qué me habéis encerrado aquí? - Para conocer cómo se comporta tu organismo frente al calor. - ¿Por qué? - Haces demasiadas preguntas.- Me recriminó y salió de la habitación. La temperatura del interior no había dejado de crecer. Tenía el pelo calado y notaba el sudor resbalando incómodamente por toda mi piel. No me habían dicho cuánto tiempo me tendrían encerrada ni cuándo dejaría de entrar vapor en la maldita caja. Las plantas de los pies y las pantorrillas estaban achicharradas, demasiado cerca de los chorros. Era muy incómodo, no podía moverme ni secarme el sudor. Respiraba con cortos jadeos, tragando el aire a bocanadas. De pronto, el ruido desapareció. La cabina había alcanzado el nivel programado. Respiré ligeramente aliviada. El tensiómetro seguía apretándome el brazo ocasionalmente, el regulador del baño de vapor dejaba escapar pequeñas nubes de vapor, manteniendo la temperatura interior. Yo estaba empezando a desesperarme, llevaba demasiado tiempo sola y necesitaba aire fresco cuanto antes. El ambiente era agobiante, si no salía de allí iba a tener un ataque. - Por fin.- Dije al ver entrar a la enfermera. Se acercó a los aparatos y observó las mediciones. - Bien.- Comentó, anotando algo en la tablilla.- Veo que estas aguantando. - ¿Vas a sacarme? - No. Voy a subir la temperatura.- Manipuló unos mandos y el ruido comenzó de nuevo. - ¡No, por favor!- Protesté al sentir los chorros de vapor surgiendo del suelo.- Voy a desmayarme. - No te preocupes, para eso te hemos conectado todos estos aparatos. Bebe un poco de agua. Acercó una botella a mis labios y bebí todo el agua que pude. Aunque me aliviaba por dentro, mi piel comenzaba a arder víctima del aumento de temperatura. - Sácame. Por favor.- Supliqué. - No te quejes, si te pones nerviosa lo pasarás peor. - Es que no puedo más. - Aguantarás. - Es que es la primera vez que estoy en un baño de vapor. - No importa. Es muy sencillo, el vapor entra, el calor sube y tú sudas.- Respondió sonriendo. - Es demasiado.- Protesté. Tenía los muslos enrojecidos y mis pechos hervían como en una olla al fuego. La enfermera revisaba las mediciones y anotaba datos mientras yo me cocía sin remedio. - Ya basta.- Insistí. Ella me ignoró. El calor continuó aumentando. El corazón se me salía del pecho. Intentaba desatarme con todas mis fuerzas. Jadeaba y gemía tratando de llamar la atención de la enfermera. Sólo conseguía alguna mirada profesional, sin compasión. Anotaba las constantes que marcaban los aparatos y la temperatura interior. Mi piel brillaba con el sudor chorreando hasta el suelo. Mis músculos se agotaban por momentos, el intenso calor me estaba derritiendo hasta los huesos. Traté de no pensar, de olvidarme de aquel infierno. Cerré los ojos pensando en la nieve. - Muy bien.- Comentó la enfermera bastantes minutos después.- Parece que te has relajado, ésa es la actitud. - ¿Puedo salir ya?- Pregunté volviendo a abrir los ojos. - No. Aún queda la última fase. - ¿Qué fase? - La de los límites.- Dijo acercándose a los controles.- El baño está lleno de vapor, ahora voy a encender unas resistencias eléctricas del cajón. Aumentarán la temperatura interior. - ¡No! ¿Por qué? Ya hace demasiado calor aquí dentro. - Es para saber cuánto aguantas. Te llevaremos al límite de tu resistencia. - No puedo más. Sácame. - Son los monitores los que marcarán el final, no tú. Notaba el calor de las resistencias justo debajo del taburete y a mi espalda. Segundo a segundo subía la temperatura. Yo gemía y protestaba. Suplicaba para que me sacase. No podía resistirlo, me estaban asando viva. La piel ardía como si, en lugar de sudor, fuese aceite hirviendo lo que caía por mi cuerpo. El calor iba envolviéndome de abajo a arriba, castigando mis muslos, mi vientre y, finalmente, mis pechos. El corazón latía desbocado, mis pulmones no podían tomar más aire. - Basta.- Pude decir entre jadeo y jadeo. - Aún no. Las gráficas dicen que puedes aguantar más. Giró los controles de temperatura y el calor aumentó. Grité desesperada y traté de soltarme, quería romper el cajón y huir, olvidar esa pesadilla infernal. Una de mis piernas empezó a temblar descontrolada. Los músculos no podían aguantar más. Mis pantorrillas, expuestas a las resistencias, se estaban quemando. Los nervios de la piel se habían saturado de calor y empezaban a mandar pinchazos de dolor al cerebro. Ella volvió a girar los diales y aumentó la temperatura. Notaba la sangre bombeando por las sienes, presionándome la cabeza a punto de estallar. Miles de hormigas corrían por todo mi cuerpo huyendo del calor. Estaba cocida, asada, tostada, a punto de estallar. Gemí con las pocas fuerzas que me quedaban. Empezaba a marearme y la visión se me estaba nublando. El estómago se rebelaba saltando hasta la garganta. El calor era demencial, insoportable. - Suficiente.- Dijo la enfermera. Apagó los aparatos y el cajón de vapor, desenganchó una de las tablas que encerraban mi cabeza y la desencajó. El vapor escapó rápidamente y yo noté aire fresco entrando. Retiró la otra tapa y me dejó sola en la habitación. Apenas podía mantenerme erguida en mi asiento. El alivio era relativo, tenía la piel roja, escaldada. La enfermera volvió junto con la celadora. Entre las dos abrieron el cajón y me desataron. Tuvieron que sujetarme para que no cayera al suelo. Me taparon con el albornoz y la celadora me llevó en brazos hasta mi habitación. Me dejaron en la cama y me taparon. Estaba tan cansada que me quedé dormida al instante. |
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| | #4 |
| Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
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Parte segunda.1 --------------- Aquel debía ser el segundo día de secuestro. Lo sabía por las veces que me habían dado de comer. En la bandeja de la mesa quedaban los restos del segundo desayuno: zumo y fruta. La maldita fruta verde estaba siempre presente como plato principal en todas las comidas, estaba empezando a hartarme de ella. - Buenos días.- Dijo la enfermera entrando en la habitación con la jeringuilla. Desde el primer momento los "complementos alimenticios" habían sido postre en cada comida.- No te has terminado el desayuno.- Me dijo. - Es que tanta fruta me cansa.- respondí. - Es muy importante que acabes todo. Voy a ponerte la inyección y luego te terminarás eso. Si no te lo acabas lo exprimiré y te lo haré tomar por un tubo. Parecía hablar en serio. Cuando terminó de inyectarme salió, cerrando la puerta. Miré el plato con la fruta y decidí obedecer, eran capaces de cumplir sus amenazas. Algún tiempo después, volvió a entrar con la celadora. - Vamos.- me dijo.- Tenemos cosas que hacer. - ¿Dónde me lleváis? - Preguntas demasiado. Salimos al pasillo, en dirección a la habitación donde estaba el baño de vapor. Abrieron una puerta y me invitaron a pasar. Dentro había una sauna de madera con un gran cristal en la puerta. - No voy a entrar ahí.- Dije asustada. Pretendían hacerme pasar por otro infierno como el de ayer y yo no estaba dispuesta. - No te preocupes, nosotras te ayudaremos. La celadora cerró desde atrás sus manos sobre mis brazos, empujándome hacia la sauna. Traté de rebelarme, pero era demasiado fuerte. Intenté darle una patada y ella la esquivó, me agarró del pelo y de la muñeca, retorciéndome el brazo a la espalda. - No deberías resistirte.- Comentó la enfermera al oírme gritar de dolor.- Es muy fuerte y sabe cómo hacer daño sin llegar a lesionar. Abrió la puerta de la sauna y entramos las tres. La celadora soltó mi pelo y me levantó hasta uno de los dos bancos que sobresalían de la pared. Apenas tuve tiempo de acostumbrarme, la madera estaba muy caliente y la temperatura ambiente era elevada. Sin darme tiempo a protestar me tumbaron en el banco. Me sujetaron las muñecas con correas que ataron a unos ganchos de la pared. Luego repitieron la operación con mis tobillos en la otra pared, dejándome echada sobre la madera caliente. - Toma, descansa la cabeza.- Dijo la enfermera colocando bajo mi nuca una pequeña toalla doblada. Las dos mujeres salieron de la sauna y me dejaron dentro, intentando librarme de las correas. El calor de las maderas me quemaba las nalgas y la espalda. Yo pretendía aliviarme moviéndome todo lo posible, pero era inútil. Después de intentarlo un rato, abandoné agotada. La temperatura del aire era muy elevada y me azotaba la piel. Debajo del banco donde estaba tumbada, había otro más ancho a modo de escalón. Junto a mi cabeza y pegado a la pared, estaba el calefactor con las resistencias al rojo vivo asomando desde debajo de las piedras. Por la ventana de la puerta no podía ver más que una esquina de la habitación. No había relojes ni termómetros. No podía saber cuánto levaba allí ni la temperatura a la que estaba, aunque mi cuerpo me decía que era alta, muy alta. No pasó demasiado tiempo antes de que rompiese a sudar. Las gotas brotaron por la piel de mis pechos y de mi cara, al principio como pequeños puntos húmedos, luego mojando todo mi cuerpo. La enfermera volvió a entrar en la habitación. Se acercó a la sauna y entró, cerrando la puerta. Entre las manos traía unos bastoncillos de algodón y unos frascos pequeños. Se acercó y empezó a recoger sudor con los bastones y a guardarlos. - ¿Qué haces?.- Dije revolviéndome. - No te muevas. Estoy tomando muestras de sudor. - ¿Para qué? No se molestó en responderme. Salió de la habitación y regresó un minuto después con un vaso de líquido verde. - ¿Qué es eso?- Pregunté cuando entró en la sauna. - Zumo de frutas. Bebe.- Respondió acercándome el vaso a la boca. - No. - Es por tu bien, no queremos que de deshidrates. - Entonces tráeme agua. - No, es mejor el zumo de frutas. - Prefiero agua. - No me obligues a llamar a la celadora. Podemos hacértelo tragar a la fuerza. La miré a los ojos y supe que lo haría. Bebí el zumo dulce y espeso hasta apurar el vaso. Ella me limpió los labios y se fue. Nuevamente estaba atada y sola, con el calefactor como única compañía. La madera no quemaba tanto, había empezado a mojarse por el sudor. Las continuas entradas y salidas no habían refrescado el ambiente, la estufa seguía mandando olas y olas de calor. No llegaba a comprender lo que estaba pasando. Me habían secuestrado y habían robado mi historial médico. Estaba en buena forma y nunca había tenido ninguna enfermedad más grave que una gripe. Quizás esa fuese la razón, querían un conejillo de indias joven, sano y en forma. Pero ¿Para qué? ¿Qué sentido tenía hacerme pasar calor hasta el agotamiento? Ayer había estado a punto de perder el conocimiento, ya sabían hasta dónde llegaba mi cuerpo. ¿Por qué repetir hoy la experiencia? Nada tenía sentido y yo no podía pensar con claridad mientras me asaba. El sudor ya corría a chorros por todo mi cuerpo y yo empezaba a cansarme de estar encerrada. La enfermera volvió con los bastoncillos a recoger más sudor. No me dirigió ni una palabra y mis intentos de convencerla para que me liberase fueron inútiles. Al salir de la sauna me miró a través del cristal, esbozó una sonrisa y llevó la mano a la derecha de la puerta. Cuando abandonó la habitación me di cuenta de lo que había hecho, subir la temperatura. Gemí desesperada, comprobando cómo las resistencias se ponían de un rojo aún más vivo y caldeaban más el ambiente. Minutos después, mi piel comprobaba la nueva realidad. Ardía y sudaba sin parar. El calor no dejaba un segundo de alivio a mi cuerpo maltratado. Pensé gritar, pero sabía que era inútil. Igual que tratar de desatarme, esas mujeres sabían qué estaban haciendo. Quizás no fuese la primera de sus víctimas. El tiempo siguió pasando poco a poco. El aire estaba cada vez más seco. Me costaba respirar con normalidad y tenía la garganta reseca. Cuando la enfermera volvió con un vaso y los bastoncillos estaba al límite de mis fuerzas. - ¿Vas a sacarme ya?- Pregunté desesperada. - No.- Respondió dejando el vaso en el otro banco y recogiendo muestras de sudor. - No puedo más. ¿Cuánto tiempo llevo encerrada? - No lo suficiente. - ¡Me voy a desmayar! - No lo creo. La médico ha establecido la duración de la sesión en función de tus resultados de ayer. Aguantarás perfectamente. Ahora bebe.- Me acercó el vaso de zumo y yo lo apuré dejando que la fruta fresca bajara hasta mi estómago. - ¿Por qué me hacéis esto?.- Pregunté. - Preguntas demasiado. - ¡Tengo derecho!- Grité.- ¡Quiero saber por qué me han secuestrado! - No necesitas saber más de lo que ya sabes. - ¡Quiero saber más! - Escucha, esto puede hacerse de dos formas, la fácil y la difícil. No voy a sacarte de la sauna hasta que haya pasado el tiempo que ordena el médico, pero voy a enseñarte cómo podría ser si no te comportas. |
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| | #5 |
| Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
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Parte segunda.2 ------------------- La enfermera recogió los botes y salió a la habitación. - Voy a subir la temperatura.- Dijo manipulando los controles.- Y, además, vamos a añadir algo más. De la pared de la sauna, justo encima del calefactor, salió un chorro de agua pulverizada. Cuando entró en contacto con las piedras calientes se formó una nube de vapor que ascendió hasta mí. Grité al sentirla. El vapor me abrasaba la piel, me quemaba el cuerpo. Me agité en el banco y supliqué que parase. - Es un golpe de calor.- Me explicó desde fuera.- Se repetirá periódicamente hasta que yo lo desconecte. Aprovecha el tiempo para reflexionar. Pulsó otra vez el mando y una nueva ola de vapor se añadió a la anterior. Parecía que me estaban sumergiendo en una olla de agua hirviendo. Nunca había sentido algo parecido. El aire me quemaba los pulmones, mis pechos nunca habían estado tan rojos. Millones de agujas calientes penetraban por todos los poros para torturarme. Apreté los dientes y aguanté. La sensación tardó en desaparecer unos minutos, siendo sustituida por el penetrante calor de la sauna. Estaba peor que antes, achicharrada y agobiada por lo que me había dicho. Si era cierto, el golpe de calor se repetiría. No tardé demasiado en comprobarlo. Otro chorro de agua cayó en las piedras para comenzar el ciclo. Agua, vapor, calor y agujas hirvientes. Y yo, atada, sólo podía gemir y retorcerme. Era insoportable, inhumano. La temperatura había subido y no me dejaba recuperarme de las nubes de vapor. Después de repetir el ciclo cuatro o cinco veces, las lágrimas se habían unido al sudor que corría por mi cara. - Bien.- Dijo la enfermera volviendo a entrar en la habitación.- ¿Has aprendido la lección? - Sí.- Respondí entre jadeos. - ¿Seguro? - Sí, por favor. Manipuló los controles y entró en la sauna para tomar más muestras de sudor. - El resto de la sesión será normal.- Comentó mientras guardaba los bastoncillos. Estuve a punto de gritar. ¿El resto de la sesión? ¿No había acabado todo aquello? Evidentemente no, porque la mujer volvió a salir abandonándome en aquel infierno. Debía llevar horas allí metida. El horno en el que se había convertido la sauna me abrasaba sin piedad. Parecía un cangrejo cocido, con la piel roja y brillante. Estaba mareada, suplicando en voz baja que acabase aquel tormento. Los brazos, cansados, empezaban a tener calambres. El sudor me había entrado en los ojos y me escocían. La toalla bajo mi nuca estaba completamente calada. El calor era insoportable, agobiante, casi doloroso. Continuamente desviaba la mirada hacia la puerta, esperando ver llegar a alguien que me sacase del infierno. No podía aguantar más, estaba al borde de un colapso. No quería gritar, la temperatura era suficientemente alta como para arriesgarme a que volviesen a conectar el golpe de vapor. Resistí entre gemidos hasta que entraron la enfermera y la celadora con un albornoz de la mano. - Acabó.- Dijo la enfermera apagando la sauna y abriendo la puerta. El golpe de aire fresco me alivió un poco. La celadora entró para desatarme y colocarme el albornoz. Dejaron que me recuperase durante unos instantes y me ayudaron a salir de la habitación. Esta vez pude llegar hasta mi cuarto andando. Me tendí en la cama y esperé a que mi cuerpo volviese a la temperatura normal. Media hora después de dejarme tumbada, una mujer entró en la habitación con la bandeja de la comida. Era pequeña, rubia y con el pelo corto, vestida con una bata blanca. Su cara me sonaba. Dejó la bandeja y recordé dónde la había visto. - ¡Tú eres la recepcionista de la clínica!- Exclamé incorporándome. Era la mujer que atendía el teléfono del médico que me hizo la revisión la semana anterior.- ¡Tú les diste mi historial! - Lo siento. No tenía otro remedio.- Respondió a media voz. - No lo sientas, eres cómplice de secuestro. - De verdad, ellos me obligaron. Yo Mientras trataba de justificarse, vi la puerta abierta y la oportunidad de escapar. La empujé con fuerza contra la pared y salí de la celda. Cerré y busqué una salida. El pasillo era largo y estaba lleno de puertas a los lados y en uno de los extremos. Corrí hacia el fondo, esperando que estuviese abierta. El picaporte giró y respiré aliviada. Cerré justo a tiempo de oír cómo la mujer salía de la celda para buscarme. Al otro lado había una escalera circular que llegaba hasta un trastero. Salí a otro pasillo bien iluminado. En una de las paredes había un gran logotipo dentro de un cuadro: Lor quemicals. Lo reconocí al instante, estaba dentro del laboratorio de unos fabricantes de cosméticos. Era el conejillo de indias de un nuevo producto de belleza. Seguramente no tendrían autorización para probarlo en personas y estaban secuestrando mujeres para los ensayos. A mi espalda oí como alguien subía precipitadamente las escaleras. Corrí por el pasillo, buscando la libertad, pero alguien había doblado la esquina cerrándome el paso. La mujer de 1.80, la musculosa celadora, se abalanzaba sobre mí para inmovilizarme. No hubo lucha, en unos segundos me había cogido del cuello y retorcido el brazo por la espalda. Por la puerta del almacén apareció la enfermera acompañada de la mujer rubia que me había traído la comida. - Llévala abajo. Si se resiste le pondremos un calmante.- Dijo mirando a la celadora y sacó una jeringuilla del bolsillo. La presa del cuello apenas me dejaba respirar. Me metieron en el almacén a la fuerza y me obligaron a bajar las escaleras. Dejé de resistirme, no tenía sentido pelear contra las tres mujeres. La médico nos estaba esperando frente a la celda. - ¿Cómo ha ocurrido?- Preguntó. - Ha sido culpa mía.- Respondió asustada la mujer rubia.- Me empujó y se escapó. - ¿No cerraste la puerta al entrar? - Se me olvidó. - Esto no va a quedar así. Mereces un castigo.- El miedo apareció en los ojos de la pequeña mujer.- Toda tuya,- Dijo mirando a la enfermera.- que aprenda la lección. - ¿Y Beth?- Preguntó sonriendo. - Que lo presencie. No abuses mucho de ella, mañana la quiero en forma. - Bien.- Cogió del brazo a la asustada recepcionista y se dirigió a la celadora.- Dala de comer, dentro de una hora la quiero ver en la sala de castigo. Me empujaron dentro de la celda. Allí seguía la bandeja de la comida con la fuente de fruta verde. La celadora cerró la puerta y se quedó para asegurarse de que comía todo. |
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| | #6 |
| Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
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Tercera parte.1 -------------------------------- Una hora después me sacó de la celda y me llevó a otra habitación. En el centro la pequeña recepcionista estaba desnuda, colgada del techo por las muñecas, con los brazos y las piernas abiertos, en forma de aspa, y separados por barras metálicas. La celadora me llevó a un sillón de dentista, negro, ligeramente inclinado, y me ató las muñecas y los tobillos. Entró la enfermera envuelta en una bata blanca y con el pelo recogido sobre la cabeza. - Gracias, ya me encargo yo.- La celadora salió y cerró la puerta.- Bien, aunque os conocéis, será mejor que os presente. Beth, esta es Cynthia, una de nuestras colaboradoras. Esta mañana ha hecho mal su trabajo y, por tu culpa, va a tener que pagar. La mujer parecía disfrutar con la situación. Colgada del techo, Cynthia miraba asustada sin atreverse a abrir la boca. La enfermera desapareció tras una puerta al fondo del cuarto para volver con un secador de pelo. Era uno de esos modelos de pie con ruedas y cuatro grandes circunferencias formando una cúpula. - Este es un secador de infrarrojos.- Explicó llevándolo hacia el centro.- Cada uno de estos platos es una potente lámpara. Se coloca uno detrás, para secar la nuca, otro encima y dos a los lados. Así se crea una especie de cúpula de calor alrededor de la cabeza. La ventaja es que se pueden mover para colocarlos en otras posiciones. Mientras hablaba colocó el secador en la espalda de Cynthia apuntando los platos a su nuca, omoplatos y los lados de la espalda. Luego salió al cuarto contiguo para traer un nuevo secador que colocó al revés, apuntando a sus nalgas, la parte baja de la espalda y un poco por encima de las caderas. Yo estaba empezando a asustarme. La enfermera continuó su trabajo colocando otro par de aparatos iguales, esta vez en el frente. Las lámparas de uno apuntaban a la cara y los pechos, de frente y a ambos lados. Las del otro al vientre, los laterales del abdomen y el último frente a su vagina, a escasos centímetros. Los enchufó a la pared y los conectó uno a uno. - ¡Perdóname, por favor!.- Gritó Cynthia al sentir el calor sobre sus nalgas. - Ahora no vale de nada. Deberías haber tenido más cuidado. Los secadores irradiaban una luz amarillenta, iluminando el cuerpo colgado. Ella protestaba continuamente y se agitaba con cada nuevo secador encendido. En unos segundos se encontró rodeada por los cuatro aparatos abrasando la piel. - Tengo cosas que hacer. Vuelvo en un rato. Salió de la habitación dejándonos solas. Yo miraba a la recepcionista luchar contra las ataduras y agitarse atormentada. - ¡Ayúdame!.- Dijo. - No puedo, estoy atada. - ¡Dios! No puedo aguantar, me estoy quemando. Intentaba escapar sin éxito o, por lo menos, alejar la entrepierna del último secador. Su sexo y la piel circundante empezaban a enrojecer. No podía imaginar lo terrible que sería tener tan cerca de una zona delicada un aparato de esos. Los pechos también enrojecieron rápidamente y la mujer rubia no paraba de gemir. - ¿Por qué hacen esto?- Pregunté. Ella me miró un rato y, por fin, se decidió a responder: - Casi te dejo escapar esta mañana. - ¿También te han secuestrado? - No. - Entonces ¿Por qué no huyes? - No puedo. Me tienen atrapada.- Dudó unos instantes y continuó.- Hace tiempo atropellé a un hombre y huí. No sé cómo han conseguido una cinta con todo grabado. Si no hago lo que me dicen, me mandarán a la cárcel. Ellos me obligan a robar los historiales y trabajar en las celdas.- Se le quebró la voz y gimió desesperada.- No puedo más, me quemo. Entre el sudor que resbalaba por su cara, surgió una mueca de sufrimiento. Desde mi sillón notaba el calor de los secadores. Eran más potentes de lo que pensaba. Cynthia debía estar pasando por un infierno. Todo su cuerpo, excepto los brazos y las piernas, brillaba por el sudor. La piel, enrojecida, reflejaba parte de la luz amarillenta de los secadores. Miraba al techo apretando las mandíbulas y gimiendo como un animalillo acorralado. Dejé de interrogarla. El castigo me parecía demasiado cruel, las lámparas de los secadores estaban a pocos centímetros de su epidermis y no la daban un segundo de descanso. Pasó bastante tiempo antes de que la enfermera entrase en la habitación. - Basta, no lo haré más.- Suplicó Cynthia al verla. - Silencio. Yo decidiré cuándo es suficiente.- Replicó. Se acercó al cuarto y sacó una gran caja cilíndrica, montada sobre ruedas y de la que salía una manguera acabada en una pistola. La enchufó a la pared y desconectó los secadores, alejándolos del cuerpo colgado.- Bien.- Continuó.- Esto es un aparato de limpieza muy común, un generador de vapor. Aunque tiene otras aplicaciones más divertidas. Pulsó un botón de la pistola y de ella salió siseando un fuerte chorro de vapor. Cynthia abrió los ojos asustada viendo cómo se acercaba a ella. Gritó al sentir el vapor caliente sobre el vientre. La enfermera mantenía alejada del cuerpo la punta del aparato, de forma que impactase sólo el final del surtidor. Lo movía suavemente, como si estuviese pintando un lienzo, por su vientre, los senos, el cuello, la espalda, las nalgas, bajando por detrás de las piernas y subiendo por sus muslos hasta la vagina. Cynthia trataba de apartarse, sin éxito. La estaban cocinando al vapor poco a poco. Después de haber recorrido una vez toda su piel, la enfermera giró una rueda, aumentando el caudal de vapor, y volvió a empezar. Esta vez se detuvo alrededor de cada seno, empapándolos en vapor con amplios giros para finalizar aplicando el chorro directamente sobre el pezón. Yo lo veía angustiada desde mi sillón. La pobre mujer, colgada del techo, estaba sufriendo un tormento digno del infierno. La habitación se caldeaba por efecto del vapor y por pelo recogido de la enfermera caían gotas de sudor. No se cansaba, ni mostraba piedad alguna. Continuaba paseando el chorro sobre la piel minuto tras minuto. En ocasiones se paraba en un punto y acercaba la pistola a su víctima para oírla gritar y pedir compasión. Los peores momentos llegaban cuando decidía torturarla el sexo. Empezaba con pequeños círculos alrededor, durante casi un minuto. Cuando la piel estaba a punto de escaldarse, los reducía a unos pocos centímetros de diámetro durante otro minuto. Finalmente, con la otra mano enguantada, la separaba los labios y aplicaba durante unos segundos directamente el chorro, para luego ir acercando lentamente la salida de vapor hasta casi meterla en su vagina. Desde mi sillón veía la cara de sufrimiento de la pobre mujer y sus gritos de dolor. El castigo continuó durante mucho tiempo, hasta que se agotó el depósito de agua. |
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| | #7 |
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Tercera parte.2 --------------------- - ¿Te ha gustado?.- Me dijo, mientras llenaba el tanque. - Eres cruel.- Respondí entre las nubes de vapor que llenaban la habitación.- Algún día te llevarás tu merecido. - ¿De veras? ¿Quieres probarlo? El corazón saltó en mi pecho. Había contemplado cómo torturaban a aquella pobre mujer y no quería que hiciesen lo mismo conmigo. La enfermera volvió hasta Cynthia y colocó los secadores a su alrededor. Los conectó y el cuerpo colgado volvió a iluminarse con la fantasmagórica luz ámbar. La mujer gimió desesperada al sentir de nuevo el calor sobre su cuerpo. La enfermera comprobó unos controles en el depósito de agua y acercó el generador a la silla en la que estaba atada. - ¿Qué vas a hacer?.- Pregunté asustada. - No quiero oírte más. Si vuelves a quejarte, será mucho peor. El vapor salió de la pistola. Con una sonrisa en la cara y empapada en sudor, la enfermera lo dirigió a mis pantorrillas. Sentí el calor húmedo subiendo por mi muslo izquierdo, quemándome. Me retorcí para escapar y ella paró. Sin mediar una palabra sacó unas correas del sillón que ajustó a mi cintura, rodillas y cuello. Cuando terminó de inmovilizarme se dedicó a jugar conmigo. El vapor me abrasaba la piel como si me duchase con agua hirviendo. Subió por los muslos hasta recorrer el vientre centímetro a centímetro. Allí por donde el chorro había pasado, el calor dejaba de recuerdo un hormigueo sobre la piel. Dedicó una atención especial a los pechos, rodeándoles muy despacio con el surtidor, hasta abrasarme el pezón. Yo apretaba los dientes, reteniendo los gritos antes de que escaparan por la garganta. No había un segundo de descanso, el chorro recorría mi cuerpo de arriba abajo. La habitación se había calentado bastante y el vapor me hacía transpirar. Allá donde tocaba, abría los poros dejando escapar un reguero de sudor y a la piel enrojecida. El vapor me quemaba las zonas más sensibles, los pechos y los muslos. Era como si me estuviesen planchando en una limpieza en seco. Ella no se detenía nunca, incansable. Tras recorrer un par de veces todo el cuerpo, dedicó especial atención a mi sexo. Igual que con la pobre Cynthia, abandonada al calor de los secadores, caldeó minuciosamente la piel de alrededor durante unos minutos y luego se cerró sobre los labios de mi vagina. Los gemidos empezaron a escapar por mi boca hasta convertirse en un grito de agonía cuando dejó que el chorro abrasase mi interior durante casi un minuto. Mis sienes se llenaron de sangre y mi cabeza protestó, a punto de estallar, por el castigo. El resto del cuerpo no existía, sólo era consciente del reducido espacio que el vapor abrasaba. Antes de que me desmayase, volvió el chorro hacia mi vientre y continuó con el ciclo. Mi sexo hervido latía de dolor y en mi mente se confundía con el trozo de piel que en ese momento golpeaba el vapor. Continuó con el ciclo una y otra vez, hasta que la piel pareció alabastro rojo recién pulido. Detrás, Cynthia gemía en voz alta pidiendo perdón. Tras uno de estos gritos, ella paró el generador de vapor y se volvió. - Parece que está llegando al límite.- Dijo.- Vamos a dejarla descansar. Colocando pistola en el suelo, se acercó a los secadores y los desconectó. Yo me alegré tanto por ella como por que había dejado de recorrer mi maltrecho cuerpo con el infernal chorro. Jadeaba agotada, mirando cómo tomaba el pulso a la mujer colgada. - Está bien.- Comentó.- En cuanto descanse un poco se recuperará.- Se secó el sudor con una manga de la bata y me observó.- Yo también tengo que descansar. Este trabajo agota mucho. Creo que os dejaré solas un rato, pero antes… La enfermera retiró uno de los secadores y lo hizo rodar hacia mí. Asustada, adiviné sus intenciones, ahora me tocaba soportar la otra parte del castigo. Lo colocó a la altura de mi pecho con una de las lámparas encima del vientre, otra sobre los senos y las otras dos a los lados. Con un segundo secador, cubrió el resto de mi vientre, los laterales del torso y dejó el último círculo muy cerca de mi sexo. - Por favor.- Fue lo único que logré articular. - La culpa ha sido tuya.- Respondió sonriendo.- Si no hubieses tratado de escapar ella no estaría ahí colgada. Y tienes suerte.- Comentó encendiendo los secadores.- Si la doctora no te necesitase mañana, tu castigo sería mucho peor. Nos dejó solas y cerró la puerta. Cynthia estaba colgada entre el vapor de la habitación, respirando con fuerza, y yo iluminada por los secadores. Desde el primer momento noté el calor de los infrarrojos penetrando profundamente en mi cuerpo. La piel, previamente castigada por el vapor, reaccionó rápidamente lanzando ríos de sudor y dolor. Las lámparas estaban estratégicamente colocadas para actuar sobre zonas hipersensibles. Los pechos concentraban el calor de tres de ellas, por encima y por los lados, y mi sexo casi rozaba otra. Los secadores estaban pensados para evaporar el agua del pelo y no tenían ningún tipo de regulación a parte de la potencia. Ni se apagaban, ni se cansaban, siempre calentando, implacables. Veía el sudor evaporarse casi en el momento de salir. Veía agitarse el poco aire que separaba las lámparas de mi cuerpo a causa el intenso calor, como en los desiertos. Definitivamente, me estaba quemando, casi podía oler la piel chamuscada. El tiempo no alivió los síntomas. Tenía la cara y las piernas empapadas. Me sentía como carne sobre una barbacoa, tratando de no asarme viva. El contraste con el resto del cuerpo, piernas, brazos y espalda, hacía mucho más agónico el abrasante calor de la piel expuesta. El único ruido de la habitación eran mis jadeos, mezclados con gritos de agonía. A Cynthia parecía habérsele regularizado la respiración y me miraba con compasión, todavía colgada con los brazos y las piernas en forma de aspa. Pensaba iba a morir en aquella silla, bajo el par de secadores. Hacía tiempo que las lágrimas corrían mejillas abajo para mezclarse con el sudor. Mis pechos eran cerezas rojas y brillantes y mi sexo ardía como una tea. Estaba tan desesperada que no oí cómo entraban en la habitación. - Hola cariño. ¿Cómo estas?- Me dijo la enfermera.- No creo que trates de escapar de nuevo. Apagó los secadores y los retiró, ayudado por la celadora que había entrado con ella. Entre las dos me desataron y me secaron el sudor. - Ahora vas a ir con la celadora a tu cuarto, a cenar y a descansar. Mañana tienes un día duro. Mientras me ayudaban a levantarme y me ponían un albornoz encima, la enfermera se volvió y conectó los dos secadores de la espalda de Cynthia que gritó al sentir el calor. Antes de salir de la habitación vi como ponía en marcha el generador de vapor y se acercaba a la mujer con la pistola en la mano. Salí al pasillo acompañada de mi guardaespaldas que cerró la puerta de la sala, donde continuaba el castigo de aquella pobre mujer. En mi celda esperaba la bandeja de la cena, con el cuenco de fruta verde lleno hasta rebosar. Comencé a comer, aterrada por la crueldad de la que había sido testigo esa tarde. |
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| | #8 |
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Cuarta parte.1 ----------------------- La enfermera entró en la habitación para ponerme la inyección del desayuno. La celadora esperaba en la puerta a que terminase. - Ven con nosotras.- Dijo. Salimos al pasillo y llegamos a la última de las puertas. Entramos en una habitación de techo alto, con una camilla en el centro y una mesa junto a la pared. Sobre la camilla había un extraño saco de dormir verde, abierto de arriba a abajo y conectado a un largo cordón enchufado a la pared. Del techo colgaba una viga de hierro, empezaba sobre la camilla y seguía hasta desaparecer, por un agujero cuadrado, detrás de dos grandes puertas cerradas, al fondo de la sala. A un lado había dos plataformas metálicas con barandillas, y escaleras en una de ellas, montadas sobre ruedas. - Vamos a prepararte.- Me advirtió la enfermera.- La celadora está aquí para asegurarse que no das problemas. Si te resistes, te inmovilizará y lo pasarás peor. ¿Has entendido? - Sí. - Quítate el albornoz, ponte frente a esa mesita y apoya el pecho sobre ella.- Dijo señalando una pequeña camilla acolchada junto a la mesa. Me doblé sobre ella y la celadora me obligó a apoyar completamente el pecho y el vientre. La enfermera se colocó unos guantes de goma cogió un extraño aparato cilíndrico y alargado de la mesa, un tubo de goma que se abría en dos pequeños por un extremo. Lo untó de crema y se acercó por detrás. Me introdujo la parte ancha unos centímetros por el ano. Me quejé y la celadora apoyó todo su peso sobre mi espalda. - No te preocupes, es para evitar que manches durante el tratamiento. Cogió una perilla de aire y la conectó a uno de los tubos. Un pequeño globo se infló dentro, hasta llenar el intestino. La cambió al segundo y se hinchó otra esfera justo entre mis nalgas. La sensación era extraña, pero, después del primer impacto, no dolorosa. Cuando pude levantarme tenía el culo sellado. - Abre las piernas.- Me dijo y cogió una larga cánula amarilla.- Voy a sondarte. - ¿Cómo? - Para evitar que te orines encima. - No. - No lo repetiré, si no obedeces ahora mismo te sondaré a la fuerza y eso puede doler mucho. La celadora se acercó y me sujetó por detrás los brazos. Abrí las piernas y la enfermera se arrodilló. Fue muy profesional, con apenas unas molestias, introdujo el catéter hasta su posición y lo fijó con un esparadrapo. Recogió de la mesa un cinturón estrecho y me lo colocó en la cintura. Me ataron las muñecas a él con dos cintas, dejando los brazos pegados al cuerpo. - Acércate a la camilla.- Me ordenó cogiendo un gran saco de plástico blanco. Lo abrió a mis pies.- Métete dentro. Levanté las piernas y me coloqué dentro. El fondo era tan estrecho que tuve que juntar los pies para no pisar fuera. Mientras la celadora sujetaba el plástico, la enfermera sacó el catéter por un pequeño agujero a mis pies. Luego levantaron la abertura el cuello. Era estrecho y de tacto extraño, como si estuviese recubierto por algún lubricante. La enfermera dio la vuelta a la camilla y abrió el capullo verde que había encima. - Túmbate dentro.- Dijo. Ayudada por la celadora, me senté sobre el saco y me tumbé dentro. - ¡Está caliente!.- Comenté sorprendida, era como echarte sobre una gran manta eléctrica. El plástico en el que me habían metido acababa en un estrecho embudo, del que salía un conducto transparente. Al colocarme los pies dentro del capullo lo sacaron fuera, junto al catéter de mi sonda. Cerraron la manta acolchada sobre mis pies y pantorrillas, ajustándola con unas correas muy fuertes. Después continuaron por las piernas, envolviéndolas a conciencia en el material caliente y ajustándolas con cordeles que pasaban por unos ganchos, de un lado a otro, como si ataran una bota. Me encerraron hasta el pecho, ajustaron el plástico alrededor del cuello y me envolvieron totalmente. Ataron el cordel a la altura de mi cuello y ajustaron los hombros con cintas de velcro. Estaba envuelta en un saco de dormir eléctrico, apenas podía respirar y era imposible moverse algo más que unos milímetros. Sentía el suave calor envolviéndome dentro del acolchado. Oí abrirse las puertas del fondo y algo que corría sobre la viga de hierro. Un patín se deslizó por la traviesa hasta la cabecera de la camilla. De él colgaban dos ganchos y un mando. Los engancharon a dos juegos de anillas, al final de unas correas que sobresalían a la altura de mis hombros. Las cadenas elevaron el saco hasta que casi toqué el patín con la cabeza. Debajo retiraron la camilla hasta un rincón dejándome colgada como una fruta. La enfermera conectó el catéter a una bolsa y el otro tubo a un frasco. Colocaron las estructuras metálicas una frente a otra, formando un agujero en medio, y las ensamblaron a mis pies. La enfermera subió por las escaleras y bajó el saco hasta que nuestras cabezas quedaron al mismo nivel. - ¿Qué es esto?- Pregunté. - Es una terapia de nuestra invención.- Respondió colocándose a mi espalda.- Voy a subir la temperatura del saco. Relájate, yo estaré pendiente todo el tiempo. Bajó de la plataforma y salió con a la celadora. El material que me rodeaba empezó a calentarse. Parecía una oruga en su crisálida, colgada de la rama de un árbol. No estaba totalmente apoyada sobre los pies, todo el conjunto ayudaba a sujetarme repartiendo el peso a lo largo del saco. La postura, realmente, no era incómoda. Lo que me empezaba a preocupar era el calor. La temperatura había subido rápidamente y el cálido abrazo del principio había pasado a ser un molesto sofoco. ¿No habían tenido suficiente con los dos días anteriores? ¿Por qué seguían empeñadas en hacerme pasar calor? Dentro del plástico mi cuerpo empezaba a reaccionar. El sudor se abría paso poco a poco. En el saco no dejó de subir la temperatura. Tenía la piel de los pechos y los muslos asada. Llevaba mucho tiempo colgada y el incesante calor me obligaba a sudar a chorros. Aunque tratase de balancearme sólo conseguía agitarme un poco. No tenía libertad para mover las manos y secarme o tratar de cambiar la postura. Notaba la cara húmeda y enrojecida. El calor me atacaba por todas partes, me habían envuelto a conciencia. Del cuello para abajo no quedaba un solo centímetro que no estuviese expuesto al calor, ni un hueco de alivio entre mi piel y el saco. Estaba cansada, harta de soportar aquel infierno. La enfermera entró en la habitación con dos botellas de la mano. - ¿Queda mucho?- Pregunté. - Olvídate del tiempo.- Respondió subiendo a la plataforma.- Bebe un poco de agua.- Me acercó una de las botellas a la boca y tragué. El líquido fresco me alivió la garganta reseca. - Ahora quiero que te tomes esta botella de zumo de fruta. - Prefiero agua.- Contesté, rechazando el brebaje verde que me ofrecía. - ¿Aún no has aprendido nada? No quiero protestas, ni preguntas. Puedo obligarte a tomarlo, tú decides. Cedí a sus exigencias. Poco a poco apuré la botella hasta el fondo. El empalagoso azúcar de la fruta me dejó un gusto raro en la boca que quité con el resto del agua. Ella volvió a mi espalda y bajó de la plataforma. Cuando dejó la habitación, la potencia de las resistencias que calentaban el saco subió. La temperatura dentro del capullo aumentaba por segundos. Miré a la puerta y gemí. El poco alivio proporcionado por el agua desapareció en ese instante para ser sustituido por la angustia. Me estaba asando y no tenía forma de escapar. El calor era insoportable. Hacía casi una hora que la enfermera se había ido y yo no podía aguantar más. Había llegado al límite de mis fuerzas. Notaba el sudor resbalando por el plástico que rodeaba mi cuerpo hasta gotear más allá de los dedos de los pies. Mi corazón latía desbocado y los pulmones querían más y más aire. El saco no había dejado de aplicarme calor ni un solo segundo. Aquello era mucho peor que la sauna o el baño de vapor porque podía sentirlo pasar directamente desde el capullo a mi piel. Incluso prefería otra sesión bajo los secadores que seguir cinco minutos más colgada en ese infierno. Afortunadamente la enfermera entró en la sala. |
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| | #9 |
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Cuarta parte.2 --------------------- - Basta, por favor.- Supliqué. - Bebe un poco de agua.- Ordenó acercándome una botella a la boca. - No puedo más.- Dije al terminar. - Sabes que sí. Para eso eran las pruebas de estos días. Ahora el zumo. Me obligó a beber otra botella de aquel producto verde que estaba empezando a asquearme. - ¿Por qué hacéis esto? - Preguntas demasiado. Ahora voy a subir la temperatura.- Ella se dirigió a mi espalda. - ¿Más calor? No, por favor. Ya me lo subiste antes. - Es para que el cuerpo sude continuamente y no se acostumbre. - ¿Qué clase de experimento es este? ¿Por qué me secuestra un laboratorio cosmético? Se colocó frente a mí y me miró a los ojos. - Lo sé, ayer vi el logotipo.- Dije. No me respondió, bajó de la plataforma y salió de la habitación. La temperatura dentro del saco volvía a subir. Yo estaba más allá del límite de mis fuerzas. Esperaba que me sacasen del capullo, pero ella se había limitado a darme agua y aumentar el calor. Mi cuerpo ardía en contacto con el interior del saco. Parecía que me hubiesen envuelto en masa de pan y me cociesen en un gigantesco horno. Nunca había sudado tanto en mi vida, el líquido resbalaba por la piel y el plástico hacia los pies. Apenas podía respirar. Tragaba el aire en grandes bocanadas. El constante calor era horrible, quería salir de allí. Los minutos pasaban lentamente y cada uno de ellos era una tortura. Rezaba para que me descolgasen y poder volver a mi celda. Llevaba casi media hora sola cuando la doctora entró en la sala. - Bien Beth, parece que cuando intentaste escapar, viste algo.- Me dijo subiendo a la plataforma. - Sí, el logotipo de la empresa. - ¿Y qué piensas? - Que habéis inventado un nuevo medicamento o un cosmético y, como no os dejan probarlo en personas, secuestráis mujeres para los ensayos. Por eso necesitáis que tengan buena salud. - No está mal, buena aproximación. ¿Quieres saber la verdad? - Sí. - Voy a contarte una historia. Uno de nuestros biólogos de campo descubrió en el Amazonas una tribu muy especial. Genéticamente eran iguales que sus vecinos de río abajo, pero ninguna de sus mujeres parecía tener más de 28 años. Investigando, descubrimos que era simple apariencia. Su edad era la misma que las mujeres de otras tribus pero no su aspecto, se mantenían increíblemente jóvenes. Por supuesto nos propusimos aislar la razón y convertirla en un producto cosmético que revolucionase el mercado. Lo que descubrimos es que la única diferencia estaba en una parte importante de su alimentación. ¿Adivinas cuál? - La fruta. - Efectivamente. Nuestra tribu comía una extraña fruta verde que sólo se daba en esa región. - ¿Y es eso lo que estáis probando conmigo?- Dije, mientras continuaba asándome. No parecía que tuviese intención de apagar el saco.- ¿Queréis ver cómo reacciona al calor? - No. Generalmente las cosas no son tan simples. Estudiamos sus componentes químicos y biológicos, los aislamos y probamos sobre ratones, sin éxito. Los procesamos de cientos de formas distintas, las habituales y otras que inventamos para la ocasión. El resultado fue cero. Volvimos a estudiar a las mujeres de la tribu. Les hicieron todo tipo de análisis y estudios, incluso llegamos a robar un cadáver para examinar sus órganos internos. Sin suerte. Hasta que descubrimos un caso excepcional, una mujer vieja con una piel de una niña de 12 años. Estaba enferma. ¿Adivinas qué tenía? - No.- Por un segundo pensé que con las inyecciones me habían contagiado una exótica enfermedad. - Hiperhidrosis. ¿Sabes qué es? - No. - Exceso de sudor. Es un problema en el que se pierde el control de las glándulas sudoríferas del individuo, obligándole a sudar constantemente. No es grave, simplemente molesto, pero en nuestro caso muy oportuno. La respuesta está en su sudor. Ése era el componente que buscábamos. Tratamos de duplicarlo en el laboratorio, pero hay algo de la química del cuerpo humano que no comprendemos y no pudimos. - ¿Entonces soy una rata de laboratorio que solo sirve para tomar muestras? - No. Seguimos investigando, pero decidimos tomar otro camino.- La enfermera la interrumpió al entrar en la habitación.- El producto es demasiado efectivo,- Continuó con una sonrisa, mirándome a los ojos- teníamos que sacarlo al mercado. No podemos reproducirlo pero sí fabricarlo. Por un momento lo vi claro. Tanta fruta para comer y el pequeño tubo del plástico recogiendo mi sudor.- Entonces ¿Soy una fábrica de cosméticos viviente?- Pregunté. - Eres parte del proceso de fabricación. Te alimentamos con la materia prima y luego te usamos como filtro para extraer el elixir de la juventud. Ayer y anteayer te hicimos pruebas para saber si podías aguantar el calor y si sudabas lo suficiente. - Es absurdo.- La mujer trataba de asustarme, no podía existir una mente tan retorcida como para idear un plan como ese.- No puede fabricar la cantidad suficiente como para comercializarlo. - Depende del mercado al que vaya dirigido. El resultado es una crema muy, muy cara. Por supuesto no se vende en las calles, ni se hace publicidad. Aún así tenemos una lista de espera muy larga. - No me lo creo.- Deseaba con todas mis fuerzas que todo fuese una broma pesada, pero el aplastante calor rodeándome el cuerpo empapado en sudor, apoyaba su tesis. - ¿Puedes abrir la sala?- Le dijo a la enfermera.- Mira al fondo. Se dirigió a las puertas que atravesaba la viga de hierro y las abrió de par en par. Lo que había detrás superaba cualquier pesadilla que hubiese imaginado. Decenas de sacos verdes, como en el que estaba encerrada, colgaban de un entramado de vigas enlazadas en el techo de la inmensa nave. A su alrededor corría una plataforma metálica, a la misma altura que la que me rodeaba. Dentro de cada capullo había una mujer encerrada y debajo el pequeño tubo que recogía su sudor. Desde la plataforma, con una tablilla en las manos, me miraba la recepcionista rubia. - Esta es nuestra cadena de producción.- Comentó la doctora.- Las buscamos a lo largo de todo el país. Si pasan todas las pruebas se unen a la fábrica, sudan para nosotros seis horas diarias cuatro veces a la semana. La enfermera se había colocado a mi espalda. Segundos después noté que aumentaba el calor. El shock había sido tan fuerte que no pude gritar. Pensaban tenerme seis horas atada y envuelta en aquel horrible saco eléctrico, subiendo la temperatura cada poco tiempo, para que mi sudor lo aprovechase cualquier niña rica. Las lágrimas saltaron de mis ojos. - Bienvenida al primer día de tu nuevo trabajo.- Dijo la doctora antes de abandonar la habitación, dejándome encerrada en aquel el terrible calor. ------------------ Fin ------------------- |
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| | #10 |
| Rol: Switch Sexo: Mujer Ubicación: Cordoba Fecha de Ingreso: Apr 2006
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No sabría explicar cómo me he sentido durante la lectura de éste relato. Normalmente los vivo con gozo ,pero éste .... ufff yo que odio el calor ,me he sentido bastante mal ,muy agobiada ,pero respeto los gustos de cada cual. He de decir que me gustan los relatos " duros " ,pero éste no siendo especialmente duro ,me ha " acojonado ". Aún así ,muy logrado ,hace que te transportes al lugar y lo vivas. abril{AS} a tus pies Señor |
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